HISTORIA DE UN FARO volver al menú
 

     El abad Mamerto Menapace ha peregrinado por España durante once semanas, y no en globo. Los sábados y domingos, revestido de su lindo poncho rojo, hablaba de Tata Dios a sus hijos.
     Al marchar nos ha dejado estas reflexiones. Y, en vez de doctas lucubraciones sobre la dimensión escatológica de la vida religiosa, con la «Historia de un faro», una luminosa respuesta a para qué sirven los monasterios en la Iglesia.

J.S.V.


Mancha de aceite

     La autovía nos llevaba hacia el sur. Primero fueron los viñedos. Recién podados, no mostraban en el corazón del invierno todo lo que prometían. Apenas asomaban un poco sobre los campos recién preparados, los muñones de sus cepas. Pero ahí estaba Valdepeñas, con su nombre unido al buen vino, para asegurarnos el futuro que traerá el otoño.
     Lo que realmente me sorprendió fue ver los cerros y sus olivares. Contados en horas, fueron muchas; en kilómetros, centenares; y en árboles: millones. Alguien, conocedor del lugar, comentó junto a nosotros que se trata de la mayor mancha de aceite del planeta. Y lo creo. Trepando los cerros, cubriendo las laderas, bajando por donde uno no esperaría, los olivos se agarran a la tierra fecunda, y beben de ella la savia que transforman en aceite. No inventan nada: simplemente su vocación es ser ellos mismos. Su misión es entregarnos el fruto que exprimido se hace luz, belleza, salud, sabor. Y para ello liberan lo dormido que hay en la tierra. Diría que son intermediarios a través de su diálogo fiel y fecundo. Diálogo con el sol, el clima y la tierra. Tal vez ni ellos mismos se den cuenta del todo de la importancia de su fidelidad a la vocación que tienen al ser olivos.
     Y pensaba en los contemplativos. En su soledad tienen que ser fieles a la tierra a la vez que se mantienen permanentemente abiertos a lo que les viene del cielo. No hacen nada en particular. Simplemente son ellos mismos en una dura fidelidad a ese diálogo profundo entre ambas realidades. Pero liberan en la tierra, para los hombres, el aceite que ilumina, embellece, cura y da sabor a la vida.
     ¡Ay! Pensé, cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma / y una voz, como Lázaro, espera que le diga: / ¡Levántate y anda!


Mancha de petróleo

     Fue en la otra dirección. Allí donde la cordillera cantábrica entra en diálogo con el mar. Allí donde el Atlántico norte lame el lomo de Europa y le regala playas de arena para descanso de los habitantes de las ciudades. Ciudades que necesitan vitalmente la sangre negra que duerme bajo las arenas del sur árabe. Desde allá la traen o la roban. Grandes barcos, con sus vientres repletos de petróleo llegan hasta las refinerías del norte. Casi nadie sabe de ellos. Salvo que alguno entre en emergencia, como le sucedió al Prestige. Averiado trataron de silenciarlo, como una vergüenza, en el fondo de los mares para acallar su fracaso. Pero impotentes para guardar su secreto, comienzan a vomitar la sangre negra que traen en sus entrañas.
     Grandes coágulos de chapapote comenzaron a poner en peligro la vida de los mares y la belleza de las playas. Lo que estaba destinado a ser luz, fuerza, alegría, mensaje, vida en fin, se transforma bruscamente en causa de muerte, de fealdad y de peligro. Aquel precioso tesoro de la tierra que Dios tiene destinado para que el hombre lo convierta en vida y energía, los hombres lo transforman en motivo de guerra, y los niños mueren de hambre.
     La mancha de petróleo sobre los mares le ha de doler a Dios en el alma. Como le duele cuando el hombre renuncia a su vocación de ser hermano, y a la misión de ser solidario del misterio de la vida. La Biblia nos cuenta que Dios se arrepintió de haber creado al hombre cuando vio que el pecado se desparramaba por el mundo como una mancha de petróleo ensuciando la creación. Pero esta vez, en lugar de mandar un diluvio que limpie todo, Dios suscita hombres y mujeres de buena voluntad que gastan su tiempo limpiando las playas. Vocación de hombres, que se sienten hermanos de los hombres y de la creación.


