DICCIONARIO MONÁSTICO volver al menú



     El lector hallará a continuación unas muestras de lo que va a ser en breve, y naturalmente más extenso, un diccionario, en el cual por orden comúnmente alfabético, se explicarán, de una manera práctica y sencilla los temas más [y algunos entre los menos] importantes sobre un monasterio, los monjes y monjas, sus actividades, el marco donde habitan (con detalles de arquitectura y jardinería entre otros), sus ideales espirituales, las dificultades de la vida monástica....
    Se procura que las definiciones no sean los tópicos al uso, los convencionalismos chatos por, los que resbala la atención, sino que tengan realismo Esto obliga, a veces a enfocar los temas desde ángulos más bien laterales. Para decirlo con una metáfora de gusto inglés, se trata de un diccionario «informal» o, más inglés todavía, «casual».
     Como complemento a esta primera entrega de 13 palabras, tres reflexiones más amplias.


ABAD

     Es un empleado de Dios y representa a Cristo. Puede representarlo bien, regular o mal. Es imposible que un abad sea un 10/10 en este punto. Hay que saber comprenderlo.
     No es la conciencia del monje. Puede ser el director de orquesta y puede no serlo, por ejemplo porque delega mucho en el prior. Ser consejero espiritual —que es su función especifica— el abad tiene que ganárselo.
     Puede tener el poder sin tener la autoridad. Y es la autoridad lo que vale. Autoridad, palabra que se relaciona con autor.... El abad tendrá autoridad en la medida en que sea autor, creador.
     De todos modos, quien principalmente aconseja y dirige a los monjes es el Invisible. A él han de abandonarse. Obedecer al abad o a la abadesa es necesario, pero a fin de obedecer más a Dios. A fin de empobrecerse más de uno mismo y que Dios le maneje a uno más como él quiera. Por eso san Benito dice que los monjes han de obedecer no solo al abad sino también a los hermanos: es decir, han de servirse mutuamente. No deben pertenecerse, vamos.
     Si están siempre disponibles, los monjes están en manos del Espíritu, el Soplo que no se sabe de dónde viene ni a dónde va Pero saberlo ¿que importa? Lo importante es que él nos lleva. Para ello hay que ir ligero de equipaje de esclavitudes.

CIELO

     Anhelo de los monjes. Pero el cielo de corderitos y nubecillas no ha existido nunca. Tampoco existe el cielo-felicidad-para-mí Y no existirá jamás el cielo para quien no comienza a practicarlo aquí.
     El cielo de Dios es el amor-donación, la generosidad, el desprendimiento, la entrega, ser pobre y alegre, libre del peso de las pasiones, desligado y disponible para todo: feliz de estar jugando ante Dios que nos mira; contento de saber que Dios es feliz.
     Mejor y más breve: el cielo es amar a Dios gratuitamente. Y eso, o empieza aquí o no empieza jamás. Es eso lo que querían decir los teólogos medievales cuando afirmaban que «la vida de la gracia es la vida eterna comenzada»
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CIPRÉS

     Árbol de la familia de las cupresáceas, de 15 a 20 metros de altura. Tiene mala fama porque suele estar en los cementerios.
     Pero es un árbol erecto, callado y pensativo, que se halla también en casi todos los monasterios. Y en Asís, la pequeña ciudad suspendida de la misericordia de Dios, parece ser que el más prevenido en contra se convierte en admirador de este árbol silencioso y discretamente elegante que apunta al cielo.

CLAUSTRO

     Espacio más o menos cuadrado o rectangular, ordinariamente con un jardín de cipreses, arbustos y plantas que a su debido tiempo florecen, rodeado de galerías cubiertas, con arcadas abiertas al patio central descubierto.
     Entrar en un claustro produce una sensación de descanso y dilatación del animo La idea de claustro se remonta como mínimo al patio de la casa helenística y condensa muchos siglos de convivencia Pero en la casa helenística, las columnas que comunican las galerías con el patio central llegan hasta el suelo, es decir, están pensadas para el encuentro y la reunión en el patio, cuando convenga.
     En los claustros monásticos, hay accesos desde las galerías al centro, pero limitados: no esta prevista la conversación al aire libre en el centro; ni tampoco en las galerías Al centro se accede —o uno lo mira por los ventanales de las galerías— como un lugar de luz y color, pero no de conversación El silencio es importante en el monasterio.
     Como sirve de centro de comunicación de todo el monasterio y por él se llega a la iglesia, a la sala capitular, al comedor y al dormitorio, el claustro indica por sí mismo una vida comunitaria.

