MENSAJE DE JUAN PABLO II. 2003 volver al menú
 

Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.
Sirve la nube,
sirve el viento,
sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú,
donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú,
donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que aparte la piedra del camino,
el odio entre los corazones
y las dificultades del problema.
El servir no es faena sólo de seres inferiores.
Dios, que da el fruto y la luz, sirve.
Pudiera llamársele así: El que sirve.
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos
y nos pregunta cada día:
¿serviste hoy?
¿a quién?
¿al árbol, a tu amigo, a tu madre?



Mensaje de Juan Pablo II

(2003)

     La vocación como servicio, lema de la XL Jornada mundial de oración por las vocaciones, nos invita a volver a las raíces de la vocación cristiana, a la historia del primer llamamiento del Padre, al Hijo Jesús. Él es el siervo, proféticamente anunciado como el que el Padre ha elegido y plasmado desde el seno materno, el predilecto al que sostiene y en el que se complace, en el que ha puesto su espíritu y al que ha transmitido su fuerza y al que exaltará .

     Es evidente el radical sentido positivo, que el texto inspirado otorga al término siervo. Mientras que, en la cultura actual, al que sirve se le considera como inferior, en la historia sagrada siervo es el que es llamado por Dios para cumplir una acción particular de salvación y redención, el que sabe que ha recibido todo lo que tiene y por tanto se siente también llamado a poner al servicio de los demás todo cuanto ha recibido.

     En la Biblia el servicio va siempre unido a una llamada específica de Dios y por tanto representa el máximo cumplimiento de la dignidad de la criatura, que evoca toda una dimensión misteriosa y trascendente. Así ha sido en la vida de Jesús, el siervo fiel llamado a cumplir la obra universal de la redención.


Como cordero llevado al matadero…

     En la Sagrada Escritura aparece una fuerte y evidente conexión entre servicio y redención, entre servicio y sufrimiento, entre Siervo y Cordero de Dios. El Mesías es el Siervo sufriente que padece, que carga sobre sus espaldas el peso del pecado humano, es el Cordero llevado al matadero para satisfacer el precio de la culpa cometida por la humanidad y devolverle así el servicio que más necesita. El Siervo y el Cordero que maltratado, se sometía y no abría la boca, mostrando de esta manera una fuerza extraordinaria: la de no devolver mal por mal, sino la de responder al mal con el bien.

     Es la humilde energía del siervo, que encuentra en Dios su fuerza y que, por esto, Él le transforma en “luz de las naciones para que la salvación llegue hasta los confines de la tierra”. La vocación a servir es siempre, misteriosamente, vocación a tomar parte de forma muy personal, aunque costosa y sacrificada, en el ministerio de la salvación.


…como el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir

     Jesús es realmente el siervo del que habla la Escritura. Él es quien se ha despojado radicalmente de sí, para asumir la condición de siervo y ocuparse totalmente de las cosas del Padre, como Hijo predilecto en quien el Padre se complace. Jesús no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate de todos; lava los pies de sus discípulos y obedece al proyecto del Padre hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre y haciéndole Señor del cielo y de la tierra.

     ¿Cómo no descubrir en el siervo Jesús la historia de cada vocación, la historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que inevitablemente pasa a través de la llamada a servir y culmina en el descubrimiento del nombre nuevo, pensado por Dios para cada uno? En tal nombre cada uno puede proponer su propia identidad, orientándose hacia una realización de sí mismo que lo hará libre y feliz. ¿Cómo no descubrir, concretamente en la parábola del Hijo, Siervo y Señor, la historia vocacional de quien es llamado por Él, para seguirle de cerca y llegar así, a ser siervo en el ministerio sacerdotal o en la consagración religiosa? En realidad, la vocación sacerdotal o religiosa es siempre por su naturaleza, vocación al servicio generoso a Dios y al prójimo.

     Entonces el servicio se transforma en camino y mediación preciosa para llegar a comprender mejor la propia vocación. La diakonía es en verdad itinerario pastoral vocacional.


Donde estoy yo, allí también estará mi siervo

     Jesús, el Siervo y el Señor, es también el que llama. Llama a ser como Él, porque el ser humano sólo en el servicio descubre la dignidad propia y la ajena. Llama a servir como Él ha servido: cuando las relaciones interpersonales se inspiran en el servicio recíproco, se crea un mundo nuevo y se desarrolla una auténtica cultura de la vocación.

