XXIII CARTA A VALERIO volver al menú
 

 

     Ahora hace un año, esta publicación vocacional reprodujo la XVIII carta a Valerio, titulada «Matilde se hace monja».
     Tras la lectura de esta nueva carta del obispo de Málaga, la XXIII, ¿quién se atreverá a decir que todos los obispos escriben oscuro?
     Y otra pregunta: ¿de quien depende que el letrero «abierto a disposición de todos» sea una feliz realidad?

J. S V.


     Querido Valerio:
     Comparto contigo el sentimiento de contrariedad por el «cierre» de la casa de las monjas, como dicen los vecinos de tu barriada. Lo lamento por aquellos niños que, con Sor Pilar, se abrían poco a poco a la fe consciente: por aquel nutrido grupo de jóvenes que se reunían allí: por los ancianos que las religiosas visitaban: por los enfermos que atendían...
     Todos las echarán de menos. Como bien dices, la barriada parece haberse quedado «sin alma».
     Es triste y significativo el letrero al que te refieres. y que a uno de los vecinos se le ocurrió poner en la puerta de la casa de las monjas: «cerrado por falta de personal».


¿POR QUÉ SE CIERRAN LAS PUERTAS?

     Opino que algunas casas religiosas se cerrarán por las siguientes razones:
     Es posible que, en adelante, los seglares (solteros o casados sin vinculación a votos religiosos) asuman tareas apostólicas que años atrás parecían ser exclusivas de personas consagradas. Y esto, Valerio, es un nuevo regalo del Espíritu. Pero, por otra parte, nos debe preocupar que, entre ciertos seglares «llamados», se encuentre una respuesta escasa en número o simplemente nula.
     Otra razón de por qué se irán cerrando puertas de casas religiosas (y quizás. Valerio, ésta sea la razón principal), es la lánguida vida cristiana de muchas parroquias, comunidades cristianas y movimientos apostólicos.
     A mi manera de ver, actualmente se da una desproporción, se produce un cierto desequilibrio entre seglares con vocación apostólica en el mundo y cristianos consagrados en la vida religiosa. Dicho de otra forma: faltan pastores en el sentido amplio de la palabra. Porque pastores son también en cierto modo aquellos religiosos o religiosas que, sin haber recibido el sacramento del Orden, con su ejemplo y su palabra (experiencia de la vida consagrada) acompañan a los miembros de la comunidad en el peregrinar cristiano. Y esto vale también, querido Valerio, para los monjes y monjas contemplativos que de hecho, aunque de una manera diferente pero eficacísima, colaboran en la marcha del Reino de Dios.
     También pueden ser responsables del «cierre de casas— aquellos religiosos y religiosas que no son capaces de encarnar el carisma de su fundador, adaptándolo a los tiempos y necesidades actuales. La inadaptación, por desgaste, de una pieza del motor puede ser la causa de que la máquina no funcione.
     En los últimos decenios parece ser que entre los cristianos no hay una valoración de lo específico de la vida consagrada y su lugar en la Iglesia. Se trata de un desconocimiento por parte del pueblo fiel a causa del silencio de muchos pastores en lo que a esto se refiere.
     Por otro lado, el aspecto de vocación consagrada no está suficientemente presente en los procesos formativos y catequéticos.
     Y, por último, a mi manera de ver, la culpabilidad mas grave recae en aquellos cristianos que, a pesar de ser «llamados», a causa de la dureza de su corazón (falta de generosidad y constancia, comodidad o ceguera consciente ante las necesidades de la Iglesia y del mundo) no aceptan o rechazan la invitación de Dios.
     Bueno, aparte están también todos aquellos y aquellas que, «habiendo puesto la mano en el arado, miraron atrás». Me refiero a las llamadas secularizaciones.
     Es cierto, tal vez, que algunos y algunas se pudieron equivocar y jamás deberían haber dado el paso al presbiterado o a la vida religiosa. Pero temo que los haya que —dejaron el arado— por no superar las crisis que toda persona consagrada puede sufrir. Y éstos, aunque tengan todos los permisos posibles y los «papeles en regla», un día deberán dar cuenta a Dios: porque una cosa es la concesión que puede darles la Iglesia. y otra la voluntad del Señor.


LAS ACTUALES NECESIDADES URGENTES

     Las necesidades urgentes, Valerio, dependen del momento histórico y lugar concreto. Y un cristiano que de una u otra manera se siente «llamado» a cubrir vacíos no puede desoír la invitación de Dios.
     Ten en cuenta que, como ya te escribí en otra ocasión, la vocación consagrada tiene más de imposición que de elección. Se trata de una «imposición» a la persona libre que, por ello, resulta «seducida— por Dios. Así por lo menos aparece en la Sagrada Escritura. Moisés y los Profetas no eligieron su misión, sino que fueron llamados para ella, muy en contra de su voluntad. Claro está que., en último término, Dios respeta la libertad o decisión de cada persona.
     Resumiendo, toda vocación es una gracia y una exigencia especialísima de Dios que, aceptada libremente, responde a una necesidad determinada.
     Pues mira, querido Valerio, hoy continúa habiendo muchas necesidades urgentes que cubrir: multitudes que evangelizar. pobres que liberar, niños que acoger, jóvenes que formar, esposos que ayudar, ancianos que atender, enfermos que cuidar.. cristianos que recibir en casas de oración, obreros que apoyar, intelectuales que «iluminar», políticos que animar, materialismo que trascender, idolatrías que extirpar...
     Opino que la mayoría de Órdenes y Congregaciones, así como Institutos Seculares y otras formas de vida religiosa con que cuenta actualmente la Iglesia, siguen siendo necesarios. Porque, en alguna parte del mundo, y también entre nosotros, hay campos que sembrar o sementera que recoger.
     Es preciso «soplar las cenizas» que han podido cubrir el carisma original de los religiosos a causa de la rutina, la comodidad, la falta de creatividad o la incapacidad de adaptación a los momentos actuales. De ahí que el Concilio Vaticano II exhorte a los religiosos a retornara los orígenes o fuentes del fundador. Así recuperarán el atractivo que convence a cristianos generosos.


