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«ANTEPASADOS SANTOS DEL CIELO, AYUDADME». LAS ALMAS SANTAS DE ALLÁ ARRIBA LO OYERON Y SE PUSIERON EN ORACIÓN ANTE EL TRONO DE DIOS, PORQUE EL GRITO DE UN ALMA APENADA HABÍA HECHO MELLA EN EL PUEBLO ELEGIDO EN EL QUE HABÍA TANTOS MAGUERN. * ESTABAN LOS MÁS ANTIGUOS BRETONES QUE LLEVARON EL APELLIDO, CONVERTIDOS POR SAN ARMEL, A QUIENES LOS PAGANOS HABÍAN HECHO MUCHO DAÑO, SIN QUE ELLOS SE VENGARAN. * ESTABA TALBOT, EL PRIMERO QUE SE ESTABLECIÓ EN LA REGIÓN DE MUZILLAC, CUANDO SÓLO ERA TERRENO PANTANOSO, VARÓN JUSTO AL QUE RECURRÍAN SUS COMPAÑEROS PARA DIRIMIR SUS DIFERENCIAS. * ESTABAN LAS MONJAS DE LOS MONASTERIOS DE CORNOUAILLE, QUE ENSEÑABAN A LAS MUCHACHAS MEDIO-BÁRBARAS QUE LA PUREZA ALEGRA EL CORAZÓN DE DIOS. * ESTABA PIERRE, QUE CON UNA REJA DE MADERA DE OLMO ENDURECIDA HABÍA ROTURADO TANTAS TIERRAS QUE NI SIQUIERA CON LA AYUDA DE SUS CUATRO HIJOS PODÍA SEMBRAR LA MITAD. * ESTABA BLENNOC, QUE DEBIDO A UNA EPIDEMIA, PERDIÓ TODO SU GANADO Y NO SE QUEJÓ NI SE DESANIMÓ. * ESTABA YVONNETTE, QUE CUANDO LA POBRE GENTE NO TENÍA NI MISA NI VÍSPERAS, DE NOCHE IBA DE CASA EN CASA PARA AVISAR LA HORA DE LA REUNIÓN EN LA LANDA. * ESTABAN CINCUENTA ABUELAS, FIELES CUMPLIDORAS DE SUS INACABABLES TAREAS, Y LA MISMA MADRE DE ANNA, QUE SE ARREPINTIÓ Y FUE PERDONADA, PORQUE HABÍA TENIDO UN MARIDO DIFÍCIL. ¡ASAMBLEA PODEROSA! * LOS OTROS ELEGIDOS VIERON CÓMO UNA BENDICIÓN BAJABA SOBRE EL MUNDO, Y DIJERON: «¡HOSANNA! ¡HA SIDO BENDECIDA UN ALMA, PORQUE TODA SU RAZA HA REZADO POR ELLA!». Y VIERON AL MISMO TIEMPO A UNA POBRE MUCHACHA QUE SE ARRODILLABA DICIENDO: «DIOS MÍO, RENUNCIO A TENER HIJOS. RENUNCIO A MI JUVENTUD. RENUNCIO A SER AMADA. NUNCA ME CASARÉ. CUIDARÉ DE LA HIJA DE MI PRIMA DENISE. PROTÉGELO DE LA GUERRA, Y HAZ QUE VUELVA, NO PARA MÍ, SINO PARA TI».


     Basada en un hecho real, «Magnificat» de René Bazin fue durante años, en Francia sobre todo, la novela vocacional por antonomasia.
    Las palabras de Charles de Foucauld: «Hay un hombre al que nunca he visto, pero cuyos escritos están en gran armonía con mi pensamiento: René Bazin», avivaron recientemente mi curiosidad. Y la buena suerte hizo que en agosto pudiera leer y releer «Magnificat».
    Mientras anotaba a lápiz frases y párrafos enteros, pensé en los lectores de esta publicación vocacional. No sé si transcribiéndolos no cometo un desatino («Contar el argumento de La Ilíada es un desatino, como pedir el extracto de una sinfonía», escribió Unamuno). Ojalá atine: acierte a dar en el blanco. E incluso dé pie a que, quienes dominan el francés, se animen a leer las 272 páginas del texto original.

J. S. V.


1915

     En Penmur, finca cercana a Muzillac, departamento bretón de Morbihan, vive la familia Maguern: Jean-Guillaume, Marie, su mujer, 4 de sus hijos: Gildas (20 años), Ange (17), Armandine (11) y Alexis (7). Con ellos, dos mujeres: Denise -un niño en camino-, esposa del hijo mayor, Pol, que está en el frente, y Anna, hija de Corentin, hermano mayor del padre.


