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Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajesen alguno de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado «Vida de Cristo» y otro que tenía por título «Flos sanctorum», escritos en su lengua materna. * Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior. * Pero entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?». * Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios.




     La lectura de ese más de medio centenar de pequeñas hagiografías, original y curioso «Flos sanctorum», ojalá dé pie (sobre todo dé mente y corazón) para que el lector se pregunte también: ¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco, santo Domingo o san Ignacio?

J.S.V.


JUSTINO (s. II). Nacido en una familia de paganos, buscó en diversas escuelas de filosofía la verdad, hasta hallarla en Jesús de Nazaret. Fundó entonces una escuela de filosofía y escribió para transmitir su fe a quienes buscaban la verdad. Gracias a él tenemos la más antigua descripción de la liturgia bautismal y eucarística romana. Creía en el diálogo pacífico, pero hubo quien le juzgó peligroso. Murió mártir (1 junio)

BONIFACIO (s. VIII). Winfrid, que así se llamaba, a los 5 años entró en el monasterio de Exeter para hacerse monje benedictino. Fue el papa Gregorio II el que le impuso el nombre de Bonifacio al ordenarle obispo con jurisdicción sobre toda Alemania a la que llenó de monasterios. El último fue en Fulda, donde descansa. Asesinado con 52 cristianos, por quienes no querían oír hablar de Cristo (5 junio)

EFRÉN (s. IV). Nació en Nísibis (Mesopotamia del norte). Vivió en Edesa. Aunque «no pasó» de diácono, ha pasado a la historia como «la cítara del Espíritu Santo». Doctor de la Iglesia, poeta genial (incluso las homilías y los sermones los componía en verso). Con sus himnos seguimos alabando a Cristo (9 junio)

BERNABÉ (s. I). Se le llama «apóstol» aunque no fuera de los Doce. Uno de los primeros convertidos después de Pentecostés. El libro de los Hechos dice de él que «era hombre de bien, lleno de Espíritu santo y de fe». Primer predicador con Pablo entre los paganos, una diversidad de criterio -en relación con el buen Marcos- los separó. Mártir en Chipre (11 junio)

ANTONIO DE PADUA (s. XIII). Fernando de Bulloês y Taveira de Azevedo nació es Lisboa hacia 1195. Al entrar en los franciscanos de Coimbra recibió el nombre de Antonio Olivares. En 1221 conoció personalmente a san Francisco. Predicador famoso. Murió en Padua sin haber cumplido cuarenta años. Tan famoso que fue canonizado al año siguiente. En su tiempo su predicación servía para convertir. Después su intercesión sirvió para encontrar objetos perdidos. Peligros de la fama, incluso para los santos (13 junio).

SANTA MARÍA MICAELA DEL SANTISIMO SACRAMENTO (s. XIX). Micaela Desmaisières López de Dicastillo, vizcondesa de Jorbalán, era hija de los condes de la Vega del Pozo y marqueses de los Llanos de Alguazas. Nació en Madrid el 1 de enero de 1809. Pasó haciendo el bien. Murió víctima del cólera en Valencia, a donde se había trasladado para asistir a las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad, congregación fundada por «La Madre Sacramento» (15 junio)

LANDELINO (s. VII). Patrono de los bandoleros (porque la antigua Iglesia tenía la buena costumbre de no dejar a nadie sin patrono). Bandolero fue, hasta que encontró a Cristo, como un nuevo «buen» ladrón, y para ganar el tiempo perdido decidió hacerse monje. Fundó los monasterios de Lobbes, Aulne, Walers, Crepy: robaba corazones al mundo para ofrecérselos al Señor (15 junio).

QUIRICO (s. IV). Quizá el más joven de los santos canonizados (aparte los Inocentes). Porque se dice que murió mártir a los 3 años, con su madre Julia, en Asia Menor. Curiosamente el crío es un santo que se convirtió en patrón de muchos pueblos de Europa. Probablemente porque al pueblo cristiano le gustaba -intuición muy evangélica- escoger como patrón al mártir más inocente (16 junio)

LUIS GONZAGA (s. XVI). Hijo de un alto dignatario de la corte de Felipe II, un santo (Carlos Borromeo) le dio la primera comunión y otro (Roberto Belarmino) fue su director espiritual en el noviciado jesuita. Se dice —y con razón— que fue modelo de pureza, pero no se dice tanto —sin razón— que lo fue también de caridad: murió a los 23 años por haberse dedicado a cuidar apestados en Roma (21 junio)