Evangelización

     La ley de la oferta y la demanda puede traer complicaciones cuando se aplica fuera del terreno estrictamente comercial. Porque toda información es en lo profundo una transacción. Y no siempre coincide lo que uno pide, con lo que el otro ofrece. Y sobre todo puede haber un desfasaje total entre aquello que uno conoce y quiere trasmitir, con lo que el otro pregunta porque anda necesitando esa información.
     El camino entre Osera y Orense no debe ser demasiado complicado para quien conoce sus carreteras. Pero nosotros cometimos un par de equivocaciones y sin pretenderlo nos internamos por caminos que serpenteaban entre los campos y los bosques. Nos cruzamos con tractores, que nos mostraban con evidencia que no era esa la ruta que unía dos ciudades. A esa hora de un domingo cercano al mediodía tampoco había mucha gente a la que preguntar. Nos cruzábamos con grupos de campesinos que nos indicaban «toudo dereito», en carreteras que estaban llenas de curvas, desvíos y cruces. Hasta que finalmente nos perdimos definitivamente. No había más remedio que volver un poco atrás y preguntar a alguien que pudiera darnos datos más fidedignos sobre el camino a Orense.
     Encontramos un campesino solitario que se sorprendió gratamente de que cuatro turistas detuvieran junto a él su automóvil recién estrenado para preguntarle algo. Cuando logró sobreponerse a la sorpresa, y entendió nuestro castellano en el que le preguntábamos por Orense, se sonrió como si fuera el portador de cuanto pudiera decirse sobre esa hermosa ciudad gallega, en la que él probablemente habría estado alguna vez.
     Con la más infantil de sus sonrisas, y en su idioma gallego absoluto, comenzó a darnos un largo informe explicándonos que Ourense quedaba en un pouzo, y que en una “caseta” vivía no sé quien. Todo esto repetido en gallego y con una sonrisa de complicidad, como quien está informando a un grupo de curiosos forasteros sobre las bondades y originalidades de algo que uno quisiera conocer. Era evidente su interés por animarnos a que fuéramos a conocer esa ciudad, que él ya había tenido la oportunidad de visitar alguna vez.
     Lo malo de todo esto fue que nosotros no comprendíamos demasiado el gallego de este campesino cordial y simpático, y ya estábamos suficientemente motivados en nuestra decisión de ir a Orense. Lo que necesitábamos era saber el camino. Por lo que agradecimos, repitiendo alguna de sus afirmaciones, para asegurarlo de que habíamos entendido, y continuamos hacia delante esperando encontrar mejor información en otro lado.
     A veces me da la impresión de que nuestra evangelización se parece mucho a la del campesino gallego. Es generosa, convincente, pero lamentablemente no satisface la necesidad del que nos escucha, ni responde a sus verdaderas preguntas. Animamos a la gente a que vaya al cielo, que describimos con entusiasmo, pero lo que ellos necesitan es que les aportemos un poco de luz y fuerza para poder hacerlo.