23 DE DICIEMBRE

     Mientras Jean-Guillaume con Gildas y Ange trabajan en el campo, cerca de la casa Anna cuida del ganado. Llega Corentin. Viudo, con los dos hijos en la marina, vive solo en una isla de la bahía de Morbihan. Suplica insistentemente a la hija que vuelva con él en vez de trabajar de sol a sol desde hace ya cinco años en Penmur. Anna tiene sus razones para quedarse.
     Durante la comida, el pequeño Alexis pide le dejen ir a la misa del gallo, porque ya es «mayor». Denise y Anna se quedarán guardando la casa.


24 DE DICIEMBRE

     Al sonar el primer toque, sale de la casa la carreta con padres e hijos, menos Gildas. Cuando empieza a caminar, agarrando la bicicleta por el manillar, Anna avanza a su lado.
     —No puedo dejar de pensar, Gildas, que pronto irás a la guerra.
     —Sí, el 3 de enero, dentro de nueve días. De no haberme roto el brazo, ya estaría allí
     —Sólo tenías 15 años cuando vine a tu casa, y ahora eres ya un hombre. ¿Qué soy yo para ti?
     —Mi gran amiga.
     —Sí, y nadie en casa me lo ha demostrado tanto como tú... Pero mi padre insiste en que me vaya con él.
     —No te vayas, Anna, no nos dejes.
     —Lo dices, porque si Dios te conserva la vida, cuando vuelvas ¿será para casarte conmigo?
     —Lo he pensado.
     —Ten en cuenta que te llevo dos años.
     —¿Qué son dos años?
     —Mi padre es pobre...
     —No importa... Me gustas mucho, Anna.
     —Me había prometido a mí mismo marchar sin decírtelo. Puedo morir en la guerra.
     —No, tú no morirás.
     —Puedo volver enfermo o inválido, como otros jóvenes de Muzillac.
     —No, no te herirán. ¡Rezaré tanto por ti! Volverás.
     —Además, Anna, es que... antes de conocerte, mucho antes, tuve una idea...
     —...
     —No, no es lo que imaginas... Con frecuencia me vuelve esa idea cuando pienso en ti. Mientras siga atormentándome, no te diré nada más, Anna, nada más... Quizá se vaya igual que ha venido. Y si se va, Anna, Anna... ¡adiós!
      Gildas sale disparado en su bicicleta. Anna regresa a Penmur, pensando y repensando las misteriosas palabras de Gildas. Soñando ilusionada en la sorpresa que le dará al día siguiente al salir de la misa mayor ante todo el pueblo: estrenará un maravilloso vestido de terciopelo, que compró en la mejor tienda de Muzillac, invirtiendo todos los ahorros del año.


25 DE DICIEMBRE

     En la homilía, el sacerdote habla con calor y unción de la venida del Hijo de Dios, que por amor dejó el cielo y quiso hacerse hombre para salvarnos.
      «Vivimos tiempos difíciles. Cuando la guerra termine, las ruinas serán tantas, habrá tanto que reparar, que harán falta muchos sacerdotes. Pero la mies es mucha y los trabajadores pocos. Aunque la culpa no es del Sembrador. Dios es generoso en semillas. Muchas vocaciones mueren por descuido, por ingratitud o culpa de los cristianos. Muchas, porque los padres no las han visto ni protegido, o no las han querido ver o las han maltratado.
     »Niños, jóvenes, que me escucháis, acompañados de padres cristianos que no tienen nada que reprocharse, si oís la voz de Dios, no le deis la callada por respuesta. Aunque la invitación haya sido hecha hace tiempo, porque nunca es tarde para Dios. Pensad que es una hermosa vocación, porque se trata de la salvación de las almas».
     Gildas, los ojos fijos en el suelo, tenso el rostro por la emoción, recuerda la voz oída cuando tenía 10 años, la voz que sin palabras había dicho claramente: «Tú serás mi sacerdote.» Estaba en el pajar. Aquella mañana había comulgado. Y experimentó de repente tanta felicidad, que se quedó inmóvil. Padre no había sospechado nada. A madre, sí le había dicho algo, al pie de la cama. Tímido, no se atrevió a decírselo al sacerdote con el que se confesaba. Y los años habían pasado. Ayudante de su padre, con el ganado a su cargo, ¿cómo habría podido abandonar el trabajo, la casa, para ir a estudiar al seminario? ¿Cómo pagar los estudios? La voz no había aclarado nada sobre todo esto.
     Terminado el sermón, todos cantan el Credo. Solamente Gildas permanece mudo, inmóvil, inmerso en las imágenes del pasado.
     «No, yo no rechacé la voz. Solamente he creído que me pedía un imposible. He esperado que hablara de nuevo. Ahora, cuando ha llegado la edad de amar, sé que hay quien me ama... Pero cada vez que pienso en ella, me acuerdo de la voz, y tengo miedo, miedo de hacer lo que no debo. Pero, soy demasiado mayor para ponerme a estudiar, y además tengo que ir a la guerra...
     »No voy a darle ninguna respuesta. Me quedan sólo 8 días... Marcharé... Si vuelvo de la guerra, después de descubrir horizontes nuevos, lejos de la casa y es posible que el recuerdo de la voz deje de atormentarme. Me dejará libre. Dirá mi padre: "Hijo, ya es hora de que te cases..." Y le responderé: "No hace falta buscar lejos. Anna ya está en casa." Y le diré: "Anna, ve a comprar un tocado bien bonito y un mantón de seda, y saca del arcón el hermoso vestido de terciopelo que estrenaste el día de Navidad para darme una sorpresa y decir sin palabras ante todo el mundo que me amabas..."».
     