TOMÁS MORO (s. XVI). Tuvo cuatro hijos y cuando éstos se casaron llegó a vivir rodeado de veintiún niños en su casa de Chelsea. Le gustaba tanto charlar con Luis Vives o con Erasmo como jugar con los niños. Siempre sin perder el humor. Pero también siempre esforzándose por ser fiel a su conciencia. Inquilino en la Torre de Londres durante 15 meses, hasta que murió decapitado (22 junio)

JUAN BAUTISTA (s. I). Es el único santo de quien la Iglesia celebra su nacimiento terrenal. Y es que en el vientre de su madre saltaba de gozo ante el anuncio de la Buena Nueva. Jesús dijo de él que era «más que un profeta» porque pudo anunciar lo que acontecía: «en medio de vosotros está...». Su profecía sigue vigente, sigue exigente: «No era él la luz» -dice el prólogo del otro Juan-, pero fue «testigo de la luz» (24 junio)

PELAYO (s. X). Gallego. A los 14 años fue hecho prisionero por tropas musulmanas junto con su tío Remigio, obispo de Tuy. En Córdoba, dicen que el califa se enamoró de él. Pelayo optó por negarse a ser juego pasional aunque ello le ocasionara el martirio. Su joven coherencia -su joven valor- merecieron y merecen que no la olvidemos (26 junio)

IRENEO (s. II). «Pacífico» de nombre y batallador por oficio contra los herejes (gente que pensaba y hablaba mal de Jesucristo). Le encantaba lo de la «anakefaláiosis» (recapitulación y renovación en Cristo de todas las cosas). Uno de los teólogos más grandes del siglo II. Obispo de Lyon, hacia el año 180 pondera la gran extensión alcanzada por el cristianismo y habla elogiosamente de las iglesias de Iberia (28 junio)

ESTER. Protagonista de un libro del Antiguo Testamento que lleva su nombre (que estaría bien leer de nuevo: auténtica novela del Este), cautivó con su belleza al rey persa Asuero. (Inteligente su tío Mardoqueo, malo de película Amán, hijo de Hamdatá, natural de Agag). Sus «mañas» al servicio de su pueblo consiguieron la amnistía para sus compatriotas, que como no habían leído el Sermón de la montaña «no saquearon sus bienes» (¡qué finura!) pero eliminaron a «unos cuantos» incluidos los diez hijos de Amán (ver Ester 9, 16). ¡Tiempos, que ojalá no vuelvan! (1 julio)

CARLOS LUANGA (s. XIX). Y Matías Kalemba Murumba, Andrés Kaggwa, Aquiles Kiwanuta, Adolfo Mukasa Ludigo, Ambrosio Kibuka, Anatolio Kiriggwajjo, Atanasio Bazzekuketta, Bruno Seronkuma, Dionisio Sebuggwawo, Jacobo Buzabaliawo, Juan María Muzeyi, José Mukasa, Lucas Banabakintu, Ponciano Ngondwè, Mukasa Kiriwawanu, Noé Magwall, Mbaga Tuzindé, Kizito, Mugagga... protomártires de Uganda, rogad por los que rezamos la letanía de vuestros apellidos divinamente exóticos que nos amplían el horizonte del corazón (2 junio)

MARÍA GORETTI (s. XX). Marieta para sus familiares y amigos. En su Italia pobre, con su generosidad infantil -también ella llena de gracia, espiritual y física-, sabiendo cuidar de sus hermanos pequeños. Esto es lo que explica que la bella italianita, a sus doce años, dijera no a la violencia sin amor. Y que al día siguiente, antes de morir, supiera comprender y perdonar (5 julio)

CAMILO DE LELIS (s. XVI). Por su estatura hubiera podido ser jugador de baloncesto. Iba para militar, pero se pasó de rosca y fue hospitalizado en Roma, en Santiago de los Inválidos. Así descubrió una vocación mejor: cuidar enfermos. Y ya que iba para santo fundó la Compañía de los servidores de los enfermos. Patrono de los enfermos y de los hospitales junto con San Juan de Dios (14 julio)

BUENAVENTURA (s. XIII). Cuando murió el «Poverello» de Asís, Buenaventura tenía 8 años, todo lo más. Estudió filosofía y teología en París, ministro general de su orden, cardenal-obispo de Albano (porque el papa quería tenerle cerca para preparar el Concilio II de Lyon), escritor profundo, pero sobre todo hijo de san Francisco siempre y profundamente enamorado de su espíritu. «A Dios solo, honor y gloria» era su lema (15 julio)

