Mensaje para la
Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

(7 mayo 2006)

 

 

Venerados Hermanos en el Episcopado,
Queridos hermanos y hermanas:

     La celebración de la próxima Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones me ofrece la oportunidad de invitar a todo el Pueblo de Dios a reflexionar sobre el tema de la Vocación en el misterio de la Iglesia.Escribe el apóstol Pablo: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo... Él nos eligió antes de crear el mundo... predestinándonos a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 3-5). Antes de la creación del mundo, antes de nuestra venida a la existencia, el Padre celestial nos escogió personalmente, para llamarnos a entrar en relación filial con Él, por medio de Jesús, Verbo encarnado, bajo la guía del Espíritu Santo. Muriendo por nosotros, Jesús nos ha introducido en el misterio del amor del Padre, amor que lo envuelve totalmente y que Él ofrece a todos nosotros. Así, unidos a Jesús, que es la Cabeza, formamos un solo cuerpo, la Iglesia.

     El peso de dos mil años de historia no facilita captar la novedad del misterio fascinante de la adopción divina, que está en el centro de la enseñanza de san Pablo. El Padre, recuerda el Apóstol, «nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad... el plan de recapitular en Cristo todas las cosas» (Ef 1, 9.10). Y añade con entusiasmo: «Todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que han sido llamados según sus designios. Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 28-29). Perspectiva realmente fascinante: estamos llamados a vivir como hermanos y hermanas de Jesús, a sentirnos hijos e hijas de un mismo Padre. Un don quetrastrueca cualquier idea y proyecto exclusivamente humanos. La confesión de la verdadera fe abre de par en par las mentes y los corazones al inagotable misterio de Dios, que empapa la existencia humana. ¿Qué decir entonces de la tentación, muy fuerte en nuestros días, de sentirnos autosuficientes hasta cerrarnos al misterioso plan de Dios sobre nosotros? El amor del Padre, que se revela en la persona de Cristo, nos interpela.

     Para responder a la llamada de Dios y ponernos en camino, no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experimentar así el gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limitaciones humanas no suponen un obstáculo, con tal de que ayuden a hacernos cada vez más conscientes del hecho de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ésta es la experiencia de san Pablo que declaraba: «Gustosamente seguiré presumiendo de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 9). En el misterio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, el poder divino del amor cambia el corazón del hombre, haciéndole capaz de comunicar el amor de Dios a los hermanos. A lo largo de los siglos muchísimos hombres y mujeres, transformados por el amor divino, han consagrado la propia existencia a la causa del Reino. Ya a orillas del mar de Galilea, muchos se dejaron conquistar por Jesús: buscaban la curación del cuerpo o del espíritu y fueron tocados por el poder de su gracia. Otros fueron escogidos personalmente por Él y llegaron a ser sus apóstoles. Encontramos también personas, como María Magdalena y otras mujeres, que le siguieron por propia iniciativa, simplemente por amor, pero, igual que el discípulo Juan, ocuparon también un lugar especial en su corazón. Tales hombres y mujeres, que conocieron a través de Cristo el misterio del amor del Padre, representan la multiplicidad de las vocaciones presentes desde siempre en la Iglesia. Modelo de quien está llamado a dar testimonio de manera particular del amor de Dios es María, la Madre de Jesús, directamente asociada en su peregrinar de fe, al misterio de la Encarnación y de la Redención.

     En Cristo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo, todos los cristianos forman «el linaje escogido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios ha adquirido en posesión para anunciar sus grandezas» (1 Pe 2, 9). La Iglesia es santa, aunque sus miembros necesiten ser purificados, para lograr que la santidad, don de Dios, pueda resplandecer en ellos hasta su pleno fulgor. El Concilio Vaticano II destaca la universal llamada a la santidad, afirmando que «los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por lo mismo, realmente santos» (LG 40). En el marco de esa llamada universal, Cristo, Sumo Sacerdote, en su solicitud por la Iglesia llama luego, en todas las generaciones, a personas que cuiden de su pueblo; en particular, llama al ministerio sacerdotal a hombres que ejerzan una función paterna, cuya raíz está en la paternidad misma de Dios (cfr. Ef 3, 14). La misión del sacerdote en la Iglesia es insustituible. Por tanto, aunque en algunas regiones se registre escasez de clero, nunca ha de ponerse en duda que Cristo sigue suscitando hombres, que, como los Apóstoles, dejando toda otra ocupación, se dediquen totalmente a celebrar los santos misterios, a la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral. En la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, mi venerado predecesor Juan Pablo II escribió a este respecto: «La relación del sacerdotecon Jesucristo, y en Él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, «el sacerdote ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia misterio, comunión y misión. Por el hecho de participar en la "unción" y en la "misión" de Cristo, puede prolongar en la Iglesia, su oración, su palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Y así es servidor de la Iglesia misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado» (n. 16).

