EL TRONO DE DIOS volver al menú
 


Alguien le preguntó por Dios.
El monje, con sus ojos azules de tanto mirar al cielo,
contestó así:

Diles
lo que el viento dice a las rocas,
lo que el mar dice a las montañas.

Diles
que una inmensa bondad
penetra el universo.


Diles
que Dios no es lo que ellos creen,
que es un vino que se bebe,
un festín compartido en el que
cada uno da y recibe.


Diles
que Él es el tocador de flauta
en la luz del mediodía,
que se acerca y se va
saltando hacia los manantiales.

Diles
que sólo su voz
podrá enseñarte tu nombre.

Diles
su semblante de inocencia,
su claroscuro y su reír.

Diles
que Él es tu espacio y tu noche,
tu herida y tu alegría.


Pero
diles también
que Él no es lo que tú dices
y que tú no sabes nada de Él.
 


     En septiembre se reunieron en Roma los abades benedictinos de todo el mundo. Les habló un día el Maestroi general de los dominicos, Padre Timothy Radcliffe, sobre el papel de los monasterios en la Iglesia.
     Leer despacio lo que les dijo es un balón de oxígeno del bueno para quienes buscamos el rostro de Dios.

J.S.V.



     Fui educado por los benedictinos durante unos diez años en las abadías de Worth y Downside y guardo excelentes recuerdos de aquel tiempo. Sobre todo, no puedo olvidar la gran humanidad de los monjes, que me ayudaron a creer en un Dios bueno y misericordioso, aunque muy británico. Debo probablemente mi vocación religiosa a mi tío abuelo, Dom John Lane Fox, que era benedictino.
     A lo largo de la peregrinación de mi vida, las abadías benedictinas han sido como un oasis. En ellas he podido descansar y refrescarme antes de continuar el viaje.
      Realicé el retiro para mi ordenación diaconal en la abadía de Buckfast, y el retiro para mi ordenación presbiteral en la abadía de Bec-Helloin, en Normandía. He pasado algunas veces las vacaciones en La Pierre-qui-Vire y en Einsideln. He celebrado la Pascua en la abadía de Pannonhalma, en Hungría. He visitado Subiaco, Monte Casino, Monte Oliveto y más de un centenar de abadías.
     En cualquiera de estos lugares, he podido encontrar muchas personas que visitaban los monasterios. ¿Por qué lo hacen? No hay duda de que algunos son turistas que han venido a pasar una tarde esperando, quizá, ver algún monje, del mismo modo que se puede ver un mono en un zoo. Incluso puede que alguno espere encontrar carteles que digan «No dar de comer a los monjes». Otros se sienten atraídos por la belleza de los edificios o de la liturgia. Muchos, en cambio, vienen esperando algún tipo de encuentro con Dios, deseando poder vislumbrar el misterio.
     A menudo se habla hoy de la «secularización». Sin embargo, vivimos en un tiempo marcado por una profunda búsqueda religiosa. Hay hambre de trascendencia. La gente la busca en las religiones orientales, en las sectas, la Nueva Era, lo exótico y lo esotérico. Y a la vez, a menudo se sospecha de la Iglesia y de toda religión institucionalizada, excepto, quizás, de los monasterios.
      Todavía existe una cierta confianza en que en los monasterios se puede vislumbrar el misterio de Dios y descubrir alguna huella de su trascendencia.
     En realidad, el papel de los monasterios no es otro que dar acogida a los huéspedes. La Santa Regla nos dice que han de ser acogidos como el mismo Cristo en persona. Deben ser saludados con reverencia, se les debe lavar los pies y se les debe dar de comer. Esta ha sido siempre mi experiencia.
     Recuerdo que fui a Santa Otilia. Yo era un pobre estudiante dominico inglés desarrapado y sucio que hacía autostop.
     Fui acogido por aquellos pulquérrimos benedictinos alemanes, que me lavaron, me restregaron bien y me cortaron el pelo. Casi parecía una persona digna cuando me fui del monasterio para continuar mi viaje.
     ¿Por qué la gente se siente tan atraída por los monasterios? Porque los monasterios revelan la presencia de Dios, no por lo que los monjes puedan hacer o decir, sino porque la vida monástica tiene como centro un espacio, un vacío, en el que Dios puede manifestarse a sí mismo, en el que puede vivir y ser vislumbrado.
     La gloria de Dios siempre se manifiesta en un espacio vacío. Cuando los israelitas salieron del desierto, Dios les acompañaba y se manifestaba sentado en el espacio que media entre las alas de los querubines, por encima del trono de la misericordia. Por ello, el trono mismo de la gloria estaba vacío.
      Era solamente un pequeño espacio, del tamaño de un palmo. Dios no necesita mucho espacio para mostrar su gloria.
     En la basílica de Santa Sabina, sobre su puerta se encuentra tallado un bajorrelieve que representa la primera crucifixión que se conoce. En ella podemos contemplar un trono de gloria. Ese trono está también vacío: es un vacío, es la ausencia que se percibe cuando un hombre muere gritando al Dios que parece haberle abandonado. En el evangelio, el último trono de la gloria es una tumba vacía en la que no hay ningún cuerpo.
     Abrigo la esperanza de que los monasterios benedictinos continúen siendo lugares en lo que la gloria de Dios se manifiesta; que sean tronos del misterio. Y que lo sean precisamente por lo que los monjes no son y no hacen. En los últimos años, los astrónomos han recorrido los cielos buscando nuevos planetas. Hasta hace muy poco no se había logrado ver directamente ningún planeta.
     Pero se podían detectar gracias a la variación que se daba en la órbita de una estrella. Quizá pase lo mismo con los monjes. La órbita visible de sus vidas revela la presencia de la estrella escondida que no podemos ver directamente.
     Pienso que el centro invisible de sus vidas se revela en la manera como viven los monjes. La gloria de Dios se muestra a través de un vacío, de un espacio hueco de sus vidas.
     Me parece que hay tres aspectos de la vida monástica que abren este vacío y hacen hueco para Dios: en primer lugar, en sus vidas no desempeñan ninguna función concreta; en segundo lugar, se puede decir que no conducen a ninguna meta específica; y finalmente que son vidas marcadas por la humildad.
     Estos tres aspectos de la vida monástica abren un espacio para Dios. Y en cada uno de ellos, lo que da sentido a este vacío es la celebración de la liturgia.
      El canto del Oficio divino varias veces al día es lo que muestra que este espacio está ocupado por la gloria de Dios.