EPAFRAS (s. I). «Nuestro querido compañero Epafras, que es para vosotros fiel servidor de Cristo» ( Col 1, 7). «Saludos de Epafras, paisano vuestro y siervo de Cristo Jesús, que ruega con ahínco por vosotros para que os mantengáis firmes en el pleno y perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios» (Col 4, 14) es todo lo que sabemos del primer obispo-martir de Colosas. Pero ¡qué gran elogio en boca de Pablo! (19 julio)

BRÍGIDA (s. XIV). Sueca. Tuvo ocho hijos. Fundó el monasterio de Valdistena y una orden religiosa llamada con su nombre. Peregrinó a Santiago de Compostela, a Jerusalén y a Roma. Escribió ocho libros sobre la pasión. Intervino para reconciliar a los reyes de Francia e Inglaterra. Se esforzó para que el papa dejara Avignon y volviera a Roma. ¿De dónde sacaba el tiempo? Era contemplativa (23 julio)

CATALINA THOMÁS (s. XVI) El turista que se acerca a Valldemosa atraído por el recuerdo de Chopin, se sorprende al encontrar las huellas de esta santa mallorquina, popularmente dibujada en las mayólicas junto a la puertas de muchas casas. Una mística, con éxtasis constantes durante todo el año 1574, último de su vida, presente hoy con su silencio sonoro (28 julio).

IGNACIO DE LOYOLA (s. XVI). El soldado vasco halló la senda de mayor servicio. Su mística humanísima -y su intuición psicológica- le llevó a escribir los «Ejercicios Espirituales». Su «modernidad» a organizar la Compañía de Jesús. Y su espíritu de punta de lanza reformadora sigue vivo en muchos de sus hijos. Para mayor gloria de Dios y servicio de la Iglesia (31 julio)

MACABEOS (s. II a.C.) Son los únicos santos del Antiguo Testamento venerados litúrgicamente en la Iglesia occidental. La lectura de su martirio (2 Mac 6-7) es impresionante. ¿Cómo no recordar las palabras de la madre al más pequeño: «Hijo, ten compasión de mí, que por nueve meses te llevé en mi seno, que te amamanté, que te crié, te eduqué... No temas a ese verdugo, antes muéstrate digno de tus hermanos». ¡Qué madre! ¡Qué hijos! (1 agosto)

NICODEMO (s. I). En Jn 3, 1-21; 7, 50-52; 19,39 aparecen rasgos de la biografía de un hombre en busca de luz, aunque la buscara de noche. La semilla quedó sembrada en su corazón. Así descubrió la vida del Resucitado (3 agosto)

JUAN MARÍA VIANNEY (s. XIX). Al que fue durante 40 años cura de Ars, el más famoso de los confesores que ha tenido la Iglesia, sus superiores no le querían ordenar habida cuenta de su expediente académico y ya ordenado tardaron tres años en darle licencias para confesar (el abbé Balley le ayudó a repasar la moral). Así aprendió a no desesperar nunca y supo comunicar a los miles y miles de franceses que acudían a su confesonario el valor de la Esperanza (4 agosto)

SIXTO II (s. III). Las cifras romanas que siguen a su nombre parecen asimilarle a cualquier rey. Pero fue un papa de catacumbas, un papa sin Curia y sin Vaticano. Papa un solo año. Apresado mientras celebraba la eucaristía, sufrió el martirio con sus siete diáconos: Felicísimo, Agapito, Jenaro, Magno, Vicente, Esteban y Lorenzo el más célebre. «Su muerte, dice el poeta Prudencio, fue la muerte de la idolatría en Roma» (5 agosto)

CAYETANO (s. XVI). Secretario del papa Julio II, amigo del futuro Paulo VI (Pietro Caraffa) con el que fundó los Teatinos, instituto caracterizado por la absoluta confianza en la divina Providencia, se distinguió por su asiduidad en la oración y por la práctica de la caridad para con el prójimo. Dos virtudes para el hombre de ayer, de hoy y de mañana (7 agosto)

DOMINGO DE GUZMÁN (s. XIII). ¿De Caleruega puede salir algo bueno? Salió un canónigo de Osma, obsesionado por los horizontes infinitos y por una familia con muchos hermanos. Creía en la Palabra y logró que ellos la predicaran sobre todo con la elocuencia del ejemplo. Ansioso de ver la Verdad cara a cara, murió en Bolonia a los 51 años. Dominicos y dominicas hoy nos lo hacen presente (8 agosto).