CONVIVENCIA

     Asunto difícil y fundamental, tanto en una empresa como en una familia o en una comunidad monástica. Pero en un monasterio hay que afinar más aun. Para ello hay dos frases de san Juan de !a Cruz que un monje o una monja han de tener grabadas en grandes letras en la celda de su memori
    La primera se refiere al trato con los miembros de la comunidad que le resultan instintivamente antipáticos, desagradables o que son ariscos La frase es esta: «Y donde no hay amor, pon amor y sacarás amor».
     La otra sirve para integrar todo aquello que en la convivencia nos hace sufrir, y es:«Dios nos ha puesto en la vida religiosa para que nos amoláramos». Si no llegamos a dejarnos moler hasta convertirnos en harina de arroz no habremos alcanzado los fines que Dios se propuso al hacernos entrar en la vida religiosa, no habremos dejado que Dios sea totalmente nuestro dueño. Lo cual no quita que podamos defendernos, cuando convenga, con serenidad y sin devolver herida por herida. Pero los santos lo aprovechaban todo para asemejarse a Cristo, despreciado y condenado injustamente
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DIOS

     Recibe siempre enseguida a quien desea hablar con él. Características personales escucha a todos al momento: posee el privilegio de estar entero con cada uno: la simultaneidad de interlocutores no le priva de estar para cada uno como si sólo el existiera.
     Escucha atenta y reposadamente, aunque su Hijo nos aconsejó que no fuéramos pelmazos al hablarle y no hiciéramos peroratas, porque lo entiende todo al momento y antes de que abramos la boca. Habla muy pocas veces, porque lo dijo ya casi todo en unos libritos escritos hace casi dos mil años que aclaraban otros más antiguos. Pero habla por dentro sin palabras, para hacernos comprender cada vez más estos libritos.
     Al pedirle algo, no hay que ponerle condiciones de fecha ni de forma, sino dejarle hacer cuando él quiera y como quiera. Actúa con gran eficacia (aunque a veces a largo plazo) y responde incluso particularmente a través de la lectura de los libritos mencionados, de las circunstancias de la vida diaria y de las personas, a veces las mas impensadas.
     Si uno quiere recibir lo que le pide, ha de pedirle lo que él ha prometido. Eso sí que es a largo plazo, pero en el sentido de que es gradual, porque es muy completo y. por descontado, mucho mejor que lo concreto que uno pueda pedirle. Lo que él ha prometido y quiere dar contiene eso y más.
     Es «persona» razonable.

HORARIO

     En el monasterio, es estricto y muy reglamentado. Sin embargo, los huéspedes experimentan que aquí, gracias a eso y a los amplios espacios, el tiempo es de otra naturaleza, tiene una densidad especial, y que la rigidez horaria, en lugar de agobiar, hace que el día cunda muchísimo, incomparablemente más que en la ciudad, donde se va de las manos. Por eso un huésped decía a otro después de pasar tres días en un monasterio medieval: «Esta es una vida superior». Y no se refería directamente a lo sobrenatural.
     Los monjes tratan de ser puntuales a todos los actos litúrgicos, al desayuno, la comida, la cena y la recreación cuando la hay, porque todos esos son actos comunitarios.
     A pesar de que por todo ello tienen que ser puntuales unas nueve veces al día, no se sienten agobiados ni constreñidos: viven la reglamentación de la jornada con holgura, porque lo que hacen en las horas de trabajo, lectura u oración personal lo hacen, en la medida de lo posible, sin nerviosismos, como quien juega. El monasterio es un mundo de una seriedad de tipo muy especial: todo va en serio pero todo es gratuito, ya que nada hace (o nada debe hacer) un monje para triunfar en la vida, tener éxito, exhibirse, ganar dinero...
     Los monjes ni siquiera tienen —ordinariamente— que apresurarse para ser puntuales. Un monje o una monja pueden ponerse nerviosos., sentirse inquietos o turbados, pero esos son defectos más bien excepcionales y, en cualquier caso, todo en la vida monástica tiende a que, con la experiencia, estas cosas se superen. En los monasterios es desconocida la prisa (con excepciones, claro está, puesto que los monjes de verdad no son de retablo gótico).
     Cuando los monjes se acusaban cada semana públicamente de sus faltas en el llamado capitulo de culpas, los jóvenes tenían que decir con frecuencia: «Cucurri per claustrum» (He corrido por el claustro). Correr es una falta en la cual los jóvenes caen fácilmente. Los años le llevan a uno a la calma. Y la calma (que no es exclusiva de los monjes, claro) es una cosa muy sabia.