     Otra vocación especial, que ocupa un lugar de honor en la Iglesia, es la llamada a la vida consagrada. A ejemplo de María de Betania que «sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra» (Lc 10, 39), muchos hombres y mujeres se consagran a un seguimiento total y exclusivo de Cristo. Ellos, aunque desarrollando diversos servicios en el campo de la formación humana y en la atención a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, no consideran esa actividad como el objetivo principal de su vida, porque, como subraya el Código de Derecho Canónico, « el primer y particular deber de todos los religiosos ha de ser la contemplación de la verdad divina y la constante unión con Dios en la oración» (can 663, 1). Y en la Exhortación apostólica Vita consecrata Juan Pablo II señalaba: «En la tradición de la Iglesia la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos» (n. 30).

     Recordando la recomendación de Jesús: «La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37), señalamos vivamente la necesidad de orar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No es de sorprender que donde se reza con fervor, florezcan las vocaciones. La santidad de la Iglesia depende esencialmente de la unión con Cristo y de la apertura al misterio de la gracia que actúa en el corazón de los creyentes. Por ello quisiera invitar a todos los fieles a cultivar un íntimo trato con Cristo, Maestro y Pastor de su pueblo, imitando a María, que guardaba en su corazón los divinos misterios y los meditaba asiduamente (cfr. Lc 2, 20). Unidos a Ella, que ocupa un lugar central en el misterio de la Iglesia, podemos rezar:

Padre,
haz que surjan entre los cristianos
numerosas y santas vocaciones al sacerdocio,
que mantengan viva la fe
y conserven la seductora memoria de tu Hijo Jesús
mediante la predicación de su palabra
y la administración de los Sacramentos
con los que renuevas continuamente a tus fieles.

Danos santos ministros del altar,
que sean solícitos y fervorosos custodios de la Eucaristía,
sacramento del don supremo de Cristo
para la redención del mundo.

Llama a ministros de tu misericordia
que, mediante el sacramento de la Reconciliación,
derramen el gozo de tu perdón.

Padre,
haz que la Iglesia acoja con alegría
las numerosas inspiraciones del Espíritu de tu Hijo
y, dócil a sus enseñanzas,
fomente vocaciones al ministerio sacerdotal
y a la vida consagrada.

Fortalece a los obispos, sacerdotes, diáconos,
a los consagrados y a todos los bautizados en Cristo
para que cumplan fielmente su misión
al servicio del Evangelio.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.
María Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.

Benedicto XVI

 
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¿Por qué me hice sacerdote? Con el obispo Modrego me vino la vocación. Fue a mi pueblo, Mora de Toledo, a ordenar a unos veinte sacerdotes que habían sobrevivido a la guerra. Yo tenía 14 años y estaba allí casi a la fuerza, porque había sido corneta en el Frente de Juventudes y me dijeron que me sumara, vestido con la camisa azul, correajes y todo eso. Salí impactado de esa celebración por la misión que asumían aquellos sacerdotes, porque la situación en que había quedado la sociedad era terrible y la Iglesia había quedado desmochada totalmente, con comunidades desunidas por el odio. Me pareció que podía hacer una labor como sacerdote. Pero me parecía absurdo porque yo era un poco balarrasa. Fui a ver al párroco y le dije: «Me viene esta idea», y él no dudo: «Mañana, a estudiar latín».- GABINO DÍAZ MERCHÁN