SÓLO UN PASO volver al menú

 

     Lo bueno de un monasterio no son tanto las piedras, por muy artísticas que sean, cuanto las piedras vivas, los monjes. Ellos, maestros de oración, hablan de ella con luminosa sencillez. De oración y perseverancia.
    
Agustín Altisent, monje de Poblet, es conocido ya por los lectores de esta publicación vocacional, por sus colaboraciones: «7 días de un monje» (132.159), «La vida monástica, ¿vale la pena?» (193), «Sobre la libertad» (217)... Esta vez habla de la oración.

J. S. V.


¿Cómo rezar los salmos?

      Cuando ingresé en el monasterio de Poblet hace más de cuarenta años, tuve como maestro de novicios a un monje esloveno que era todo un santo.
      Este monje (que murió hace pocos años en su país siendo abad de su monasterio de Sticna) nos decía que había dos maneras de rezar o cantar en el coro. Una era seguir atentamente la letra de lo que se rezaba; la otra consistía en prestar atención general a Dios y recitar o cantar abandonándose a Él sin resistencia y como a ciegas.
     Con el poco latín que yo sabía entonces y con la traducción de San Jerónimo, a quien Dios tenga en la gloria, excuso decir que la segunda manera se me daba mejor, porque, siguiendo la letra, sólo de vez en cuando entendía una frase bonita, y me decía a mí mismo «pues no está mal», para continuar enseguida arrastrando los pies por el mar de arena gris del desierto de los demás versículos.
     Hoy, con la lengua materna, transparente, uso instintivamente el otro método, aunque no me parece imposible lograr en ciertos momentos una parcial y útil fusión del uno con el otro.
     Con el rezo de los salmos, abandonándonos a la acción que Dios realiza en nosotros al poner en nuestros labios sus palabras, Él nos modela, transformando nuestro espíritu en el suyo por la repetición sencilla pero sincera de sus palabras. Decir lo que decimos nos marca.
     La primera vez que tuve que viajar en avión un amigo me dio este consejo «Cuando el reactor, después de rodar un poco por la pista, se eleve apuntando hacia arriba, tú no te eches para adelante en el asiento como compensando la inclinación: tú abandónate a la maniobra». Abandonarse a la maniobra. Nunca olvidaré estas palabras que son casi la definición de la vida espiritual. ¿No consiste, en efecto, toda ella, en abandonarse a la maniobra divina que es todo lo que ocurre?
     Si en algún momento uno ha de abandonarse a la maniobra divina es en la oración de los salmos. Nuestra oración ha de ser «abandonada», relajante y relajada, sin tensiones ni nerviosismos. Para abrir nuestros poros a Dios relajadamente, con la suavidad con que una flor se abre al sol que la acaricia sin tocarla.

Cuarenta años de vida monástica son muchos años. Por experiencia, ¿es fácil la perseverancia?

      Responderé según mi personal experiencia porque no estoy dentro de los demás.
      Para mí, perseverar, globalmente entendido, no es difícil. Uno ha tomado casi completamente la forma del horario, de los trabajos, de la comunidad, del abad. Con todos los inconvenientes y ventajas del monasterio en que está. De todos modos, aún a mi edad (sesenta y seis años) y a pesar de esta adaptación, pienso que pueden presentarse sorpresas, cosas que le trastornen a uno y, por decirlo de alguna manera, no sé la tontería que yo mismo pudiera cometer esta misma tarde.
     Ahora bien, la perseverancia global no es una verdadera perseverancia.
     Perseverar como monje quiere decir continuar buscando a Dios, mejorar cada día un poco más nuestra semejanza con Jesucristo, que es donde encontramos a Dios, andar cada día algo más por los caminos de Dios En consecuencia, es necesario pedir a Dios, cada día con mayor convicción y mayor sencillez, «nuestro pan para hoy», ese pan que es el pan eucarístico, el pan material y la gracia de que Dios nos abra los ojos para ver su obra y conocer sus caminos, nos abra los oídos para escuchar su voz, su palabra, la diga quien la diga. Como cantamos en maitines: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón».
     Dios nos habla cada día. A veces nos habla abriendo nuestros ojos o nuestro corazón para que caigamos en la cuenta de inclinaciones no evangélicas que tenemos y que no veíamos, para enderezarlas; a veces nos habla con su silencio, con la soledad, con la monotonía; a veces nos habla con la novedad: una ración de dolor, una ración de gozo.
     Perseverar es, pienso, irse adaptando cada día más a Dios, a Jesucristo, sin pausa, sin pereza, y también sin avidez, sin prisa, dejando a Dios los tiempos y los modos. Eso, no sólo no es difícil, es apasionante.
     Vivir así nuestra aventura con Dios es un privilegio, un lujo que deseo para todos. Es la aventura más fabulosa. Porque si accedemos a cada nueva desnudez que Dios pide, pasamos a estar en mayor contacto con Él. Cada cosa que Dios nos da es para que alegremente seamos hijos suyos agradecidos. Cada cosa que Dios nos quita es para que tengamos las manos más libres para que Él pueda estrecharlas con las suyas...