JESUCRISTO

     Personalidad a la cual el monje o la monja pretende reproducir. El empeño es fascinante porque no tiene fin y cada vez avanza uno (con retrocesos o parones pasajeros, claro) por parajes nuevos.
     Reproducir la personalidad de Jesucristo quiere decir que el éxito es, para un monje, llevar con alegría el peso de la jornada, servir a los demás, llevar la cruz, recibir como si nada las vejaciones injustas sí vienen, ser mal considerado indebidamente y continuar con la alegría en el corazón.

MONASTERIO I

     Sanatorio espiritual.
     Esta lacónica definición no es pobre: es condensada.
     Quien repase el comienzo de la Regla de san Benito verá que no fue escrita para santos sino para pecadores: para los desobedientes a Dios que quieren volver a él por el camino de la obediencia, que es obra de toda la vida. Así, el monasterio es un sanatorio donde los pecadores pueden irse curando.

MONASTERIO II

     Lo que debe hacerse el monje en su corazón, para adorar allí en secreto a Dios.
    Recomendable también para quienes no son monjes, para usarlo cuando van en metro. O cuando interrumpen su trabajo de vez en cuando ex profeso para ello. En el monasterio interior se adora a Dios, sin ninguna otra motivación. Pero, de rechazo, se recobran fuerzas.

NORMAS

     El abad de Ampleforth, ahora cardenal, Basil Hume, decía a los novicios que dar normas generales era comodísimo para el superior, pero que no respondía en absoluto al espíritu benedictino.
     Según este espíritu, el «multorum servire moribus» de la Regla de san Benito significa que cada monje es un caso particular y que el abad ha de tratarlo como un médico trata en forma diferente a cada uno de sus pacientes (los médicos dicen hoy que no hay enfermedades sino enfermos). Lo cual no quiere decir que la comunidad tenga que ser, en las cosas comunes, una colección de excepciones. Aunque en parte sí.

RESFRIARSE

      Les ocurre también a los monjes y monjas, especialmente en invierno. Si la avería es grave, puede obligar a uno a guardar celda y cama tres o cuatro días, porque los monasterios suelen ser fríos. Esto permite, si la cabeza no está turbia, leer algún bello libro más, de esos que están entre la literatura y la espiritualidad, como «Cautivado por la alegría» de C. S. Lewis (que es la historia muy inglesa, de la conversión de este medievalista). O incluso una novela policíaca. Si a veces el estado de la mente de uno no le permite rezar el Oficio, siempre puede ir rezando algunos rosarios Rezar el rosario no es ningún pecado.
      Estar en cama tres o cuatro días tonifica Y si el que está fuertemente resfriado no intenta cortar violentamente su estado con fármacos, sino solo irlo acompañando suavemente con ellos, los tejidos se renuevan y sale de su estado rejuvenecido.

SENTIDO

     Antes que de pan, el hombre tiene necesidad de sentido. Y cuanto más una vida tenga unidad de sentido, más es una vida. Lo que da sentido a la vida de los monjes no es la Regla ni las Constituciones: es Jesucristo.
     Nada hacer sino porque lo hacía Jesucristo. Hacerlo por amor suyo, para asemejarse a el, para transfigurarse en él y pasar a ser él.
     La oración de la noche, como él la hacía, abandonándose al Padre. El alimento, sobrio, como él lo tomaría en Nazaret. Barrer, porque él hacia trabajos humildes en Nazaret... Así, todo tiene, para el monje, un único y fascinante sentido. Alegría de pasar a ser Cristo.

