DICCIONARIO DE LA VOCACIÓN volver al menú
 

 

CANELA

     Aquel cura era canela fina. En mi tierra de Aragón lo malo es que los labriegos descubren qué bueno era el párroco cuando ya lo cambiaron de parroquia.
     La copla dice que hay tres cosas estupendas en los pueblos del Pirineo: el vino, el pan... y el cura que se fue.
     Pero aquel cura era canela fina.

CIAO

     Adiós. Se pronuncia «chao». La palabra fue segundo premio en aquel concurso de cuando éramos jóvenes.
     Ciao. Se dice en los andenes, cuando arranca el tren. Ciao, dice papá al marchar a la oficina. Lo dicen los novios, en la despedida por la noche. Ciao, pañuelo verde; ciao, globo blanco; ciao, pañuelo rojo; globo azul, pañuelo, globo, ciao.
     
Me gustaría, a mí que soy cura, decir a los amigos, a los pájaros, a la rosa: Ciao, adiós, a Dios.

FRIO

     Desaparece poniéndole brasas dentro.
    
(Perdona, Jorge; ¿para qué explicarlo más? Hay frío, ¿no?, por ahí... Pues metamos brasas dentro).

FRONTERA

Me gusta vivir en la frontera. Línea amada. Raya que a veces quisiera pisar, y a veces borrar, según. Quema, la frontera. Riesgo, peligro. Hay frontera de Dios y frontera de los hombres. El hombre limita al norte... Al norte y al sur el hombre limita... El sacerdote vive en la frontera de los hombres con Dios.

FRUTTIVENDOLA

     Yo era jovencillo. Me encantaba Italia, creo que me aturdió Italia como esos vinillos que le dejan a uno semidormido semidespierto con una pinta de astucia en los oídos y desde luego dichoso.
     Organizamos, con Schökel, Martín Descalzo y Montalvillo, un concurso: ¿Cuál es la palabra más bella, más sonora? El concurso era tentador; sólo Schökel se manejaba doce idiomas, incluidas el centenar de palabras que han aparecido en los ladrillos sumerios; y Montalvillo a los quince años cantaba a la guitarra coplas griegas.
     Triunfó una palabra italiana: vendedora de fruta, fruttivéndola.
     Pienso... Los oídos de Jesús viviente oyeron las silabas del arameo que hablaban las gentes en Palestina. ¿Cuál será la palabra que dejó huella más grata en los oídos humanos de Cristo?
     Tengo mis sospechas. «Amigos ya, no siervos. Amigos».

HOGAR

     El sacerdote no tiene. Por aquello de vivir disponible, a la orden. Por estar en guerrilla permanente.
     Hay familias que abren al sacerdote un hueco de cariño en sus hogares. De vez en cuando el sacerdote se detiene un poco...
     Y sale más alegre.

MANOS

     Aquí estoy, Señor, de madrugada, mis manos sobre tu altar. Mis pobres manos. Vulgares, somnolientas, asustadas, mis manos hechas para la cuenca del misterio. Tan acostumbradas al prodigio diario que las veo como nacidas a medida justa de la hostia y el cáliz. Mis pobres manos. Bien quisiera que no temblaran, bien quisiera…
     Mis manos. Tu pedestal. Mis pobres manos.

     ¿Tus pobres manos?
     En otro tiempo, casi verano en los campos de Galilea, acaricié los trigales. Ha sido bella mi aventura con los hombres. Toqué el buche de los pájaros, la frente de los niños, toqué las aguas del lago mientras Pedro y Andrés remaban a compás. Pensé que una huella de mi mano quedaría en la piel tierna, un calor nuevo en el embrión de los granos de trigo, un reflejo en las escamas de los peces. Toqué, era hermoso, también toqué los huesos quebrantados del paralítico, la pupila blanquecina de un ciego, las miserias de los leprosos.
     Toqué… con las manos que me dio la Virgen; se parecían a las suyas como mi cara a su cara.
     Tus manos
     – que pones juntas y las abres saludando con la paz;
     – bendicen el amor, cumplen los ritos, manejan utensilios santos, vienen de arriba empapadas de escarcha;
     – tus manos que sosegaron, ¿recuerdas?, aquel corazón galopante de fiebre a la caída de la tarde;
     – tus manos que no guardan, que reparten, ignoran el camino de las arcas y no saben anotar otro cero en la libreta ni cortar cupones;
     – tus manos esas que de madrugada tiemblan cada día por el peso leve de una hostia;
     – tus manos con surcos que conozco;
     – ¿tus pobres manos?
     Mi pedestal, tus manos.

