¿Qué es la vocación?

 

     

IV

     Durante nueve años dije misa una semana a los seminaristas y otra a las religiosas de un juniorado. Nueve años seguidos, con sólo el paréntesis de las vacaciones. Un movimiento pendular que evitaba la monotonía porque —es una pena, pero somos así— los sacerdotes también podemos «acostumbrarnos», a nuestra misa.
     La misa del seminario, con sabor de concelebración: sobre el altar casi los codos de mis seminaristas de teología, fijos los ojos, las manos ya temblorosas, las palabras exactas que florecerán omnipotentes dentro de nada. ¡Qué gracia tan grande la de poder decir misa a los seminaristas!
     La misa en la capilla de las junioras, con el acompañamiento virginal de una juventud que dijo «sí» un día y lo repite sencillamente cada amanecida.

     La misa fuera del seminario tenía además la poesía —auténtica poesía— de siete minutos de camino a la ida y otros siete a la vuelta, entre amigos —auténticos amigos— a pesar de no decirnos nunca nada y de casi ni mirarnos de frente.
     Ya sabéis lo que pasa: si haces un mismo recorrido a la misma hora por la misma calle descubres a las pocas semanas que en tal sitio saldrá el joven del bigote rubio; que más arriba encontrarás al matrimonio, alto él, pequeña ella, con un gran cesto camino del mercado; y luego el carricoche de las ensaimadas y el repartidor, gorra de visera, cara sin afeitar, que les echa azúcar en polvo antes de entregarlas a la vendedora con sonrisa de abuela, y aquel olor tan bueno que yo aspiraba golosamente temiendo romper el ayuno eucarístico. Y a la vuelta otros tantos amigos siempre los mismos. Y así nueve meses, y así nueve años.
     Entre mis amigos de la vuelta, una muchacha de largas trenzas, que con el tiempo desaparecieron. Era bonita. Cada día más bonita. Era como una sonrisa siempre nueva. A todos los que nos cruzábamos con ella de día en día nos resultaba más fácil comprender la satisfacción de Dios cuando al final de la creación vio que su obra era buena. Y así seis años, porque de repente ya no la vi más. La llamaba, para mí, Manuela. Creo que por natural transferencia con la muchacha de «El silencio de un adolescente» de Jean Marie de Buck.

     Ahora, en distancia geográfica, vuelvo a recorrer todas las mañanas un breve trayecto: paso el puente, tuerzo a la izquierda. Mis amigos —empiezo a tenerlos ya— son distintos: un militar, sargento ya mayor; un muchacho que acompaña a sus dos hermanitas al colegio, todo paternal; una señora que barre la entrada mientras le dice cosas—¡qué cosas más deliciosas!— a su niño que dialoga con ella con monosílabos recién estrenados.
     Al principio eché de menos el matrimonio del cesto, el joven del bigote, el olor a ensaimada, y hasta me acordé de Manuela.

     Vengo de hablar a unas muchachas de bachillerato. Les he dicho que la fe es un fuego, que no podemos guardarlo en el cajón de nuestra mesa de trabajo, que hay que avivarlo (y les he explicado la palabrita que san Pablo decía a Timoteo; ellas, son jóvenes, se han reído con el nombre del discípulo del Apóstol), que el Señor nos pide a los cristianos que avivemos esas brasas de la fe y nos exige que regalemos esas brasas a nuestro alrededor y quizá también lejos (algunas me han mirado de una manera extraña cuando les he dicho que «quizá también lejos»).
     Al fondo de la sala había tres religiosas. Siempre me ha hecho gracia el afán que tienen ellas de coleccionar otra misa y escuchar otra plática. Si pudiesen, pienso, decir misa, si pudiesen subir a un púlpito...

     Iba a salir del colegio cuando me han dicho que una religiosa quería hablar conmigo. Al poco rato entraba... Manuela. Era ella misma, sin trenzas, claro. La voz, como la que siempre imaginé, palabra. El hábito, creo que no le caía del todo mal. Ella sabía que yo estaba aquí porque me vio durante la Semana Santa. Hoy me había visto entrar al colegio y pidió permiso a la Madre para hablar conmigo.
     Y nos hemos contado —con una naturalidad asombrosa si se piensa que nunca nos habíamos hablado— los recuerdos de aquellas mañanas: mi vuelta de misa, su ida a clase, nuestra puntualidad, nuestros amigos mañaneros. Luego me ha dicho que el año próximo irá al Japón. Que de pequeña quiso ser sacerdote. Que una vez se enfadó mucho cuando le dieron una estampa que decía: «Las niñas no pueden ser sacerdotes. Sus hermanos, sí». Que otro año cayó en sus manos otra estampa en la que una niña rezaba por la Iglesia, por los sacerdotes, por su hermano seminarista, y que ella empezó entonces a rezar muy de veras para que esto último fuese verdad.
     Que luego, sin oír ninguna voz, sin nada raro, empezó a darse cuenta de que el corazón le crecía a un ritmo acelerado. Y que valía la pena amar con él, tan grande, al Señor, tan inmenso, y ser una brasa caliente en cualquier rincón helado. Que en casa sus padres y sus hermanos la adoraban. Que sus hermanos se han casado, que ya tiene un sobrinito, que todos los días reza para que el Señor le haga un día sacerdote «porque mis oraciones, padre, no han servido para que mi hermano lo fuese».