SILENCIO

     No es una virtud: la virtud es la palabra correcta y oportuna. Pero el silencio puede ser un ejercicio de ascética y una forma de respetar la paz de los demás. Si vale, es por esto y por lo que vale la palabra, interior o exterior, que el silencioso elabora y afina gracias al silencio. Y que pronuncia en el momento adecuado.
     Sea como sea, en el monasterio el silencio es importante: las ciudades modernas —y no digamos las discotecas—- crean una generación de frenéticos y sordos.
     Lo primero que nota un huésped que penetra en un monasterio viniendo de una gran ciudad es la densidad profunda del silencio
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HISTORIA Y LEYENDA

     Si en algún caso la leyenda ha sido certera con la psicología de un personaje, es en el del apóstol Pedro. Pedro fue siempre de una generosidad fogosa para ofrecerse, en su entusiasmo y su amor por Jesucristo, pero luego, frecuentemente, de una notable cobardía en el momento de la acción: retrocedía, a veces gravemente, perdía la estabilidad... Finalmente, cuando se le abrían los ojos del alma y veía las dimensiones de su falta, por grave que fuera ésta, su confianza en el Maestro y su deseo de estar con él eran tales que acudía a su lado enseguida, con sus sucias manos, en demanda de perdón.
      Una vez dijo que estaba dispuesto a morir con el Señor, pero al amanecer, antes de que cantara el gallo, le había negado tres veces para no correr la misma suerte que él. Terrible. Pero, cuando oyó el gallo, se acordó de lo que Cristo le había profetizado y. saliendo fuera del patio donde estaba, lloró amargamente.
      Gran flaqueza la de Pedro. Gran corazón el de Pedro. ¡Cuán humano! En Antioquía, por debilidad frente a los judeocristianos, cumplía con la ley judaica que el Señor había anulado y obligaba a los cristianos procedentes de fuera del judaísmo a judaizar. Pablo tuvo que enfrentarse con él y reprenderle vivamente. (Pablo, quien, por cierto. cuando le pareció conveniente. hizo circuncidar a Timoteo).
     Son algunos de los rasgos de la historia auténtica de Pedro. ¿Y la leyenda? La leyenda nos cuenta que, cuando la persecución de Nerón, el supremo apóstol huyó de Roma: en el camino encontró a Cristo que iba a la ciudad. :«¿Dónde vais. Señor?», le preguntó Pedro «A Roma, a morir otra vez por ti y en tu lugar», le contestó Cristo. Avergonzado y arrepentido, Pedro regreso a la ciudad. Allí fue martirizado. Y la leyenda añade un rasgo de gran belleza: al ser clavado en una cruz, Pedro, con generosa —¡y cuán emotiva!— humildad, pidió que le pudieran cabeza abajo, porque no era digno —dijo— de morir del mismo modo que su Señor.
     Aquí es el caso de recordar una vez mas la famosa observación de Chesterton: cuando Pedro estuvo cabeza abajo, entonces vio el mundo tal corno es en realidad: las nubes como montañas, las estrellas como flores y los hombres colgando, cabeza abajo, de la misericordia de Dios Ese es Pedro, el que se entristeció cuando, por tercera vez, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, le dijo, tú lo sabes todo: ¡tú sabes que te amo!».
      Ese es Pedro, lleno de flaquezas, pero lleno de confianza Esa es la piedra sobre la cual Jesucristo edificó la piedra de la honradez, del reconocimiento franco de los pecados, la piedra de la confianza sin limites en la misericordia de un Maestro que es capaz de perdonarlo todo, la piedra que sabe que todos pendemos, como cabeza abato, de la misericordia de Dios que lo sostiene todo.
     Sobre esta convicción de la misericordia divina superior a nuestras flaquezas está edificada la Iglesia, aunque seamos contradictorios, mediocres y autoritarios los que, en algún grado, representamos en ella a persona de Cristo. Quien desconozca que la misericordia es la esencia de la Iglesia no ha dado con el misterio cristiano. Los medios de comunicación ponen frecuentemente en primera línea aspectos espectaculares de la Iglesia. Mucho cuidado: la obra de Cristo está más presente en ese sacerdote pobremente vestido que, en el confesionario de una pequeña iglesia, da la absolución a un penitente anónimo, que en los elementos, a veces operísticos (la ópera es, sin embargo, muy interesante), de la Iglesia. Todo es, seguramente, necesario. Pero no todo es igualmente estimulante para todos: y no todo está en el mismo plano. No es cierto que la verdadera Iglesia sea invisible. Pero es cierto que lo más verdadero de la Iglesia es invisible.