Estar ahí

     Lo que resulta más obvio de la vida monástica es precisamente que los monjes no desempeñan ninguna función concreta, Trabajan la tierra, pero no son agricultores. Enseñan, pero no son profesores. Quizás incluso tienen a su cargo hospitales o misiones, pero su papel no es ser ante todo médicos o misioneros. Son únicamente monjes que siguen la Regla de san Benito. No tienen como misión hacer algo en particular. Habitualmente, los monjes son gente que está muy ocupada. Raramente se encuentran ociosos, pero la actividad no es el propósito de su vida.
     El cardenal Hume escribió sobre los monjes: Cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos que tengamos una misión o función particular en la Iglesia. No nos ponemos en camino para cambiar el curso de la historia. En ella, desde el punto de vista humano, sólo estamos casi accidentalmente. Y afortunadamente, seguimos adelante, sencillamente estamos ahí. Es esa ausencia específica de un objetivo explícito lo que revela a Dios como la razón de ser, escondida y secreta, de sus vidas. Dios se manifiesta como el centro invisible de nuestras vidas cuando no intentamos buscar la razón de nuestra existencia en otra cosa. La característica fundamental de la vida cristiana es solamente estar con Dios. Jesús dice a sus discípulos «permaneced en mi amor». Los monjes están llamados a permanecer en su amor.
     Nuestro mundo es lo más parecido a un mercado. Todos compiten por captar la atención de los demás e intentar convencerles de que lo que venden es necesario para que su vida vaya bien. En todo momento nos dicen lo que necesitamos para ser felices: un microondas, un ordenador, unas vacaciones en el Caribe o, incluso, una nueva marca de jabón.
     Resulta tentador para cualquier religión entrar en este mercado e intentar gritar como un competidor más. Así, la religión se necesitaría para ser feliz, tener éxito e incluso para ser rico. Una de las razones del rápido crecimiento de las sectas en Hispanoamérica es, precisamente, que prometen salud y dinero. Así el cristianismo llega a la plaza del mercado como una opción válida. Esta semana le toca al yoga, la próxima a la aromaterapia. ¿A ver cuándo podremos persuadir a la gente de que pruebe el cristianismo?
     Recuerdo que una vez vi en los servicios de un bar de Oxford una pintada escrita en letra pequeña en una esquina del techo: «Si has llegado a leer en este sitio tan recóndito, entonces es que estás buscando algo. ¿Por qué no pruebas la Iglesia católica romana?».
     No hay duda de que necesitamos que haya cristianos por ahí fuera, gritando junto con los demás, uniéndose al bullicio del mercado, intentado captar la atención de la gente. Pero los monasterios encarnan otra verdad fundamental. En última instancia, adoramos a Dios, no porque sea importante para nuestras vidas, sino únicamente porque Él es. La voz que salía de la zarza ardiente proclamaba «Soy el que soy». Lo que importa no es que Dios sea válido para nosotros, sino que en Dios encontramos la revelación de todo aquello que es verdaderamente valioso, el norte de nuestra existencia.
     Me parece que aquí radicaba precisamente el secreto de la autoridad única del cardenal Hume. No intentó poner en venta la religión, hacer «marketing» mostrando que el catolicismo era el ingrediente secreto que podía proporcionar éxito a una vida. Él era tan solo un monje que oraba. En el fondo la gente sabe que cuando un dios tiene que demostrarnos su utilidad, no merece la pena ser adorado. Un dios que tiene que ser importante, no es Dios.
     La vida de los monjes da testimonio de que a Dios no se le puede atribuir ningún valor, puesto que las cosas sólo encuentran su valor si están en relación con Dios. Las vidas de los monjes lo testimonian al no hacer nada en concreto, excepto permanecer en Dios. Sus vidas tienen un vacío en sus centros similar al espacio que existía entre las alas de los querubines. Ahí es donde podemos vislumbrar la gloria de Dios.