MANUEL

     Es un nombre familiar, amable, y un poco desprestigiado. Barato. Quizá por el uso excesivo en los bares.
     – ¡Manolo, un tinto!
     ¿Cuántas tabernas habrá en el mundo que se llamen «Bar Manolo»?
Sin embargo, Manuel es una palabra esencial. En la Biblia equivale a la descripción histórica de la venida del Mesías: «Hin-manú-El» = Con – Nosotros -- Dios. A nuestro lado. Mezclado. Cercanía de Dios: al encarnarse el Verbo, los cielos se inclinan hasta juntarse con la tierra. Manuel, Dios está cercano... Manuel, el Mesías. Manuel, un profeta, un enviado, un sacerdote: mezclado, portador, testigo, huella divina, Manuel.
     Cada sacerdote —Luis, Antonio, José, Francisco— lleva escondido un apellido: Manuel. Por eso yo sonrío al oír exclamar: «¡Manolo, un tinto!».

MARÍA

     Mi hermana. Madre de diez hijos. Ahora se le muere uno. Carlitos, ocho años y crío delicioso: tumor cerebral.
     María ha gastado su hermosa juventud en dar cosechas: así la tierra de los campos da sus jugos, así las encinas y el olivo.
     No sé qué saldrá de los niños de María. Pero una cosa sí sé: que en los hijos, en los nietos, en los biznietos de mi hermana, con tanto sacrificio, con tanto amor, tarde o temprano aparecerá una semilla consagrada, nacerá un sacerdote, Porque María ha amasado con lágrimas silenciosas un pedestal en el que un día se apoyará el pie de Dios.

MISTERIO

     Amar.
     Nació.
     Se está muriendo.
     Goza, sufre, espera, ríe, llora, anhela.
     Sacerdote: se quedó con los ojos abiertos delante del misterio.


OUVERT

     – ¿Es hombre abierto? Est-il ouvert ?
     Los curas franceses desde hace veinte años plantean esta pregunta, antes que ninguna, siempre que oyen elogiar a una persona:
     – ¿Es hombre abierto?
     Que sepa oír. Que sepa comprender. Que sepa impulsar.

POBREHOMBRE

     Le pisan y no chilla; le estrujan, le disparan, le agotan, le hieren, y el tonto de él calla que calla. Pobrehombre. Pobre; de oficio pobrehombre. Luego, en el epitafio le pusieron Don Pobrehombre Martínez Conde, sacerdote

UMFASSEN

     Como ser universal en círculo. Una palabra alemana para abarcar, abrazar al mundo. Una palabra digna del idioma de Goethe.
     Los brazos anchos y el pecho amplio, hasta acoger el planeta. Que para eso es redondo.

ALJOFIFA

     Creí que los diccionarios oficiales desconocían esta palabra, circulante por hogares andaluces. Pues la conocen. El Real de la Academia Española le da su lugar.
     Aljofifa, vocablo de origen árabe, equivale a estropajo: trapo utilizado para restregar los suelos, hasta conseguir ponerlos limpios, a poder ser, brillantes. Naturalmente con un par de meses de uso, el estropajo quedaba hecho una lástima, roto, sucio, «hecho un estropajo».
     Hoy por fortuna disponemos de un precioso invento sustitutivo del estropajo: la fregona, que evita a la persona ponerse de rodillas en el suelo para apretar el estropajo. Heredada la palabra desde los árabes, en Andalucía al estropajo lo llamamos aljofifa. Suena poético.
     Puesto en la presencia de Dios Señor, me siento un estropajo. Pero si en vez de estropajo digo «Señor, ante ti soy una aljofifa», me parece que Él sonríe, benigno.