EDITH STEIN (s. XX). De 1891 a 1933 sólo. Ya que desde este año, al hacerse carmelita, se llamó Teresa Benedicta de la Cruz. De la raza de Jesús y su madre María. Filósofa, verdadera amiga de la Sabiduría. Iluminó las sombras del campo de concentración con el testimonio de su fe (Si se podía creer en Dios en Auschwitz, ¿por qué no se va a poder creer después de Auschwitz?). Ahora, por obra y gracia de Juan Pablo II, forma parte de la constelación femenina de patronos de Europa con santa Brígida y santa Catalina de Siena, para que, con san Benito, san Cirilo y san Metodio, tengamos un sexteto que nos ayude a no desviarnos del camino (9 de agosto)

CLARA (s. XIII). Enamorada como Francisco -y siguiendo sus pasos- de la hermana pobreza, consiguió una admirable simplicidad evangélica que le hacía ser paloma que veía más allá de lo que los demás veían. Murió a los sesenta años, habiendo pasado la mitad de su vida en la cama, debido a su salud delicadísima. Pero nunca perdió la alegría. Las visiones con que se vio favorecida han dado motivo a que se la haya declarado patrona de la televisión (11 agosto)

HIPÓLITO (s. III). En Roma, el sabio sacerdote Hipólito opinó que el papa Calixto era demasiado «liberal» -una especie de Juan XXIII- y se montó su comunidad integrista (no hay nada nuevo bajo el sol), autonombrándose papa. Pero la persecución del imperio les desterró a los dos y a los dos asesinó. La Iglesia supo perdonar, supo olvidar, y consideró al cismático Hipólito santo por su martirio (13 agosto)

MAXIMILIANO MARÍA KOLBE (s. XX). Misionero en el Japón durante unos años, fundador de la «milicia de la Inmaculada», infatigable promotor de publicaciones populares. Durante la última guerra mundial, los nazis le encerraron en el campo de Auschwitz, donde fue asesinado al ofrecerse en sustitución de otro prisionero, padre de familia. Su compatriota Juan Pablo II le canonizó en 1982 (14 agosto)

JACINTO (s. XIII). Sacerdote y canónigo, acompañó a su tío Yvon Odrowaz, obispo de Cracovia, a Roma, junto con su primo Ceslao y dos amigos: Enrique y Hermann. En Roma conocieron a santo Domingo de Guzmán. Y regresaron convertidos en frailes dominicos. Como dominicos evangelizaron Prusia, Lituania, Rusia y los Balcanes. San Jacinto, polaco universal, ruega para que se nos cure la miopía del corazón. Amén. (17 agosto)

PÍO X (s. XX). Beppi (José Melchor) Sarto Sanson hasta 1903, hijo de Juan Bautista y Margarita, hermano mayor de Angel, Rosa, Teresa, María, Antonia, Lucía, Ana y Pedro Cayetano. Pío X durante 11 años. No era un técnico ni en teología ni en política, pero era un técnico en niños: por eso quiso que también ellos pudieran participar en la eucaristía (21 agosto)

BERNARDO (s. XII). Entró en el císter a los 22 años, con 30 jóvenes de la nobleza a los que convenció para que le acompañaran. Tres años después fue enviado a fundar la abadía de Claraval. Al morir a los 63 años había fundado 68 monasterios. Consejero de papas y reyes. Viajó sin parar. Escribió miles de páginas, destacando su «Tratado sobre el amor de Dios». En él todo fue grande, incluso el dolor constante de estómago que sufrió durante años. «Cargó el siglo XII sobre sus hombros» (22 agosto)

ROSA DE LIMA (s. XVII). Isabel Flores y Oliva, hija de Gaspar y de María, nació en Lima en 1586. Pero desde muy pronto la llamaron Rosa, por su belleza. A los 11 años recibió la confirmación de manos de santo Toribio de Mogrovejo. Devotísima de santa Catalina de Siena, ingresó en la tercera orden de los dominicos. Vivió 31 años. Gran penitente y mística extraordinaria. Cronológicamente es la primera santa del continente americano. Y la más famosa, hasta que fray Escoba, limeño y dominico también, casi le hizo la competencia (23 agosto)

MÓNICA (s. IV). Argelina, casada con un pagano, su amor llevó a su esposo -aunque fuera un año antes de morir- a la fe. Y luego, también con amor, acompañó el largo itinerario de su hijo Agustín hasta la conversión. Ejemplo de cómo la fe se comunica con el sencillo amor de cada día (27 agosto)

RAMÓN (s. XIII). Nonato, porque le nacieron después de morir su madre, en Portell, cerca de Cervera. Recibido a los 24 años en la orden de la Merced por su amigo Pedro Nolasco, al que sucedió como segundo maestro general. Gastó todo su patrimonio en rescatar cautivos, e incluso se quedó de rehén en Argel. Gregorio IX le llamó para hacerle cardenal, pero murió camino de Roma, antes de haber cumplido 40 años (31 agosto)

