RETOS PARA NUESTRA MISIÓN volver al menú
 




     Timothy Radcliffe, maestro general de los dominicos, habló en noviembre de 1993 durante diez minutos a un gran número de responsables de todo el mundo reunidos en Roma. Para enmarcar sus breves palabras echó mano del filme «El parque Jurásico».

J.S.V.



     Si no lo habéis visto aún, no os lo perdáis. La historia es sencilla: un millonario hace experimentos con el ADN (Ácido desoxirribonucleico: material del que están formados los genes y que contiene, en la gran mayoría de los organismos, la información hereditaria) para devolver la vida a los dinosaurios. Crea en una isla un gran Parque donde pueden moverse libremente. Los dinosaurios van de una parte a otra matando a los visitantes, y al final todo se acaba, los humanos abandonan la isla y se escapan.
     Éste es el relato de nuestro tiempo, y es provechoso preguntar cómo puede contrastarse con la historia típica del cristianismo, la última Cena.
     Podría añadir simplemente que, si el cuadro que voy a presentar conduce al pesimismo, no es porque yo sea pesimista acerca de la cultura moderna. No lo soy. Pienso que la cultura moderna encarna unos valores maravillosos -estima por los derechos humanos individuales, tolerancia hacia los que no piensan como nosotros, etc.-. Pero voy a fijarme sólo en los retos.

Un mundo violento

     El mundo del «Parque Jurásico» es un mundo regido por la violencia. Los dinosaurios se matan entre ellos y matan a los visitantes, y éstos a los dinosaurios.
     El otro día preguntaba yo a un grupo de Hermanos y Hermanas dominicos de los Estados Unidos, que trabajan juntos como predicadores itinerantes, cuál era, a su juicio, el principal reto a nuestra predicación, y sin vacilación alguna la respuesta fue «la violencia». No se trata sólo de la violencia de las guerras que tanto afligen al mundo, como en Bosnia o Georgia; es la violencia diaria de nuestras ciudades, la cotidiana y rutinaria violencia que sufren sobre todo las mujeres y niños; el ambiente de violencia de la ciudad moderna.
     En contraste con el «Parque Jurásico», nuestro relato fundacional es el de un hombre que sufrió la violencia, pero que no la transmitió, la de un hombre que se dignó ser una víctima para que la violencia terminase allí, en la cruz: «como oveja llevada al matadero, no abría la boca».
     Quizás el primer reto al que nos enfrentamos como religiosos es ser personas no violentas. No pretendo decir únicamente que cabría esperar de los frailes que se abstuvieran normalmente de atacarse entre ellos con navajas o pistolas, aunque esto ya es bueno. Más profundamente, estamos llamados a vivir como personas de paz, que afrontamos y extirpamos los gérmenes de violencia y de ira de nuestras vidas, que tenemos el coraje de encontrarnos nosotros mismos con las víctimas. En el corazón de la vida religiosa existe una opción por la vulnerabilidad.

La selva

     Poco importa que sea ésta la historia de una selva, de una selva en la que dinosaurios y humanos luchan por sobrevivir.
Es un cuadro del mundo darwiniano de la supervivencia de los más fuertes. Los débiles van cayendo al borde del camino y se extinguen. Este es el destino de los dinosaurios.
     Lo que quiero recalcar es que ésta ha sido una de las imágenes dominantes de la cultura occidental durante casi dos siglos. No está sólo en la base de un conocimiento científico de la evolución, sino también de la economía y de la política contemporáneas. La economía ha adoptado una teoría darwiniana de competitividad, y la política no es más que una función de la economía.
     Sólo con el auge de la ecología se ha dado un cambio en nuestra percepción de «la jungla» desde la competitividad hacia la complementariedad, con las consecuencias que todavía no vemos.
     En esta competitiva y destructora selva que es la cultura occidental, nosotros, religiosos, tenemos sin duda la misión de ofrecer una visión alternativa de la realidad y encarnar otra narrativa. Ésta no es la selva competitiva de una plaza de mercado sino un mundo de donación y entrega. En las junglas de Darwin y Keynes no hay dones.
     Y yo creo que es imposible para nosotros tener una experiencia de Dios, dador de todo bien, si no somos capaces de ver y sentir al mundo y a nosotros mismos como un don y una gracia.
     Nuestra historia alcanza su punto culminante con un hombre que dice «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». No podemos realmente ver el mundo como gracia y como don si no nos distanciamos radicalmente de la cultura destructiva que nos domina.
     Eso significa ser pobre, real y visiblemente pobre. Hablamos mucho de la «opción por el pobre» pero tendemos a vivir una forma de vida muy acomodada.

