AL PASO DE LOS DÍAS volver al menú
 



¿QUIERES APACENTAR EL REBAÑO DEL SEÑOR DEJÁNDOTE LLEVAR POR EL ESPÍRITU SANTO?

¿QUIERES PRESIDIR FIELMENTE LA CELEBRACIÓN DE LOS MISTERIOS DE CRISTO, PARA ALABANZA DE DIOS Y SANTIFICACIÓN DEL PUEBLO CRISTIANO?

¿QUIERES EJERCER EL MINISTERIO DE LA PALABRA, PREPARANDO LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO Y LA EXPOSICIÓN DE LA FE CATÓLICA, CON DEDICACIÓN Y SABIDURÍA?

¿QUIERES UNIRTE CADA DÍAS MÁS A CRISTO, SUMO SACERDOTE, QUE POR NOSOTROS SE OFRECIÓ AL PADRE COMO VÍCTIMA SANTA, Y CON ÉL CONSAGRARTE A LA SALVACIÓN DE LOS HOMBRES?



     Nacido en las Islas Canarias, el P. Pedro Navarro vive y trabaja a orillas del río Hudson, frente a New York. Los domingos el enorme templo de la parroquia de San Agustín de Union City, NJ se llena hasta los topes de hispanos que participan en la eucaristía, escuchan la homilía con atención reverente, y que al salir compran el periódico local para llevarse a casa la ración semanal de maná, escrita por el buen pastor con el título «Al paso de los días».
     Un amigo mío de Union City, buen feligrés del P. Pedro, con frecuencia me envía sabrosas raciones dominicales de aquel maná, que quiero compartir con los lectores de esta publicación vocacional. Aunque no se refieren directa e inmediatamente al tema de la vocación, rezuman un clima de exquisita normalidad, serenidad y apertura cristianas, plataforma indispensable para apacentar el rebaño del Señor, presidir la eucaristía y ejercer el ministerio de la palabra para la salvación de todos los hombres.

J. S. V.


LAS DOS ALFORJAS

     Un hombre estaba llenando una planilla para conseguir trabajo. Una de las preguntas era: ¿Ha sido usted arrestado alguna vez? El hombre señaló rápidamente la casilla marcada con el NO. La siguiente pregunta era: ¿Por qué?, y en letra pequeña se añadía que era para dar una explicación del arresto en caso de que la pregunta hubiese sido positiva. El hombre no leyó la letra pequeña e inocentemente contestó: «Porque nunca me agarraron»
     Me viene a la mente esta pequeña historia al pensar hoy en la concepción que muchas veces tenemos del mundo y de la gente.
     Tenemos la tendencia a dividir a la humanidad en dos grandes bandos: los buenos y los malos. Y, naturalmente, nosotros estamos siempre en el lado bueno. Hacemos de la humanidad una antigua película de vaqueros: los buenos eran todos buenísimos y los malos, además de malísimos, eran todos feos.
     En realidad las cosas no son tan simples. El bien y el mal están mejor repartidos de lo que a primera vista estamos dispuestos a aceptar. La verdad no es propiedad exclusiva de una persona, un país, una raza y ni siquiera una religión
     Por eso conviene pensarlo dos veces antes de canonizarnos a nosotros mismos y hacer juicios condenatorios contra los demás, ya que lo más probable es que estemos haciendo nuestro propio juicio. O dicho con una imagen más evangélica y popular no nos conviene arrojar piedras sobre el techo vecino, porque el nuestro es también, al menos parcialmente, de vidrio.
     Hace unos meses me comentaba un amigo que tengo, muy pesimista él, sobre los tiempos que corren. Decía que la juventud está corrompida, que se ha perdido el respeto a la ley y a las buenas costumbres
     Para probar su teoría me citaba el caso de un joven que conocía y que, con un carro que no era suyo, había salido a la calle y había provocado un accidente hiriendo a varias personas. Para no escandalizarle yo, humildemente, me mantuve callado. Porque recordé, mientras me hablaba, un accidente en mi propia adolescencia, cuando a los 16 años tomé un día el carro de mi padre y me estuve, durante un par de horas, dando vueltas y haciendo tonterías por el barrio.
     Por supuesto, no voy a justificar ni mi acción, ni la del joven del que hablaba mi amigo, pero me acordé de la historia inicial de este artículo. Todo salió bien aquel día y tuve suerte. Como la persona del cuento, «no me agarraron».
     Lo cual me lleva hoy, muchos años más tarde, a mirar el mundo y a la gente que me rodea con mucha más comprensión, ternura y tolerancia. Porque puede ser que en esta tierra nuestra, haya algunas orejas perfectamente blancas, pero muy pocas
     Puede ser también que haya algunas completamente negras, aunque también escasea
     Lo que sí es seguro es que la mayor parte son, en mayor o menor intensidad, simplemente grises
     Y lo más posible es que tú y yo pertenezcamos a este tercer grupo de ovejitas grises que pasamos por la vida con nuestras dos alforjas, la del mal y la del bien, pesando más o menos lo mismo.