GREGORIO MAGNO (s. VI). Es -con Agustín, Jerónimo y Ambrosio- uno de los cuatro grandes «doctores» de la Iglesia occidental. Prefecto de Roma, renunció para hacerse monje a los 35 años. Pero el papa Pelagio II le nombró su diácono y luego fue su sucesor («siervo de los siervos de Dios», era su título). Renovador de la Iglesia, envió misioneros a Inglaterra, reformó la liturgia, preparó la nueva y difícil etapa «bárbaro-cristiana» (3 septiembre)

DOMINGO DE SILOS (s. XI). «Natural fue de Cannas, non de bassa natura, sin nulla depresura» (Berceo). Prior en San Millán de la Cogolla, Fernando I de Castilla lo acogió en su reino encargándole la reforma del antiguo monasterio de San Sebastián, hoy monasterio de Silos, en cuyo claustro se levanta un ciprés que mira al cielo (11 septiembre)

JUAN CRISÓSTOMO (s. IV). Gran doctor de la Iglesia oriental, con Atanasio, Basilio y Gregorio Nacianceno. Obispo de Constantinopla, su admirable predicación le valió el sobrenombre de «boca de oro» (Crisóstomo). La oposición de los envidiosos logró desterrarle. Su homilía de despedida, «Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes», que podemos leer en el Oficio de lectura, es realmente como una Visa de oro para quien tenga que... «viajar» (13 septiembre)

JOSÉ DE COPERTINO (s. XVII). Franciscano italiano que no aprobaba los exámenes, pero que revivió la ingenua alegría y la total pobreza de Francisco de Asís. Sufrió sorprendentes dones preternaturales, como el de la levitación, que le ocasionaron la envidia de sus hermanos con horizontes a ras de suelo (18 septiembre)

JENARO (s. IV). En Nápoles le veneran clamorosamente cada año. El clamor de los napolitanos ante la reliquia de su sangre impide a veces recordar lo principal: que fue obispo de Benevento, que durante la persecución de Diocleciano confesó su fe en Jesucristo. El texto de san Agustín en el Oficio de lectura de su día es la mejor reliquia: «Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. Ser obispo connota una obligación, ser cristiano un don» (19 septiembre)

TECLA (s. I). El culto a la «protomártir semejante a los apóstoles» es antiquísimo. La monja Egeria oró ya junto a su sepulcro. La tradición nos la presenta como fervorosa oyente de la predicación de Pablo en Iconio. Santa Tecla gloriosa, contágianos tu finura de oído a la voz de la Palabra. Amén, amén, amén (23 septiembre)

MATEO (s. I). De recaudador de impuestos, colaborador con los explotadores, marginado por la sociedad de los cumplidores, Mateo pasa a ser apóstol de Jesucristo. Bastó un «Sígueme» que venció las preocupaciones por ganarse la vida, traspasó la muralla de rencor y desprecio. Quien supo escuchar aquella sola palabra, bien merecía que se le atribuyera el evangelio de las palabras de Jesús (21 septiembre)

JERÓNIMO (s. V). Eusebio Jerónimo Sofronio se llamaba. Viajero incansable, su carácter difícil y sus polémicas le ganaron tantos enemigos como amigos su talento y espiritualidad. Pero lo que quedó fue su inmensa obra al servicio de la Biblia. «Oh Dios, tú que concediste a san Jerónimo una estima tierna y viva por la sagrada Escritura, haz que tu pueblo se alimente de tu palabra con mayor abundancia y encuentre en ella la fuente de la verdadera vida» (30 septiembre)

TERESA DEL NIÑO JESÚS (s. XIX). Redescubrió aquello del evangelio: «si no os hacéis como niños...». Lo redescubrió a través de su experiencia personal, a fuerza de amor pero no sin dolor. Su defensa de la «infancia espiritual» no es ñoñez o alineación, sino su radical experiencia de que el hombre es siempre como un niño ante un Dios que es Padre» (1 octubre)

FRANCISCO DE ASÍS (s. XIII). Hijo de un rico comerciante, el joven Francisco se desnudó de todo para seguir el evangelio al pie de la letra. Y así descubrió la alegría y en toda la creación la huella de Dios. Fue tan pobre que comunicó a toda la humanidad su rica poesía hecha milagro de transparencia. Siglos después, el hermano Francisco sigue vivo, sigue actual (4 octubre)

ATILANO (s. X). La vida de Atilano es un canto a la amistad. Sus pasos avanzan a la par con los de su inseparable amigo Froilán. Primero como anacoretas escondidos en los montes de Curueño, luego como abad y prior de 600 monjes en Tábara, de 200 en Moreruela... hasta el día de Pentecostés del 900 en que fueron consagrados obispos: Froilán de León, Atilano de Zamora. Bienaventurados los pueblos que cuentan en sus raíces modelos de benevolencia, beneficencia, benedicencia y confidencia (5 octubre)

