DESDE EMAÚS volver al menú
 



LA SAL DE LA TIERRA

VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA.
LA SAL PRESTA UN SERVICIO HUMILDE Y SILENCIOSO.
NO SE SIRVE EN BANDEJA DE PLATA,
NI SE COLOCA EN FRUTEROS GENEROSOS
SOBRE LA MESA DE UN FESTÍN.

LA SAL ESTÁ PRESENTE SIN MOSTRARSE.
PARA CUMPLIR SU MISIÓN TIENE QUE DISOLVERSE,
DESAPARECER, MORIR.
PERO SU PAPEL ES IMPORTANTE.
SIN ELLA LOS ALIMENTOS SON INSÍPIDOS
Y LAS VIANDAS SE CORROMPERÍAN CON RAPIDEZ.

VUESTRAS VIDAS SILENCIOSAS Y HUMILDES
TIENEN QUE DAR SABOR A LA EXISTENCIA DE LOS HOMBRES
PORQUE EN SU VIDA FALTA LA SAL DE LA FE,
DE LA ESPERANZA, DEL AMOR.
LE FALTA MUCHA SAL A LA EXISTENCIA DE LOS HOMBRES.

VOSOTROS DAIS SENTIDO A LA HISTORIA DEL HOMBRE
EN SILENCIO,
CON LA SENCILLEZ DE VUESTRA ESPERANZA,
CON LA HUMILDAD DE VUESTRA FE,
CON EL RECATO DE VUESTRA CARIDAD.

PERO TENÉIS QUE MORIR,
DISOLVEROS COMO LA SAL.
DESAPARECER.
SÓLO A PRECIO DE VUESTRO SACRIFICIO CALLADO,
SERÁN FECUNDAS VUESTRA FE,
VUESTRA ESPERANZA, VUESTRA CARIDAD.
Y ASÍ SERÉIS REALMENTE LA SAL DE LA TIERRA.

 

      Cuando llegué hace doce años a Engativá, encontré una aldea en medio de campos cultivados en fresas y de praderas para ganado de leche. El poblado formaba, sin embargo, parte de la metrópoli bogotana, pero se unía a ella casi sólo por vínculos jurídicos. La casa de Emaús era la única construcción moderna e importante, y se levantaba en medio de los potreros.
     En ese ambiente colonial encajaba muy bien la figura de Agripina, una anciana digna y hacendosa que en aquel entonces, como ahora, caminaba tras diez vacas de su propiedad en busca de pastura. Los predios de Emaús siempre han acogido a esta mujer que encarna y simboliza lo mejor de un campesinado pobre que se sabe condenado a perder la batalla contra la urbanización, pero que quiere morir en su ley.
     Hoy Agripina, con sus ochenta años, llega puntual en compañía de sus vacas y ocupa los predios ya reducidos por la delimitación urbana y por la transformación de potreros en jardines que se han hecho indispensables en los terrenos de Emaús. Pero siempre hay un sector para sus semovientes y una sonrisa fraternal para esta anciana admirable y profundamente cristiana, que remeda sin saberlo figuras bíblicas de los tiempos patriarcales. Ella y sus vacas ayudan a crear una atmósfera propicia para la meditación de los pasajes evangélicos.

      Pulmones de las ciudades son los parques, pero también y en modo muy superior las casas de retiros espirituales. Aunque debo reconocer que muchos hoy no saben lo que éstas significan. No hace mucho tuve que declarar a un funcionario que mi domicilio era la Casa de Retiros Emaús. Sorprendido, el hombre me respondió con gentileza: «Pero en verdad ¡no parece usted haber llegado ya a la tercera edad!».

     Son las seis de la mañana y el jardín de Emaús se baña en el silencio del amanecer. Contemplo a través de la ventana un arbusto cargado de frutillas rojas. A lo lejos retumban los motores de un avión que emprende su vuelo. Y experimento el contraste entre contemplación «inútil» y actividad productiva. ¿Por qué los hombres tenemos que hacer tanto ruido para producir algo? Dios, en cambio, habla en el silencio, crea en el silencio, salva en el silencio.
     Los habitantes de la gran metrópoli, que vivimos sumergidos en el bullicio y acosados por la velocidad, sentimos también necesidad de momentos «limpios» de ruido. Cuando es posible, buscamos los bosques, los desiertos, la llanura o las playas. Pero cuando escuchamos de verdad el silencio salimos corriendo de regreso, porque tenemos en el fondo miedo de encontrarnos con la verdad vacía de nuestra agitada existencia y de nuestra febril actividad. Somos adictos a la droga del ruido; necesitamos la dosis diaria y creciente de bochinche.
     Las casas de retiros, como Emaús, brindan a sus huéspedes la oportunidad de reconciliarse con el silencio. El marco arquitectónico, la sobriedad de los espacios interiores, los jardines, los prados, los arbustos, las flores, constituyen el escenario adecuado, casi indispensable, para recorrer el camino que lleva a la maravillosa experiencia del encuentro con Dios que es Silencio de plenitud vital.

