ESTOS HICIERON TANTO PARA SALVARSE, ¿Y TÚ QUE HACES? I volver al menú
 

     Hace ya muchos años. Estaba terminando mis cursos de medicina, cuando cierto día caluroso, aburrido y sin tener qué leer, tropecé con un viejo «Año Cristiano» que andaba por la librería de mi casa. En ningún sentido valía nada: lleno de fantasías milagreras y de penitencias espantosas cualquiera lo condenaría hoy como lectura deformante del criterio religioso. Empecé a leer al azar precisamente algunas vidas de los primeros ascetas de los desiertos de Egipto. De pronto algo pasó que me hizo ponerme en pie de un salto, proponiéndome seriamente esta pregunta: «Éstos hicieron tanto para salvarse, ¿y tú qué haces?» En realidad la respuesta ya estaba dada y la sentí indudable: me vi en el convento.
     Todo lo demás fue simplemente una consecuencia y una evolución de aquel momento, que ya no se borró ni se cambió nunca. No hubo absolutamente nada de extraordinario, pero yo diría que fue todo sobrenatural. Yo era un estudiante como los demás, ni mejor ni peor: alegre, despreocupado, divertido, mundano, con educación católica sincera, pero no demasiado piadoso. Eso es: corriente y vulgar. Nunca había pensado en el convento. Era algo que estaba fuera de mis planes. No me decepcionó el mundo, no me causó desengaño ni desilusiones. Simplemente me pareció desde entonces que valía más y tenía más atractivos la celda monacal que las diversiones y los planes de la calle. Como centro y núcleo de la vocación, no recuerdo otra cosa que el decir sí a lo que me pareció que Dios me pedía.


     El testimonio del P. César Vaca sigue en pie: las vidas de los santos son un horizonte privilegiado para descubrir la voluntad de Dios.
     Los lacónicos bocetos hagiográficos quizá sean una pista que nos ayude a descubrir una estrella que ilumine los ojos de nuestro corazón.

J.S.V.



JULIA BILLIART (s. XIX).- Nació en Cuvilly, la antigua Picardía al norte de Francia. A los 14 años enseñaba a leer y servía a los humildes. Enfermó, pero no perdió la ilusión. En plena Revolución francesa, convencida de que «nada es posible sin los hombres, pero nada perdura sin las instituciones», fundó un instituto religioso que bajo la protección de Nuestra Señora se dedica a la instrucción cristiana. La educación cristiana, ¡qué gran oficio, de ayer y de siempre! (8 abril).

PEDRO GONZÁLEZ (s. XIII).- Los marineros prefieren llamarle San Telmo. Nació en Astorga, fue canónigo de Palencia, para hacerse luego dominico. Confesor del rey san Fernando, lo acompañó en la conquista de Córdoba y Sevilla, consiguiendo un trato más humano para los prisioneros. Los paisanos de Galicia no se cansaban de oírle predicar, porque a través de sus palabras descubrían mejor el rostro de Dios (14 abril).

ANSELMO (s. XII).- Los artistas lo pintan con una nave en la mano. No tanto por las veces que tuvo que pasar el mar desterrado por oponerse a los gobernantes de su tiempo (algún buen obispo de hoy tiene a quien encomendarse) cuanto por adentrarse en el misterio de Dios. Su «Proslogion» es una obra digna de un gran doctor de la Iglesia (21 abril).

ILDEGARDA (s. VIII).- En el año 771 se casó con el emperador Carlomagno. Tuvieron ocho hijos. Amiga íntima de santa Lioba, que a su vez profesaba un enorme cariño a san Bonifacio. Los libros de historia nos cuentan demasiadas batallas y olvidan decirnos lo más importante: la amistad y el amor de nuestros antepasados. En la abadía de Kempten sepultaron a la emperatriz. Arrullada por la buena música gregoriana (30 abril).

LUTGARDA (s. XIII).- Belga. A los 20 años se hizo benedictina. Pero algunos años después para evitar que la hiciesen abadesa, se pasó a las cistercienses de Aywières. Mística de vanguardia. Ciega durante los últimos once años de su vida. ¿Tinieblas es la luz donde hay luz sola? (13 junio).

WIRO (s. VIII).- Apóstol de Frisia junto con san Wilibrordo. Fue obispo de Utrech. Es una lástima que los santos con «W» tengan poco eco entre nosotros. Tendríamos que ser todos más universales, más católicos. Y no olvidar que san Wulstano, san Wulmaro, san Wulfrano, san Wulferio... san Wiro son santos con gran sentido del humor, que falta nos hace en este valle de lágrimas (8 mayo).

TORCUATO (s. II).- Y con él Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio: los llamados «Varones apostólicos», escogidos por los apóstoles para evangelizar el sur de España, la Bética. La falta de documentos no es argumento suficiente para dudar de su venida. Con esos u otros nombres hubo quienes vinieron a hablarnos de Jesús. Son nuestros padres en la fe (15 mayo).

SIMÓN STOCK (s. XIII).- Los artistas lo representan como un anciano que recibe el escapulario de manos de la Virgen del Carmen. De hecho fue uno de los primeros ingleses que ingresaron en la orden del Carmen, llegando a ser el VI superior general en 1247. Contribuyó a que se fundaran conventos de la orden en las principales ciudades universitarias: Cambridge, Oxford, Paris, Bolonia... Modelo en el amor a la Madre de Jesús (16 mayo).

