SIETE DÍAS DE GÉRARD BESSIÊRE volver al menú
 


     Cuando me preguntan para qué sirven los sacerdotes, en vez de ofrecer largas explicaciones, —teóricas, claro—, prefiero sugerirles textos de amigos sacerdotes en los que nos cuentan su vida.
     Siete días de Gérard Bessière, de su vida. Del peregrino marravillado entre abismos de sombra y de luz.

J.S.V


Domingo

     Mi vecina Ana, once años, vino a enseñarme su cuaderno de catequesis. Les han recomendado que lo ilustren. Cuando paso la última página, me dice:
Si encuentras fotos de Dios, ¿me las guardarás?
     Quedo sin palabras y sonrío. ¿Tengo en alguna carpeta fotos de Dios? ¿La Iglesia, las religiones, tienen en sus archivos?
     Ana tiene razón. En nuestra civilización de imágenes y medios de comunicación social, en la que los fotógrafos se arraciman en torno a las grandes personalidades, harían falta fotos de Dios.
     Al marchar, Ana insistió:
No te olvides de las fotos de Dios, ¡eh!
     Desde anteayer he estado buscándolas. Y las he encontrado.
Mis fotos de Dios son todas de rostros. Aunque cada uno sólo reproduce algunos rasgos. Es tan fotogénico Dios, que todos los rostros del mundo, los de los santos, los de los enamorados, los de las personas entregadas, no bastan para reconstruir totalmente su imagen. Está Jesús: no se sabe nada de su personalidad física, pero se sabe cómo ha vivido, y si uno sigue sus huellas, su Espíritu se pone a modelar desde dentro nuestro rostro.
     Cuando regrese Ana le diré:
He encontrado las fotos de Dios. Mira a tu mamá, a tu papá, a la vecina, mírate en el espejo...
    
Quisiera poder añadir: Mírame a mí...

Lunes

     Estoy viendo la escena. Seis meses han pasado desde que celebré la eucaristía en la acogedora capilla de aquella casa de jubiladas. Unas treinta religiosas terminan allí —habría que escribir «esperan» allí— su vida. En una apacible calle de una hermosa ciudad de piedras doradas, Salamanca.
     En el salón donde tiene lugar el culto, la asamblea está colocada en filas espaciadas. Delante, a la izquierda, la superiora, Madre Cruz, rostro fino, ojos que rezuman bondad. Frente a ella, en el reborde del reclinatorio, un magnetófono al alcance de la mano, como si se tratara del cuadro de mandos de esa carlinga piadosa.
     En primera fila, varias sentadas en sillas de ruedas. Sus caras evidencian fatiga, pero conservan una dignidad que el dolor domeñado acrecienta aún más.
     Oraciones, lecturas, elevación, la misa sigue entre cielo y tierra su trayectoria serena. La asamblea inmóvil vive con el corazón el rito que cada día, hacia la una, aporta su haz de luz.
     En el instante en que el sacerdote abandona el altar para dar la comunión, la Madre Cruz extiende su mano hacia el magnetófono y una música animada, suficientemente alta para que llegue a los oídos fatigados, envuelve la asamblea de las ancianas como para una danza.
     Mirando aquellos rostros radiantes, se me ocurre una pregunta juvenil: en aquel instante, en ese pequeño convento de España, treinta muchachas felices ¿no estarán a punto de bailar con Dios?

Martes

     Hace quince años, cuatro «eremitas de san Bruno» llegaron a un bosque en los confines del Quercy y del Rouergue. Igual que Brunos y sus compañeros llegaran al Dauphiné un buen día de 1084.
     Construyeron cuatro minúsculas casitas y una sala de reunión. Hombres de ayer y de hoy, trabajan para ganarse la vida y llevan una existencia solitaria y fraterna, levantando a veces el travesaño que corta el sendero para acoger una breve visita.
     Un día de primavera, el obispo de Montauban y algunos amigos estábamos allí, para consagrar aquel desierto. Daba gusto ver a aquellos hombres radiantes y oír abrirse el silencio para Dios. Entre ellos y el siglo, el arco de la oración...     
     ¿Son unos marginados esos hombres, unos parásitos, unos locos? Pero, y si no hubiere ya poetas, cantores, artistas, seres entregados a la gratuidad ¿qué sería de nuestra humanidad?
     En el concierto polifónico, a veces desgarrado, de nuestro planeta, los cartujos ¿no son los músicos silenciosos que dan fe, por su escucha, de los armónicos más profundos del universo?

