Buscando al Señor

 

 
Tras releer «El poncho de Ovidio» y «Peluche», las dos maravillosas historias escritas por el abad Mamerto Menapace, muchos, muchísimos lectores de esta publicación vocacional han querido releer «Buscando a Dios», que es mucho más que una relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención. Y no lo han encontrado, porque según dicen lo habían regalado hace ya cinco años o «porque me lo arrebataron de las manos». ¿Por qué será?
Al contestarles que podían encontrarlo en las páginas 73-78 de «El paso y la espera» (Pedal 223), me dicen que esto no les soluciona nada, porque quieren regalarlo a todos sus amigos y el presupuesto no les alcanza para tantos libros.Y porque además aquí están los dibujos de José María de la Torre.
Como ambos argumentos son convincentes..., lector, a atravesar el limpión y meterte entre los mogotes y garabatos para encontrarte con el mismísimo Nuestro Señor.
JSV
     

Una vez una persona andaba buscando al Señor. Le habían comentado de una invitación que hacía a todos para llegarse hasta su Reino, donde dicen que tenía reservada una morada para cada uno de sus amigos.
     Y él también tenía ganas de ser amigo del Señor. ¿Por qué no? Si otros lo habían logrado ¿qué le impedía a él llegar a ser uno de ellos?
     Averiguando acerca del paradero, se enteró de que el Señor se había ido monte adentro con un hacha, a fin de preparar para cada uno de sus amigos, lo que necesitaría para el viaje. Y se largó a campearlo.

Estaba preparando las cruces
para cada uno de sus amigos

     Los golpes del hacha lo fueron guiando hasta una isleta. Atravesó el limpión y se metió por entre los mogotes y garabatos, tratando de acercarse al lugar de donde provenían los golpes. Las largas hojas del caraguatá se le prendían con sus pequeñas espinas ganchudas, pero no lograron detenerlo, porque era hombre decidido.
     Al fin llegó. Y se encontró con el mismísimo nuestro Señor, que estaba preparando las cruces para cada uno de sus amigos, antes de partir hacia su casa, a fin de disponer un lugar para cada uno.

«¿Puedo ser yo también
uno de tus amigos»

     —¿Qué estás haciendo? —le preguntó el joven al Señor.
     —Estoy preparando a cada uno de mis amigos la cruz con la que tendrán que cargar para seguirme y así poder entrar en mi Reino.
     —¿Puedo ser yo también uno de tus amigos? —volvió a preguntar el muchacho.
     —¡Claro que sí! —le dijo Jesús—. Es lo que estaba esperando que me pidieras. Si querés serlo de verdad, tendrás que tomar vos también tu cruz y seguir mis huellas. Porque yo tengo que adelantarme para ir a prepararles un lugar.
     —¿Cuál es mi cruz. Señor?
     —Esta que acabo de hacer. Sabiendo que venías y viendo que los obstáculos no te detenían, me puse a preparártela especialmente y con cariño para vos.

«Es lo que estaba esperando
que me pidieras »

La verdad que muy, muy preparada no estaba. Se trataba prácticamente de dos troncos cortados a hacha, sin ningún tipo de terminación ni arreglos. Las ramas de los troncos habían sido cortadas de abajo hacia arriba, por lo que sobresalían pedazos por todas partes. Era una cruz de madera dura, bastante pesada, y sobre todo muy mal terminada. El joven al verla pensó que el Señor no se había esmerado demasiado en preparársela. Pero como quería realmente entrar en el Reino, se decidió a cargarla sobre sus hombros, comenzando el largo camino, con la mirada en las huellas del Maestro.

Donde anda Dios,
asimismo anda el diablo

Ni bien cargó la incómoda cruz, hizo también su aparición Mbaé Pochy —el diablo—. Es su costumbre hacerse presente en estas ocasiones. Y en aquella circunstancia no fue diferente. Porque donde anda Dios, asimismo anda el diablo. Sobre todo en los montes.
     Desde atrás le pegó el grito al joven que ya se había puesto en camino:
     —¡Te olvidaste de algo!
     Extrañado por aquella llamada, miró para atrás y vio a Mandinga muy comedido, que se acercaba sonriente con el hacha en la mano para entregársela.
     —Pero ¿cómo? ¿También tengo que llevarme el hacha? —preguntó molesto el muchacho.
     —No sé —dijo el diablo haciéndose el inocente—. Pero se me hace que es conveniente que te la lleves por lo que puedas necesitar en el camino. Por lo demás, sería una lástima dejar abandonada una hachita tan linda.
La propuesta le pareció tan razonable, que sin pensar demasiado, tomó el hacha y reanudó su camino.

