I
Un día paseaba por el campo con un conocido cuando vimos pasar, ante nosotros, un grupo numeroso de seminaristas, niños
todavía, que habían salido a recrearse. Mi acompañante tuvo la mala ocurrencia de hacer los comentarios que, casi
indefectiblemente, se oyen en tales ocasiones y que, por tanto, ahorro al lector.
Muchas gentes quisieran que únicamente se hiciesen sacerdotes quienes, de adultos ya, descubren su vocación y, a lo sumo,
los que, niños aún, jugaban constantemente a «misas» y «ermitas», gustaban de ayudar a misa o decían
que «les gustaría ser obispos».
Declaro que yo no veo las cosas de esta manera, que me recuerda aquellas sólitas defensas «razonables» de la enseñanza
laica: al niño no debe imponérsele ninguna creencia; cuando sea mayor ya decidirá él, por sí mismo,
entre aceptarla o no. Pero ¿es que no somos, desde el bautismo, miembros del «Cristo total» y, por tanto, «sacerdotes» ya?
La gente tiene una idea «iluminista» de la vocación, cuando la verdad es que «todos» hemos sido llamados
por de pronto, y ocurra luego lo que ocurra, a Él.
La vocación, igual que en el orden poético la inspiración, no siempre tiene que oírse como una «voz».
Dios no es una especie de maestro repetidor con buenas explicaderas, que está diciendo a cada cual, constantemente, lo que quiere
de él.
¿Acaso la vocación no puede empezar a manifestarse también, dejados a un lado psicologismos, mediante la elección,
aparentemente confiada al azar de una beca o una manda que «diezma» a los niños para Dios?
II
1. ¿ Qué espera usted del sacerdote? Esta pregunta es muy fácil de contestar. Es incluso demasiado fácil. Por eso tal vez convenga no contestarla inmediatamente
sino girar primero en torno a ella y declarar, por ejemplo, antes de lo que esperamos del sacerdote, lo que no esperamos de él.
La condición del sacerdote es paradójica y contradictoria: por una parte ha sido separado por Dios de los demás hombres,
ungido y consagrado a Él. Sí. Pero por otra parte sigue en el mundo, no ha sido sacado de entre los hombres. Y no sólo eso. Pese a su carácter sacerdotal, sigue siendo un hombre como los demás,
expuesto a todos los peligros —ni siquiera ha buscado abrigo en un convento—, expuesto a todos o a muchos pecados.
Condición, pues, la suya, sagrada —sacerdote de Dios, hombre de Dios— y humana. Durante mucho tiempo una pedagogía religiosa
falsamente idealista ha tendido a escamotear —sin confesárselo a sí misma— esta realidad humana del sacerdote y a presentarle
al pueblo envuelto en una aureola transfiguradora, no ya como santo, sino como santo hiperespiritualizado, fuera del mundo, avecindado
en el séptimo cielo. Mientras el pueblo fue ingenuo y careció de sentido crítico esta idealización no fue
demasiado peligrosa. Hoy sí lo es. Por eso una primera cosa que no esperamos del sacerdote es que sea un ángel. Las novelas
que actualmente erigen como protagonista al sacerdote, han hecho, en medio de sus posibles exageraciones, un gran bien: presentarnos de
bulto esa problemática situación entre el cielo y la tierra, en la que tiene
que vivir el sacerdote.
Y no se trata solamente, claro, de que el sacerdote pueda caer en gravísimos, en sacrílegos pecados. Es que, sin necesidad
de llegar a tales truculencias —truculencias, sí, pero, por desgracia, reales— y, como me escribía hace poco un joven y
admirable sacerdote, puede acostumbrarse a serlo, puede convertir su ministerio —la misa, la confesión, la administración
de los demás sacramentos— en rutina. Y a algunos es precisamente este tipo de pecados, muy poco «sensacionales», el
que más nos escandaliza. Porque sabemos que al sacrilegio difícilmente puede nadie acostumbrarse y que, por tanto, la vida del sacerdote sacrílego será dramática y a su dramática manera se moverá
también entre el cielo y la tierra. Pero el sacerdote que, para emplear la expresión de Rilke, se ha convertido en «funcionario
del ramo de las almas», mecaniza lo sagrado, lo desespiritualiza y, para colmo, hasta es capaz de conservar, pese a ello, su bonne
conscience.
Así pues, he aquí lo primero que no esperamos del sacerdote, o, mejor dicho, lo que esperamos que no sea el sacerdote: ni
un ser espiritado, deshumanizado, ni un hombre acostumbrado a las cosas santas. Ni espíritu puro ni mecanización del espíritu.
2.
El sacerdote ha elegido vivir en el mundo pero distanciado de él. De ahí el que no le corresponda asumir actitudes políticas
ni político-sociales, afiliarse a un partido o convertirse en dirigente sindical. Ni resolver el problema social.
Pero, individualmente, puede preferir estar con unos hombres mejor que con otros. El sacerdote de otros tiempos, en general, ha preferido
estar con los poderosos. No digo que interesadamente: vivía con ellos para cumplir su ministerio, pero la verdad es que era con
ellos con quienes vivía (y, por supuesto, en gran parte, sigue viviendo). Por eso no está mal que algunos sacerdotes prefieran
hoy vivir con los humildes. De este modo la Iglesia empezará a dejar de ser lo que sociológicamente y por desgracia es hoy:
el hogar espiritual de la burguesía. (Los obreros han buscado otros hogares: los sindicatos, el socialismo, el anarquismo, el comunismo.)
Pero, cuidado: tampoco debe aspirarse a que la Iglesia llegue a ser el hogar espiritual del proletariado, lo que constituiría una
deformación análoga a la anterior. La Iglesia tiene que ser católica, abierta a todos los hombres y, por tanto, a todas las clases sociales.
