¿PARA QUÉ SIRVEN LOS SACERDOTES? volver al menú
 



      La pregunta puede ir envuelta en un tono despectivo, dando por supuesto que no sirven para nada. Otras veces es menos negativa: equivale a un cuestionamiento leal por saber qué papel le corresponde al sacerdote en un mundo como el nuestro. Y más de una vez encierra un tímido, casi imperceptible ofrecimiento: si supiera que me necesitan...
      En agosto pasado, mientras estaba releyendo —de hecho lo leía por tercera vez, bolígrafo en mano— un «diario» escrito por el Padre A. M. Carré, vino un muchacho. En realidad venía buscando a un compañero mío que estaba de vacaciones. Como el calor apretaba, le invité a tomar un refresco. Mientras, hablamos de todo. Al tener a mano el libro, le leí algunos párrafos que me habían llamado la atención.
     Ha vuelto. Y me ha preguntado si no iba a traducir el libro aquel «porque lo que me leyó me dio que pensar, nunca se me había ocurrido que existiesen aspectos así en la vida de los sacerdotes».
      No, no voy a traducir el libro. Pero ¿por qué no espigar para los lectores de esta publicación vocacional algunas reflexiones del buen dominico francés?
      El diario va de 1970 a 1987. Se titula «Je n'aimerai jamais assez» (Nunca amaré bastante). Estos «días» ayudan a descubrir aspectos insospechados, a entender mejor para qué sirven los sacerdotes.

J. S. V.



domingo


     Me llamaron por teléfono, pidiendo que fuera a administrar los últimos sacramentos a una mujer que estaba agonizando. El capellán del hospital no había podido ir todavía.
     Confieso que sentí cierta ansiedad, porque no sabía nada de aquella persona.
     Al entrar en la sala, ocupada por unas diez enfermas, se hizo un silencio. Un silencio que inmediatamente comprendí estaba cargado de antipatía. Tuve que hacer un auténtico esfuerzo para pronunciar el nombre de la enferma que buscaba. Me la señalaron con un gesto. Estaba en coma.
     Volviéndome a sus compañeras, les expliqué que, incluso en una situación así, el sacerdote puede administrar la unción de los enfermos, y les pregunté si tenían algún inconveniente en que cumpliera con mi ministerio. Creo que esta pregunta, inspirada por el Espíritu, hizo que cesara la tirantez reinante. Todas hicieron ademán de que estaban de acuerdo. Incluso una, a media voz, comentó que si aquella mujer era católica había que respetar su conciencia.
     Empecé con la lectura del conocido texto de Santiago: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo», escuchado en un clima de recogimiento.
     Al salir todas me saludaron cordialmente.
     Nunca he presumido de valiente. Mientras abandonaba la sala, tranquilo ya, les di las gracias.

lunes

     Dios nos utiliza. Qué alegría, cuando nos damos cuenta. Una señora rusa, ya anciana, se encontró en tal estado de indigencia que no tenía de qué comer. Habría podido recurrir a sus vecinas, pero su orgullo se lo impedía. Decidió suicidarse. Antes de tomar el vaso en el que había echado un puñado de comprimidos, rezó una oración a la Virgen María. Se dio cuenta entonces que funcionaba su transistor. Prestó atención a la voz que la envolvía: estaban retransmitiendo una de mis conferencias de Nôtre Dame en París.
     No sé qué frase le llegaría al corazón, no lo sé. Pero, renunciando a lo que había proyectado, tuvo el valor de salir a pedir ayuda.
     Días después recibí una carta en la que me contaba lo sucedido. Añadía que no sabía por qué me contaba todo aquello, ya que daba por supuesto que no le respondería.
     En efecto, a una confesión como ésta no se responde. Se va a ver a quien tuvo la franqueza de escribirte. Le dije que irían a visitarla unos amigos míos. Deseosos de que les contara su vida, sus años felices.
     Mucho tiempo después, la anciana tuvo una muerte muy serena.
     Ser utilizados por Dios es comprobar que él siempre camina por delante de nosotros.

martes

     Vengo de celebrar un bautizo. Durante la ceremonia disfruto siempre al hacer sobre los oídos y los labios del recién nacido, o del adulto, el gesto de Cristo: «iÁbrete!».
     Dado que el sordomudo no habló hasta no estar curado de su sordera, con frecuencia una vez terminada la ceremonia rezo así: «Señor, haz que te oiga para que pueda hablarte. Señor, haz que oiga a los otros para que encuentre palabras para anunciarte». Y añado: «Pero haz otro milagro: concédeme también la gracia de estar sordo para todo lo que pueda alejarme de ti, de estar mudo cuando lo que esté a punto de decir sea para mi y no para ti».

