UNA ORACIÓN Y DOS HISTORIAS volver al menú
 

 

SEÑOR,
TÚ HAS QUERIDO SALVAR A LOS HOMBRES
Y HAS FUNDADO LA IGLESIA COMO COMUNIÓN DE HERMANOS,
REUNIDOS EN TU AMOR.

CONTINÚA PASANDO ENTRE NOSOTROS
Y LLAMA A AQUELLOS QUE HAS ELEGIDO
PARA SER VOZ DE TU SANTO ESPÍRITU,
FERMENTO DE UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA Y FRATERNA.

OBTENNOS DEL PADRE CELESTIAL LOS GUÍAS ESPIRITUALES
QUE NECESITAN NUESTRAS COMUNIDADES:
VERDADEROS SACERDOTES DEL DIOS VIVIENTE
QUE, ILUMINADOS POR TU PALABRA, SEPAN HABLAR DE TI
Y ENSEÑAR A HABLAR CONTIGO.

HAZ CRECER TU IGLESIA
MEDIANTE UN FLORECIMIENTO DE CONSGRADOS,
QUE TE ENTREGUEN TODO,
PARA QUE TÚ PUEDAS SALVAR A TODOS.

QUE NUESTRAS COMUNIDADES CELEBREN
EN EL CANTO Y EN LA ALABANZA LA EUCARISTÍA,
COMO ACCIÓN DE GRACIAS A TU GLORIA Y BONDAD,
Y SEPAN CAMINAR POR LOS SENDEROS DEL MUNDO
PARA COMUNICAR EL GOZO Y LA PAZ,
DONES PRECIOSOS DE TU SALVACIÓN.

VUELVE, SEÑOR, TU ROSTRO SOBRE LA HUMANIDAD ENTERA
Y MANIFIESTA TU MISERICORDIA A LOS HOMBRES Y MUJERES,
QUE EN LA ORACIÓN Y EN LA RECTITUD DE VIDA
TE BUSCAN SIN HABERTE ENCONTRADO TODAVÍA:
MUÉSTRATE A ELLOS COMO CAMINO QUE CONDUCE AL PADRE,
VERDAD QUE HACE LIBRES,
VIDA QUE NO TIENE FIN.

DANOS, SEÑOR, VIVIR EN TU IGLESIA
EN ESPÍTU DE FIEL SERVICIO Y DE TOTAL ENTREGA,
A FIN DE QUE NUESTRO TESTIMONIO
SEA CREÍBLE Y FECUNDO.
AMÉN


     La oración de Juan Pablo II para la XXXIII Jornada mundial de oración por las vocaciones no ha perdido actualidad. Buena cosa seguir rezándola.
     Significativas las dos historias «a fin de que nuestro testimonio sea creíble y fecundo».

J.S.V.


Como en Cayenne

     Esta historia, que es auténtica, empieza en Cayenne, Guayana francesa, junto al penal. Cada día una niña iba a la escuela a pie, con sus hermanos, hermanas y vecinos. Era la más pequeña del grupo.
     Pasaban cerca de un campo de trabajos forzados, donde los presidiarios se esforzaban por abrir zanjas e igualar el terreno. Los niños veían cómo aquellos hombres empuñaban las pesadas herramientas bajo la vigilancia de los guardianes. Todos parecían terriblemente tristes. La pequeña los miraba al pasar y se dio cuenta de que uno destacaba por su honda tristeza.
     Una tarde, al volver de la escuela, se rezagó del grupo que regresaba a casa. Aprovechando que los guardianes estaban distraídos, la niña recorrió rápidamente la distancia que mediaba entre el camino y el campo de trabajo, se acercó a aquel hombre tan triste y le dio un plátano, que le había guardado de su merienda. Pese a la inmediata reacción de los guardianes y la regañina de los hermanos que habiendo regresado corriendo la rodeaban agarrándola, ella no dijo nada.
     Al día siguiente, impertérrita volvió a hacer lo mismo, repitiéndose la escena del día anterior, ante el asombro del prisionero, plátano en mano.
     Fueron pasando los días. La pequeña tranquilamente volvía a las andadas, y pronto todo el mundo se acostumbró. Por la mañana, lo saludaba con la mano. Por la tarde se acercaba a su protegido. El hombre ya no estaba triste.
     Y así durante semanas, meses. Pero un día el padre de la niña, funcionario, recibió notificación de que pronto iba a ser trasladado a Burdeos. Toda la familia empezó a hacer los preparativos para la marcha. Una tarde, la pequeña dijo a su amigo: «Pronto ya no podré venir. Dentro de quince días nos vamos a Burdeos». El rostro del presidiario se ensombreció, y murmuró como para sus adentros: «Burdeos...». Cuando la niña se acercó por última vez, tras una rápida mirada a su alrededor, puso un papel doblado en la mano de la pequeña: «Mira, soy de Burdeos, mi familia está allí, si puedes, vete... dales estas líneas».
     La pequeña, acompañada de su madre, fue a entregar la carta.
     Y pasó el tiempo. La niña se hizo mujer. ¿Lo había olvidado? ¿Qué habría pasado en Cayenne? Habían transcurrido quince años.
    A sus veinte, Aimée —era su nombre— quiso hacerse monja y empezó a compartir la vida con unas religiosas.
     Pero he aquí que un día en que iba por una calle de Burdeos, de repente se detuvo. Tras los cristales de un bar, acababa de ver a su amigo el presidiario. Entró e inmediatamente se dirigió hacia él. Ante el estupor de todos los presentes, se fundieron en un abrazo. Mientras él repetía: «Estaba seguro de que te encontraría, estaba seguro de que te encontraría...». Y añadió: «Quería encontrarte antes de que te cases porque quiero regalarte el vestido de boda».
     Aimée le explicó que iba a hacerse religiosa y que pronto haría sus votos.
     El antiguo presidiario se empeñó en ofrecerle el vestido blanco para la ceremonia de la profesión.
     Y allí estuvo él, en primera fila. A pocos pasos. Como en Cayenne.

Gérard Bessière


El Señor es mi pastor

     Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después se ofreció a que le pidieran algún bis. Un tímido sacerdote pidió al actor si conocía el Salmo 22. El actor respondió: «Sí, lo conozco, pero sólo estoy dispuesto a recitarlo si después también lo recita usted». El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación con una dicción perfecta:

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa para mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
     Los huéspedes, al final aplaudieron vivamente.
     Llegó el turno al sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del salmo.
     Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y el inicio de lágrimas en algún rostro.
     El actor se mantuvo en silencio, después se levantó y dijo: «Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche. Yo conocía el salmo, pero este hombre conoce al Pastor».



330-331 Siempre el que se arriesga a amar, se compromete a sufrir, hasta llegar a la frontera en que se toca el todo o nada. Elegir es renunciar. Un «sí» en la vida, trae acollarado una tropilla de «no». Decir «no» a algo, nos deja en libertad para decirle todavía que «sí» a todo lo demás. Mientras que decirle a algo que «sí», nos compromete a decirle que «no» a todo el resto. Contiene muchos más «no» un sí, que no un «no».- Mamerto Menapace