OTROS SIETE DÍAS volver al menú
 

AVISO PREVIO
A UNOS MUCHACHOS QUE ASPIRAN
A SER CÉLIBES


Será una paz armada, compañeros,
será toda la vida esta batalla;
que el cráter de la carne sólo calla,
cuando la muerte acalla sus braseros.

Sin lumbre en el hogar y el sueño mudo,
sin hijos las rodillas y la boca,
a veces sentiréis que el hielo os toca,
la soledad os besará a menudo.

No es que dejéis el corazón sin bodas.
Habréis de amarlo todo, todos, todas,
discípulos de Aquel que amó primero.

Perdida por el Reino y conquistada,
será una paz tan libre como armada,
será el Amor amado a cuerpo entero.



     En 1972 pedí a varios amigos que contasen 7 días de su vida. Luego los reuní y aparecieron como libro, bajo el título «Ensayo de serenidad en medio de la tormenta».
      El libro llevaba como lema estas palabras de K. Weis: «Sin miedo está la rosa sobre su tallo, abierta e inconmovible a la esperanza».
     Pretendía que los lectores comprobaran cómo, gracias a Dios, hay vidas que llaman, que dan vocación, que merecen vivirse.
     El primer capítulo se titulaba: «7 días de un coadjutor».
     El 17-11-88 escribí a aquel antiguo coadjutor, diciéndole: «Pienso que ya es tiempo de que escribas otros 7 días. Los espero». Para ver si la rosa sigue abierta e inconmovible a la esperanza.

J. S. V.


      Cuando leí en su carta que había que volver a las andadas, hice propósito de escribir cada noche algo del día. He vivido la semana del 20 al 26 de noviembre con los ojos entreabiertos y el alma de par en par, con una especial receptividad como para que la vida no se me derramara.
     Pasados los siete días, paso en limpio lo escrito, y ahí van estas notas, por si le sirven.

domingo

     Me contó hace poco un profesor con muchos años de dar clase, que un día se sentó de nuevo en un pupitre, como simple alumno. Y ¡lo que tuvo que aguantar!
     Algo semejante me ha ocurrido hoy en la iglesia. Cuando ya estaba revestido ha llegado un sacerdote a concelebrar. Por deferencia le he invitado a presidir la concelebración, y he adoptado una actitud casi de fiel cristiano. ¡Qué extraños resultan desde fuera los gestos, las pausas, el tono de voz, las moniciones...!
     Qué sería mejor, ¿recomendar a los fieles que acudan siempre a la misma misa para tener "amaestrados" los ritos, o que el sacerdote se atuviera estrictamente a las rúbricas y que, además, fuese inexpresivo para que cada cual pusiera el afecto personal propio?
     A veces he tenido que celebrar entre profesores —respetuosos, pero distantes y fríos— y en estos casos he procurado que fuesen las palabras, y no yo, quienes tuvieran el protagonismo. Ha resultado, porque nuestra liturgia es «verbal», «conceptual». Pero los jóvenes se aburren en los actos de culto, porque falta acción y los símbolos han perdido mucho. Los niños y la gente sencilla necesitan cierta expresividad, quieren que se les hable con el corazón.

lunes

     Yo, que nací y viví en un pueblo de playa, sé desde pequeño, cuando me obligaban a acostarme sin sueño, que el mar algunos días tiene un ruido que da miedo; otros, es suave y, en ocasiones, casi imperceptible.
     Ahora mi mar es la vida con sus mareas y sus calmas. Hoy lunes he vivido pendiente de sentir su pálpito y apenas lo he notado. Y no porque no me haya movido, sino precisamente porque no me he sentado en todo el día.
     En mi casa hay dos sitios propicios para pensar y sentir: la mesa de trabajo y un sillón al sol en invierno. El día que no paso en ellos un rato al menos, me falta algo.
     Ni siquiera Dios ha tocado hoy mi corazón. Recé a primera hora, pero hubo de ser tan sin dejar huella, que a media mañana pensé que no lo había hecho. Incluso en la misa de la tarde, con sólo tres o cuatro mujeres en un templo vacío, ha sido una misa de fe.
     Rezar con el sentimiento religioso apagado, y lo está cuando el cansancio te invade, estás desilusionado o nada te inquieta, resulta extraño y confortable a la vez.

martes

     Me han dicho que Manjón repetía: «un niño solo es un ángel; dos niños juntos son dos niños; y tres, tres diablillos». Pues si se tienen más de veinte en el catecismo, después de salir de la escuela, un infierno. ¡A veces lo parece!
     De explicar epistemología pedagógica he pasado esta tarde a enseñar el «Padrenuestro». (El nuevo resulta más fácil para los pequeños. Costaba trabajo que dijeran bien «danos-le hoy»). Después de escribirlo y repetirlo a coro, hemos pasado del salón a la iglesia para decírselo a Dios (—¿Dónde está? —En todas partes, pero especialmente aquí. —¿Está dormido? — Dios no duerme. Y una niña tímida comenta en voz baja: —¿Y no tiene ojeras?).
     Resulta difícil hablar del Dios misterioso y escondido a niños que piden cosas concretas. Difícil enseñar y difícil aguantarlos. Pero todavía ningún universitario me ha dado las gracias al terminar una clase y sin embargo son bastantes los chiquitillos que al marcharse se acercan y te dicen: un beso.