     La gente abarrota los monasterios, ve a los monjes, se queda para el canto de las vísperas, ¿cómo pueden descubrir que este «nada» que hacen los monjes es la revelación de Dios? ¿Por qué no piensan, por el contrario, que los monjes son solamente unos vagos, personas sin ambición, o incluso unos fracasados que no son competitivos en la lucha diaria de la vida por ganarse el pan? ¿Cómo pueden vislumbrar que es Dios el que está en el centro de sus vidas? Sospecho que lo hacen cuando escuchan su canto. La autoridad que está detrás de esa interpelación que siente la gente se encuentra en la belleza de la alabanza elevada a Dios. Unas vidas que no tienen ningún propósito especial son para los demás un rompecabezas y un interrogante. «¿Por qué están ahí los monjes y qué fin tienen sus vidas? ¿Cuál es su propósito?». Lo que pone de manifiesto la razón por la que los monjes están ahí es la belleza de la alabanza a Dios.
     Tengo que confesar que yo no era muy religioso cuando era un joven estudiante en la abadía de Downside. Fumaba detrás de las aulas y me escapaba por las noches a los bares. Casi fui expulsado de la escuela por leer durante la bendición un conocido libro de mala fama. Si algo me mantuvo anclado en mi fe no fue otra cosa que la belleza que descubrí allí: la belleza del Oficio cantado, la luminosidad del amanecer en la abadía, el resplandor del silencio. Era la belleza que ya no me dejaría escapar.
     Seguramente no es pura casualidad que el gran teólogo de la belleza Hans Urs von Balthasar, recibiera su primera educación en Engelberg, un colegio benedictino famoso por su tradición musical. Balthasar habla de la «auto-manifestación» de la belleza, de su «intrínseca autoridad». No se pueden poner en duda las interpelaciones que la belleza nos hace, ni tampoco descartarlas. Y aquí radica probablemente la forma más importante de autoridad que Dios puede tener en nuestra época, en la que el arte se ha transformado en un tipo de religión. Poca gente va a misa los domingos, pero millones van a conciertos, galerías de arte o museos. En la belleza podemos vislumbrar la gloria de la belleza de la sabiduría de Dios que danzó en el momento en que creó el mundo, que fue creado «más bello que el sol».
      Se dice en la Biblia, versión de los Setenta, que, cuando Dios hizo el mundo, vio que era «kalós», bello. La bondad nos congrega bajo la forma de lo bello.
     Cuando la gente escucha la belleza del canto, entonces puede verdaderamente adivinar la razón de por qué los monjes están ahí y cuál es el centro secreto de sus vidas, la alabanza de la gloria. El cardenal Hume cuando hablaba de los más profundos deseos de su corazón lo hacía en términos de belleza: Qué experiencia tan maravillosa sería si pudiera conocer aquello que, entre las cosas más bellas, fuese lo más hermoso. Ésta sería la experiencia más elevada de todas las experiencias de alegría y de plenitud total. Yo llamo Dios a la más bella de todas las cosas.
     Y si sucede, como santo Tomás pensaba, que la belleza es verdaderamente la revelación del bien y la verdad, entonces forma parte de la vocación de la Iglesia ser un lugar de revelación de la verdadera belleza. Una gran parte de la música moderna, incluso la que se escucha en las iglesias, es tan trivial que es una parodia de la belleza. A ese mal gusto, se le ha descrito como la «pornografía de lo insignificante». Quizá lo sea porque hemos caído en la trampa de ver la belleza en términos utilitarios, en lo que es útil para entretener a la gente, en lugar de ver que lo que es verdaderamente bello revela el bien.
     La vida monástica es bella en sí misma. Cuando leí la Regla me quedé fascinado al ver que dice al principio que «se llama regla porque regula las vidas de los que la obedecen». La «régula», regula. Inicialmente, eso puede dar la impresión de un excesivo control.
     Pero puede ser que la palabra «régula» no sugiera control, sino medida, ritmo, vidas que tienen un aspecto y forma determinados. Probablemente sugiera la disciplina de la música. San Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era, según decía «guardar el orden musical».
     Por eso, una vez más, el canto de la liturgia revela el significado de nuestras vidas.
     Santo Tomás decía que la belleza en la música estaba esencialmente unida a la temperantia. Nunca nada debería ser excesivo. La música debe mantener igualmente el compás adecuado, ni demasiado rápido, ni demasiado lento.
     Se debe mantener siempre la medida adecuada. Y santo Tomás pensaba que la vida atemperada nos mantenía jóvenes y bellos. Lo que parece es que la Regla ofrece una vida mesurada, que no tenga nada de excesivo.
     Cuando los monjes cantan, vislumbramos la música que son sus vidas, siguiendo el ritmo y el compás de la melodía de la Regla de san Benito. La gloria de Dios se entroniza en las alabanzas de Israel.