Un mundo de silencio

     Una de las razones de la popularidad universal del «Parque Jurásico» es que se trata de una historia que no depende de las palabras. Incluso sin traducción puede comprenderla cualquiera.
     Es un mundo en el que poco importan las palabras.
     Es cierto que pertenecemos a una sociedad que ha perdido en gran parte la confianza en el lenguaje como instrumento para construir la sociedad, para buscar la verdad, para lograr entendimiento.
     Como dijo en una ocasión Václav Havel: «Vosotros, en Occidente, habéis olvidado en gran medida el poder de la Palabra».
     Es un mundo del que se puede tener profundas sospechas de que busque la verdad.
     Esto hace al cristianismo, que se basa en la proclamación de verdades, difícil de entender para mucha gente.
     Uno de los retos fundamentales para nosotros, religiosos, es crear comunidades en las que las personas aprendan a amar las palabras, a deleitarse en la fuerza del diálogo verdadero, para construir comunidad, para superar las divisiones, para hacer un hogar humano.
     La primera pregunta que suelo plantear a las comunidades en mis visitas es la siguiente: ¿es ésta una comunidad en la que las personas dialogan entre sí?, ¿hay entre los Hermanos auténtica comunicación?, nuestra formación a los estudiantes ¿les estimula a amar el lenguaje y a complacerse en la verdad? En nuestra sociedad se considera el debate como una versión de la selva: el vencedor es el que aplasta al contrincante.
     Nosotros tenemos en la Iglesia una tradición diferente, representada por personas como santo Tomás de Aquino (como dominico tengo la obligación de citar al Aquinate al menos una vez). Para santo Tomás la discusión fue siempre un proceso mediante el cual uno aprende del otro y descubre el sentido en el cual el otro tiene siempre parte de verdad. La discusión es siempre parte del edificio de la comunidad humana.
     Pero, por desgracia, dentro de la misma Iglesia existe a veces el temor al debate o el rechazo a aprender de otro. Con frecuencia, bajo capa de defender la ortodoxia, hemos adoptado una intolerancia hacia la diversidad y un miedo a la discusión, lo cual es contrario a nuestras más profundas tradiciones.
     Nuestra sociedad sufre una crisis de falta de sentido, de indiferencia, que tiene mucho que ver con este abandono del lenguaje. Amenaza a nuestras ciudades un profundo temor: que nada tiene sentido. De ahí la tentación de las religiones fundamentalistas que brindan en bandeja un sentido de la vida.
     Nuestro papel sin duda es trabajar con las gentes en la recuperación de su dignidad como aquellos que podemos dar un sentido al mundo y acercarlas a Dios, que es la fuente que da sentido a todo.

Destino fatalista

     Finalmente puedo apuntar que el mundo del «Parque Jurásico» es fatalista. Los dinosaurios estaban destinados a la extinción. Y a la vista de este experimento fallido los humanos no pueden hacer otra cosa que escapar, pero es también un síntoma del profundo fatalismo de nuestra sociedad.
     Teniendo en cuenta el auge económico y los problemas sociales, puede haber lugar al fatalismo, a la sensación de que no podemos hacer nada.
     Galbraith, economista americano, ha argüido que esta pasividad es crucial en nuestra civilización. Si creemos en las leyes de mercado, entonces ellas darán la respuesta.
     No hay nada que podamos o necesitemos hacer.
     Contrariamente a esta lectura, en nuestra historia de la última Cena vemos a un hombre que está destinado, predestinado, a la muerte. Y ante ese desastre tiene un gesto de extraordinaria libertad. Toma el pan y lo ofrece a los discípulos diciendo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo». Enfrentado con el desastre de la comunidad, fue libre para construir el futuro. Creyó que aquel puñado mediocre de discípulos sería capaz de construir el Reino.
     ¿Vivimos nosotros en esta libertad? Muchos de nosotros nos hallamos atrapados por la disminución de vocaciones y por los compromisos a los que no podemos hacer frente.
     ¿Estamos predestinados a no tener libertad, a ser prisioneros? ¿Nos atrevemos a ser libres para hacer algo nuevo? ¿Tenemos el valor de confiar en que los jóvenes hagan algo nuevo e inesperado? Si la respuesta es no, ya podemos irnos con los dinosaurios del «Parque Jurásico».

Timothy Radcclife


313 De Caleruega puede salir algo bueno? Salió un canónigo de Osma, obsesionado por los horizontes infinitos y por una familia con muchos hermanos. Creía en la Palabra y logró que ellos la predicaran sobre todo con la elocuencia del ejemplo. Ansioso de ver la Verdad cara a cara, murió en Bolonia, a los 51 años. Dominicos y dominicas hoy nos lo hacen presente.J. S. V.