EL SONIDO DEL SILENCIO

     No sé si será tu caso, pero al menos a mí me ha ocurrido muchas veces. Llego a mi habitación para ponerme a descansar ya de noche y lo primero que hago es encender automáticamente el televisor cuando ya estoy medio dormido. Eso sucede cuando tengo suerte. A veces se me queda encendido toda la noche.
    Esta necesidad nuestra de estar siempre rodeados de algún ruido es algo que me preocupa mucho. No es que esté mal el interesarnos por los demás, el saber cómo está el mundo o el escuchar una canción que nos diga algo bonito. Todo lo contrario. Lo que sí es alarmante es nuestra incapacidad para soportar el silencio porque es quizás el indicio de que hemos llegado a un punto peligroso: el de no poder vivir en paz, no digo ya con los demás, sino con nosotros mismos.
   Hace tiempo tuve una experiencia que ojalá otros muchos pudieran compartir. Pasé una semana solo, sin hablar prácticamente con nadie, en una casita a la orilla del mar, en Puerto Rico. AI principio no fue fácil, pero después de algunos días las cosas fueron cambiando y al final me costó mucho trabajo irme. Hoy añoro aquellos días y hago planes para que se repitan. En el silencio y en la soledad empecé a ver y a oír cosas que antes ya no existían para mí. Me di cuenta que cada ola tiene su voz, que el aire puede crear música muy especial al cruzar por entre los cocoteros y pinos, que contemplar cómo vuela una gaviota puede ser tan inspirador como visitar el mejor museo. Comprendí que Dios a través de mi propia conciencia tenía aún muchas cosas que decirme y recordarme también otras que a lo mejor había olvidado.
    Casi todas las personas que han dejado una huella positiva y duradera en la historia han pasado alguna parte de sus vidas en la soledad y el silencio. Pienso en Cristo, en Juan Bautista, Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Gandhi..., la lista sería interminable.
    Yo sé bien que hoy día, encontrar un lugar callado y desierto en nuestras congestionadas ciudades es prácticamente imposible. Pero tenemos que crear nuestros pequeños retiros como podamos. Tomar unos días de nuestras vacaciones en un campo o una playa alejada, irnos a un monasterio durante un fin de semana, refugiarnos un rato al día en nuestra iglesia local, o en un parque tranquilo o, en el último de los casos, en nuestro propio dormitorio sin radio ni televisión. Porque se trata de nuestra salud.
    No sólo de nuestra salud física, sino de nuestra salud mental y espiritual que es, a largo plazo, la única que verdaderamente cuenta.

UN REY SORPRENDENTE

     Cristo es un rey difícil de entender. Francamente, no se comporta como los reyes que conocemos. Es poderoso, pero no utiliza su poder. Puede vengarse y destruir enemigos y lo que hace es perdonar. No tiene tronos ni joyas, ni castillos para vacaciones, ni palacios residenciales. Viaja a pie. Trabaja con sus manos. Prefiere la compañía de la gente humilde. Trata siempre de encontrar el lado bueno de la gente y salva en vez de condenar. No conoce la «diplomacia». Llama a las cosas por su nombre y lo único que le importa es la verdad. La verdad sin deformaciones, sin chistes ni enredos. Cara a cara. Lucha siempre de frente, sin puñaladas en la espalda.
     En lugar de enriquecerse a costillas de otro, da incluso lo poco que tiene. Todo lo que tiene. Pan y tiempo y consuelo y comprensión. La vida incluso.
     No le gusta salir en televisión, ni ponerse ropas de lujo, ni que le llamen monseñor, excelencia, majestad o señoría.
     Pero al terminar la tarde disfruta de la compañía de los suyos, compartiendo con ellos un trozo de pan y un vaso de vino. Un rey sorprendente.
     Tú y yo, decimos pertenecer a ese Reino. Ojalá nos parezcamos a su rey.
     Nota: La imagen anterior no es producto de la imaginación de un poeta de segunda. Está tomada íntegramente de los evangelios, las únicas crónicas auténticas del Reino.


INMEDIATAMENTE

     «Jesús los llamó y ellos, inmediatamente, partieron con El, dejándolo todo».
     Inmediatamente. Esta es, para mí, fa palabra clave. Creo que hay una enorme cantidad de vidas desperdiciadas porque no nos hemos decidido a hacer lo que debemos hacer ahora mismo
     Unos aplazan, aplazamos para mañana. Otros se refugian, nos refugiamos en el ayer.
     Y no nos damos cuenta que el ayer, por muy bueno o malo que haya sido, ha pasado ya; está enterrado en el tiempo. No podemos cambiarlo. Y el mañana, especialmente en estos problemáticos tiempos en que vivimos, ni siquiera sabemos si llegará. Tanto el ayer como el mañana son, en cierta forma, sueños. Y hay que salir del sueño. Mientras tanto, existe el hoy, el ahora. Éste es el tiempo del cual disponemos, el momento ideal para hacernos, seriamente, unas cuantas preguntas, las únicas, en realidad, que vale la pena hacerse: ¿Quién soy? ¿Para qué vivo? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué podría hacer para que mi vida, la de mi familia, la de mi Iglesia, la del mundo en que vivo, vaya mejor?
     Y por último, ¿cuándo me decidiré a empezar?

Pedro Navarro


312 El Pueblo de Dios se congrega por la palabra de Dios vivo («Predicaron los apóstoles el Verbo de la verdad y engendraron las Iglesias»), que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes. Como quiera que nadie puede salvarse si antes no creyere, los presbíteros tienen por deber primero anunciar a todos el Evangelio de Dios, de forma que cumplan el mandato del Señor: «Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura.- VATICANO II