Sin pensar demasiado,
tomó el hacha y reanudó el camino

Duro camino. Por varias cosas. Primero, y sobre todo, por la soledad. El creía que lo haría con la visible compañía del Maestro. Pero resulta que se había ido, dejando sólo sus huellas.
     Siempre la cruz encierra la soledad, y a veces la ausencia que más duele en este camino es la de no sentir a Dios a nuestro lado. Algo así como si nos hubiera abandonado.
     El camino también era duro por otros motivos. En realidad no había camino. Simplemente eran huellas por el monte o por los pajonales y esteros. Hacía frío en aquel invierno y la cruz era pesada. Sobre todo, era molesta por su falta de terminación. Parecía como que las salientes se empeñaran en engancharse por todas partes a fin de retenerlo. Y se le incrustaban en la piel para hacerle más doloroso el camino.

Hacía frío en aquel invierno y
la cruz era pesada

Una noche particularmente fría y llena de soledad, se detuvo a descansar al descampado. Depositó la cruz en el suelo, a la vez que tomó conciencia de la utilidad que podría brindarle el hacha. Quizá el Maligno —que lo seguía a escondidas— ayudó un poco arrimándole la idea mediante el brillo del fierro del instrumento.
     Lo cierto es que, ahí no más, se puso a arreglar la cruz. Con calma y despacito le fue sacando los nudos que más le molestaban, suprimiendo aquellos muñones de ramas mal cortadas, que tantos disgustos le estaban proporcionando en el camino. Y consiguió dos cosas.
     Primero, mejorar el madero. Y, segundo, se agenció de un montoncito de leña que le vino como mandado a pedir para prepararse un fueguito con el que calentar sus manos ateridas.

Tomó conciencia de la utilidad
que podía brindarle el hacha

Esa noche durmió tranquilo. A la mañana siguiente reanudó su camino. Y noche a noche su cruz fue siendo mejorada, pulida por el trabajo que en ella iba realizando.
     Mientras su cruz mejoraba y se hacía más llevadera, conseguía también tener la madera necesaria para el fueguito amigo de cada noche. Casi, casi, se sintió agradecido hacia Mandinga que le había hecho traerse el hacha consigo. Después de todo había sido una suerte contar con aquel instrumento que le permitía el trabajo sobre su cruz.

Bien pulida, brillaba a los rayos
del sol

Estaba satisfecho con la tarea, y hasta sentía un pequeño orgullo por su obra de arte. La cruz tenía ahora un tamaño razonable y un peso mucho menor. Y además se trataba de algo prolijo. Bien pulida, brillaba a los rayos del sol, y casi no molestaba al cargarla sobre sus hombros. Achicándola un poco más, llegaría finalmente a poder levantarla con una sola mano a manera de estandarte, para así identificarse ante los demás como seguidor del crucificado. Y si le daban tiempo, podría llegar a acondicionarla hasta tal punto que llegaría al Reino con la cruz colgada de una cadenita al cuello como un adorno sobre su pecho, para alegría de Dios y testimonio ante los demás.

Gracias a su trabajo podía presentar
una cruz muy bonita

Y consiguió su meta. Es decir: sus metas. Porque, para cuando llegó a las murallas del Reino, se dio cuenta de que gracias a su trabajo, estaba descansado y además podía presentar una cruz muy bonita, que ciertamente quedaría como recuerdo en la casa del Padre.
     Pero no todo fue tan sencillo. Resulta que la puerta de entrada al Reino estaba colocada en lo alto de la muralla. Se trataba de una puerta estrecha, abierta casi como una ventana a una altura imposible de alcanzar.
     Llamó a gritos, anunciando su llegada. Y desde lo alto se le apareció el Señor invitándolo a entrar.
     —Pero, ¿cómo. Señor? No puedo. La puerta está demasiado alta y no la alcanzo.
     —Apoya la cruz contra la muralla y luego trepa por ella utilizándola como escalera —le respondió Jesús—. Yo le dejé a propósito los nudos para que te sirviera. Además tiene el tamaño justo para que puedas llegar hasta la entrada.
     En ese momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz recibida había tenido sentido y que de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo ya era tarde. Su pequeña cruz, pulida, y recortada, le parecía ahora un juguete inútil. Era muy bonita pero no le servía para entrar. Mandinga había resultado mal consejero y peor amigo.

La puerta estaba colocada en
lo alto de la muralla

Pero, el Señor es bondadoso y compasivo. No podía ignorar la buena voluntad del muchacho y su generosidad en querer seguirlo. Por eso le dio un consejo y otra oportunidad.
     —Volvé sobre tus pasos. Seguramente en el camino encontrarás a alguno que ya no da más, y ha quedado aplastado bajo su cruz. Ayúdale vos a traerla. De esta manera vos le posibilitarás que logre hacer su camino y llegue. Y él te ayudará a vos a que puedas entrar.

Mamerto Menapace

Dibujos: José María de la Torre
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Siempre el que se arriesga a amar, se compromete a sufrir, hasta llegar a la frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un «sí» en la vida, trae acollarado una tropilla de «no». Decir que «no» a algo, nos deja en libertad para decirle todavía que «sí» a todo lo demás. Mientras que decir a algo que «sí», nos compromete a decirle que «no» a todo el resto. Contiene muchos más «no» un sí, que no un «no».- M. Menapace