ABRAHÁN (s. XIX a.C.). «Los grandes hombres serán celebrados en la historia. Pero cada uno fue grande según lo que esperó. Uno fue grande poniendo su esperanza en cosas posibles. Otro fue grande poniendo su esperanza en las cosas eternas. Pero el más grande de todos fue el que puso su esperanza en lo imposible... Abrahán fue el más grande de todos» (Kierkegaard) (5 octubre)

DIONISIO (s. III). Según san Gregorio de Tours, Dionisio vino de Roma a Francia, fue el primer obispo de París y sufrió el martirio. Sobre él se ha proyectado la silueta del gran teólogo del siglo VI que se hizo pasar por Dionisio el Aeropagita, discípulo de Pablo (Hech 17, 34), que fue el primer obispo de Atenas. Definitivamente: «comunión de los santos» (9 octubre)

TOMÁS DE VILLANUEVA (s. XV). Tomás García Martínez nació en Fuenllana (Ciudad Real). Preclaro arzobispo de Valencia, estudió en Alcalá y se hizo agustino en Salamanca. Carlos V lo escogió como predicador «real». Cuentan que habiendo predicado gloriosamente un día por la mañana, se le acercaron unos admiradores para preguntarle dónde y a qué hora predicaba por la tarde. Y el honrado Tomás les dijo: «No hace falta que vayáis, porque lo que dije diré» (10 octubre)

SOLEDAD TORRES ACOSTA (s. XIX). Joven madrileña que a los 25 años se apuntó a la idea de formar un grupo de religiosas que cuidaran de los enfermos pobres de los suburbios atendiéndoles en sus domicilios. Así nacieron las Siervas de María. La dureza de aquella vida y las críticas de los bienpensantes estuvieron a punto de hundir la nueva institución. Pero la madre Soledad siguió su camino y al morir dejó cuarenta fundaciones (11 octubre)

WIFREDO (s. VII). Escocés de raza y de carácter. Su lema «todo o nada». En el conflicto entre la Iglesia local y la Iglesia de Roma se inclina por Roma y dedica todas sus energías, que eran muchas, a favor del primado romano. Nombrado obispo, conoció el exilio repetidas veces. Luchador empedernido, patrono ideal para cristianos timoratos (12 octubre)

TERESA DE JESÚS (s. XVI). Admirable vida y obra de esta monja reformadora, tenaz y llena de salero, rezadora y escribidora: «Primeros y mediados y postreros, todos llevan sus cruces, aunque diferentes; que por ese camino que fue Cristo han de ir los que le siguen, si no se quieren perder; y bienaventurados trabajos, que aún acá en la vida tan sobradamente se pagan» (15 octubre)

IGNACIO DE ANTIOQUÍA (s. II). Ignacio, el Teóforo («el que lleva a Dios»), obispo de Antioquia, fue arrestado y llevado a Roma, para «ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras». En el camino llegó a Esmirna, donde era obispo Policarpo. Fueron a visitarle los obispos de Efeso, Tralia y Magnesia, a los que entregó sendas cartas para sus Iglesias. Escribió también a los romanos, anunciándoles su próxima llegada. Desde Tróade escribió a la Iglesia de Filadelfia y a la de Esmirna y una carta personal a Policarpo. Siete cartas que tendríamos que leer para aprender a llevar a Dios y se llevados por él (17 octubre)

CONTARDO FERRINI (s.XX). En este mismo día hacemos memoria de otro «mártir», otro testigo de Jesús, nacido mucho más tarde, en Milán en 1859. Catedrático de Derecho romano muy pronto, a los 25 años. Terciario franciscano, amigo de Aquiles Ratti (Pío XI). Cristiano convencido, proclamó su fe valientemente en Pavía, Messina y Módena en ambientes en donde hablar de Cristo era una provocación. Murió muy pronto también, el 17 de octubre de 1902 a orillas del Lago Maggiore (17 octubre)

LUCAS, EVANGELISTA (s. I). «Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres, concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación». «San Lucas, al darnos su evangelio, nos anunció al Sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor». «Dichoso evangelista san Lucas, que resplandece en toda la Iglesia por haber destacado en sus escritos la misericordia de Cristo» (18 octubre)