Miércoles

     No he edificado nada, apenas he sembrado, no habré modificado mucho el paisaje. Pero estos últimos meses vivo la sorpresa de ver brotar un hermoso albaricoquero debajo de mi ventana: un hueso, arrojado cualquier día. Esa creación distraída de un árbol frutal ¿será un símbolo? Quizá mi vida haya sido fecunda sin saberlo.
     No he engendrado a nadie. Ningún rostro lleva mis rasgos. Pero he hecho sonreír —incluso reír— mucho. Y sigo haciéndolo. Con frecuencia miro los rostros con espera y atención, veneración, deseo de comunión. Como si fuera posible lograr que alguien existiese más. Incluso algún rostro reanimado ha llegado a exclamar: «Tú me recreas...» No me las doy de Dios, nuestro Padre y Liberador, pero, también yo, he recibido una alegría del existir. Quizá en algunos ojos brille una luz que he desvelado...
     Dicen que soy «un poco poeta». Quisiera ayudar a mis semejantes a amar la vida, su vida, a amar a los otros, a amarse a sí mismos. Ser poeta de lo humano, entregarse a la transfiguración, ¡qué ambición!, que persigo, mal que bien. Sueño, esbozo posibilidades, en el corazón frágil e inmaterial de la vida, donde pueda abrirse. Pero cuesta, cuesta...
     Soy pues especialista en nada de nada. Quizá a veces despierte a alguien. Quisiera escuchar el empuje de las savias divinas, en todo ser encontrado y en las multitudes.
     En ese camino, he encontrado, encuentro a Jesús. Inagotable deflagración. Él creaba y recreaba, en la humanidad enferma, insegura, crispada, del pequeño mundo en el que había nacido. Pero trabajaba tan en lo profundo, veía tan a lo lejos, que su empuje sigue tan nuevo como el primer día. La vida que entreveía y proponía permanece luz de horizonte, secreto último, inaccesible realización. Pero ¡cuán ignorada!
     He repetido las palabras de Jesús. He comentado sus actos. ¿Esto es crear? He lanzado a mi vez el grano de semilla. Pero para hacer repercutir la buena noticia, hubiese hecho falta «confundirse» con ella, dejarse quemar por el mensaje, hacer de mi propia vida —por limitada que sea— el primer anuncio. Ahí está la insuficiencia para crear, para entregarse al empuje creador. Algunos, por medio de mí, han recibido y vivido el evangelio, con más hondura que yo mismo, y me han empujado a su vez. Paradójicas fecundidades...
     Entonces, ¿«he creado» en la inmensa cadena de los vivientes? La respuesta es bien modesta.
     Se trataba de acoger las energías brotadas del Inefable y de activarlas para acrecer el descubrimiento, el amor y la belleza. Y abrir finalmente las manos vacías hacia Él que viene...

Jueves

     ¿Sueño, pesadilla? No recuerdo el nombre del escritor de los primeros siglos que lo cuenta en un libro. Pero desde hace mucho tiempo la escena me acompaña. ¿Por qué? Debajo de una red extendida, miríadas de pájaros de múltiples colores se preparan como para una inmensa partida. A cada instante algunos echan a volar, pero tropiezan pronto con la red y caen a tierra.
     El espectáculo se repite sin cesar. Pájaros cada vez más numerosos y agitados. Decenas, centenas baten alas y se echan a volar, pero está la malla que detiene sus ímpetus y provoca la caída en medio de un revoltijo de alas. La visión de ese pequeño pueblo de anhelos rotos resulta enormemente entristecedora.
     De pronto un pájaro de vivos colores emprende el vuelo. Pero cuando llega a la red, como si hubiese previsto el obstáculo, se pone a luchar, pico y uñas, con la malla. A los pocos instantes, está cubierto de sangre, pero sigue luchando, tenaz.
     Se mastica el silencio en el suelo, entre los pájaros. Cuando parece a punto de desfallecer, de repente se rasga la red. Con un grito de dolor y de victoria, el pájaro vuela hacia el azul del cielo, y la muchedumbre alada se lanza tras él, ensanchando la brecha.
     ¿Por qué esa visión se me representa tantas veces? Porque es Jesús, el pájaro ensangrentado que ha luchado contra todos los encierros, contra todas las fatalidades, para abrir a la humanidad los espacios inmensos de su futuro.

