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La acción se desarrolla en Sevilla, en plena Inquisición. Todo el mundo mira a una silueta frágil, Jesús, que está allí. Ha aparecido despacio, discretamente y, cosa extraña, todos lo reconocen... El pueblo llevado por una fuerza irresistible va hacia él, le rodea, se apretuja, le sigue. Pero el Gran Inquisidor le encarcela. A través de la reja de la cárcel increpa a Jesús... «Te digo que el hombre no tiene preocupación más torturadora que la de encontrar cuanto antes a quién entregar el don de la libertad con que esa desventurada criatura viene al mundo. Pero sólo se apodera de la libertad de los hombres quien tranquiliza su conciencia... En vez de incautarte de la libertad de los hombres, tú la aumentaste... En vez de la recia ley antigua, con libre corazón había de decidir en adelante el hombre lo que es bueno y lo que es malo, teniendo por única guía tu imagen ante él. Pero ¿es que no pensaste que acabaría rechazando y poniendo en tela de juicio tu propia imagen y tu verdad si lo cargabas con peso tan terrible como la libertad de elección?... Hemos corregido tu obra y la hemos basado en el milagro, el secreto y la autoridad. Y las gentes alegráronse de verse nuevamente conducidas como un rebaño y de que les hubiesen quitado de sobre su corazón un don tan tremendo que tantos tormentos les acarreara... Lo que te digo se cumplirá, nuestro imperio se afianzará. Mañana he de quemarte por haber venido a estorbarnos. Porque si alguno mereció nuestra hoguera, eres Tú. Mañana te quemo. Dixi». Vio como el Cautivo lo escuchaba todo el tiempo, mirándole francamente a los ojos con los suyos mansos. El anciano querría que le dijese algo, por amargo y terrible que fuese. Pero Él, de pronto, en silencio, llegóse al anciano y dulcemente va y lo besa en sus exangües nonagenarios labios. He aquí toda su respuesta. El anciano se estremece. Algo se remueve en las comisuras de sus labios. Dirígese a la puerta, ábrela y dice: «¡Vete y no vengas más!... ¡No vuelvas por acá!... ¡Nunca, nunca!». Y lo suelta en la oscura, cálida ciudad (La leyenda del Gran Inquisidor)
25 años después de aquellos primeros «7 días de un monje» (ver hoja 132) A. Altisent escribe desde el monasterio de Poblet otros siete días, que dedica a los
lectores de esta publicación vocacional.
J.S.V.
Día soleado y glorioso, aunque muy frío. El clima no se entera del calendario litúrgico, ni siquiera ahora que sabemos
que el domingo fue la primera conmemoración de la Resurrección gloriosa.
Leo un libro de Duquoc, excelente. Y continúo con «La feria de las vanidades». Buena novela
que refleja la superficialidad de la burguesía y de la pequeña nobleza inglesa alrededor de 1815. Aunque comparada con la
paralela «Guerra y paz» de Tolstoi, sale perdiendo naturalmente. Pero no se puede negar que Thackeray
explica muchas cosas.
Lunes
Después de Maitines he ido a hacer la «Lectio divina» a la biblioteca.
Me gusta el sitio porque es un espacio amplio, con columnas y bóvedas del siglo XIII (aunque de madrugada no se ve nada). Comparable
perfectamente con los bellos espacios de Cambridge y Oxford, salvado el respeto y la admiración por los magníficos edificios
de aquellas universidades medievales, que uno ha visitado alguna vez, pero que aquí los tengo en casa cada día. La gran
iglesia del King’s College, por ejemplo. Poblet no tiene nada que envidiar al King’s, aunque es precioso y su iglesia en gótico
inglés del siglo XVI es una maravilla.
Pero ha sido mala la idea de ese encuentro lento y sabroso de una hora con la Palabra de Dios en la biblioteca, porque aunque hay un rescoldo
de calefacción, al final he notado que me había resfriado. ¡Qué difícil echar fuera un catarro en Poblet!
Y sin embargo, eso también me divierte: ese vozarrón que saco cuando comienza un resfriado, me encanta, no sé por
qué.