Urgencias y exigencias

     Cuando uno está apurado, conviene ir despacio. Si tiene poco tiempo y la cosa urge: déjala para después. De lo contrario es probable que tengas que repetirlo cuantas veces lo intentes.
     Para nuestros traslados semanales a las distintas ciudades de España, alquilábamos cada fin de semana un coche, en una de las tantas agencias que existen en Madrid. El vehículo tenía que ser lo suficientemente grande como para poder llevar todo el material a exponer en el stand que se armaría en el vestíbulo del auditorio donde se realiza el curso. Abaratando costos, y aprovechando el viaje para gozar de los hermosos y variados paisajes que ofrece la tierra española, solíamos ser varios los que íbamos en ese coche. Ello también permitía que se pudieran turnar al volante los que estaban capacitados y autorizados para hacerlo. Y en esos casos es fácil de constatar que cada conductor expresa sus estados de ánimo al conducir.
     El camino a Santiago, además de toda la carga emocional que ha ido acumulando en su milenaria historia de peregrinos, tiene sus altibajos geográficos bien pronunciados, que no han sido borrados del todo por la inmensa labor de ingeniería que se ha realizado en las últimas décadas al construir las nuevas y amplias carreteras. Y nosotros íbamos apurados. Algunos inconvenientes habían retrasado nuestra hora de partida de Madrid, y nos urgía llegar con tiempo para almorzar antes de la apertura de las sesiones del curso en Santiago.
     Muchas veces tuvimos que detenernos en alguna encrucijada. A menudo con el camino en trepada. Y al querer ponernos nuevamente en camino, se repitió una constante. El apuro por partir, hacía que los cambios del coche, aún poco conocido, quedaran preparados como para velocidades más altas. Y al intentar partir, el apuro por hacerlo conseguía exactamente lo contrario: que el motor se detuviera. Y esto se repetía casi en cada frenada o arranque al que nos veíamos obligados. No le dábamos al motor el impulso suficiente, como para que pudiera trepar la pendiente en tercera.
     Las Iglesias de Europa se encuentran tan necesitadas de vocaciones nuevas que hagan el relevo, que me temo puedan cometer el error de los apurados. Que no se hagan a tiempo los cambios, antes de apretar el acelerador. O que no pongan el suficiente ardor en el impulso.


Guananí

     El 12 de octubre del año 1992 yo me encontraba en el centro de la isla de santo Domingo. Allí se celebraba un encuentro monástico de oración y reflexión, para acompañar a los obispos de América reunidos con el papa en la ciudad de Santo Domingo. Todos mis hermanos aceptaron la invitación para trasladarse desde La Vega, donde estábamos reunidos, a fin de participar en la Capital, de las celebraciones de los 500 años. Yo preferí quedarme en aquel lugar, tan cargado con la historia inicial de la Iglesia Latinoamericana. Porque allí en La Vega, quedan aún las ruinas del primer Fuerte de ladrillos que hiciera levantar Colón. Allí fue bautizada la primera familia aborigen americana, y allí fue ordenado sacerdote dominico Fray Bartolomé de las Casas, que anteriormente fuera un encomendero.
     Yo había decidido dedicar ese 12 de octubre a una jornada de silencio, acción de gracias, ayuno y oración. Quizá en lo profundo buscaba algunas respuestas a sentimientos encontrados que en mi corazón pugnaban por ubicarse. Los tres meses anteriores pasados en Esquipulas, Guatemala, me habían puesto en contacto con las tres grandes visiones que se manifestaban respecto al recuerdo de los 500 años de la llegada de Colón a la isla de Guananí.
     El primero estaba representado por los hispanistas, que hablaban de 500 años de la conquista, de la llegada de la luz del evangelio a estas tierras, de la aurora de la civilización, etc. El segundo era el de los ladinos (o criollos) que preferían celebrar el encuentro de pueblos, la fusión de razas, el inicio de los pueblos criollos, etc. Y el tercero, representado por intelectuales aborígenes mayas, habla directamente de 500 años de opresión y resistencia.
     La verdad que ninguna de las tres visiones, con su parte de verdad, me parecía la correcta, ni que hiciera justicia a tanta grandeza y tanto crimen, a tanta generosidad heroica y a la vez mezquindad y atropello. Yo tenía una fuerte aprehensión sobre lo que el papa diría en su homilía programática y recordatoria de aquel acontecimiento en la misa de esa jornada. Por eso, cuando por televisión escuché sus palabras, sentí con alegría que una respuesta comenzaba a afirmarse en mi corazón de monje con vocación misionera.
     No recuerdo prácticamente nada de lo que allí se dijo. Pero sentí que el papa nos pedía creer en el futuro, siendo leales al presente, sin guardar rencor por el pasado. Y me quedé con esa invitación a una nueva evangelización a la que nos invitaba: nueva en su ardor, en susmétodos y en su expresión.