      Hoy es lunes. La casa está en silencio. No es extraño que una casa de retiros esté en silencio; pero en ésta el silencio del lunes es diferente al silencio de los otros días. Porque el de hoy es el silencio del vacío, de la ausencia de gente: los lunes descansa todo el personal. Los otros días, cuando un grupo de ejercitantes está en Emaús, se produce el silencio de la presencia, del encuentro intimo, de la comunión...
      Ayer había en la casa sesenta jóvenes —cupo completo—. Llegaron el viernes por la tarde para un «encuentro vocacional», una reunión que combina lo que podría llamarse un cursillo de espiritualidad con un retiro propiamente tal.
      Con esta experiencia dan comienzo al año de discernimiento que prepara su eventual ingreso al Seminario de la Arquidiócesis. La decisión final, dentro de diez meses, la tomará, también aquí, cada uno de estos jóvenes en un retiro más cargado de silencio y de audacia. No deja de sorprender que en una metrópoli tan secularizada haya todavía jóvenes interesados en dedicar un fin de semana a considerar la «hipótesis» arriesgada y exigente de una vida entregada al servicio de Dios y de los hombres.

     Pero mis sorpresas no se agotan en los grupos de pastoral vocacional. La semana pasada estuvieron dos días aquí unos sordomudos. Cada semestre viene un grupo de sesenta de estos seres humanos, alegres, activos, seguros de si mismos, comunicativos (!!). Celebrar con ellos la eucaristía es una experiencia inolvidable. Solicitan que en la misa se toquen las guitarras, y al ritmo de esos instrumentos -que ellos no escuchan pero sí perciben en su piel«cantan» con su cuerpo, agitando sus brazos y moviendo sus dedos. Su sonrisa y los gestos de su rostro son un himno de alabanza gozosa al Señor.

     Los grupos de familias son los más originales de cuantos pasan por Emaús. Desarman la casa y reorganizan el mobiliario con el fin de poder hacer sus ejercicios en familia. Vienen en busca de soluciones para sus crisis o de alimento para el crecimiento espiritual del grupo familiar. No son sesenta personas las que ocupan la casa, sino doce o quince familias, que como tales hacen la experiencia de un retiro. Cuando han terminado su tarea de tres días, vienen a llevárselos otros familiares y amigos. La casa se llena de flores, de congratulaciones y de abrazos, como en una fiesta. Y se van renovados, reconciliados, reconfortados a seguir construyendo familia en medio de un mundo escéptico, violento y desengañado.

     En 1992 pasaron por Emaús 6.966 personas en 139 grupos diferentes: la mitad de ellos fueron niños de las escuelas públicas, habitantes de los suburbios pobres de la ciudad. Llegan a las ocho de la mañana y se van al atardecer. Tres grupos de sesenta por semana. Disfrutan de la alegría de una casa que en su arquitectura misma es una invitación al gozo. Nunca he visto una cara triste o aburrida en Emaús, menos de un niño. Hay en ella un ambiente de acogida que permite irradiar «cultura de comunión», como decía un antropólogo que pasó un fin de semana en ella. Tal vez sea la presencia constante de los niños lo que contribuya a mantener ese clima espiritual, a pesar de que ellos son menos silenciosos que otros huéspedes de la casa. Pero dentro de la dinámica propia de un retiro para niños de doce años se logra hacer una vivencia espiritual contagiosa.

     Jamás me preocupo por los frutos que puedan obtenerse a partir de la experiencia de Emaús. Esta casa es como un gran autobús que va recogiendo y dejando pasajeros por un camino, sin la preocupación por lo que pasará cuando se apean. Pero ocasionalmente me alcanzan ecos estimulantes como el de un joven que al llegar para un encuentro vocacional dice al responsable de la acogida:«Mire usted, aquí estuve yo hace siete años cuando terminaba primaria; fue tan intensa la jornada que durante varias noches soñé con las actividades que desarrollamos, y ¡todavía hoy recuerdo los cantos de la eucaristía con que cerramos nuestro día de Emaús!».

     Hoy es lunes. La casa está en silencio. Por eso mismo puedo recorrer en la mente los diversos grupos que pasan por aquí haciendo el gran silencio de sus corazones y dejando que el silencio de Dios los interpele. Jóvenes, niños, maestros de escuela, trabajadores, campesinos, ancianos, grupos apostólicos, familias, sordomudos, candidatos al seminario, personas que se preparan para alguno de los sacramentos. Esto parece una fábrica, una gran fábrica de vida, de comunión; un lugar de encuentro, de conversión, un camino de sorpresas trascendentales, que ocurren sin ruido y sin estrépito, pero con la sencillez de aquel atardecer en que los discípulos reconocieron a Jesús «en el partir del pan».

Francisco E. Tamayo R.


306 Los lectores de esta publicación vocacional conocen al P. Francisco E. Tamayo desde 1965. Porque entonces leyeron por primera vez «La sal de la tierra». En 1982 escribió unas inolvidables reflexiones: «Desde un santuario» (hoja 200). Y en 1991 «Salmo de la noche oscura» (hoja 287). Ahora escribe «Desde Emaús», la casa de retiros que dirige en Bogotá. Texto en el que no sólo habla sobre Emaús sino que ayuda a reconocer al Señor en el partir del pan.- J.S.V.