«¿Resfriarse es un tema monástico?». Pues sí, en el sentido de que nosotros tenemos las pequeñas
cosas de un hombre cualquiera y la profesión monástica no nos priva de la naturaleza humana. Somos hombres como los demás,
pero podemos ser mucho más conscientes que la mayoría. Y cada pequeño y prosaico acontecimiento podemos fácilmente
interpretarlo viendo que nos viene de -o es permitido por- Dios. Un resfriado no tiene una especial trascendencia, pero todo puede y debe
mirarse al trasluz divino.
Yo soy y no soy «un hombre como todos», porque mi vulgaridad fue llamada al monasterio por la gracia, y llevamos 54 años
ella llamando y yo... atendiendo en cuanto puedo. Cuando por la mañana doy gracias a Dios «por haberme creado, redimido,
hecho cristiano y monje» le agradezco el nuevo día, resfriado incluido. Todo va englobado. Eso sí es global.
Pero me equivoqué al hacer la lectura en la biblioteca esta mañana. Trataré de administrar el resfriado para que
dure poco.
Martes
Tomo un par de «couldine» para yugular el catarro, aunque el muy pillo se arrastrará tres o cuatro días más.
No es ninguna tragedia, claro. El resfriado tiene también su período gozoso para mí: ese vozarrón y esa tos
canina que resuenan en mi cerebro cuando estallan, siempre me han parecido divertidos. Pero es preciso que pase y no se prolongue.
Bien abrigado he ido a Maitines. Una gozada estar una hora alabando a Dios en comunidad, aunque hoy sea con voz bronca. Aparte alabanzas,
hay también lecturas en voz alta en Maitines. Y, escuchando la lectura de fragmentos de la Biblia o de las obras de los Padres
de la Iglesia, hay días «entonantes», bellos, y otros más sosos, claro. A veces las lecturas son preciosas.
Los hay en los cuales después nos decimos bajito: «¡Qué bien hoy san Gregorio Magno!» o «¡Qué
bonita la lectura de san Basilio!». Otros días los textos nos resbalan. Aunque no hay que desperdiciar nada.
Por la tarde, visita de un sacerdote amigo. Aunque es un auténtico intelectual, lleva ya más de treinta años de párroco
de un pueblecito y lo ha llevado todo muy bien. Ha promocionado el pueblo con diversos elementos culturales (los cuadros que tenía
los ha dejado en forma de legado), y ha sido muy apreciado en las distintas parroquias donde le envió el obispo.
La vida de los sacerdotes diocesanos es dura. Su formación, superior a la mayoría de sus feligreses, les deja aislados si
no se empeñan en bajar el nivel. Aunque todo sacerdote, como todo monje, tiene el honor de experimentar a ratos la soledad de Cristo,
que a veces exclamaba «¿Hasta cuándo os tendré que aguantar?». Si se acepta, es maravilloso. Los problemas
crecen mientras no se asumen. En cambio, cuando nos damos cuenta de que tienen un sentido y sabemos que sirven para algo, son más
llevaderos y a veces muy llevaderos.
El frío, la soledad, todo es compartir la vida de Jesús, cuya soledad fue inmensa. Los humanos necesitamos vivirlo todo
con sentido. Tenemos hambre de sentido. Y los monasterios han sido construidos con ese fin. («A la
búsqueda del sentido» curiosamente es el título de un pequeño libro escrito por Marcuse, Popper y Horkheimer).
Miércoles
Día espléndido, pero el viento pasea el frío por las caras. Hay que adoptar, como en todo, una actitud beligerante:
«¡No podrán conmigo!».
Me enseñan un santoral que alguien ha regalado. Me acuerdo de cuando estrenamos la procesión cuaresmal cada domingo, con
las letanías de los santos como canto de entrada. Es maravilloso oír los nombres de los grandes santos y santas («San
Agustín, rogad por nosotros... San Ignacio de Loyola...») revoloteando por las bóvedas de nuestra iglesia. Y todavía
más cuando nuestro lento avanzar procesional y el canto de las letanías traen a esta iglesia del siglo XII el nombre de
santos modernos, como santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe, santa María Goretti, mezclados con santos antiguos. Que esos
nombres inmensos y actuales resuenen aquí es emocionante. «¿Son nombres recientes?» se pregunta uno «¿o
nombres del siglo XII?».
Jueves
Paseo por la mañana, solo, después del desayuno. Andar, a mi edad, es un medicamento buenísimo, necesario y muy barato.