ANCIANO

     A los mayores de edad suele disgustarles oírse llamar «viejos». «Anciano» suena más venerable.
     ¿Y desde cuándo, a qué años, una persona es anciana? Hace poco un diario dio esta noticia: «Ayer en la Gran Vía un coche arrolló a un anciano de cuarenta años». Toma del frasco.
     Hoy con multitud de ciudadanos alcanzando los noventa, y los cien, resulta ridículo adelantar excesivamente la «ancianidad». Hemos inventado la «edad madura», la «segunda juventud», la «tercera juventud», la «vida ascendente»…      Todo menos «estás ya viejo».
     Pero un mi amigo arranca siempre una sonrisa a sus colegas de la «tercera edad» con esta frase: « Estamos viejitos».
     Suena cariñoso, disimula las arrugas: viejitos, casi un piropo.

BYPASS

     Pues no.
     Creí que el esternón, hueso duro colocado de arriba abajo en mitad del pecho como sostén de nuestra caja torácica, sería duro, durísimo. Resistente. Pues no.
     El cirujano lo rajó en un santiamén. Derechamente. Igual que si cortara mantequilla. (Me lo contaron luego, yo estaba anestesiado total). Rajado el esternón, los doctores introdujeron su instrumental por el boquete para coserme con cuatro bypass las arterias deterioradas. Y el chorro de mi sangre volvió a circular alegremente.
     (Qué cosas, me gusta imaginar que cuando oramos, el Amo aprovecha y nos raja el esternón para introducirnos una riada de cariño nuevo. ¿Le resultará demasiado resistente el hueso de mi tibieza? Pero Él dispone de sierras eléctricas eficaces…).

CARIÑO

     «Amarás a Dios y a tu prójimo».Ley esencial para quienes somos creyentes.
     Ocurre que la palabra «amor» me resulta grande. Me sobrepasa. Trae ecos bíblicos y antropológicos impresionantes, aplastantes.
     A la gente corrientilla, de tres al cuarto, nos va bien sustituir amor por cariño: «Tendrás cariño a Dios y al prójimo».
     «Cariño», algo así como amor en calderilla. Nos da confianza: «Te quiero, cariño».
     ¿A quién le tienes cariño? ¿También al Señor Dios? También.
     ¿Cariño, en vez de amor? Cariño es el amor que manejamos la gente pequeña.

CINCUENTAICINCO

     Son mis años de sacerdote: 55. Once por cinco, 55. Ya son días, semanas, meses, años… ¿Será posible? Si como quien dice, anteayer celebré mi primera eucaristía. Comenzaba con un «introito» dedicado a la misericordia divina.
     Me eligió, me consagró, me sostuvo 55: 11 por 5.
     Recuerdo la frase ácida de mi poeta francés según la cual «a los cuarenta años se sabe que no se es feliz». Será por las penalidades y tristezas entretejidas al tapiz de la existencia.
     Pues ni penas ni gozos ni lágrimas, nada ni nadie me ha arrebatado mis 55 años de alegría. ¿Soy un insensato? Quizá: 11 por 5, 55. Sacerdote, para mí, igual cincuentaicinco fajinas de alegría.
     No miro atrás. Me importa el futuro. ¿Otros 55? Sería abusar, ¿eh?

COCINERO

     Nunca oí ni leí esa definición, sugestiva, que da Lutero de los sacerdotes: cocineros de los cristianos.
     Jorge, me gusta, mucho; el sentido, bien claro: los sacerdotes somos cocineros para la familia creyente, pues ponemos sobre la mesa el pan sacramentado, el alimento espiritual. Hermoso.
     Ignoro si Lutero usa en alemán «Koch», o «Bäcker». Preferiría panaderos. Cocinero, quieras que no, y con absoluto respeto al honorable cuerpo de personas ocupadas en la cocina, trae consigo referencias aceitosas. «Bäcker», panadero, hornero, templa el horno para cocer el pan.
     Somos algo más que «restauradores», servidores de alimentos: Fabricamos, cocemos el pan sagrado… Y lo repartimos.      Hermoso pensamiento el de Lutero.