     Manuela —Madre Montserrat te llaman ahora— tú tienes alma sacerdotal. El Señor oyó tu oración. No tengas pena. Los designios de Dios son inefables. Hace muchos años que a una muchacha que quería ser virgen la hizo Él su Madre. Pediste la vocación sacerdotal para un hermano tuyo, y el Señor, a quien nunca pasa por alto la oración de sus hijos, se fijó en ti para que seas altar y hostia, para que colecciones misas, para que seas brasa. Vete al Japón, Manuela, perdón, Madre Montserrat. Sigue rezando por tu sobrinito, sigue rezando por los sacerdotes, sigue rezando por la Iglesia. Y, por lo que más quieras, sigue sonriendo, que el mundo y nuestro Señor necesitan tu sonrisa.

     Y al volver a casa he pasado por la capilla, y Le he dicho que gracias, que el mundo es muy pequeño.
     Y ya en mi habitación acabo de buscar aquella estampa. He cambiado el pie. Ahora dice: «Los niños pueden ser sacerdotes. Y sus hermanas también».
     Ya sé que los libros de teología todavía no lo ponen así. Bueno, pero estoy seguro de que hay cosas que son verdad aunque los teólogos no las escriban.

 

V

     Me llamó la Madre Provincial para invitarme a que celebrase la misa y presidiese la profesión solemne de Madre Montserrat. «Y deseamos que al final hable usted. Estarán todas las mayores y tenemos mucho interés en que oigan hablar de la vocación religiosa».
     En la práctica, las «invitaciones» de una Madre Provincial no tienen nada de invitación. Por mucho que te excuses siempre acabas capitulando. Pero esta vez no me hice rogar. No siempre «obedecer» ha de ser difícil.

     En la capilla, los padres y hermanos de Madre Montserrat ocupaban un lugar preferente: las Madres, todas iguales, solemnes, recogidas; y luego las colegialas, llenándolo todo, inquietas, curiosas.
     La profesión fue breve. Madre Montserrat pronunció la consagración con sencillez y naturalidad. Nada de lágrimas y suspiros. Con voz normal le dijo al Señor que contara con ella, que quería estar siempre pendiente de su mirada. Y lo decía con cara sonriente.
     Después de aquella sencillez, la del Señor, primero, inmolándose una vez más por todos, y la de Madre Montserrat que le decía su «sí» con alegría, no había manera de ponerse patético. Bueno, tampoco hubiera sabido.

     «...Es muy posible que más de uno de los presentes se esté preguntando en estos momentos por qué la profesión religiosa no es un sacramento. Tenemos un sacramento para la ordenación sacerdotal y otro para el matrimonio. Pero una profesión religiosa a pesar de las flores y las velas, a pesar de la trascendencia del acto, no es un sacramento. ¿Por qué?
     Imaginaos que la vida de cada cristiano es como un camino. Un camino que avanza, vacilante en un principio, manso, en zigzag, duro, suave. Cada vida un camino.
     Y que el Señor dice a uno de los caminos:
     —He pensado convertirte en carretera para que todos los coches y los camiones y los carros y las bicicletas y las personas todas puedan correr encima de ti rápidamente, con seguridad, sin riesgo, tranquilamente.
     —Señor, pero esto será muy duro para mí, dice el camino.
     —No te espantes, hijo mío, yo estaré contigo. Yo te daré una ayuda especial, mi sacramento del Orden, para que seas carretera ancha, con buen pavimento, sin baches, carretera que lleve a mi Reino.
     Imaginaos que dos caminos, en un principio distanciados, van aproximándose, uniéndose cada vez más. Imagináoslos tan paralelos, tan próximos, que llegan a confundirse, que ya no son dos caminos, ya son un solo camino. Imaginaos que empiezan a correr por el camino uno, dos, muchos niños con cara de hermanos. Son hermosos los niños con su sonrisa. Es grande sentirse tierra florecida de vida. Pero no siempre es fácil vencer el egoísmo, no ser dos caminos sino un solo camino. Por esto la gracia del sacramento del Matrimonio.
     Imaginaos, por fin, un camino que no se convierte en carretera, que siempre es camino, camino solitario, camino desconocido.
     —Señor, y ese camino ¿para qué sirve tan hermoso, tan solo? ¿No es lástima que se pierda olvidado?
     —Sirve —dice Dios— porque a mí me gusta al atardecer y siempre que tengo un rato libre dar una vuelta por un camino solitario, por un camino siempre a punto de estrenar, por un camino con sólo flores para mí. Al atardecer -dice Dios-, me gusta pasear.
     ¿Creéis vosotros que hace falta una gracia especial —un sacramento especial— para ser ese camino solitario? La profesión religiosa es el sacramento del bautismo maravillosamente florecido. Florecido ya aquí.
     Es posible que alguno de los presentes siga preguntándose: ¿Qué es mejor: ser carretera, ser camino con sonrisas de niños o ser camino solitario por donde pasea el Señor?
     Existe un Ingeniero de Puentes y Caminos incomparable. Se pasa la vida, la eternidad, planeando. Los Tres —el Padre, Jesús y el Espíritu— disfrutan inclinados sobre el mapa del mundo jugando, planeando, soñando en carreteras, en caminos sonoros y en las flores de un camino solitario. A nosotros sólo nos toca descubrir su voluntad...».