Estimula. Aunque me cuesta vencer la pereza del arranque. Para la sangre, que circula automáticamente en la juventud, a los 77
años, con una buena salud relativa, andar tiene un efecto magnífico y a veces fulminante, porque sacude las venas.
Cuando regreso del trayecto habitual ya me siento otro, más alegre, con más ideas, optimista. Pero arrancar me cuesta. Soy
perezoso para todo lo físico.
Hablando de optimismo, ¡qué duros fueron los primeros años de estar en Poblet! Seguramente era el eco somático
del cambio radical de vida. La depresión nerviosa es sólo un fenómeno químico, pero ¡caramba! es muy
amarga como saben todos. Pero lo dicho, cuando queda asumida y se le da sentido, se absorbe más fácilmente.
Como todos los jueves, por la tarde, el paseo por los alrededores. Yo no voy porque ya he cumplido con mi ración particular por
la mañana.
Viernes
Hay que ver la suerte que he tenido en la vida! ¡Es increíble! De repente, a mis 23 años, sin haber pensado
nunca antes en la vida religiosa o sacerdotal, algo zozobró en mí y, a través de varias oscuridades, sentí
que la vida en Poblet me seducía. Dejé Barcelona y vine para acá. No hallé enseguida el sabor del equilibrio
interior. Todo camino a lo importante es lento. Tardé un poco en tener paz psíquica prácticamente habitual. (La paz
teológica depende sólo de un acto de fe). Pero ¡qué estupenda vida después, si uno no regatea su generosidad
hacia los demás!
Esos cincuenta años han sido una inesperada promoción espiritual para mí, sin contar con que la gentileza de los
abades me ha permitido cursar dos carreras universitarias, que han contribuido a encontrarme a mí mismo.
Debo rezar para que mi atención a los demás sea más real, más habitual y más intensa. El egoísmo
siempre ha sido mi mayor defecto, mi freno en el camino de la caridad. Invocaré a algún santo monje cuya trayectoria exterior
haya sido parecida a la mía. Dios es más que sus santos y la sangre de Cristo tiene más fuerza que la de Abel, pero
es bueno también asociar a uno a algunos santos significativos.
Sábado
Tengo una media hora diaria para administrarla a mi gusto. Generalmente leo. Alguna vez escucho música. Hoy no ha sido teología
lo que he leído, sino parte de «Guerra y paz», que de joven no podía soportar. Me perdía después de las cincuenta
primeras páginas, con tanto personaje y tanto nombre ruso. Hasta que este año, por real decreto, me impuse su lectura. En
un folio voy anotando los nombres (esos endemoniados nombres rusos) de los personajes y su parentesco, para situarme oportunamente. Y
sin embargo, Tolstoi es incomparablemente bello al lado de Dostoievsky. La clave está en que Dostoievsky escribe como «ruso»
y Tolstoi como «europeo». ¡Qué gozada la relectura de «Ana Karenina» el verano pasado! La había leído a los veinte años y releerla ahora me ha permitido recobrar y afianzar detalles
y aspectos geniales. En cambio «Crimen y castigo» resulta una novela en la cual los personajes
tienen tanto diálogo interior que uno se pierde. Realmente, el prurito de Josep Pla de decir: Dostoievsky no, pero «Guerra
y paz» es una gran novela, no era una postura snob sino realmente un juicio crítico acertado. Los grandiosos personajes
de Dostoievsky son impresionantes, pero luego el autor parece que no sepa apenas qué hacer con ellos.
Aunque, eso sí, en «Los hermanos Karamazov» hay verdades como puños. Y no hablemos
de «La leyenda del Gran Inquisidor».
Agustín Altisent
384 He tenido que enseñar la parte monumental del monasterio a un grupo de universitarios extranjeros.
Al final, un húngaro me ha preguntado: «¿Es usted feliz?» Le he contestado que, felices felices lo son sólo
las vacas y las coliflores. Que allí donde el hombre vive y tiene su gloria tiene también su pena, y que todos los paraísos
son perdidos hasta nueva orden. Pero —he añadido con firmeza— eso sí: si tuviera que volver a empezar no sé lo que
haría, pero sí sé lo mejor que podría hacer: volver a entrar, y precisamente aquí.— Agustín
Altisent
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