MENSAJE DE JUAN PABLO II. 2002 volver al menú
     

2002

     1. A todos vosotros los queridos por Dios y santos por vocación, la gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. Estas palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma nos introducen en el tema de la próxima Jornada mundial de oración por las vocaciones: La vocación a la santidad.
¡La santidad! He aquí la gracia y la meta de todo creyente, conforme nos recuerda el libro del Levítico: Sed santos, porque yo, el Señor, Dios vuestro, soy santo.
     En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he invitado a poner «la programación pastoral en el signo de la santidad», para expresar la convicción de que si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria: la vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección.a
     Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a los cristianos por el camino de la santidad, con el fin de que iluminados por la inteligencia de la fe, aprendan a conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él la auténtica identidad y la misión que el Señor confía a cada uno.
     De tal modo que lleguen a estar edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece bien ordenada para ser templo santo en el Señor.
La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios suscita entre sus hijos y se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de la Santísima Trinidad.
     Como pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu santo, lleva en sí el misterio del Padre que llama a todos a santificar su nombre y a cumplir su voluntad; custodia el misterio del Hijo que, enviado por el Padre a anunciar el reino de Dios, invita a todos a seguirle; es depositaria del misterio del Espíritu santo que consagra para la misión que el Padre ha elegido mediante su Hijo Jesucristo.

     2. La Iglesia es casa de la santidad y la caridad de Cristo, difundida por el Espíritu santo, constituye su alma. Por ella todos los cristianos deben ayudarse recíprocamente a descubrir y realizar su vocación a la escucha de la palabra de Dios, en la oración, en la asidua participación a los sacramentos y en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano.
De tal modo, cada uno, según sus dones, avanza en el camino de la fe, tiene pronta la esperanza y obra mediante la caridad mientras la Iglesia revela y revive la infinita riqueza del misterio de Jesucristo y consigue que la santidad de Dios entre en cada estado y situación de vida, para que todos los cristianos lleguen a ser operarios de la viña del Señor y edifiquen el Cuerpo de Cristo.
     Si cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad, algunas, sobre todo, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada lo son de modo especialísimo.
     Es a estas vocaciones a las que invito a mirar hoy con particular atención, intesificando la oración por ellas.

     La vocación al ministerio sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad, en la forma que brota del sacramento del orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, y humilde; es amor sin reserva a las almas y donación al verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque tal es la misión que Cristo le ha confiado. Jesús llama a los apóstoles para que estén con Él en una intimidad privilegiada.
No sólo los hace partícipes de los misterios del Reino de los cielos sino que espera de ellos una fidelidad más alta y acorde con el ministerio apostólico al que los llama.
     Les exige una pobreza más rigurosa, la humildad del siervo que se hace el último de todos. Les pide la fe en los poderes recibidos, la oración y el ayuno como instrumentos eficaces de apostolado y el desinterés: Gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente.
     De ellos espera la prudencia unida a la simplicidad y a la rectitud moral y el abandono a la Providencia. No debe faltarles la conciencia de la responsabilidad asumida, en cuanto administradores de los sacramentos instituídos por el Maestro y operarios de su viña.

     La vida consagrada revela la íntima naturaleza de cada vocación cristiana a la santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia Cristo, su único Esposo. La profesión de los consejos evangélicos está intimamente conectada con el misterio de Cristo, teniendo el deber de hacerlos presentes en la forma de vida que ellos elijan, añadiéndolo como valor absoluto y escatológico.
     Las vocaciones a estos estados de vida son dones preciosos y necesarios, que atestiguan también hoy el seguimiento de Cristo casto, pobre y obediente, el testimonio del primado absoluto de Dios y el servicio a la humanidad en el estilo del Redentor representan caminos privilegiados hacia una plenitud de vida espiritual.

     La escasez de candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, que se registra en algunas regiones hoy, lejos de conducirnos a exigir menos y a contentarse con una formación y una espiritualidad mediocres, debe impulsarnos sobre todo a una mayor atención en la selección y en la formación de cuantos, una vez constituídos ministros y testigos de Cristo, estén llamados a confirmar con la santidad de vida lo que anuncian y celebran.