GRITAR EN PLENO DESIERTO

     Pero, aun suponiendo que los religiosos «se renueven» (que muchos lo están haciendo y muy bien), a veces se tiene la impresión de que, entre nosotros, la invitación divina a la vida consagrada es desoída o rechazada.
     Por lo general las órdenes, Congregaciones u otras formas de vida religiosa se nutren de gente joven: porque es en la juventud cuando normalmente uno orienta y determina de una manera definitiva su propia vida.
     Sin embargo parece que nos encontramos ante una juventud distraída: los cambios les encandilan, las comodidades les acobardan, las ofertas del éxito fácil les atraen, el egoísmo les endurece...
     Hay jóvenes que, de tanto contemplarse a sí mismos, han perdido la capacidad de mirar más allá para poder ver el rostro que sufre o la mano tendida que pide ayuda para salir del pozo de la miseria física, moral o espiritual.


MIEDO AL «PARA SIEMPRE»

     Por otra parte, Valerio, y aun admitiendo que hoy como ayer se dan jóvenes, chicos y chicas, sensibles y generosos, su disponibilidad parece alicortada. Sólo entienden de compromisos temporales. Huyen del «para siempre», cuando únicamente en el «siempre» se encuentra la estabilidad que da equilibrio, la profundidad que conduce a lo auténtico y la creatividad ilusionada que hace nuevos cada día y cada hora.
     De ahí que los escogidos por Dios como mediaciones suyas para señalar o detectar las necesidades actuales, tienen la impresión del profeta que grita en el desierto. La oferta de una consagración a Dios total y definitiva no encuentra acogida.
     Como en tiempos de Isaías, el Señor continúa preguntándose: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de nuestra parte?» Son pocos los que, como el Profeta, están dispuestos a responder: «Heme aquí, envíame».


PONER SORDINA A LA VOZ DE DIOS

     A lo mejor. Valerio, mis casi sesenta años empañan ya mis ojos y no soy capaz de ver con claridad la generosidad de los jóvenes. Es posible. Pero también lo son las causas que paso a enumerarte:
     —los consagrados no vivimos con radicalidad nuestra vocación; somos incapaces de entusiasmar a los jóvenes,
     —hemos perdido la convicción de que podemos ser mediadores de la invitación de Dios por el testimonio y la palabra ofrecidos explícitamente a las nuevas generaciones:
     —habituados a planificar y llevar a cabo nuestra misión pastoral a nivel comunitario, nos hemos olvidado de seguir o acompañar individualmente a cada joven:
     —no sabemos «perder tiempo» (que realmente es ganarlo) hablando con cada uno de los jóvenes de nuestras parroquias, comunidades cristianas, colegios o movimientos apostólicos para ayudarles a encontrar su propio camino:
     —no suscitamos el fervor o entusiasmo («enamoramiento, dirían algunos) hacia la persona de Jesús, siendo así que este es el camino ordinario por el que Dios acostumbra a manifestarse y a invitar al seguimiento radical que supone la vida sacerdotal y religiosa;
     —y, por último, tenemos demasiado olvidado el imperativo de las palabras de Jesús: «La mies es mucha y los obreros son pocos. Pedid al dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Es decir, no pedimos, no rezamos suficientemente.
     Quizá pienses, querido Valerio., que el numero de sacerdotes actualmente es insuficiente para esta labor. Y es cierto. Pero también es verdad que muchos religiosos (aun los no presbíteros) y religiosas podrían asumir la tarea del seguimiento personal.


EN PIE DE ACCIÓN

     Insisto en que, como presupuesto necesario, es urgente revitalizar la vida cristiana en general y la religiosa en particular.
     Urge, además del seguimiento individual, fomentar los encuentros de jóvenes en quienes, de alguna manera, se entreven gérmenes de vocación consagrada.
     Los retiros y ejercicios espirituales, la revalorización de la lectura espiritual y de la vida de los santos, la confesión frecuente, y, sobre todo, la participación en la celebración de la Eucaristía... son medios eficaces que, tarde o temprano, dan su fruto.

ESPERAR LA HORA DE DIOS

     Si, a pesar de todo, no surgieran las vocaciones consagradas que la iglesia y el mundo necesitan, no cabe otra cosa más que esperar confiadamente «la hora de Dios». Por lo menos nos cabrá el gozo de haber cumplido con nuestro deber.
     Yo espero, Valerio, que algún día., quizás de la manera y en los sitios menos sospechosos, en lugar del letrero «cerrado por falta de personal», tengamos que poner otro que diga «abierto a disposición de todos».
     Tú, Valerio, y todos los seglares de fe consciente debéis tomar el encargo del fomento de vocaciones como algo propio: porque propia os es la Iglesia y propios los medios que ella necesita para seguir siendo el instrumento preferido por Dios a fin de que su Reino avance.

      Ramón Buxarrais


267 Cada monasterio de vida contemplativa es como un ensayo de lo que debería ser la sociedad según el plan de Dios: un solo Padre, todos hijos y hermanos, compartiendo lo que somos y tenemos, según cada uno necesita y no más, haciendo realidad la gran familia humana que avanza con dificultades, pero que espera confiadamente la plenitud y eternidad de una vida que ha sido prometida con toda garantía por el Hijo de Dios y hermano mayor nuestro, Cristo Jesús.- Ramón Buxarrais