sábado

     Cuando predico me sucede algo curioso. El padre Sertillanges nos aconsejaba anotar después las ideas que se nos ocurriesen durante la improvisación. Durante mucho tiempo seguí su consejo.
     Actualmente me siento incapaz. Si me separo mucho del texto preparado —cosa que sucede casi siempre— luego no me acuerdo ya de lo que he dicho.
     Quizá sea porque mi memoria se debilita, quizá. Pero es una explicación que no me convence del todo. He notado recientemente que cuando se logra una comunión profunda con el auditorio se siente la necesidad que tiene de compasión o de exigencia. Y el Espíritu santo sugiere la respuesta. Este diálogo misterioso puede no dejar huella en quien habla. El Espíritu nos utiliza, y no tenemos por qué tomar nota de sus intervenciones, para aprovecharlas en otra ocasión.
     Esto ya lo había experimentado a lo largo de mi vida. Pero nunca con tanta intensidad como ahora. ¿Me atreveré a afirmar que cada vez es más cierto que toda cita con un auditorio es antes una cita con Dios? ¿Que lo que sucede entonces brota de lo secreto del amor? Ojalá fuera verdad.

lunes

     Hacía tiempo que no participaba en una ordenación sacerdotal. El 30 de junio se ordenaron dos dominicos en nuestra iglesia de la Anunciación.
     Esperaba de la ceremonia un afianzamiento en mi sacerdocio. Y no es lo que experimenté. Asistí, con gran número de dominicos, por los dos diáconos que se ordenaban, no por mí.
     El afianzamiento me viene diariamente a través de mi ministerio. Es la gente la que, de mil maneras, a veces paradójicas, nos «hace» sacerdotes.

viernes

     «La Croix» del 6 de julio publicó una entrevista con un antiguo ingeniero que se había hecho franciscano. El título «Mi vocación es ser feliz» me llamó la atención. Hasta hace poco hubiese sido difícil proclamar lo. ¿A quién le habrían tomado en serio —en el momento de entrar en el noviciado, por ejemplo— si hubiese hablado de algo que no fuera renuncia? «Mi vocación es ser feliz». No se refería a una felicidad egoísta, sino a adentrarse en la alegría misma de Dios y compartirla con todos los hombres, sobre todo los pequeños, los excluidos, los que aguardan en la angustia y las privaciones el reino de las bienaventuranzas.

sábado

     Con frecuencia recuerdo la reflexión del cardenal Veuillot, en su lecho de muerte, invitando a los sacerdotes a guardar silencio ante el sufrimiento.
     En efecto, hablamos muy mal. Pero el silencio no siempre es posible. Cuando un coche atropelló mortalmente a un sobrino del obispo de Lausanne, el cardenal Journet le dijo a la madre del muchacho estas palabras llenas de respeto y de verdad: «Lo que Dios le pide, no es que diga sí, sino que, de momento, no diga no».

domingo

     De una carta recibida el martes pasado: «Gracias por su visita. Gracias por haberme absuelto de mis pecados, por haberme dado la eucaristía. Ha sido un gran bien para mi conciencia profunda, la que muchos ignoran que exista...».

miércoles

     Abro al azar el libro «Notes intimes» de Marie Nóel. Y me impresiona la evocación que hace de sus encuentros con el padre Bremond. Repetidas veces trata ella de introducirle «en los lugares sombríos» de su alma. Pero el padre parecía no querer seguirla. Prefería entretenerse con otras cosas. ¿Qué cosas? «Me hizo el maravilloso regalo de descubrirme la felicidad que tenía en mi alma y que yo desconocía».
     Hay personas que, habiendo entrado en mi despacho con el pañuelo en la mano y llorando a mares, han salido con una sonrisa. Durante la entrevista, sin duda era el Espíritu santo el que me inspiraba las palabras que hacían que en ese pozo de angustia de repente apareciera una zona luminosa.
     Atento a los secretos de Dios, el padre Bremond actuó como un zahorí. Pero esto no se improvisa. Hace falta un agudo sentido sobrenatural para ayudar a un ser a ahondar en lo más profundo de sí mismo, allí donde sólo puede existir la alegría del Reino.

sábado

     Al celebrar la eucaristía muchas veces revivo los minutos que viví en Jerusalén en 1939, en la capilla del Calvario.
     Al final de la misa quedé como paralizado: trazar la señal de la cruz sobre los fieles que me rodeaban, en aquel sitio donde se levantó la Cruz, me pareció un gesto imposible. Dudé unos instantes: no podía levantar los brazos.
     Recordé después —y lo recuerdo cada vez que esta escena viene a mi memoria-—que mis manos han sido consagradas para bendecir. No se trata de mí, de mi indignidad. Es el Señor quien, por medio de su sacerdote, anuncia al mundo la victoria sobre la muerte.

A. M. CARRÉ


274 El sacerdote que no quiera limitarse a ser un funcionario experimenta tantas miserias que le confían, tantas crisis de familias que se apoyan en su sacerdocio... Virgen María, aleja de mí la tentación de la huida, el temor a recibir a tantas personas, a escuchar sus quejas. Tengo miedo de contagiarme de su rebeldía, miedo de no saber qué responder.- A.M. CARRÉ