Ardor

     Los primeros misioneros venían a América creyendo que su misión era salvar almas. Profundamente convencidos de que fuera de la Iglesia no había salvación, y que a la Iglesia se accedía por el bautismo, se internaron por estas inmensas tierras, buscando por los medios que fuera, lograr que nadie se muriera sin el bautismo. Los devoraba una pasión de amor: amor a Dios y a sus hermanos condenados a la perdición perpetua debido a su idolatría, y hasta a su imaginada antropofagia. Llevados de esta pasión, pusieron todo su ardor en lograrlo, y en ello llegaron al heroísmo. Aunque nos siempre respetaron ni los tiempos, ni las formas. Sus métodos fueron frecuentemente intimidatorios, ya fuera por las armas en lo físico, como en el terror al infierno en lo espiritual. Y su expresión a menudo resultó incomprensible para los aborígenes, tanto por no comprender sus categorías mentales, como hasta por desconocer el lenguaje con el que se los evangelizaba. Y cuando digo lenguaje no me refiero tanto a la lengua como tal, sino al medio apto para comunicar a través de la palabra, que es mucho más que el diccionario.
     Luego de esa estupenda oleada misionera que puso la base de la fe cristiana en nuestros pueblos, vinieron los evangelizadores en la época posterior a la Independencia. Aquí el ardor se basaba en otras convicciones. Se veían desaparecer culturas enteras por el hecho de no lograr acceder a los beneficios de la sobrevalorada civilización. Y así en muchos casos evangelizar se identificó con civilizar. Pienso en la gesta de los salesianos en la Patagonia sureña. En aquellos inmensos territorios que hasta mediados del siglo XIX fueran inaccesibles al hombre occidental, ahora ellos fueron a llevar sus escuelas, sus talleres, y sus hospitales, buscando que los pueblos aún primitivos se fueran integrando a la civilización occidental y cristiana. Hay que aceptar con humildad y realismo lo que hoy vemos claramente como errores y hasta chantaje cultural, pero no podemos negar su enorme valor y los estupendos resultados de esa gesta.
     Pero creo que el papa en Santo Domingo nos invitaba a un nuevo ardor: quizá ya no motivado por ninguno de estos dos sentimientos. Lo que hoy nos lleva a evangelizar es nuestro profundo amor por la vida. La gloria de Dios es que el hombre viva. Jesús decía: yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Anunciar a Cristo es optar por la vida, y por un anuncio de vida a través del evangelio predicado con respeto a cada hombre en su cultura, defendiendo la paz y la justicia, y luchando denodadamente y hasta el martirio contra la cultura de opresión y de muerte que quiere adueñarse de nuestros pueblos.


Método

     Jesús nunca nos asustó con el infierno. Pero nos habló claramente de la perdición, y de la posibilidad de peder la vida definitivamente. Nos invitó y nos prometió el reino, donde gozar del banquete definitivo y total. Pero no nos ocultó las exigencias que tiene el camino estrecho que conduce a la vida.
     En una sociedad pluricultural como la nuestra, el evangelio tiene que ser anunciado con un método nuevo. Un método que respete los tiempos: primero la invitación a la libertad, a la vida, a la alegría compartida ya desde aquí abajo, y luego esperada en forma total y definitiva junto al Padre. Y todo esto mostrado más en la vida concreta que con palabras o estructuras de poder y dominio.
     Pero tiene que ser leal con la verdad: la vida exige sacrifico. Es una apuesta, donde el que se niega a arriesgar, ya ha perdido. Donde Dios se esconde detrás de la necesidad del hermano. Defender la vida del hermano es dar gloria a Dios. Sabiendo que hasta entre los mismos cristianos encontraremos personas que al matarnos creerán estar dando gloria a Dios.
Será necesario aceptar como método que muchas de nuestras estructuras de evangelización son un obstáculo para que muchos se acerquen a la fe. Dolerá abonarlas, salvo que Dios en su misericordia se encargue de quitárnosla, como sucedió con los Estados pontifiios. Sigo pensando que Dios está más interesado que nosotros en esto de salvar el mundo.