Ir a ninguna parte

     Las vidas de los monjes dan que pensar a los que se encuentran fuera del monasterio, no solamente porque los monjes no desempeñan ninguna función particular, sino también porque sus vidas no van a ninguna parte. Como los miembros de las órdenes religiosas, sus vidas no adquieren forma o significado ascendiendo un escalafón o siendo promovidos. Somos sólo hermanos. No podemos nunca aspirar a ser más. Un soldado o un universitario que tengan éxito pueden subir profesionalmente a través de diversos grados. Sus vidas demuestran su valor porque son promovidos hasta ser catedráticos o generales. Pero eso no se cumple en nuestro caso. La única regla que existe en la Regla de san Benito es la escala de la humildad. Estoy seguro de que los monjes, al igual que los frailes, algunas veces alimentan deseos secretos de hacer carrera y sueñan con la gloria de ser mayordomo o incluso abad. Pero bien sabemos todos que nuestras vidas adquieren su forma, no por ser promovidos, sino porque nos encontramos en camino hacia el Reino. La Regla se nos da, dice san Benito, para apresurar nuestra llegada a nuestro hogar celestial.
     Para la mayoría de la gente de nuestra sociedad una vida así no tiene ningún sentido, puesto que tienen claro que la vida es una lucha por el éxito: avanzar o morir. Por eso nuestras vidas son para ellos un rompecabezas, un signo interrogativo. Aparentemente no van a ninguna parte. Uno se hace monje o fraile y no necesita nunca ser nada más.
     Recuerdo que cuando fui elegido Maestro de la Orden, un periodista muy conocido escribió un artículo en el New Catholic Reporter, que concluyó señalando que al final de mi período como Maestro tendría sólo 55 años. «¿Qué hará entonces Radcliffe?», se preguntaba. Cuando leí el artículo, me quedé preocupado. Sentí como si el significado de mi vida estuviese siendo robado y fuera forzado a adoptar categorías nuevas. ¿Qué haría entonces Radclife? Esta pregunta implicaba que mi vida sólo tendría sentido a través de una nueva «promoción». Pero. ¿por qué debería hacer cualquier otra cosa que no fuera seguir siendo hermano? Nuestras vidas tienen sentido porque hay en ellas una ausencia de ascenso en la que se puede revelar la gloria de Dios.
     Una vez más, deseo afirmar que es precisamente en el canto del Oficio divino, cuando recordamos la dilatada historia de la redención, donde adquieren sentido las observaciones que estoy haciendo. A principios de año fui a visitar la catedral de Monreale en Sicilia, que se encuentra junto a una antigua abadía benedictina. Tenía muy poco tiempo libre, pero me habían dicho que quien visita Palermo y no visita Monreale, llega como persona, pero termina su estancia en Sicilia como asno. Y verdaderamente fue una experiencia asombrosa. La totalidad del interior de la iglesia es un deslumbrante puzzle de mosaicos que relata la historia de la creación y de la redención. Entrar en esa iglesia es encontrar el lugar propio dentro de la historia, dentro de nuestra historia. Ésta es la verdadera historia de la humanidad, y no la que relata la lucha por encaramarse en lo más alto del árbol. Estas escenas muestran la revelación de la estructura del tiempo real.
     La verdadera historia no es la del éxito individual, la de la promoción y el ascenso; sino la historia del viaje de la humanidad hacia el Reino, que se celebra cada año durante el ciclo litúrgico, desde Adviento a Pentecostés y que alcanza su vértice en el color verde del tiempo ordinario, que es nuestro tiempo real.