CRISPÍN (s. XVIII).- Nació en Viterbo, capuchino. Cocinero durante más de medio siglo de los hijos de san Francisco en Viterbo, Tolfa. Roma y Albano. ¿Sólo esto? Ser «hombre bueno, perito en el arte de guisar y aderezar las viandas» no es poco. Cocinaba tan bien, valiéndose de recursos sencillos, que sus hermanos agradecidos a esto y a su ejemplaridad consiguieron que el papa lo beatificase a los 55 años de su muerte (23 mayo).

BENITO (s. VI).- Patrono de Europa, desde 1964. En cuyo oficio le acompañan desde 1980, san Cirilo y san Metodio. «El bienaventurado Benito, habiendo dejado su casa y sus bienes familiares y queriendo agradar sólo a Dios, buscó la manera de llevar una vida santa, y habitó en la soledad, ante los ojos del Altísimo, que todo lo ve» (11 julio).

NICOLÁS EL PEREGRINO (s. XI).- Era un griego que anduvo por el sur de Italia, la Puglia, con una cruz colgada del cuello y gritando «Kyrie eleison». La gente le seguía, repitiendo el grito. Lo tomaron por loco y le trataron de tal. Murió en Trabi, a los 19 años. Pero fueron tantos los milagros y prodigios acaecidos junto a su tumba que a los cuatro años, en 1098, fue canonizado. No está mal recordarlo a quienes se quejan de las beatificaciones rápidas (2 junio).

COLUMBANO (s. VI).- Es el más célebre de los santos irlandeses después de san Patricio. La vigilia de Pentecostés del 563 desembarcó con doce compañeros en la isla de lona,, una de las Hébridas, y fundó uno de los más famosos monasterios de la historia, foco de irradiación cristiana durante siglos. Su sucesor el abad Adamnan pudo decir de él. «Era amable con todos» (9 junio).

JOSÉ CAFASSO (s. XIX).- Nació en Castelnuovo d'Asti. Sacerdote a los 22 años. Profesor de moral a los 27. En Turín fue una institución en el colegio eclesiástico que rigió hasta el final de su vida, y en la ciudad como extraordinario confesor de gente ordinaria y extraordinaria (22 junio).

ARGIMIRO (s. IX).- Nació en Cabra, cerca de Córdoba. Musulmán bien situado en el gobierno de la ciudad, no acumuló muchos trienios. Un buen día se hizo cristiano, dejándolo todo. «No se sigue porque se deja, se deja porque se sigue». Naturalmente a no pocos de sus antiguos colegas aquello les sentó muy mal. Confesó a Cristo públicamente. Y fue decapitado (28 junio).

PEDRO DE LUXEMBURGO (s.XIV).- Obispo de Metz a los 14 años. A los 16 fue creado cardenal. Murió a los 18 años, «después de una vida santa, que parecía destinada a grandes cosas». Ahora le calificarían de «malogrado». ¿Según que criterio? Podría ser patrono de las vocaciones de primera hora (4 julio).

JUAN PLESSINGTON (s.XVIII)-. Es tudió en Valladolid. Había nacido en Dimples, cerca de Garstang en Lancashire. Es uno de los cuarenta mártires de Inglaterra y de Gales, beatificados en 1929 y canonizados en 1970. Otros muchos de su promoción» se llamaban con el mismo nombre: Juan Houghton, Juan Jones, Juan Kemble, Juan Payne, Juan Rigby, Juan Roberts, Juan Southworth, Juan Stone. Juan Wall. Realmente un derroche de santidad y de juaneidad (19 julio).

GUILLERMO PINCHÓN (s. XIII).- Nació en Bretaña. Al poco tiempo de recibir el presbiterado con el oficio y beneficio de canónigo le hicieron obispo. Para «ejercerlo» en el destierro, soportando innumerables sufrimientos por defenderlos derechos de los hijos de Dios. Otra vez la historia se repite (29 julio).

ALFONSO MARÍA DE LIGUORI (s. XVIII).- Napolitano, abogado, sacerdote. Maestro en teología moral. Por obediencia aceptó ser obispo de Sant'Agata dei Goti. Oficio que desempeñó escrupulosamente durante trece años. Maestro ejemplar al renunciar en 1775, para vivir como uno más entre los miembros de la congregación que había fundado, los redentoristas (1 agosto).

DOMINGO DE GUZMÁN (s. XIII).- «Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba incesantemente, de tal modo que casi las sabía de memoria». Nació en Caleruega. Combatió la herejía albigense. Fundó la Orden de Predicadores. Murió en Bolonia a los 51 años (8 agosto).

BEATRIZ DA SILVA MENESES (s. XV).- Nació en Portugal, pero pronto, a los 20 años, dejó su tierra. Vino acompañando a la princesa Isabel de Portugal. Sin previo aviso, ingresó en un convento de Toledo. Para fundar con el tiempo las concepcionistas, bajo la regla benedictina. Al morir ella, el cardenal Cisneros las trasplantó a la regla de santa Clara. Beatriz da Silva Meneses sonrió desde el cielo, convencida de que todo lo que asciende, converge (16 agosto).

Jorge Sans Vila


302 Buscar quién es uno, es buscar quién debe ser uno. Los santos nos muestran el camino. Cada uno de ellos es como una especie de guía, que debe enseñarnos a seguir nuestro propio camino, más que el suyo. Es éste el único medio de ser fieles a lo que ellos nos enseñan. Ninguna existencia puede ser recomenzada. Ninguna existencia es una existencia de imitación. El papel de los santos es mostrarnos lo que cada uno de nosotros puede hacer por sí mismo.— L. Lavelle