     Con este mensaje, quisiera casi prestar mi voz a Jesús, para que proponga a tantos jóvenes el ideal del servicio y les ayude a superar la tentación del individualismo y la ilusión de encontrar así la felicidad. Existe en el corazón de muchos jóvenes una natural disposición a abrirse al otro, especialmente al más necesitado, —pese a cuanto la mentalidad actual impulsa en contra—, disposición que les hace generosos, capaces de empatía, dispuestos a olvidarse de sí mismos para anteponer el otro a sus propios intereses.

     Queridos jóvenes, servir es vocación del todo natural, porque el serhumano es naturalmente siervo, no siendo dueño de la propia vida y estando necesitado en cambio de tantos servicios al otro. Servir es manifestar la libertad que brota del propio yo y de la responsabilidad hacia el otro; todos podemos servir, con gestos aparentemente pequeños, pero grandes en realidad si están animados del amor sincero. El verdadero siervo es humilde, se sabe inútil, no busca el provecho egoísta, se entrega los otros experimentando en el don de sí mismo la alegría de la gratuidad.

     Queridos jóvenes, ojalá sepáis escuchar la voz de Dios que os llama al servicio. Es el camino que se abre a tantas formas de ministerio a favor de la comunidad; desde el ministerio ordenado a los diversos ministerios instituidos y reconocidos: la catequesis, la animación litúrgica, la educación de los jóvenes, las más variadas expresiones de la caridad. Al clausurar el Gran Jubileo recordé que esta es la hora de una nueva imaginación de la caridad. A vosotros, jóvenes, corresponde de forma particular hacer que la caridad se exprese en toda su riqueza espiritual y apostólica.


El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos

     Así habla Jesús a los Doce, cuando discutían entre ellos sobre quién era el más importante. Es la tentación de siempre, que ni siquiera perdona a quien es llamado a presidir la Eucaristía, sacramento del amor supremo del “Siervo sufriente”. Quien cumple este servicio, en realidad, está más radicalmente llamado a ser siervo. Es llamado, de hecho, a obrar in persona Christi y por tanto a revivir, la misma condición de Jesús en la Última Cena, asumiendo así la misma disponibilidad para amar no sólo hasta el fin sino incluso hasta dar la vida. Presidir la Cena del Señor, es por tanto, una invitación urgente a ofrecerse como don, para que permanezca y crezca en la Iglesia la actitud del Siervo sufriente y Señor.

     Queridos jóvenes, cultivad la atracción por los valores y por las opciones radicales que hacen de la existencia un servicio a los demás tras las huellas de Jesús, el Cordero de Dios. No os dejéis seducir por los reclamos del poder y de la ambición personal. El ideal sacerdotal debe estar constantemente purificado de estos reclamos y de otras peligrosas ambigüedades.

     También hoy resuena la llamada Señor Jesús: Si alguien quiere servirme, que me siga. No tengáis miedo a acogerla. Encontraréis seguramente dificultades y sacrificios, pero seréis felices al servir, seréis testimonios de aquel gozo que el mundo no puede dar. Seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno; conoceréis la riqueza espiritual del sacerdocio, don y misterio divino.

     Como otras veces, también ahora elevemos la mirada hacia María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización. Invoquémosla con confianza para que no falten en la Iglesia personas dispuestas a responder generosamente a la llamada del Señor, a un servicio del evangelio más directo:


María, humilde sierva del Altísimo,
el Hijo que has engendrado te ha hecho sierva de la humanidad.
Tu vida ha sido un servicio humilde y generoso:
has sido sierva de la Palabra cuando el Ángel
te anunció el plan divino de la salvación.
Has sido sierva del Hijo, dándole la vida
y permaneciendo abierta a su misterio.
Has sido sierva de la Redención,
“permaneciendo” valiente al pie de la Cruz,
junto al Siervo y Cordero sufriente,
que se inmolaba por nuestro amor.
Has sido sierva de la Iglesia, el día de Pentecostés
y con tu intercesión continúas engendrándola en cada creyente,
también en estos tiempos difíciles y atormentados.
A ti, joven Hija de Israel,
que has conocido la turbación del corazón joven
ante la propuesta del Eterno,
dirijan su mirada con confianza los jóvenes del tercer milenio.
Hazlos capaces de aceptar la invitación de tu Hijo
a hacer de su vida un don total para la gloria de Dios.
Hazles comprender que servir a Dios llena el corazón,
y que sólo en el servicio de Dios y de su reino
nos realizamos según el plan divino,
y la vida llega a ser un himno de alabanza a la Santísima Trinidad
Amén.