Por otra parte, no hay duda de que el sacerdote —como en general el católico— se ha acordado un poco tarde de ir a los obreros.
Marx y los suyos se le adelantaron en decenios. Entretanto, el proletario —por lo menos en ciertos países— ha dejado o está
dejando de ser el absolutamente desheredado que fue. De ahí la exposición a una acusación que, en el fondo, no es
nada nueva. Cristo no esperó para vivir con los pobres a que éstos estuviesen en la víspera de su ascenso político-social.
¿Será verdad que el sacerdote, precisamente porque ha estado casi siempre al lado de los poderosos, se acerca ahora a los
poderosos del mañana, de un mañana que en algunas partes es ya hoy? Ser sacerdote es ser piedra de edificación, pero
también de escándalo. Y no sólo por el que directamente pueda producir con sus pecados. También por la interpretación
—equivocada, malévola— que el mundo pueda dar de su conducta. He aquí un nuevo riesgo a que el sacerdote está expuesto.
Resumamos pues lo que, en segundo lugar, tampoco esperamos del sacerdote: la cancelación de la lucha de clases, la implantación de ¡ajusticia social.
3. La actitud propia del sacerdote no es política o político-social. Es verdad. Pero desde ella tiene que enfrentarse con el
mundo y juzgarle. En esto el sacerdote tiene que parecerse al intelectual. Uno y otro, en cuanto tales, tienen que tomar partido o, como
se dice ahora, comprometerse, pero dentro de su ámbito propio: como hombres de religión o como hombres de pensamiento, no
como políticos.
Este compromiso envuelve dos exigencias, cías, positiva una, negativa la otra. De un lado, decir la verdad, pues esto y no otra
cosa significa predicar. Del otro, decir «no» cuantas veces sea menester, o sea, denunciar.
Los sacerdotes tal vez no han denunciado bastante. Han sido testigos, pero no han testificado. Y aún muchos de ellos siguen callando
lo que han visto, lo que están viendo.
4.
Este silencio inhibitorio tiende a ser a compensado mediante la asunción de actitudes de acercamiento al seglar: camaradería,
interés por la literatura, frecuentación de la filosofía actual.
En cuanto a lo primero, cunde mucho hoy una voluntad de aproximación meramente superficial. El sacerdote, con una psicología
de aumônier de jóvenes, procura parecerse
externamente a ellos en sus modales y manera de hablar, en la práctica de los deportes, etc. Otros, más sutiles, estiman
que la aproximación ha de hacerse por otras vías: lectura de novelas religiosas actuales, dedicación a la poesía
o frecuentación de la filosofía moderna (que generalmente no suele ser la última sino la penúltima o la antepenúltima).
¿Qué pensar de estas actitudes sacerdotales, tan frecuentes ahora?
Es verdad que el hombre de hoy prefiere la sencillez en todo y en todos, también en los sacerdotes. Pero pretender anular la distancia
que a éstos les separa de los demás hombres es un intento a la vez erróneo y vano. El acercamiento a la sensibilidad
secular de nuestra época es ya un objetivo más adecuado. El sacerdote necesita frecuentar nuestro mundo espiritual en la
medida suficiente para comunicar eficazmente con nosotros.
Pero desde luego no esperamos de él que se
convierta en un camarada (tiene que ser nuestro padre espiritual; paralelamente, el intento de muchos padres naturales para llegar a ser
«amigos» de sus hijos es igualmente erróneo y vano), ni, en cuanto tal sacerdote, que llegue a ser una especie de Bernanos
o un filósofo existencialista cristiano.
5.
Otro peligro amenaza a los jóvenes sacerdotes desde el Seminario mismo. Es un hecho que muchos seminaristas, y no los peores, se
desentienden hoy de un estudio profundo de la teología, tal vez porque no les satisface el modo como se la enseñan Si no
se pone remedio a esta tendencia, su resultado, a mi parecer muy grave, será, a la larga, la disociación de la teología
y el apostolado y la decadencia de aquélla. Los jóvenes sacerdotes españoles poseen hoy una espléndida vocación
pastoral pero tiende a producirse en ellos un absentismo de la teología que procuran compensar con otras dedicaciones. por ejemplo,
la de una necesaria sociología religiosa (que entre nosotros va a ponerse pronto de moda), la de una fácil, «edificante»
y sobrenaturalista «filosofía cristiana» o, como ya hemos visto antes, la literatura religiosa. Confieso que tampoco
es mi diserátum el pragmatismo vertido a lo divino o el «dinamismo» un poco aturdido de algunos, por lo demás
muy estimables, sacerdotes jóvenes nuestros.
6.¿Qué esperamos entonces del sacerdote, si no ciframos nuestras esperanzas en que se espirite ni en que resuelva los problemas
sociales, en que se nos convierta en camarada, novelista católico o existencialista cristiano ni, en fin, en su pragmatismo y su
dinamismo religiosos?
La respuesta, ya lo dije al principio, es muy sencilla: esperamos que sea santo (aunque nunca llegue a ser elevado a los altares) y que,
siéndolo, nos ayude a serlo también nosotros. O, cuando menos, a ser menos pecadores.
Para ser santo, es decir, verdaderamente de Dios, tendrá que ser verdadero y veraz, opportune
et importune. (Lo que no es sinónimo de ser revolucionario.) Y tendrá que hablar
de Dios con conocimiento y amor, es decir, tendrá que ser teólogo. (Aunque no llegue a escribir nunca tratados de teología.)
Santidad y apostolado, teología y no-conformismo: he aquí lo que, creo yo, esperamos del sacerdote siempre y hoy.
José Luis L. Aranguren