INDIGNO

     Al obispo le sentó como un tiro.
     Quién sabe, quizá su convencimiento de que el curilla ponía el calificativo como un reproche al jefe, tuvo fundamento.
Estaban amoscados entre sí, el prelado y su párroco de pueblo.
     Un día su excelencia presenció la eucaristía celebrada por el curilla en su templo parroquial. Y le pareció mentira lo que sus oídos oían.
     En la anáfora segunda, después de la consagración, los celebrantes rezamos nominalmente por el papa, el obispo, los demás pastores.
     Al curilla le oyó su obispo :
     — … por el papa Juan Pablo II; por nuestro indigno obispo Lucas; por todos los obispos…
     Apenas terminada la liturgia, obispo y cura tomaron un café servido en la casa parroquial.
     Pero Lucas obispo, airado, estalló:
     — Y explíqueme, señor cura, cómo tiene el desenfado, la falta de vergüenza, de llamarme «indigno obispo», me insulta en plena misa.
     El curilla don Abundio puso cara de asombro:
     — Señor obispo, yo no le insulto…
     — ¡Me llama «indigno»!
     — Pero no es palabra inventada por mí, la he aprendido de usted.
     Efectivamente, al celebrar la liturgia los obispos después de recordar al papa se incluyen a sí mismos en la plegaria; pero antes del nombre, dándonos a los fieles ejemplo de humildad, colocan el adjetivo; dice así:
     — … por el papa Juan Pablo; por mí indigno siervo tuyo…
     El argumento de don Abundio dejó estupefacto al obispo Lucas:
     — Señor obispo, mi obligación es imitarle. Usted se confiesa indigno…
     Don Abundio, astuto viejecito cura, desconfía cuando usamos palabras humildes. Duda si las pronunciamos sinceramente.
     Al obispo Lucas decirse a sí mismo «indigno siervo» no le comprometía. Era sólo una frase… para dar ejemplo.

LEVÍ

     En Belén quise pasar mi velada, horas de té moruno, tarde y noche completa de convivencia, ante una tienda campamental de beduinos. Hablando, callando; y mirando a las estrellas: con media docena de pastores, todavía hoy tan libres de la televisión como los del siglo I, y sólo atados a la actualidad por un transistor.
     Y me contaron un cuento. De niños. ¿De niños? Ingenuo. De niños y grandes. Para nunca olvidar. Permitidme que os lo cuente, tan sencillo como ellos me lo contaban. Veréis qué gran realidad: Nacimos en Belén. Somos críos, de cuento.