 

Juan Pablo II


 

ALHAMDU LILLAH

ALHAMDU LILLAH (Gracias a Dios) Los musulmanes tienen una concepción sumamente religiosa de la vida. Para ellos Allah (Dios) lo es todo; llena toda su vida; está presente en todas partes y en cualquiera de sus circunstancias personales. La presencia de Allah es una presencia bienhechora y justa: premia y castiga. De todas maneras, acentúan el aspecto bienhechor de Dios a favor de sus criaturas. «Alhamdu lillah repiten con mucha frecuencia en sus conversaciones.
     En el mundo occidental, ese mundo basado en la filosofía griega (Atenas) y la religión hebrea (Jerusalén), purificada y sublimada por el cristianismo (Jesucristo-Iglesia), se va perdiendo el sentido de la presencia bienhechora de Dios. Nos parece equivocadamente que todo lo hemos hecho nosotros, que todo depende de nosotros. De ahí que el «gracias a Dios» que antaño no se caía de los labios del pueblo cristiano, se está olvidando.
     La misión de evangelizar corresponde a todo cristiano, pero de una manera singular corresponde al cristiano que ha sido llamado, como los apóstoles, a proclamar la buena noticia de la salvación de Dios, dada en Jesucristo, y a celebrarla en los sacramentos
     El sacerdote, el misionero, no verá cumplida su misión hasta que el evangelizado no se sienta empapado de gratitud por la salvación.
     Cuando «gracias a Dios» no sea sólo una expresión rutinaria en nuestras conversaciones, sino la convicción de que todo se lo debemos a Dios, sólo entonces el evangelio habrá penetrado los tuétanos de nuestra vida.


IN CHÁA ALLAH

IN CHÁA ALLAH (Si Dios quiere). El «in cháa Allah» los musulmanes lo llevan pegado a los labios. Lo mismo que nosotros antes; ahora menos. Los musulmanes lo repiten una y otra vez, tanto los de escasa cultura, como los que tienen estudios. En Melilla se oye tantas veces la frase (jaculatoria, diríamos en cristiano) que aún los mismos cristianos la dicen con más o menos respeto.
     Sospecho que «si Dios quiere» entre los españoles que se profesan cristianos tiene una buena carga de rutina. Entre los musulmanes la frase parece que es más consciente.
     En más de una ocasión, cuando, hablando con un musulmán melillense, he dicho, si viene al caso, «in cháa Allah», me responden: «Claro, claro, si Dios quiere, porque si no, imposible».
     Si entre nosotros insistimos en el «si Dios quiere» remarcando que sin Él nada de nada, nuestro interlocutor es posible que nos mire con aire despreciativo o, por lo menos, compasivo. «A estas alturas del siglo XXI ya no se habla así», nos dirán o se dirán.
     Es un hecho que entre los jóvenes cada vez se escucha menos «si Dios quiere». Porque la vida y todo lo que acontece en ella, se dicen, está en nuestras manos. No hay nadie «de arriba» que se interfiera en lo nuestro.
     Los apóstoles, ellos o ellas, deberán recordarnos una y otra vez que todo depende de Dios; y que Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque lo que acontezca pueda parecer lo contrario.
     Nosotros sólo vemos «cachitos» del cuadro de la historia. Se nos escapa el conjunto del cuadro. Y muchas veces en el cuadro las sombras ayudan a resaltar la luz. Las sombras también tienen su función y su misión.
     Bueno, ¿y por qué decir «si Dios quiere» si Él hará siempre lo mejor, lo digamos o no? Pues, simplemente, porque quiere que admitamos que todo depende de Él. La nuestra es una dependencia de hijos a Padre. Y Dios es un Padre que quiere que, de una manera u otra, seamos felices.
     Con el «si Dios quiere» el apóstol recuerda a los creyentes o ayuda a descubrir a los no-creyentes que la voluntad, el querer de Dios, está por encima de todo; y que esta voluntad divina siempre es infinitamente buena para todos.


ALLAHU AKBAR

ALLAHU AKBAR (Dios es el Supremo). En Melilla, donde vivo, cuando el imán, desde el minarete, incita cinco veces al día a la oración, comienza con el canto de «Allahu Akbar». A algunos cristianos melillenses les crispa el canto islámico, como quizás a los musulmanes les crispan nuestras campanas. A Teresa, melillense cristiana de toda la vida, le encanta. Dice que el canto del imán da un aire poético al ambiente de la ciudad. Yo pienso como ella, pero por otra razón. Me explico:
     A los llamados occidentales se nos está olvidando el Supremo Hacedor. Nos hemos creado otras supremacías: el dinero, el poder, el placer… Somos idólatras.
     Los buenos musulmanes son el reverso de la medalla. Para ellos (los buenos, por supuesto, porque también los hay que no lo son), Dios es realmente el Supremo. De tanto escuchar, desde niños, el «Allahu Akbar», la idea de la supremacía de Dios les pasa del oído al corazón, y del corazón (del corazón de los buenos musulmanes, repito) les pasa a la vida.
     A los cristianos descristianizados del mundo occidental urge que alguien nos recuerde que Dios es el Supremo. Y que nos lo recuerden explícita y reiteradamente.
     El apóstol, el enviado, si quiere serlo de verdad, debe superar los complejos de inferioridad religioso-cristiana. Porque una cosa es el silencio de Dios (a veces se calla para despertar en nosotros las ganas de escucharle), y otra es no hablar de Dios.
     El apóstol jamás debe ser orgulloso, pero tampoco tímido en anunciar el mensaje evangélico. Debe ser respetuoso y, por serlo, debe hablar (proclamar) aquello en lo que cree. Quizá no sea lo suficientemente santo, pero no por eso puede olvidar que ha sido enviado como oveja entre lobos. Debe saber escuchar, pero no debe callar el mensaje que se le ha confiado.