OTOÑO Y DECADENCIA

     Septiembre ha sido accidentado en los parajes del monasterio. Muy caluroso hasta casi octubre, después llovió. La tierra y el alma lo necesitaban. Todo ha agradecido aquí la lluvia. Uno se ha sentido libre y ligero, y la atmósfera se ha limpiado.
     Estamos ya en la espera definida del otoño. Cronológicamente han pasado, cuando escribo, más de ocho días ya del equinoccio. Pero no abundan aún los amarillentos y los amarillos claros y son pocos los marrones y los pardos del otoño en el paisaje, aunque hay ya un poco de todo.
     Una yedra que se encarama por uno de los muros interiores presenta muchas de sus hojas con una parte de su superficie color amarillo blancuzco, sí. Pero los fresnos del torrente que discurre por la clausura contra la muralla almenada del siglo XVI, tienen todavía todo su follaje intacto, aunque el verde ha perdido su brillo y, al contemplarlos, uno tiene la impresión de que están pasmados, heridos ya por dentro.
     El gran chopo del paseo, situado junto al recinto interior, tiene sus hojas ya de un verde desvaído y presenta una pequeña herida dorada en el flanco. Este gran árbol, ya un poco envejecido, ayer, a las cinco de la tarde, se estremecía de gozo voluptuoso y de frescor, moviéndose en un viento no muy fuerte que le transfiguraba como en un ser viviente. Parecía reírse y agitarse juvenil y feliz, como si el aire le hiciera amorosas cosquillas.
     Por los alrededores de Poblet, el follaje verde de los plátanos ha palidecido un poco y tiene ya muchas hojas amarillentas y aún parduzcas.
     En la cuneta de la carretera que va a Les Masies donde los he contemplado hoy en un paseo matinal, hay ya bastantes hojas caídas Pero no ha comenzado todavía el avance completo de hojas doradas y amarillas en los distintos tonos, como ocurre en la plenitud desmayada del otoño antes de que muera en una sequedad pardusca y con muchos de los árboles apuntando ya al esquema invernal y desolado de tronco y ramas desnudas.
     Estamos a la espera y solo un poco en la entrada del otoño: las estaciones no comienzan a fecha fija, van entregando datos, elementos..., después se retiran preparándose para volver con más energía y regresan una y otra vez hasta que se imponen. Como las olas que, en la playa se tienden suavemente sobre la arena y luego se recogen, una tras otra, igual que si prepararan la llegada de otra ola mayor, pero también suave, que las cubriera y unificara todas amorosamente Así la entrada de las estaciones.
     Pero tenemos ya una importante certeza que convierte la espera en esperanza. La certeza de que eso que llamamos el otoño y que es una mezcla de vida y de muerte de la naturaleza, con cambios de tonos en el color, de intensidad en los olores, de cualidad en el silencio y en los ruidos del campo, va empezando poco a poco.
     Recuerdo un otoño pleno lejos de aquí en Londres, hace más de quince años. En viajes anteriores, y en aquél durante unas semanas, yo había contemplado la belleza de los parques. Pero ningún día pude verlos tan gratos como en el de mi partida, en pleno mes de octubre. Me habían hospedado unos amigos judíos en su casa, cercana a la estación de East Finchley. El vuelo era hacia mediodía. La distancia hasta la estación de autobuses para Heathrow era grande y el taxi pasó junto a bellísimos parques. Regent's Park. Hyde Park... estaban en su momento más dorado. ¡Qué encanto! Uno no experimentaba ninguna nostalgia, ninguna tristeza ante lo que el otoño tiene de decadencia, al contrario. Sentía la emoción tierna por lo que la decadencia en sus inicios tiene de suprema belleza. Nunca había experimentado y nunca experimenté después con tanta fuerza ese encanto del otoño.
     Aquellos parques que en primavera y en verano tienen sus verdes húmedos tan bellos, con sus distintos tonos y sus zonas de luz y de sombra que levantan y entonan el alma a la vez que la serenan; aquellos parques que fueron los lugares de caza de los antiguos reyes ingleses, aquel día de octubre, subrayado quizá por la partida, encantaban el alma con sus delicias más sutiles.
    Otoño, en sus inicios, como lo vivimos aquí ahora, no es una decadencia todavía. Las decadencias son más bellas.
    Otoño ahora es sólo el momento en el cual ceden las tensiones del verano y los nervios abandonan su estado de alerta para entrar en un descanso agradecido, lleno de colores suaves y temperaturas agradables. Este momento del otoño le permite al alma tener sus dimensiones propias, sin necesidad de ponerse tensa o encogida para defenderse contra nada: ni la dureza del frío ni la servidumbre del calor.
     Otoño es la libertad interior, pacifica blanda, ociosa. Pero cuando el otoño, afinados ya todos sus instrumentos y, luego de unos momentos de silencio, comienza su gran obertura es la más maravillosa de las decadencias. Y las decadencias producen frecuentemente los logros mas exquisitos Una vez escribí a una sobrina mía una postal con una figura modernista. Romántico irredento, comencé: «De la décadence avant toute chose». Sabía que le gustaría. ¡Oh, maravilla de las decadencias!