     Leví era casi un renacuajo. Doce años, desgraciados. Murió su padre cuando el niño contaba un año escaso. Con el padre se fueron los ahorros. La madre, mitad de pena mitad de hambre, cayó enferma. Desde siempre, Leví conoció a su madre enferma. Quienes asistieron a la boda aseguran que la madre de Leví fue muy hermosa. Pero la muerte del marido la dejó atontada, la hizo vieja prematura. No tuvo ni fuerzas para sobreponerse a la desgracia, vecinas dicen que se había vuelto medio tonta. Una locura pacífica, sin arranques de ira, siempre mansa, siempre callada. A no ser porque una vecina cuidó de que al pequeño no le faltara cada mañana un mendrugo de pan y un jarro de leche, Leví no hubiera pasado de los tres o cuatro años. Se salvó. Raquítico, eso sí, pero bueno: con una luz clara en sus ojazos grandes. Como si los sufrimientos le hubieran adelantado el uso de razón, a los cinco años se daba perfecta cuenta de la desgracia de su madre. Y se dedicó a hacerle compañía, a consolarla con caricias. Pasaba horas muertas en la choza, al pie del catre donde reposaba la enferma. Sin aquella luz que le brillaba en los ojos, todo el mundo hubiera dicho que también el pequeño Leví estaba tonto: no correteó con los camaradas, no brincaba por los montes, nunca reía. Pero aquella luz de sus ojos, triste y terriblemente confiada, como si alguien le dijera que un día...
     A los diez años, la vecina que regalaba pan y leche a la enferma y al niño consiguió para Leví un puesto de zagal en los rebaños de Belén: así le daría el sol y el viento. La enferma podría doblar su ración de pan y leche, con lo que a Leví le regalaran los pastores.
     De los diez a los doce años, Leví dio un buen estirón. Pero aún quedó en renacuajo. Le gustaba correr detrás de las ovejas. Hacía turno de día y de noche, durmiendo al raso en el tiempo sereno, y acurrucado en la corraliza si el cielo estaba destemplado. Los pastores le querían. Cada tarde le dejaban un rato libre para escapar del campo a la choza y visitar a su madre. Casi siempre le regalaban nueces, pasas, requesón. Leví contaba a la enferma las peripecias del rebaño, las mañas de los pastores; y que el mayoral le ha prometido un corderillo para la fiesta de los Tabernáculos...
     Llegaron juntas, la fiesta y la desgracia. El mayoral cumplió su palabra, por los Tabernáculos Leví recibió un corderito gordezuelo y juguetón, bien vestido de lana rizada y con dos ojos que parecían estrellas de las que cada noche el zagal veía relucir sobre el cielo de Belén. Había que ver aquella tarde a Leví que apretaba con sus brazos enclenques al corderillo contra el pecho, camino de su choza... El primer tesoro. ¡Qué alegría para la madre enferma! Porque él, Leví, lo tenía todo bien pensado. ¡Le quedaba tanto tiempo para pensar a solas en las horas de guardia del turno de noche!
     Engordaría su cordero, le descubriría el sendero de los mejores retazos del prado, lo haría grande, hasta que valiera como dos ovejas. Y luego lo cambiaría, compraría las dos ovejas a cambio del cordero. ¡Qué pena venderlo cuando ya serían tan amigos! Pero él, Leví, necesitaba las ovejas, no por él, que se quedaría más a gusto con su corderito. ¡Pero la madre enferma! Él, Leví, tenía que ganar dinero; y tener un rebaño; y comprar una casa para su madre, para su madre enferma. Con el cordero, dos ovejas. Y luego, más corderillos, una palada de corderillos que engordarían, engordarían hasta valer dinero...