ALLAH I^AWEN

ALLAH I^AWEN (Que Dios provea ayuda). La expresión «Allah i^awen» se la he escuchado en muchas ocasiones a Mimón Al-Baragragui, un profesor de Frahkana, pueblo de unos diez mil habitantes, colindante con Melilla.
     Le conocí gracias a Guillermo, ese ermitaño «itinerante y extraño» (le digo yo), argentino de nacimiento y español de adopción, que, siendo profundamente cristiano, siente una atracción especial para con el mundo musulmán. Guillermo pasa la mitad del año en la soledad de algún rincón de Marruecos.
     Cuando con Mimón Al-Baragragui hemos planificado conjuntamente algún proyecto que puede parecer utópico, repite a menudo: «Allah i^awen». Así expresa su confianza en la ayuda de Dios. Sin Él cualquier proyecto fácil o difícil es imposible.
     El sacerdote o el llamado a colaborar con el Espíritu, dentro de la Iglesia, en algún proyecto que intenta humildemente echar semillas del reino de Dios en nuestro mundo, debe tener en cuenta que sin Él fracasaremos. Jesús nos lo dijo abiertamente: «Sin mí nada podéis hacer».
     La humildad en cualquier acción apostólica radica básicamente en ser conscientes de que la ayuda de Dios es primordial. Para conseguir esta humildad es necesaria la oración. En ella y por ella expresamos nuestra pequeñez. Y desde ella reconocemos y pedimos la ayuda de Dios.
     Un sacerdote o un «enviado» que no ore, podrá ser un líder, un ejecutivo o un empresario, pero nunca será un apóstol de Jesucristo.


ALLAH IHENNIK

ALLAH IHENNIK (A la paz de Dios). «Allah ihennik» equivaldría más o menos al «vaya usted con Dios, el Dios de la paz», o «la paz de Dios con usted».
     Desde hace siglos y quizás más aún ahora, los cristianos creemos que los musulmanes son belicosos, personas nacidas para pelear. La Reconquista antaño y ahora los actos terroristas atribuidos a los musulmanes parecen justificar nuestra manera de pensar. Y lo que es peor: estamos convencidos de que su fanatismo bélico radica en el Corán. Es una equivocación.
     Mi amigo Mimón, que del Corán entiende mucho, me asegura que su libro sagrado es un libro de paz; que querer justificar la guerra y el terrorismo con el Corán en la mano es un craso error; que Mahoma siempre orientó a sus creyentes a construir un mundo en paz. Y me recita de memoria un montón de citas que así lo confirman. Quizá otros entendidos en islamismo digan lo contrario. Me quedo con lo me dice mi amigo.
     Lo que sí parece cierto es que actualmente el espíritu bélico de algunas naciones musulmanas radica más en razones cultural-político-económicas que en razones estrictamente religiosas. Dicen algunos entendidos que el mundo musulmán se rebela más bien contra la opresión y la imposición del mundo occidental. Y la opresión o imposición engendra la rebelión.
     Sea como fuere, me parece que la paz entre oriente y occidente vendrá por los caminos de la comprensión, del respeto, de la valoración mutua y de la tolerancia.
     El apóstol cristiano, si quiere serlo según baremos evangélicos, debe ser comprensivo, respetuoso y hasta tolerante para con el mundo islámico. Conviene recordarlo en estos años en los que la presencia islámica en España se multiplica.
     La conversión del evangelio jamás se dará por métodos impositivos. El apóstol sabe que la salvación cristiana es una oferta gratuita y libre; una oferta avalada por el servicio desinteresado y el amor gratuito. Lo demás se nos dará por añadidura.

Ramón Buxarrais


402-403 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto: Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del evangelio de los obreros del evangelio.- PABLO VI