¿Qué aconsejaría a un joven que entrevé la posibilidad de consagrarse a Dios?

     Antes de aconsejarle nada, lo que haría seria felicitarle. ¡Qué alegría! En medio de una sociedad en la cual Dios parece resonar poco, ha sonado su voz en el alma de ese joven. Qué poca fe la nuestra. Como los de Emaús, cuando más tristes es cuando tenemos a Jesús más cerca. Creíamos que Dios callaba, y no: ha hablado en un corazón. El Espíritu ha aleteado dentro de ese joven. ¡Enhorabuena, muchacho! ¡Enhorabuena, Iglesia! ¡Enhorabuena, humanidad! ¡Enhorabuena para mí mismo, porque esta noticia me causa gran alegría!
     Después, le aconsejaría que, sin tensión, sin ansiedad, sin voracidad, sin gula, sin prisa, pidiera cada día, en algunos momentos de la jornada, luz y gozo al Espíritu santo para que le mostrara los caminos del Señor, los que tiene predestinados para él, hechos ex profeso, a medida. Porque Dios ama a cada alma como si fuera única y esta dedicado a ella todo entero, todo Dios ama a ese muchacho que entrevé la posibilidad de consagrarse a Dios.
     Le aconsejaría, pues, que pidiera esa luz clara al Espíritu santo.
     Y también me atrevería a recomendarle que pidiera a ese Espíritu la plena decisión de abrirse a Él, de ser del todo suyo, es decir, de consagrarse efectivamente del todo a Dios.
     O —si se quiere— de abrirse del todo para dejar que Dios se vuelque totalmente en él (que es lo que Dios desea).
     Y, para ello, que le dijera a Dios aquello de san Agustín: «Quema, corta, no perdones nada de lo que estorba tu entrada en mi corazón».


La oración que compuso el cardenal Newman en junio de 1833: «Guíame, luz bondadosa, las tinieblas me rodean, quíame hacia delante. / La noche es densa, me encuentro lejos del hojar, guíame hacia delante. / Protégeme al caminar. No te pido ver claro el futuro», ¿no es de perenne actualidad?

     Lo profundamente humano siempre es actual. Todos pasamos por zonas oscuras en nuestra vida. Entonces es el momento de pedir esa luz bondadosa que es el mismo Dios abriéndose un poco más dentro de nosotros.
     Y lo mejor es pedirle, como Newman, «sólo un paso», como pedimos en el padrenuestro el pan para el día de hoy solamente. Porque Dios quiere que estemos pendientes de su providencia, abandonados a ella de tal modo que no pensemos en almacenar luz, seguridad, santidad, perfección, sino que le pidamos nuestra ración de hoy. ¡Mañana será otro día! Y cada día trae su afán.
     Si nos sintiéramos asegurados espiritualmente para siempre o para mucho tiempo, llegaríamos seguramente a pensar que no necesitamos a Dios, que aquel tesoro es nuestro. Y no, vivimos de prestado. Pero esto es mucho mejor. La mano divina nos da, para hoy, lo que necesitamos. Eso ha de bastarnos. Y mañana le volveremos a pedir para mañana. Y así cada día. Y, paso a paso, andaremos no por nosotros mismos, sino cogidos, como niños, de la mano de Dios.

Agustín Altisent


269 He tenido que enseñar la parte monumental del monasterio a un grupo de universitarios extranjeros. Al final, un húngaro me ha preguntado: «¿Es usted feliz?» Le he contestado que, felices felices lo son sólo las vacas y las coliflores. Que allí donde el hombre vive y tiene su gloria tiene también su pena y que todos los paraísos son perdidos hasta nueva orden. Pero -he añadido con firmeza- eso sí: si tuviera que volver a empezar no sé lo que haría, pero sí sé lo mejor que podría hacer: volver a entrar, y precisamente aquí.- Agustín Altisent