     Éste es el tiempo verdadero , el tiempo que abarca todos los pequeños acontecimientos y dramas de nuestras vidas. Éste es el tiempo que reúne esos pequeños dramas que suceden en el curso de nuestra existencia, las pequeñas derrotas y victorias, otorgándoles un sentido. La celebración monástica del año litúrgico debería ser la revelación de ese tiempo verdadero, que es la única historia que tiene importancia.
     Cada uno de los diferentes tiempos que se suceden a lo largo del año deberían ser sentidos de manera distinta, con melodías diferentes, colores diversos, tan distintos como distinta es la primavera del verano y el verano del otoño. Tendrían que ser tan peculiares, como para dejarse diluir por los otros ritmos que se dan en nuestras vidas, como el año fiscal, el año académico, los años que cumplimos mientras envejecemos. El ritmo del año litúrgico ha de ser vivido como el ritmo más profundo de nuestras vidas. La liturgia monástica nos recuerda que el lugar al que nos dirigimos no es otro que el Reino.
     Quisiera añadir un matiz. Es fácil decir que los religiosos viven para que venga el Reino, pero de hecho, a menudo no estamos en esta tónica. El año litúrgico traza el camino real hacia la libertad pero a menudo no transitamos por él. Podemos decir que la formación, especialmente la formación moral, siempre es una formación para la libertad. Pero la entrada en la libertad es lenta y costosa, no exenta de errores, de equivocaciones y de pecado. ¿Cómo daremos sentido a nuestro lento ascenso hacia la libertad de Dios y nuestras frecuentes bajadas hacia la esclavitud? Una vez más quizá podamos encontrar la clave en la música.
     San Agustín escribió una historia de la humanidad en la que ésta aparece como una partitura musical en la que son posibles todas las disonancias y desafinaciones, pero que, a la postre, se resuelve en un final en el que todo encuentra su lugar adecuado. «La disonancia puede ser redimida sin ser destruida». La historia de la redención es como una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que Él les encuentra un sitio adecuado en la sinfonía musical que las redime. Esta melodía culmina en la eucaristía. La música más elevada que existe en el mundo caído, la música redentora... no es otra que el reiterado sacrificio del mismo Cristo, que es la música de la eucaristía eternamente repetida.
     La eucaristía es la repetición del momento culminante de la historia dramática de nuestra liberación. Jesucristo nos da libremente su cuerpo, pero los discípulos le rechazan, reniegan de él, huyen lejos de él, pretenden no conocerle. En la música de nuestra relación con Dios encontramos enormes disonancias.
      Pero en la eucaristía quedan unidas, abrazadas y transfiguradas por la belleza, en un gesto de amor y de donación. En esa música de la eucaristía somos rehechos, recreados, y volvemos a encontrar la armonía. Es una relación armónica que no borra nuestras negaciones del amor y de la libertad, ni pretende hacer creer que nunca han existido, sino que las transforma en etapas de nuestro itinerario. En nuestras celebraciones nos atrevemos a hacer memoria de la debilidad de los apóstoles.
     Así el monje significa con su vida que el término es el Reino. Nuestra historia es la historia de la humanidad en su caminar hacia el Reino. Pero el drama cotidiano de la vida del monje es más complejo, con sus luchas y sus fallos en el camino de la libertad. La sinfonía anual de la peregrinación hacia el Reino necesita ir acompañada por la música cotidiana de la eucaristía. Necesitamos reencontrarnos cada día en la música de la eucaristía, en la que ninguna disonancia, por fuerte que sea, queda fuera del alcance de la resolución creadora de Dios.