     Al salir me esperaban Andrés y Eduardo, los acólitos.
     —¿Le acompañamos?
     —¡Adelante!
     A los pocos pasos:
     —Oiga, padre, y ¿qué hace falta para convertirse en carretera? ¿Cómo se entera uno de la voluntad del Ingeniero?
     He rezado tantas veces para oír estas preguntas en boca de mis acólitos que no pude ocultarles mi alegría.
     Nos dimos las manos y empezamos a silbar. Avanzábamos ocupando todo lo ancho de la calle. Los que pasaban sonreían: un cura jugando con un par de chiquillos. ¡Se equivocaban! Era un tedéum con melodía no gregoriana.
 

VI


Carta a Mercedes

      ...La recuerdo a usted «un poco» de las dos veces que hizo Ejercicios conmigo, sobre todo la última. Aunque eran muchas —cincuenta y pico—, no me pasó desapercibida su respuesta a la encuesta del segundo día. ¿La recuerda? «La vocación es algo que siente un alma y que le inclina a dejar la vida ordinaria. Bueno, como yo no tengo vocación no sé si se siente o es algo que se piensa y que convence».
      Su definición, junto a observaciones excelentes, contenía más de un matiz inexacto: sentir - inclinación - seguridad excesiva. Pero, como el tema le tenía a usted sin cuidado, no me pareció oportuno sacarlo a relucir cuando vino a consultarme tres o cuatro problemas de vía estrecha.
     Insistí todo el rato, quizá lo recuerde aun, en la necesidad urgente de darse a los demás, empezando sobre todo por los de su casa. Algo muy gastado, claro, y más durante aquellos Ejercicios centrados en los demás, en saberse Iglesia. Unos Ejercicios —¡cómo me lo echaban en cara!— demasiado poco románticos para muchachas de 18 a 20 años, demasiado «pesados».

     Han pasado bastantes meses y me escribe usted ahora pidiéndome una «audiencia». Y me adelanta el tema que le preocupa: «yo querría saber claramente qué es lo que el Señor me pide o quiere de mí».
     Con toda franqueza:
     —puede venir a verme cuando le parezca. Llame, sin embargo, antes por teléfono, para no hacer un viaje en balde;
     —pero no espere gran cosa de la entrevista.
     Ah, y eso segundo no lo digo por «humildad». Para poder dar un consejo se requiere conocer bien al aconsejado. Y yo a usted no la conozco. La recuerdo.
     En este momento su misma fisonomía me queda muy borrosa. Creo que su confesor, sus profesores —alguno de ellos particularmente—, su mamá (y el orden es de menos a más), la conocen lo suficiente para poder entablar un diálogo orientador.

      Digo «dialogo». Su porvenir es suyo, de usted. No de los demás. Usted desearía que le dijesen claramente lo que debe hacer. Y mejor si la respuesta llegase acompañada o precedida de estas cuatro palabras: «en nombre de Dios». Hay ciertas vidas de santos enormemente desorientadoras: la Virgen baja y regala a una un hábito, o le deja a otra la dirección de tal instituto con el número del distrito postal y del teléfono y todo.