      3. Es necesario poner en evidencia todos los medios para que las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, esenciales para la vida y la santidad del Pueblo de Dios, estén continuamente en el centro de la espiritualidad de la acción pastoral y de la oración de los fieles.
     Los obispos y presbíteros sean, primeramente los testigos de la santidad del ministerio recibido como don. Con la vida y la enseñanza muestren el gozo de seguir a Jesús buen pastor y la eficacia renovadora del misterio de su Pascua de redención. Hagan visible con su ejemplo, de modo particular a las jóvenes generaciones, la entusiasmante aventura reservada a quien, tras las huellas del divino Maestro, elige pertenecer completamente a Dios y se ofrezce a sí mismo para que cada hombre pueda tener vida en abundancia.
     Consagrados y consagradas, que viven en el mismo corazón de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, muestren que su existencia está sólidamente enraizada en Cristo, que la vida religiosa es casa y escuela de comunión, que en su humilde y fiel servicio al hombre aliente aquella fantasía de la caridad que el Espíritu santo mantiene siempre viva en la Iglesia. ¡No olviden que en el amor a la contemplación, en el gozo de servir a los hermanos, en la castidad vivida por el Reino de los cielos, en la generosa dedicación a su ministerio, reside la fuerza de cada propuesta vocacional!
     Las familias están llamadas a jugar un papel decisivo para el futuro de las vocaciones en la Iglesia. La santidad del amor de los esposos, la armonía de la vida familiar, el espíritu de fe con que se afrontan los problemas diarios de la vida, la apertura a los otros, sobre todo a los más pobres, la participación en la vida de la comunidad cristiana, constituyen el ambiente adecuado para la escucha de la llamada divina y para una generosa respuesta de parte de los hijos.

      4. Rogad pues, al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies. En obediencia al mandato de Cristo, cada Jornada mundial se caracteriza como momento de oración intensa, que compromete a la comunidad cristiana entera en una incesante y fervorosa invocación a Dios por las vocaciones.
     ¡Qué importante es que las comunidades cristianas lleguen a ser verdaderas escuelas de oración, capaces de educar en el diálogo con Dios y formar a los fieles en abrirse siempre más al amor con que el Padre ha amado tanto al mundo hasta enviar a su Hijo unigénito!
     La oración cultivada y vivida ayudará a dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para colaborar en la edificación de la Iglesia en la caridad.
     En tal ambiente, el discípulo crece en el deseo ardiente que cada hombre encuentra en Cristo y alcanza la verdadera libertad de los hijos de Dios. Tal deseo conducirá al creyente, bajo el ejemplo de María, a estar disponible para pronunciar un «sí» lleno y generoso al Señor que le llama a ser ministro de la palabra, de los sacramentos y de la caridad, o pueda ser signo viviente de la vida casta, pobre y obediente de Cristo entre los hombres de nuestro tiempo.
     Que el Dueño de la mies haga que no falten en su Iglesia numerosas y santas vocacions sacerdotales y religiosas.


Padre Santo,
mira a nuestra humanidad,
que da los primeros pasos
en el camino del tercer milenio.
Su vida sigue marcada fuertemente todavía
por el odio, la violencia, la opresión,
pero el hambre de justicia, de verdad y de gracia,
encuentra espacio en el corazón de tantos
que esperan la salvación,
llevada a cabo por ti, por medio de tu Hijo Jesús.
Necesitamos mensajeros animosos del evangelio,
siervos generosos de la humanidad sufriente.
Envía a tu Iglesia,
te rogamos,
presbíteros santos que santifiquen a tu pueblo
con los instrumentos de tu gracia.
Envía numerosos consagrados
que muestren tu santidad en medio del mundo.
Envía a tu viña, santos operarios
que trabajen con el ardor de la caridad
y, movidos por tu Espíritu santo,
lleven la salvación de Cristo
hasta los últimos confines de la tierra.
AMÉN

Juan Pablo II

389-390 Siempre el que se arriesga a amar, se compromete a sufrir, hasta llegar a la frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un «sí» en la vida, trae acollarado una tropilla de «no». Decir «no» a algo, nos deja en libertad para decirle todavía que «sí» a todo lo demás. Mientras que decirle a algo que «sí», nos compromete a decirle que «no» a todo el resto. Contiene muchos más «no» un sí, que no un «no».- Mamerto Menapace