TOMÁS HELYE (s. XIII). Maestro de Biville, minúsculo pueblecito de Normandía, pronto le ficha el consistorio de Cherbourg para que la luz brille en la ciudad. El obispo le dice un día que lo haría bien de sacerdote. Contesta que prefiere ser libre. Tras peregrinar a Roma y Santiago de Compostela se convence de que «la verdadera libertad no consiste en hacer lo que nos da la gana, sino en hacer lo que debemos hacer porque nos da la gana». Durante años como misionero diocesano enseñó a leer la Palabra de Dios por pueblos y aldeas (19 octubre)

ANTONIO MARÍA CLARET (s. XIX). Predicador popular en Cataluña y autor de libros que alcanzaron récords de ediciones, luego en Canarias, más tarde arzobispo de Santiago de Cuba, después confesor de Isabel II... Su decir siempre la verdad con claridad le provocó atentados, persecuciones, destierro. Los misioneros hijos del corazón de María (claretianos) continúan su labor (24 octubre)

ALONSO RODRÍGUEZ (s. XVIII). Rodríguez y Gómez, casado con María Juárez, padre de dos hijos. Segoviano. A los 46 años ingresa en la Compañía de Jesús. Portero durante más de seis lustros en Palma de Mallorca. La portería del colegio Monte Sión es una auténtica cátedra de vida espiritual. Y el santo hermano coadjutor tiene ojo clínico para descubrir en el novicio de Verdú, Pedro Claver, al futuro apóstol de Cartagena de las indias. ¡Las antenas de los porteros, Dios santo! (30 octubre)

MARTÍN DE PORRES (s. XVII). Hijo natural de un caballero español y de una mulata (desde su nacimiento ocupó su lugar entre los marginados), era enfermero cuando entró como terciario laico en los dominicos de Lima. Y a los enfermos continuó cuidando con exquisito cariño (que se extendía también a los animales). Su bondad y sencillez le han merecido una popularidad de la que algunos de sus devotos a veces abusan. Pero Martín se lo debe perdonar (3 noviembre)

SILVIA (s. VI). Esposa del senador san Gordiano, madre de san Gregorio Magno, hermana de santa Társila y santa Emiliana, a las que su sobrino el Papa recuerda en sus homilías con un cariño que sorprende. Sorprende sólo si no se tiene presente que en una inscripción que figura en la iglesia de san Andrés se lee que Silvia cuando llegaba el buen tiempo enviaba frecuentes provisiones de su huerta a su hijo el Papa. Cosa lógica. Como hicieron tantas madres con sus hijos, aunque no conste en ninguna inscripción (5 noviembre)

MARTÍN DE TOURS (s. IV). Fue uno de los primeros santos no mártires venerados en la Iglesia. Hijo de un tribuno romano, renunció a la carrera militar al descubrir que en cada hombre vive Jesucristo (y que todo –como la capa- se debe compartir). Monje, el pueblo lo hizo obispo de Tours. A él se debe en gran parte la evangelización de Francia (11 noviembre)

ALBERTO MAGNO (s. XIII). La plaza Maubert de París se llama así desde que «Magister Albertus» enseñaba en la universidad y tanta era la afluencia de oyentes que tenía que dar la clase en la plaza. Pero no sólo tenía muchos discípulos, sino que los tenía buenos: baste citar a Tomás de Aquino. Cuando fue obispo de Ratisbona (sólo dos años, para pedir la «excedencia episcopal» y volver a sus clases) le pusieron de mote «zapatos», por contraste con los señores-príncipes-obispos, sus predecesores. Conocido como «doctor universalis» (15 noviembre)

ISABEL DE HUNGRÍA (s. XIII). Hija del rey Andrés II, sobrina de santa Eduvigis, se casó a los 14 años con el landgrave de Turingia Luis IV. A los 20 años, al morir el marido-cruzado en Otranto, pasó de enamorada esposa, madre de tres hijos, a pobre y perseguida viuda. Aunque sólo tenía al morir 24 años, nos ha quedado el recuerdo de su abnegación para cuidar indigentes y la maravilla de su constante alegría (17 noviembre)

CECILIA (s. III). Apenas sabemos nada de esta mártir romana (quizá sólo que en su casa se reunía una comunidad cristiana). Pero pronto la leyenda imaginó para suplir lo que la historia olvidó. Y ya que la leyenda dice que Cecilia «cantaba en su corazón mientras resonaban los instrumentos musicales de sus nupcias», músicos y cantores la eligieron por patrona (22 noviembre)

ANDRÉS (s. I). Pescador de Betsaida, atraído por la predicación de Juan Bautista, fue el primer discípulo elegido por Jesús (y él llevó a su hermano Simón -Pedro- a conocer al Maestro). Luego, sus discretas apariciones en los evangelios, le muestran como un hombre atento y dispuesto. La tradición le sitúa como predicador en varios países, crucificado en Grecia. Patrono de la Iglesia de Constantinopla, es especialmente venerado por la Iglesia oriental (30 noviembre)