miércoles

     Esta mañana, después de la magnífica primera sensación de un amanecer limpio, porque ha llovido durante la noche, he pasado un buen rato leyendo la Regla de san Benito, que conservo con cariño como regalo del prior de un monasterio de Galicia.
     Cogí el pequeño libro para buscar lo que dice san Benito sobre el vino en la comida. Habíamos hablado de ello en la mesa con un monje benedictino inglés que está en Granada aprendiendo español para irse a Perú.
     Después, seguí leyendo y vine a dar con lo que escribe del monje que vuelve de viaje: «Ninguno se atreva a referir a otro lo que hubiese visto u oído fuera del monasterio, porque estas especies causan gravísimo daño».
     Si Simón, que así se llama el benedictino inglés, no va a poder hablar de la Alambra a sus hermanos, será para ellos tan desgraciado como el limosnero granadino, aquel de «Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada».
     Por si le hacen a Simón maestro novicios allá en Perú, le he regalado una copia del soneto «Aviso previo a unos muchachos que aspiran ser célibes» del obispo de Sâo Félix do Araguaia.

jueves

     Ante la queja de un sacerdote viejo y enfermo, otro que era joven comentó: si realmente está malo, debería alegrarse porque pronto irá al cielo; y, si no tiene nada, que nos deje en paz y se alegre de vivir.
     ¿Tan fácil? No, al menos, para mí. Me ocurre que de vez en cuando me pongo triste sin conocer exactamente el motivo. Hoy sí lo sabía: el dolor de estómago.
     Cuando hace varios años tuve la primera crisis, fue tal la conmoción, pensando que podía tener «algo malo», que durante varios días me costó rezar el «Padrenuestro» por aquello de «Hágase tu voluntad». Fue la primera vez que sentí de cerca la muerte. Como sacerdote la había visto muchas veces, aunque siempre ajena a mí. ¡Cuántos entierros y misas de difuntos en la parroquia anterior! Se había acercado un poco en la muerte de un ser querido. Pero aquella vez fue cara a cara.
     La impresión pasó y la vida se ha impuesto. Actualmente ni de lejos la percibo. En la parroquia donde estoy ahora, desde hace tres años no ha habido más que un entierro. Es un barrio nuevo de matrimonios jóvenes. Bautizos sí hay.
     No me da tanto miedo la muerte como el camino a la muerte, el dolor. Sufrir la enfermedad, en el desamparo en que suelen encontrarse muchos hombres y mujeres, es una asignatura que no solemos enseñar los profesores.

viernes

     Esta tarde ha aparecido por la iglesia una mujer que vino a verme hace unos meses. Hoy ha vuelto con unos claveles. No ha consentido ponerlos ella en el altar. Tampoco ha querido quedarse a la celebración, porque no llevaba las gafas y no le apetecía que la vieran con los ojos humedecidos.
     En estos casos me siento instrumento de Aquel que puede compadecerse de nuestras debilidades. Y pienso también en mí, que no soy más que uno entre los hombres y que debo ser indulgente con los ignorantes y extraviados porque también a mí la debilidad me cerca (Heb 5, 1-2).
     Al llegar a casa he repasado la poesía de Pedro Casaldáliga. Los poetas ¡cuánto dicen con pocas palabras!

sábado

     Muchas veces tengo que preguntar en qué día del mes estamos. Yo vivo por semanas: lunes, libre; martes, clases y catecismo con los pequeños; miércoles, archivo; jueves, clases mañana y tarde; viernes, clase y catecismo con los mayores; y el sábado, normalmente reunión y víspera de domingo. Mañana, primero de adviento.
     El adviento es el tiempo litúrgico más humano. Esperar es de todos los hombres y en cualquier ocasión. Esperar, para los creyentes, que sea Dios quien venga a salvarnos porque el mundo va mal: los planes económicos fracasan, la justicia se resiste, la paz no llega, el egoísmo nos invade... El adviento es la víspera de la llegada de Dios.
     Y a mí, que vivo permanentemente en vísperas (como profesor, preparando las clases del día siguiente; como sacerdote, anticipando las fiestas para tener algo que decir y celebrar; como hombre, planeando el futuro y haciéndome ilusiones) me resulta familiar.
     Vivo en la espera y en la esperanza de que Dios me ayude, no me deje caer en la tentación, me salve. Siempre rezo, en latín, el Tedéum después de la misa. Y me queda como un eco que se repite: «In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum» (En ti, Señor, confié: no me veré defraudado para siempre).


Miguel A. Lopez


265 Ánimo, jóvenes, Cristo os llama y el mundo os espera. Recordad que el reino de Dios necesita vuestra entrega generosa y total. No seáis como el joven rico que, invitado por Cristo, no supo decidirse y permaneció con sus bienes y con su tristeza, él que había sido interpelado por una mirada de amor. Sed como aquellos pescadores que, llamados por Jesús, dejaron todo inmediatamente y llegaron a ser pescadores de hombres.-JUAN PABLO II