     La madre no pudo ver al corderillo. Se limitó a tocarlo, acariciarlo como acariciaba cada tarde a su Leví, apretarlo contra su mejilla. Pero no lo pudo ver. Hacía días que supo se le escapaba la fuerza de los ojos, se quedaba ciega, no lo dijo hasta hoy al niño. Leví acaba de comprender. Ha dado el corderillo a su madre y ha visto cómo ella tendía las manos al vacío, y luego no lo ponía ante los ojos. Lo tocaba, lo abrazaba, le besaba la espalda felpuda. La madre no ve, la madre está ciega. Leví callado, a tres pasos del catre de su madre. Leví, asombrado, entreabiertos los labios, deja que unas lágrimas grandes, descomunales para un niño raquítico como él, rueden mansamente por su cara...
     Ahora tiene más prisa por poseer, por cambiar corderos y ovejas hasta conseguir el rebaño necesario para comprar una casa, para pagar remedios: llevar a su madre a ciudades lejanas donde hay médicos que curan enfermos graves. Y todo le quedaba en sueños. Los pastores lo ven más silencioso, más bueno, más retraído. El pobre Leví, dueño de un único cordero, pobre zagal que levanta los ojos tristes al cielo de Belén.
     Hace sólo un rato que pasó la medianoche. Está sereno el cielo. Naval, un zagalejo de veinte años, jefe inmediato y buen camarada de Leví, ha iniciado su turno de vela y da un paseo alrededor del rebaño. Leví, como cada noche, queda dormido sobre el revoltijo de cayados y zurrones. Media docena de pastores que dialogaban en torno a las brasas en las horas largas de la tarde dormirán hasta la madrugada.
     No, hasta la madrugada no.
     Leví nunca supo qué había pasado de verdad.
     Le despertó Naval, sacudiéndole por un brazo y gritándole prisas. ¡Qué sueño! ¿Cómo es posible? Si acababa de dormirse. Pero ¿qué pasa? ¿Dónde me llevas? ¿Luces? ¿Angeles? ¿El Mesías? Leví no entiende una palabra. Se frota los ojos. Naval le arrastra, no han de llegar tarde. Se fueron todos, y el rebaño ha quedado solo. Naval dice que no importa, da lo mismo, hay que ver al Mesías. ¿Al Mesías? Luces y ángeles...
     Cantaron suave, los ángeles de Belén, que no despertaron a Leví. Se quedó solo.
Ya corrían los pastores al portal, el uno con requesón, con leche, con pan; con nueces y con miel los otros cuando dijo el mayoral que Naval regresara a despertar a Leví para que tampoco el pequeño faltara al homenaje que habían de rendir al Mesías. Pobre Leví. No comprende, no puede comprender. ¿Qué sabe él del Mesías si apenas algún sábado acudió a la lección de la sinagoga? Siempre con su madre, con su madre enferma. Le irá a contar lo que está pasando, quizá ella sepa. «Explícame, Naval». Lo contará a su madre, y de paso acariciará el corderillo que cada día a la puesta de sol lleva a la choza para que durante el invierno pase mejor la noche. No es que haga frío este invierno, pero su cordero merece otro trato. Algunas noches refresca, ha visto él que las ovejas se aprietan unas a otras para calentarse. ¡Qué raro! Naval le lleva hacia la gruta de Absalón ¿Por qué corremos tanto? A estas horas venir corriendo a la gruta de Absalón... Luces. ¿Habrá fuego? Pero si en la gruta no queda más que un establo viejo, y desde la última vez que acamparon aquí los beduinos nadie ha traído leña... ¿El Mesías? ¿Quién será el Mesías, y qué tiene que hacer en esa gruta? Ya llegamos, Naval no habla, respira fuerte.
     Desde un rincón a la entrada de la gruta, Leví contempla el homenaje de los pastores al Niño Jesús. Pasa primero el mayoral. Hay junto al pesebre un hombre joven y una muchacha que sostiene en brazos al niño chiquitín. El hombre joven está de pie, y la muchacha sentada. El mayoral hace un sin fin de reverencias, se postra ante la muchacha y alarga al hombre los regalos. Y luego pasan todos, cuatro, cinco, los seis pastores; y Naval. Repiten las inclinaciones, se arrodillan. Sin darse cuenta, en su rincón, Leví también se ha puesto de rodillas. Lo ha visto, lo ha mirado todo, pero al fin los ojos quedan clavados en el niño chiquitín. El Mesías... Así, tan pequeñito. Y blanco, tan blanco. Se parece a su corderillo, al cordero de Leví, que ahora dormirá a los pies del catre de la madre. Blanco, igual que el cordero. Qué raro todo esto. Y qué bonito el Niño...