     Al salir de la iglesia, Anna, con su vestido de terciopelo, es la gran admiración de todas y de todos. Pero Gildas se escabulle.
     Durante el regreso, obligado por la insistencia y el nerviosismo de ella:
     —Anna, ¿no has oído lo que dijo el sacerdote? ¿Lo que ha pedido a los padres?
     —Claro, pero esto nada tiene que ver contigo.
     —Quizá sí..., Anna.


1916

     Los meses de enero-mayo los pasa Gildas en Angers, en sesiones intensivas de instrucción militar.
     En junio es destinado al frente, no lejos de donde está su hermano. De donde estaba.
     Porque el 11 llega a Muzillac la noticia de que Pol ha muerto. «Una bala en pleno corazón, es lo único que nos han dicho» repite Jean-Guillaume. Pocos días después Denise da a luz una niña.
     Gildas escribe cartas breves. Se interesa por todos y por todo. Cuenta algo, más bien poco, de la vida en el frente, o más exactamente de la muerte y la vida en el frente.


MORLANCOURT

     14 de noviembre. Los hombres del 135 regimiento de infantería reciben la orden de atacar un pequeño fortín. En medio de un auténtico infierno, Gildas hace prisionero a un soldado alemán.
      Cuando trata de acercarse a su joven sargento que se muere a chorros, le obligan a retirarse.

      Al confesarse un día con el capellán, éste intuye que tiene delante un alma recta y pura. Admira su manera franca de expresarse.
     Movido por una repentina inspiración le pregunta:
     —¿Qué hacías tú?
     —Soy labrador.
     —¿Nunca has pensado en otra cosa?
     —Sí.
     —Apuesto que en ser sacerdote.
     —Sí. ¡Y yo que no quería hablar de esto ahora!
     —Vuelve mañana, después de misa.

     A la mañana siguiente:
     —¿Me reconoce, padre?
     —A medias. Nos vimos ayer.
     —Y en Morlancourt. Me llamo Maguern.
     —¿Y cómo te vino la idea de ser sacerdote?
     —¿Y a usted ayer el preguntármelo?
     —Realmente hay cosas misteriosas.
     —Cuando tenía 10 años, un día en que había comulgado por la mañana, mientras trabajaba en el pajar, oí como una voz que me decía: «Tú serás mi sacerdote.»
     —¿Se lo dijiste a alguien?
     —A mi padre, no. Porque no le gusta que le hablen de otra cosa que del trabajo. Se lo dije a mi madre, en secreto. Luego la idea pasó, aunque no del todo. He sentido que volvía con más intensidad cuando una muchacha muy buena me pidió que me casara con ella. Le dije que había tenido la idea de ser sacerdote. Pero se lo tomó a broma, porque le pareció inverosímil a mi edad, siendo lo que soy...
     —Y ahora ¿te ha vuelto la idea?
     —Me vuelve constantemente. Desde el 14 de noviembre sobre todo, después del ataque al fortín.
     —No entiendo.
     —Las últimas palabras del joven sargento...
     —¿Oíste lo que dijo?
     —Nos lo contó el camillero...
     —¿Y qué contó el camillero? Porque quizá inventó.
     —No, padre, cosas así no se inventan. Es demasiado hermoso. Dijo: «Sufro mucho, pero acepto la muerte para que haya hermanos en el sacerdocio... Sin la Guerra habría sido ordenado sacerdote... Dios... no lo ha querido... Pero, siento que en este momento... estoy diciendo mi primera misa, con mi sangre, como Jesucristo...» Estas palabras, creo que fueron pronunciadas para mí.