La expresión

     Desde aquel 12 de octubre de 1992 en el centro de la isla de Santo Domingo, escuchando al papa en su homilía de la misa recordatoria de los 500 años, me quedó clara la opción en cuanto a mi manera de expresarme para cumplir con la Nueva evangelización. Sería a través del humor, de lo popular y de lo nuestro, incluido el poncho como prenda en la que se entrelaza la vestimenta india con el aporte hispano.
     Nuestra cultura criolla es el fruto actual de mucha grandeza y mezquindades, de heroísmos y crueldades. De acuerdo. Pero es lo nuestro. Es lo que nos ha hecho llegar hasta aquí. Y desde donde tenemos que construir el futuro, con fidelidad al presente y sin guardar rencor al pasado.
     Ser original es una virtud. Tratar de serlo es un vicio. Opto por la cultura cristiana de nuestra gente, aceptando su manera de ser y trasmitiendo en su lenguaje, símbolos y sensibilidad la alegría del evangelio. Del evangelio de la vida. La que nos permita vivir con alegría aun en medio de las dificultades, incertidumbres y búsquedas de este momento histórico. El Señor estaba con nuestro pueblo antes que nosotros viniéramos, y seguirá estando después que nosotros nos hayamos ido. Pero de este trozo de historia nos pedirá cuentas a nosotros. En este sentido lo nuestro es algo totalmente nuevo.