PEDRO PASCUAL (s. XIII). Valenciano inquieto, mercedario de los buenos. Llevaba poco más de un año al frente de la diócesis de Jaén cuando fue hecho prisionero por los moros. Para animar a los cristianos cautivos, escribió varios tratados. El último, «Historia e impugnación de la secta de Mahoma», fue la llave que, sin dar tiempo a que llegara el rescate de sus diocesanos, en Granada le abrió las puertas del cielo (6 diciembre)

MELQUÍADES (s. IV). (Milcíades era su auténtico nombre. Africano). Vivir en libertad exterior no comporta necesariamente la verdadera libertad. Aunque llevaba en su cuerpo las huellas de la persecución no sucumbió al integrismo. Papa (311-314) de persecución y de triunfo, de dolor y de alegría, de catacumba y de comienzos de construcción de las grandes basílicas romanas. Relevante figura de transición, buen pontífice que construyó muchos «puentes», comprobó cómo las peores dificultades de la Iglesia nunca proceden del exterior (10 diciembre)

JUAN DE LA CRUZ (s. XVI). Fontiveros (1542) – Úbeda (1591). El «medio fraile» -que ironizaba Teresa porque Juan era bajito- emprendió la subida al monte, en la noche oscura, sin otra luz y guía sino la que en su corazón ardía. Sus escritos –algunos alquitarados desde la cárcel en que le encerraron sus hermanos- iluminan nuestro peregrinar (14 diciembre)

LÁZARO (s. I). Hombre de indudable calidad. Amigo de Jesús, que lloró por él. Tras el viaje de ida y vuelta pudo tener lugar este diálogo entre su hermana Marta y él: -Acuéstate, Lázaro, que hoy ha sido un día muy ajetreado. -¡Es que ahora lo encuentro todo tan hermoso! (Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira /amb la pau vostra a dintre de l’ull nostre, / què més ens podeu dar en una altra vida? [Maragall]) (17 diciembre)

PEDRO CANISIO (s. XVI) Holandés de Nimega, jesuita de la primera hora. «Segundo apóstol de Alemania» después de san Bonifacio. Su pasión era la investigación, pero el deber le llevó a dedicarse sobre todo a la catequesis. En los conflictos provocados por reforma y contrarreforma, quiso escoger un método de paz. Y descubrió que más que discutir, importaba enseñar con sencillez a los sencillos (21 diciembre)

JUAN (s. I) «Hijo del trueno», quería hacer bajar fuego del cielo. Pero luego comprendió que el verdadero fuego del cielo era el amor, que todo –incluso Dios, sobre todo Dios- se resumía en esta palabra: amor. Pero no un amor tibio, sino un amor hasta el extremo (27 diciembre)

SANTOS INOCENTES (s. I). Tengo siete razones, dice Dios, para amar a los inocentes asesinados por Herodes. La 1ª es que les amo. Y esto basta. Tal es la jerarquía de mi gracia. La 2ª es que me gustan. La tercera es que me agradan. La 4ª es porque los niños no tienen en la comisura de los labios ese rictus de ingratitud y amargura, esa herida de envejecimiento, ese rictus de recuerdos que vemos en todos los demás labios. La 5ª es por una especie de «quid pro quo», una especie de malentendido, porque esos inocentes fueron confundidos con mi Hijo, y asesinados por Él, en vez de Él, a causa de Él, creyendo que era Él. La 6ª razón es que eran contemporáneos de mi Hijo, nacidos al mismo tiempo, y todos hacemos lo que podemos por nuestros compañeros de curso y ellos fueron del curso, de la promoción de Jesús. La 7ª razón, ¿por qué voy a callármela?, es que eran parecidos a mi Hijo, porque me recuerdan a mi Hijo como era si no hubiera cambiado luego, me lo recuerdan cuando era bello, cuando nada de esa terrible aventura había sucedido todavía [Péguy] (28 diciembre)

Jorge Sans Vila


385-387 Buscar quién es uno, es buscar quién debe ser uno. Los santos nos muestran el camino. Cada uno de ellos es como una especie de guía, que debe enseñarnos a seguir nuestro propio camino, más que el suyo. Es éste el único medio de se fieles a lo que ellos nos enseñan. Ninguna existencia puede ser recomenzada. Ninguna existencia es una existencia de imitación. El papel de los santos es mostrarnos lo que cada uno de nosotros puede hacer por sí mismo.- L. Lavelle