     Clavados los ojos en el Niño, Leví no se da cuenta de que salieron todos los pastores. Queda él solo en la gruta. La muchacha será la Madre, le mira, le sonríe bondadosa; y pregunta:
     — ¿Y tú? ¿No tienes nada que ofrecer?
     Leví se sobresalta. Mira a la señora, otra vez al niño, mira al hombre...
     No contesta, da una sonrisa a la sonrisa de la señora bondadosa. Se levanta. Media vuelta, y sale disparado. Corre Leví. Tú también tienes algo que ofrecer. Corre. No sea que se vayan. El Mesías. ¡Qué niño tan blanco! Detrás el hombre. Y la señora. Leví no regresa al campo de los pastores. Va, corre a su choza, a la choza de su madre. El también tiene algo que ofrecer, sí, a la guapa señora.
     Ha entrado de puntillas en la choza. La madre duerme, y no quiere despertarla. Además, tendría que dar explicaciones, ¿qué iba a decir? El no puede ofrecer más que una cosa al niño y a la señora, una cosa que quiere mucho y que es todo su tesoro.
     Ahí está el corderito a los pies del catre. Como todas las noches. Pero hoy será distinto. Leví no piensa, no quiere tener pena. Coge cuidadosamente el cordero, lo abraza, lo aprieta; sale de la choza, y otra vez a correr. ¡Cómo corre este chaval! Ha de llegar enseguida no sea que se vayan, él tiene también qué ofrecer, tiene un regalo.
Al trote entra Leví en la gruta. La señora ha dejado al niño recostado en el pesebre. El hombre no está, habrá ido a buscar leña.
     — Toma.
     Leví alarga sus brazos con el corderito. Toma. Sin palabras. Es todo, todo mío. Toma, mira qué bonito. Se parece a tu niño. Toma, te lo doy. Para él. Y para ti. Ya no tengo más. Toma.
     La mujer coge el cordero. Lo acaricia, lo besa. Qué contento pone a Leví verla sonreír. Casi no se acuerda de que ya no tiene cordero, ya no tiene nada.
     — Y tú ¿qué quieres?
     — Déjame al niño.
     Ha puesto el niño en la cuenca de los brazos de de Leví. No se me caerá, no, estoy acostumbrado ¿Ves que así acariciaba a mi cordero?
     — ¿Me dejas besarlo?
     La mujer sonríe. Sí; sonríe.
     Leví ha besado al niño. Un beso largo, en la frente. Un beso suave, cuidadoso, para no despertar al niño dormido.
     Ahora Leví devuelve el niño a la señora. Un ademán casi brusco, rápido. No dice nada, tiene los labios apretados.
     — Adiós, Leví.
     No contesta. La señora le ve salir otra vez disparado como una flecha. La señora, la señora ya sabe...
     Apretados los labios como si no quisiera que algo le escapara de la boca. Leví corre hacia la choza. Tampoco esta vez regresa al campo de los pastores. Naval, que le ha echado en falta, viene por el sendero a buscarle. «Leví ¿dónde vas? Te esperamos. Leví, Leví». El no contesta. No mira. Corre. Ha de llegar. Te traigo un beso. Un beso del Niño. Es el Mesías. Y su Madre, la Señora. Le regalé el corderito y te traigo un beso. Verás verás...
     La choza. Ahora Leví entra corriendo. Se abalanza sobre su madre, la abraza, ¿qué quieres hijo?, y sin decir una palabra la besa largo, apretadamente en la frente.
     — Hijo, hijo ¿qué me has hecho?
     La madre ha sentido un latigazo por sus nervios. Se incorpora. Abre los ojos: ¡Ve! Su hijo, el catre, la choza. Ve. Una sensación de bienestar la invade. Está curada. Mejilla con mejilla, abrazada a su hijo, llora...
     — Hijo, ¿qué ha sido? Estoy curada, curada...
     Leví no contesta. Llora, ríe. No contesta. Nada, madre. Te traje un beso del Niño. Le di el corderito, se lo di, te traje un beso. Y la Señora, la Señora...