CARTA DE GILDAS

     «Querida madre: He encontrado en esta guerra la prueba de que Dios me quiere para otro servicio.
     Seguramente recordará usted que, siendo pequeño, le conté, en secreto, que mientras estaba trabajando en el pajar, de repente sentí en mi corazón el deseo de ser sacerdote.
     (La madre se detiene, levanta la mirada hacia su marido, y dice: "Nunca te hablé de esto, Jean-Guillaume, porque me lo prohibió. Pero es verdad").
     Cuando nos veamos les contaré un hecho reciente que ha aclarado todas mis dudas. He hablado repetidas veces con nuestro capellán, exponiéndoselo todo. Y ya estoy estudiando latín con él, aprovechando las semanas de descanso que nos han dado.
     Diga a padre que no quisiera causarle ninguna pena. Estoy seguro de que Ange y Alexis le ayudarán en las tierras de Muzillac para suplir el trabajo del hijo que Dios reclama para sí.
     Diga a Anna lo que le estoy escribiendo. Ella sabe que si un día me hubiese casado no habría buscado fuera de casa.
     Querida madre, dice el capitán que es posible que en abril o mayo nos den unos días de permiso».
     La reacción del padre es furiosa, violenta, totalmente negativa. «Esto será mi ruina, mi muerte quizá». Pero la madre le repite: «¿Cómo es posible, Jean-Guillaume, que te opongas a que nuestro hijo siga a Dios si le llama?».


ANNA

     Anna va a ver a Marguerite Voilier, viuda anciana, amiga de la familia.
     —¿Estás enferma, Anna?
     —Muy enferma... del corazón.
     Y le cuenta su pena al detalle.
     Al despedirse, éstas fueron las últimas palabras de la anciana
     —Anna, sólo Dios comprende el dolor de sus hijos. Si eres capaz de pensar en Él más que en ti, serás dichosa. Mira, hay alegrías que nosotros no hemos buscado, y que parecen penas hasta que no las saboreamos.

     Por indicación de Jean-Guillaume y Marie, para que pueda pedir el parecer de Corentin, Anna va a casa de su padre. Sorprendido, imagina que viene a quedarse.
      A la consulta que le hace la hija responde:
     —«Anna, lucha con todas tus fuerzas para que sea tuyo».
     Pero dos días después, al regresar urgentemente para acompañar al padre en sus últimos instantes de vida, víctima de un imprevisto accidente, el moribundo sólo es capaz de pronunciar estas cuatro palabras: «¡No luches contra Dios!».


INVOCACIÓN

     Cuando Gildas llega a Penmur, sólo unas horas porque quiere aprovechar los días de permiso para pasarlos en el seminario en plan de prueba, Anna busca una excusa para desaparecer antes de que él llegue a casa
     Jean-Guillaume sigue en sus trece, negando la más mínima ayuda para los futuros estudios del hijo.
     Comida silenciosa.
     Gélida despedida del padre, atenuada por la ternura de la madre y el cariño de los hermanos.
     Al caer el día, Alexis acompaña a Gildas. Anna a distancia los ve alejarse. Y en el mismo sitio donde la vigilia de Navidad estuvo hablando con Gildas, consciente de lo que Dios le pide, invoca a sus antepasados santos del cielo:

     «Antepasados santos del cielo, ayudadme».
     Las almas santas de allá arriba lo oyeron y se pusieron en oración ante el trono de Dios, porque el grito de un alma apenada había hecho mella en el pueblo elegido en el que había tantos Maguern.
     Estaban los más antiguos bretones que llevaron el apellido, convertidos por san Armel, a quienes los paganos habían hecho mucho daño, sin que ellos se vengaran.
     Estaba Talbot, el primero que se estableció en la región de Muzillac, cuando sólo era terreno pantanoso, varón justo al que recurrían sus compañeros para dirimir sus diferencias.
     Estaban las monjas de los monasterios de Cornouaille, que enseñaban a las muchachas medio-bárbaras que la pureza alegra el corazón de Dios.
     Estaba Pierre, que con una reja de madera de olmo endurecida había roturado tantas tierras que ni siquiera con la ayuda de sus cuatro hijos podía sembrar la mitad.
     Estaba Blennoc, que debido a una epidemia, perdió todo su ganado y no se quejó ni se desanimó.
     Estaba Yvonnette, que cuando la pobre gente no tenía ni misa ni vísperas, de noche iba de casa en casa para avisar la hora de la reunión en la landa.
     Estaban cincuenta abuelas, fieles cumplidoras de sus inacabables tareas, y la misma madre de Anna, que se arrepintió y fue perdonada, porque había tenido un marido difícil.
     ¡Asamblea poderosa! Los otros elegidos vieron cómo una bendición bajaba sobre el mundo, y dijeron:
     «¡Hosanna! ¡Ha sido bendecida un alma, porque toda su raza ha rezado por ella!».
     Y vieron al mismo tiempo a una pobre muchacha que se arrodillaba diciendo:
     «Dios mío, renuncio a tener hijos. Renuncio a mi juventud. Renuncio a ser amada. Nunca me casaré. Cuidaré de la hija de mi prima Denise. Protégelo de la guerra, y haz que vuelva, no para mí, sino para ti».
     Al ponerse de pie, miró los campos cercanos, testigos secretos. Fue llamándolos por su nombre. Y se sintió contenta de lo que había hecho. Pero para evitar todo posible orgullo, dijo en voz alta dirigiéndose a los brezos y aulagas de la landa:
     «La generosidad, ha sido de él. El sacrificio lo ha hecho él. Yo, le he seguido. Trato de imitarle, y todavía... todavía...».


     La guerra sigue. El capellán, que dedica ratos a enseñar latín a Gildas, es herido. Al enterarse Jean-Guillaume lanza un suspiro de alivio, porque imagina que el hijo se verá libre de su influencia. «No lo creas -dice la madre-. ¿Es que no es de tu raza? ¿Es que no se parece a ti, con la diferencia de que tu idea no es buena y la suya sí?».
     Para pagar los estudios del futuro seminarista, Anna recoge limosnas entre los conocidos. Llega incluso a vender el célebre vestido de terciopelo, pide aumento de sueldo a Jean-Guillaume...


MAGNIFICAT

     Terminada la guerra, Gildas ingresa en el seminario menor, donde coincide con otras vocaciones tardías, que como él lucharon en el frente.
     Fueron dos años que, pese a convivir con niños, no lo infantilizaron. No le empequeñecieron el horizonte, porque cuando declinaba «rosa-rosae, terra-terrae, homo-hominis, Deus-Dei, la rosa, la tierra, la humanidad toda, Dios, tenían un significado que nunca había vislumbrado en toda su vida anterior.
     ¿Dificultades? Menos de las previstas, excepto la contumaz e intransigente actitud de su padre.

     En octubre de 1921 pasa al seminario mayor. Oración, estudio, progresiva preparación para el futuro ministerio.
     Allí descubre las virtudes heredadas de su familia.

     Antes de las órdenes regresa a casa.
     Hablando de sus planes futuros dice con toda sencillez, durante la comida, que piensa dedicarse a los pobres.
     —¿Y cómo se te ha ocurrido esto?
     —Lo aprendí aquí, padre. ¿Cree usted que no nos dábamos cuenta de lo que estábamos haciendo cuando desinteresadamente trabajábamos las tierras de la viuda Voilier y los campos de las mujeres sin marido y de los hijos sin padre? Sabíamos que era por caridad.
     —Es verdad, hijo. En mi familia por mucho que mire hacia atrás, desde siempre hemos ayudado a los pobres. Quizá por esto... va a salir un sacerdote de nuestra familia.
     Dicho lo cual, Jean-Guillaume se levanta y obliga al futuro sacerdote a que en adelante presida él la mesa familiar.

     El 29 de junio de 1926, Gildas es ordenado sacerdote. Le nombran coadjutor de un suburbio de París, una felicidad insospechada le embarga de repente. Recuerda las 4 palabras que decidieron su vida: «Tú serás mi sacerdote».
     Y brota de lo más profundo de su ser: «Magnificat» (Proclama mi alma la grandeza del Señor).


315-316 Mira, es bueno que hayas sufrido así. La pena de los otros entra mejor en los corazones que han sufrido. El remedio de los males existe: es darse a quienes han caído tan bajo que incluso les falta la esperanza. Ama. Perdona. No hables de deberes hasta que no hayan experimentado consuelo. Dios nunca hiere. Acuérdate que él siempre perdona. No tengas miedo del mal. El reverso del mal sólo lo conocen quienes lo han tomado y le han dado la vuelta con sus manos.- René Bazin