      A su edad afortunadamente se ha perdido ya la seguridad de la niñez. Antes, usted sabía que el mundo tenía partes, que los días del año eran 365, que... Sabía cosas. Cosas definitivas. Sabía que meter el dedo en el bote de leche condensada era «pecado», que el niño Jesús se ponía triste si no comía todo el postre... Lo sabía. Ahora ya no está tan claro qué es lo que pone triste al Señor. No suspire por aquella seguridad. Ya no es una niña. No ansíe ver claro Hay que arriesgarse.
     La vocación es como un itinerario con señales de pista... Hay quienes no están conformes con estas palabras. Dicen que es irracional caminar sin conocer la meta. No digo yo que uno no sepa absolutamente adónde va. Dios está al término de todos los caminos. Pero Dios no tiene forma, ni cuerpo. Cuando nos lo imaginamos lo hacemos a nuestra manera. Una pobre manera. Y Dios es tan grande que a cada paso nos resulta un desconocido si sólo vivimos de memoria.
      Son exactos los versos de Machado: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar».

     «Me preocupa más que nunca —dice usted— el problema de mi entrega. No dejo de pensar en ello, pero sigo sin ver claro. Más que nada es que no sé qué hacer ni por dónde empezar. No sé por dónde abrir la puerta, ni hacia dónde salir. Tengo miedo de equivocarme una vez más».
     No se trata, Mercedes, de abrir esta o aquella puerta. Se trata de abrirse. Importa poco este o aquel acierto. Ponerse «en peligro» es el gran acierto. Dios no puede con los que están seguros. Dios teme a los ricos.
     Más que de conocer claramente el camino a seguir, hay que preocuparse por descubrir lo que uno es, mejor: lo que Él es en nuestra vida. Déjeme decir una frase pedante, pedante pero buena: «Importa más el “ser” que el “hacer”». De hacer ya habrá tiempo. Lo que urge es que su corazón sea grande, que sus manos sean hábiles. Servirán, si lo son —servirá usted—, para mejorar el mundo, ya sea acunando a sus hijos, a los hijos de los demás o elevando sus manos en súplica al Señor por la humanidad entera.

     Mercedes, ¿es usted «libre» de veras? ¿O se pasa horas y horas acariciándose, manoseándose el corazón?
     ¿Se deja influir por tanto tópico como corre hoy de boca en boca? Cuando se pregunta por la voluntad de Dios en su vida, ¿le pone condiciones? (y no hablo de las condiciones de quienes son incapaces de descubrir la voluntad de Dios si ésta viene envuelta con una toca de esta o aquella forma, mientras obedecen gozosas las arbitrariedades de la última moda).
     En fin, una carta demasiado larga. Quizá sea superflua ya la entrevista, ¿no cree?

     Antes de terminar, sin embargo, permítame que la felicite porque en su carta no usa usted ni una vez siquiera el verbo «gustar». Es un indicio de madurez. Y para descubrir la voluntad de Dios, un tanto a su favor. (Sin querer decir que el camino de Dios se muestre por el disgusto. Sólo que gusto y vocación no son lo mismo). Y por el buen detalle de escribirme en una postal que reproduce aquella exquisita frase de Péguy: «Hay que salvarse juntos. Hay que llegar juntos a la casa de Dios. No vayamos a encontrarnos con Dios estando los unos separados de los otros. Hay que pensar un poco en los otros. Hay que trabajar un poco por los otros. ¿Qué nos diría Dios si llegásemos hasta El los unos sin los otros?». ¿No estará ya insinuando la pista que busca?

    Cordialmente

     Jorge Sans Vila


     La vocación no es un problema individual (¿Qué espera Dios de mí?), ni algo exclusivamente moral (¿Oponerse a Dios es pecado?), ni siquiera ha de plantearse preguntándose: ¿Cuál es la vocación mejor? Se pertenece a una Iglesia, donde todo es mejor, donde se obra por amor y en la cual se vive como miembro.

     La vocación no es sólo un gusto, no es sólo una inclinación, no es sólo querer, no es sólo poder. Nadie «tiene» vocación. Es la vocación la que nos tiene a nosotros, es ella la que nos va teniendo a medida que afinamos nuestro oído, a medida que nuestros ojos descubren que alguien ha de repartir el Cuerpo de Cristo, la Palabra de Cristo, el Amor de Cristo.

     La vocación no es cuestión de evidencia, sino de amor.

     La vocación es algo esencialmente social. No consiste en un sentimiento, ni en un gusto, ni hay que esperar una llamada telefónica de Dios, ni se nace con una señal especial en la frente. Él llama cuando da ojos para ver las mieses granadas que se pierden por falta de brazos.

     La vocación es como un itinerario con señales de pista. Cada señal lleva a la señal siguiente, sin saber el término definitivo. Más que un conocimiento del futuro es una correspondencia amorosa. Es una amistad.

 
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Los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre», «hermanos». Al principio con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en los cielos), «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios). ¡Es tan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado!- Jorge Sans Vila.