OKAPI

     Mi amigo Balta —Baltasar Álvarez, sacerdote culto, esteta, aficionado a versos y colores— ha invitado a su sobrinilla Margui para irse juntos hasta el corazón de África en un vuelo «imaginativo».
     Guiados por el pigmeo Lilipú, Balta y Margui han seguido las huellas de una familia de okapis: hembra, macho y su cría.
Margui, fascinada con las explicaciones del pigmeo Lilipú, descubre un secreto por el cual el okapi-cría sigue las huellas de los okapis-padres sin extraviarse en la maraña de la selva:
     — Los okapis poseen dentro de sus pezuñas una glándula odorífera.
     — ¿Y qué?
     — Pues donde pisan, dejan un reguero de perfume.
     Ah, caray, debo confesar que sin adentrarme en la selva africana, he tenido la fortuna de percibir para guía de mi trayectoria espiritual las huellas de algún maestro…: Gracias, okapi.

PALABRA

     Los tres amigos se me fueron. Qué pronto. ¿Y cómo es que se fueron?
     Los tres vivieron enganchados a la Palabra: Luis Alonso Schökel, a la Palabra bíblica; Julio Montalvillo, a la Palabra poética; José Luis Martín Descalzo, a la Palabra periodística. Los tres, Palabra de Dios.
     Ahora viven ahí, ¿dónde?, acogidos a la Palabra.
     Me pregunto, medito mucho, cómo se sintieron al cruzar la raya y penetrar en la Otra Dimensión. Ya sin tiempo ni espacio. Más allá de nuestras coordenadas temporales y espaciales. ¿Me oyen los tres?
     En el seno cálido de la Palabra…

PROFETA

     Jeremías, el profeta, dice la Biblia, «devoraba» las palabras de Dios: «Tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón.
     Así luego soltaba por su boca llamaradas de ira y de amor.
     La tibieza en que a veces dormitamos algunos sacerdotes hallaría remedio si «comiéramos» las palabras de Dios.
     El profeta, devora «primero» la palabra incandescente. «Después» habla, profetiza. Ejerce.
     Después.

RESPONSABILIDAD

     El cura párroco da catequesis a una docena de gitanillos de Málaga. Quiere inculcarles la obligación cristiana del testimonio.
     — ¿Quién de vosotros sabe qué es tener responsabilidad?
     Silencio.
     Hasta que salta Julianín, mocosuelo de once años vestido sólo con un taparrabos sujeto por el único tirante.
     Julianín, pícaro, ojos brillantes, se toca un botón que engancha el tirante al taparrabos:
     — Señor cura, este botón tiene mucha responsabilidad.

ZAMARRAMALA

     Sobre unas lomas al costado de Segovia, un pueblecito español lleva por nombre «Zamarramala». Palabra de pronunciación difícil.
     En Zamarramala nació mi amigo Germán. Quien ocupó varios años el cargo de rector del Pontificio Colegio Español de Roma.
     Al volante de su utilitario, Germán se saltó un día un semáforo rojo de Piazza Venecia. Frenó en seco, naturalmente.
     El policía de circulación se acercó tirando de libreta:
     — Perdone, reverendo…
     Germán vestía camisa clergyman.
     — Perdone usted, señor guardia, me he despistado.
     El policía muy amable:
     — Tenga la bondad de darme sus documentos.
     Germán se los dio, mientras pronunciaba frases de pesar por la falta cometida. El guardia, muy amable, comenzó a rellenar los datos en la hoja de sanción:
     — Yo comprendo, reverendo, pero usted sabe que a todos nos obligan las leyes de tráfico; perdóneme que le imponga la multa.
     Germán:
     — No faltaría más.
     El guardia iba anotando: «González, Germán; español, nacido el día…»
     Hasta que tropezó con la zeta y la erre:
     «Nacido en… Sama… Samarra… en Samarrama…»
     No pudo más:
     — Vamos a ver, reverendo, ¿usted ha nacido en un pueblo que se llama de esta manera tan rara?
     — Sí, señor guardia: Zamarramala.
     El guardia cerró su libreta:
     — Pues entonces, siga, siga, reverendo, le perdono la multa.

José María Javierre


396-397 Las trece primeras palabras las escribió José María Javierre en 1966. Ahora, saliendo de un túnel largo —«Me patinan todavía las neuronas y el pulso me tiembla»—, ha escrito las restantes. Palabras que llaman, desde la alegría del amigo de Jesús que hace ya 55 años parte el Pan de la Eucaristía y reparte el Pan de la Palabra, convencido de que el oficio de cocinero de los cristianos es una tarea hermosa.- J.S.V