El espacio interior

     Finalmente, llegamos a lo que constituye el elemento fundamental de la vida monástica, lo más bello y difícil de escribir: la humildad. Lo que resulta menos inmediatamente visible a la gente que viene a visitar los monasterios y, a pesar de ello, es la base de todo lo demás. «Es muy bonito ver la humildad en otro; pero, en verdad, el proceso de hacerse humilde es penoso» (Cardenal Hume). La humildad crea en nosotros para Dios un espacio vacío en el que Él pueda habitar y pueda contemplar su gloria. En última instancia, la humildad hace de nuestras comunidades un trono de Dios.
     Es difícil hoy encontrar palabras para hablar de la humildad. Nuestra sociedad nos invita a cultivar las actitudes opuestas, como la afirmación propia y una burda confianza en uno mismo. Las personas que tienen éxito se esfuerzan agresivamente por seguir subiendo. Hoy nos acobardamos cuando leemos en el séptimo grado de la humildad que debemos aprender a decir con el profeta «soy un gusano, no un hombre». ¿Acaso porque somos demasiado orgullosos? ¿O será porque estamos inseguros de nosotros mismos y no tenemos confianza en nuestro valor? Quizá no nos atrevemos a decir que somos gusanos porque nos asusta el temor de que sea verdad.
     ¿Cómo construir comunidades que sean signos vivientes de la belleza de la humildad? ¿Cómo mostrar el poder de atracción de la humildad en un mundo marcado por la agresividad? San Benito fue el gran maestro de la humildad. Cuando pensamos en la humildad, puede que la consideremos como una cosa extremadamente personal y privada: me contemplo a mí mismo y veo mi indignidad. Al profundizar en mi interior, descubro en mí muchas cualidades propias de un gusano. Lo cual es, cuando menos, una perspectiva deprimente.
     Quizá lo que pretende san Benito es invitarnos a hacer algo infinitamente más liberador: construir una comunidad en la que nos liberemos de toda rivalidad, competición y lucha por el poder. Un nuevo tipo de comunidad que quede estructurada por la deferencia mutua y la recíproca obediencia. Una comunidad en la que ninguno esté en el centro, sino que en el centro haya un espacio vacío, un vacío que se llene con la gloria de Dios. Esto conlleva un gran desafío a la imagen que hoy tenemos del yo, que es un yo solitario, absorto en sí mismo, centro del mundo, eje en torno al cual todo gravita. En el corazón de esta identidad está la conciencia de sí mismo: «Pienso, luego existo».
     La vida monástica nos invita a desplazar el centro y entrar en el campo de gravedad de la gracia. Nos invita a descentrarnos. Una vez más, encontramos a Dios revelado en un vacío, una oquedad: esta vez es el espacio hueco que se encuentra en el centro de la comunidad y está reservado para Dios. Tenemos que preparar un hogar para la Palabra, para que venga y habite entre nosotros, un espacio para que Dios exista. Siempre que estemos compitiendo para estar en el centro, no hay espacio para Dios. Por ello, la humildad no puede ser un desprecio de uno mismo, un estar pensando ¡qué horrible soy!, sino que consiste en configurar, vaciándolo, el corazón de la comunidad para abrir un espacio en el que la Palabra pueda poner su tienda.
     Una vez más, es en la liturgia donde se pone de manifiesto esta belleza. Dios queda entronizado en las alabanzas que eleva el pueblo de Israel. Cuando la gente ve a los monjes cantando la alabanza de Dios, puede vislumbrar la libertad y la belleza de la humildad. En la Edad Media se creía que una música buena y armoniosa iba pareja con la construcción de una comunidad igualmente armoniosa. La música cura el alma y la comunidad.
     No podemos cantar juntos si cada uno está luchando por cantar más alto, compitiendo para que le enfoquen en el escenario. De manera parecida, estoy seguro de que cuando se canta juntos en armonía, cuando se aprende a cantar la nota que le corresponde a cada uno, cuando se aprende a encontrar el lugar propio en la melodía, ésta nos hace más hermanos, mostrando a los demás cómo se puede vivir juntos sin competencia ni rivalidad. Se puede ver si una comunidad vive en armonía cuando se escucha su canto.
     El punto culminante de la humildad es cuando se descubre que no sólo no se es el centro del mundo, sino que ni siquiera se es el centro de uno mismo. No sólo hay un vacío en el centro de la comunidad, destinado a que Dios ponga su morada en él, sino también un hueco en el centro de nuestro ser donde Dios puede poner su tienda. En los mosaicos de Monreale se puede ver cómo Dios modela a Adán. Dios le da la respiración y le sostiene en el ser. En el corazón de mi existencia no estoy solo. Dios está allí, dándome el aliento en cada momento, dándome la existencia. En mi centro no hay un yo solitario, no hay un ego cartesiano, sino un espacio que se llena con Dios.
     Quizá sea ésta la vocación última del monje: mostrar la belleza de esa oquedad; ser individual y comunitariamente templos destinados a que la gloria de Dios habite en ellos. Eso se revela en el canto de las alabanzas al Señor.
     Toda creación artística refleja en sí la primera creación. En el arte conseguimos vislumbrar lo que ha supuesto para Dios crear el mundo de la nada. La originalidad en el arte hace que nos remontemos hasta el origen de todo lo que existe. Todo poema, pintura, escultura o música nos da una pista de lo que crear puede suponer para Dios. En el fondo de todo acto de creación artística yace el sueño de dar un salto absoluto para salir desde la nada, el sueño de poder formular un enunciado en la mente del que la concibe tan nuevo, tan singular que, literalmente, dejaría atrás todo el mundo preexistente.
     En el corazón de la vida monástica se encuentra la humildad. No la humildad opresiva y oprimente de los que se odian a sí mismos. Sino la humildad de los que se saben criaturas y que su existencia es un don. Y así es absolutamente verdad que en el centro de sus vidas debe estar el canto. Puesto que en el canto podemos mostrar cómo Dios hace que todo exista. Y los monjes cantan la Palabra de Dios, a través de la cual todo ha sido creado. Es ahí donde podemos ver una belleza que es mucho más que algo placentero. Es la belleza que celebra que hemos sido creados y recreados. En el centro de nuestro ser, Dios ha puesto su morada y su trono.