Historia de un faro

     El velero había salido lleno de euforia y de esperanza del puerto de Buenos Aires buscando el Pacífico. Pero para llegar hasta allí no tenía más remedio que bordear la tierra en busca de la brecha que por el cabo de Hornos le permitiera torcer hacia la derecha rumbo hacia el mar grande. Por eso puso confiado proa al sur, aunque su meta fuera el oeste.
     Pero el cambio de rumbo no se hizo. Tal vez se navegaba con las velas demasiado desplegadas. Tal vez fuera de noche cuando se pasó frente a la brecha. A lo mejor sucedió durante una tormenta. No sé. Lo cierto fue que se continuó al sur, rumbo al frío, rumbo al polo.
     El error se fue haciendo duda a medida que subía a la conciencia. Una vez plenamente instalado en la conciencia, la duda floreció en angustia.
     El pobre velero se encontró rodeado por los témpanos, por el frío, las tormentas y un sol lejano que cada vez se alejaba menos del horizonte. Entonces fue cuando se tuvo conciencia de haber equivocado el rumbo. De estar marchando hacia la nada, hacia el vacío del frío y de la muerte. Se le preguntó a la brújula: pero la brújula había enloquecido. Porque en el polo las brújulas enloquecen y comienzan una danza que contagia a los marineros.
     Ya no tenía sentido seguir. ¿Para qué? Si cada esfuerzo hacia adelante era un paso hacia la nada fría de la muerte. Algo que embretaba aún más entre los hielos, la oscuridad y las tormentas.
     Se quiso preguntar a las estrellas. Pero las estrellas revoloteaban en círculo alrededor de un polo cósmico invisible lo mismo que los albatros alrededor del mástil del velero. En el polo, las estrellas no nacen ni mueren, simplemente giran equidistantes al horizonte. Allí, cerca del polo, poner proa una estrella hubiera sido simplemente girar sobre sí mismo.
Entonces ¿nada había ni en el barco ni en el cielo, que fuera capaz de devolver el rumbo? Porque el hecho de no saber dónde se estaba, quitaba todo sentido a lo que se tenía. Los grandes puntos de referencia eran todos ambiguos. Porque en el polo todo es ambiguo, hasta el mismo movimiento.
     Y fue entonces cuando se recibió el mensaje.
     Tres cortas… una larga… silencio. Tres cortas… una larga… silencio. Tres…
     El brillo intermitente despertó la curiosidad de esos hombres hambrientos de señales. No. No podía ser una estrella; porque ese brillo estaba allí, sobre la misma línea horizontal que ellos. Participaba del movimiento de las mismas olas, rodeado por los mismos témpanos y el mismo desamparo del frío y las tormentas. Tenía que ser un signo de presencia humana. Era un faro.
     Y el faro continuaba fiel al ritmo de sus intermitencias: tres cortas… una larga… silencio. Tres…
     Y esos marineros aturdidos por el ruido y la tormenta que silbaba en el cordaje de sus mástiles hubieran preferido que en lugar de ese silencio, el faro les enviara una palabra con la que se identificara a sí mismo y los ubicara a ellos. Pero el faro en su soledad tenía sólo un medio para comunicarse y manifestar su identidad: la fidelidad al ritmo de sus intermitencias. Y continuó lanzando sobre la tormenta, las olas y los témpanos, su mensaje de luz con pañales de silencio.
     ¿Desembarcar en el faro? Era imposible. En esas latitudes los faros anidan en arrecifes. La palabra esperada estaba oculta en el silencio del velero mismo. Porque el velero contaba entre sus bienes con un libro de faros. Y fue allí donde los marineros fueron a identificar el mensaje de ese faro. Y fue gracias a la fidelidad precisa y silenciosa a sus intermitencias por la que los marineros, mineros del silencio de ese libro, ubicaron la identidad del faro y con ello un punto de referencia para su propia posición. Entonces cada cosa antes incoherente, aportó su pequeño mensaje provisorio: la posición del sol en el horizonte, la hora del reloj, la danza de la brújula, y hasta las mismas estrellas.
     Se supo que se estaba proa al polo. Y se viró en redondo. Y con ello los marineros supieron que el velero se había salvado. O mejor, que para ese velero comenzaba la oportunidad de salvarse.
     Porque esa conversión profunda, aparentemente no había cambiado nada en la geografía concreta de su navegación. Seguían rodeados por los témpanos, el frío, las olas y los vientos. Su conversión no les había cambiado de geografía; simplemente los había colocado proa hacia una nueva dirección. Antes, seguir era avanzar hacia la muerte, hacia el frío del polo y de la nada. Ahora, navegar era avanzar hacia la luz, hacia la vida, hacia el encuentro con los demás hombres. Era regresar hacia su pueblo, dejando atrás la geografía del reino de las sombras. Pero allí los dos rumbos participaban aún del mismo medio externo. Y tal vez el esfuerzo para avanzar fuera ahora aún mayor que el anterior, porque había que hacer frente a todo eso que los había conducido hasta allí. Pero la diferencia estaba en que ahora los esfuerzos tenían sentido porque conducían a la vida. Porque entre los navegantes, lo que desanima no es el tener que hacer esfuerzos, sino el que esos esfuerzos sean gestos vacíos de sentido.
     Poco a poco fue quedando atrás toda esa geografía polar. Poco a poco las estrellas fueron inclinando sus órbitas buscando el horizonte, y la brújula fue estabilizándose. Y con ello se reentró en el mundo de las exigencias normales de la navegación a vela. Se siguió navegando con fidelidad a esa ruta, proa hacia esa meta donde muere el sol.
     Allá quedó el faro. Exigido por la fidelidad al ritmo de sus intermitencias, a su geografía polar y a su silencio. Porque el misterio personal del faro exige fidelidad a su arrecife, y un profundo respeto por la ruta personal de cada navegante.
     Lo que no quita que a veces sufra de nostalgia al recordar a los veleros.

Mamerto Menapace


404-405 Siempre el que se arriesga a amar, se compromete a sufrir, hasta llegar a la frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un «sí» en la vida, trae acollarado una tropilla de «no». Decir «no» a algo, nos deja en libertad para decirle todavía que «sí» a todo lo demás. Mientras que decirle a algo que «sí», nos compromete a decirle que «no» a todo el resto. Contiene muchos más «no» un sí, que no un «no».- Mamerto Menapace