EL PAISAJE

     Hace tiempo que no he hablado aquí del paisaje que se ve desde mi celda del monasterio, pero es que en invierno los árboles están despojados de follaje y permanecen casi como puros esqueletos. Además, hace unos meses, se suprimieron una notable cantidad de esos grandes personajes mudos, sacrificio duro pero temporal y necesario al parecer para canalizar el torrente, ya que cuando se desbordó hace unos años, inundó parte de la viña y derribó algo de la muralla del siglo XVII.
      Para que no volviera a suceder, se pidió un dictamen técnico, cuya conclusión fue el degüello de una cierta cantidad de los árboles y hacer, en algunos puntos, un pequeño murete de piedra… Ahora, entre que los grandes árboles son menos y que están descarnados, contemplar el paisaje oriental resulta más bien ingrato. Y, sin embargo, mirado atentamente, tiene su interés también. Primeramente, el gran fresno protagonista que mencioné en otros artículos, aunque resiste, está reducido a sus huesos y no se ve más que su vergonzosa vejez. Tiene el aire de un viejo extravagante que hubiera quedado paralizado en un momento de su gesticulación estrambótica.
     Pero, en su conjunto, esta parte del paisaje tiene ahora también su encanto. En el fondo, detrás de los árboles y contra el cielo se ve un gran trozo de la muralla del siglo XVII y los colores del conjunto de muro y árboles, gris y ocre de diversos grados, tiene también su belleza. Los grandes árboles, desnudos, perdieron con el follaje su grandeza solemne; sólo quedan sus huesos como grandes armatostes. Extravagantes y retorcidos como están, tienen su peculiar expresividad. Recuerdan algo de aquellos grabados patéticos de Grünewald entre cuyas figuras está la muerte. Detrás, delante, encima y debajo del gran follaje estaban escondidos los personajes de esa escena que cubrían sus majestuosos follajes. Ahora, escuetos como están los árboles, producen escalofríos. Pero, enmarcado por mi ventana, el conjunto tiene su fuerza: superpuestos, muralla reseca y troncos desnudos parecen haber sido dispuestos así a propósito, para mostrar otro aspecto del proceso cambiante. Aunque ahora los árboles dan la impresión de ser artificios metálicos sin pintar, no vegetales.
     Es casi imposible creer que, debajo de la tierra, algo de la humedad de las grandes lluvias de este año rejuvenece secretamente sus raíces, y que pronto van a aparecer los primeros brotes nuevos. Todo trabaja ahora secretamente bajo tierra. Es solamente cuestión de esperar unos días. En alguno de esos mudos personajes ya apuntan, casi invisibles, los primeros nuevos brotes.

Agustín Altisent

292-293 Esta hoja vocacional se publicó en 1991. Pero el diccionario monástico que iba a aparecer «en breve», nunca llegó a editarse. Como complemento a «Otoño y decadencia» va «El paisaje», artículo póstumo del P. Agustín Altisent, fallecido el 20 de abril de 2004, publicado en «La Vanguardia» (22.04.2004).- J.S.V.