* * *

     La gloria de Dios siempre necesita un espacio, un vacío para automanifestarse. Es el vacío que existía entre las alas de los querubines en el Templo, la tumba vacía, el Jesús que desaparece en Emaús. Si los monjes dejan que esos espacios vacíos se produzcan en sus vidas, siendo personas que no desempeñan sus funciones por ninguna razón en concreto, cuyas vidas no llevan a ningún sitio y que arrostran su condición de criaturas sin temor, entonces sus comunidades serán tronos de la gloria de Dios.
     Lo que esperamos ver en los monasterios es más que lo que podemos decir. La gloria de Dios es más que lo que nuestras palabras pueden expresar. El misterio rompe nuestros pequeños conceptos ideológicos. Como Tomás de Aquino, vemos que lo único que podemos decir es sólo paja. ¿Significa eso que tan sólo podemos guardar silencio? No, porque los monasterios no son sólo lugares de silencio, sino también de canto. Tenemos que encontrar modos de cantar que rocen los límites del lenguaje, que estén en el filo del sentido. Es la canción de júbilo.
     ¿Qué es cantar con júbilo? Darse cuenta de que las palabras no son suficientes para expresar lo que cantan nuestros corazones. Durante la vendimia, en el campo, siempre que los jornaleros tienen que trabajar duro, empiezan a cantar cantos que expresan alegría. Pero cuando su alegría rebosa y no bastan las palabras, abandonan incluso la coherencia y se entregan por completo al canto. ¿Qué es este júbilo, esta canción exultante? Es la melodía que expresa que nuestros corazones arden con sentimientos que las palabras no pueden expresar. ¿Y a quién se atribuye de un modo más adecuado este jubilo? A Dios que es inexpresable (San Agustín).

Timothy Radcliffe


381-383 Con frase gráfica, aunque sin duda exagerada, me dijo un amigo: «Está bien que haya monjes... En París hay un metro que sirve de base y patrón a todos los metros del mundo; asimismo, mientras haya monasterios, podremos todavía saber qué es un hombre». Repito: no creo en el valor general de esta frase (como de ninguna), pero me parece evidente que el monasterio ofrece una gran posibilidad de realización humana y cristiana.- AGUSTÍN ALTISENT