Viernes

     Cuando los boinas verdes escoceses saltaron al agua frente a las playas del desembarco, barco, el 6 de junio de 1944, Hill no llevaba encima arma alguna, sólo, con los brazos levantados, su gaita. En el momento en que empezó el avance bajo el fuego de las ametralladoras alemanas, se puso a tocar melodías populares de su tierra.
     A distancia, el sonido extraño, irreal, reanimaba los corazones. ¿No dicen que la música de la gaita es capaz de resucitar a los muertos?
     Al llegar al puente de Bénouville, el comandante dijo al «piper», el gaitero: «Adelante, y ¡no dejes de tocar!» Las balas rebotaban sobre la armadura metálica del puente. A pesar del miedo, Bill avanzó y se irguió porque hay que tener la cabeza alta, el busto derecho y el paso vigoroso para tocar la gaita bien.
     Cuando estuvo sobre el puente, los tiros de los alemanes cesaron de repente, y se mascó un fantástico silencio durante unos instantes. Bill llegó sano y salo a la otra orilla.
     Días más tarde, entre los prisioneros encontraron uno de los alemanes que defendían el puente. Al preguntarle por qué no habían disparado, respondió: «¡Sobre un loco no se dispara!»
     ¡Soberbio! Y uno se pone a soñar: ¿habrá un día suficientes «locos» como para detener toda guerra exponiéndose ellos mismos, y tocando una música que despierte en el corazón de los hombres la bondad y el sabor de la paz?

Sábado

     Por teléfono reconocí inmediatamente su voz, que no había oído desde hacía años. Proponía detenerse en mi casa. Iba de peregrinación, solo, a Santiago de Compostela. A la hora convenida, lo encontré con su mochila, junto a una ermita.
     Hacía calor. Tras abrazarle le alargué una botella de agua fresca. Luego recorrimos en coche los veinte kilómetros que nos llevaron a casa. La velada, la cena, todo fue encuentro e intercambio en lo esencial. Mi amigo estaba como purificado. Las arrugas de su rostro irradiaban alegría apacible. Sus ojos eran más vivos que nunca.
     A la mañana siguiente, le llevé hasta la ermita para que reemprendiera «el camino de Santiago» donde lo había dejado. Tras un adiós rápido y sonriente, partió sin volverse. El sendero subía, el sol calentaba ya...
     Al sentarme en el coche y volver a la vida de los sedentarios, tenía el alma un poco turbada: ¿no llevaba yo una vida demasiado confortable? Mi amigo acababa de recordarme que somos peregrinos en esta tierra. Han pasado ya varias semanas. El acontecimiento permanece en mí. Le estoy viendo sonreír, su silueta, las gruesas botas. He ido con él. Al interior.
     Octubre ya. Vuelve la vida diaria con su ritmo y sus caminos monótonos. ¿Y si fuera el momento de partir en peregrinación secreta, hacia el interior del corazón, a través de todo encuentro?

Gérard Bessière


334 Hay seres que «existen» para nosotros. Quizá sólo los hemos visto, entrevisto, una sola vez. Quizá sólo les hemos oído hablar. Sin embargo están entre los testigos interiores que nos acompañan, que nos dan fuerza y luz para vivir. Si me enterara que se han apagado, el mundo y mi vida quedarían empañados y empobrecidos. Como si se me anunciara que en adelante no habría ya estrellas. Tales seres crean la vida. Son manantial para muchos, fontana viva de libertad, canto de humanidad.- GÉRARD BESSIÈRE