QUE NO QUEREMOS IR AL LIMBO! volver al menú
 



     No hace mucho, asistí a la ordenación de un diácono y de un presbítero. Y a los ocho días, a la ordenación de un obispo. Todos «parientes» míos. Cosa infrecuente.
     Naturalmente concelebré en las dos ocasiones. Y los dos días tuve tiempo para dejarme llevar por los pensamientos, por los recuerdos y distracciones.

     Pensé que era muy de lamentar que el pueblo de Dios prácticamente no pudiera asistir.
En la ordenación de diácono y de presbítero, muchos niños y jóvenes, bastantes alumnos de ellos, no pudieron estar porque en la capilla del colegio solo cabíamos los concelebrantes, los familiares y los más allegados. ¿No había en la ciudad iglesias, patios o plazas disponibles?
     (Como contraste, recordé el estadio de Montjuic donde fui ordenado sacerdote. ¡Qué horizonte tan ancho, tan alto, aquel! Con miles y miles de cristianos acompañándonos, empujándonos a decir «sí, estoy dispuesto», «sí, lo haré», «sí, quiero, con la gracia de Dios»).
     En la ordenación del obispo, dado el desorbitado numero de obispos asistentes con sus mitras, de tantísimos sacerdotes extradiocesanos y de muchos venidos de fuera, los fieles-fieles del nuevo obispo no pudieron entrar en la catedral.
     (Por muy grandes que sean las catedrales es lógico que no sirvan para los acontecimientos extraordinarios, que por ser extraordinarios no suceden en muchos años. Y ¿no celebra el Papa a veces en la plaza de San Pedro de Roma o en los grandes estadios?).
     Porque ver, oír, tocar, incluso gustar y oler, es necesario a los que afortunadamente tenemos nariz, corazón y manos. Privar a alguien de participar en la administración de un sacramento, aparte conculcar uno de los más elementales derechos del cristiano, es una contraindicación pastoral.

     Pensé incluso que no basta estar presente para no estar ausente, que se puede estar fuera estando dentro, por falta de adecuada preparación, por desconocer los ritos y las palabras.
     (Qué triste leer que todo lo que un periodista saco en limpio de la ordenación del obispo fue que durante un buen rato le pusieron sobre la cabeza un libro grande).

     Pensé que para admitir a la primera comunión examinan a los niños del catecismo. Pero no comprueban si han «visto», si han «tocado», los sacramentos. Los siete.

     Pensé incluso en los lectores de esta publicación vocacional. Ellos, que indiscutiblemente sienten simpatía y cariño por los sacerdotes y los religiosos, y veneración por los obispos, ¿cuántas veces han participado en una profesión religiosa, en una ordenación?
     (Y me distraje pensando en san Pedro, calándose las gafas en la puerta del cielo y preguntando, a quienes tratan de entrar, cosas tan elementales como: «¿Estuvo usted alguna vez en una ordenación episcopal? ¿No? Pues... ¡al limbo!». Porque digan lo que quieran algunos, el limbo es una necesidad imprescindible).
     (E imaginé un nuevo tipo de huelga de los cristianos: los que no han tenido oportunidad de participar en una ordenación, aglomerarse delante de la casa del obispo pidiendo a gritos: «Señor obispo, ¡queremos ver cómo hace usted sacerdotes! Se lo pedimos en nombre de Dios. ¡Que no queremos ir al limbo!»).

     Dado que no tengo capacidad para librar a los cristianos del limbo, he pensado que estaría bien dedicar estas páginas a transcribir el núcleo del sacramento: el examen previo al que es sometido el diácono, el presbítero y el obispo (porque en las 7, 5 y 9 preguntas aparece dibujada la silueta del «oficio» de cada ordenado), y la oración consecratoria que sigue a la imposición de las manos, Así, cuando a alguien le pregunten qué hace un diácono, para qué sirve un sacerdote, en qué consiste ser obispo, tener a mano como el «retrato» de cada uno de ellos, la respuesta ideal. Sin incluir ritos añadidos que, aunque tienen su colorido, no son esenciales (pese a periodistas, fotógrafos y parientes suyos, claro).

     Dije al principio que tuve tiempo para pensar, recordar y distraerme. Hay distracciones que mejor olvidarlas. Pero tres de ellas quiero que figuren aquí. Porque las tres más que alejarme de la ceremonia me ayudaron a ahondar en el sacramento, pese a la distancia del tiempo y del lugar.


SILUETA DEL DIÁCONO

     ¿Prometes ante Dios y ante la Iglesia, como signo de tu consagración a Cristo, observar durante toda la vida el celibato por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hombres?

     ¿Quieres consagrarte al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo? ¿Estás dispuesto a desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono como colaborador del orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?

     ¿Estas dispuesto a vivir el misterio de la fe con alma limpia, y de palabra y obra proclamar esta fe, según el evangelio y la tradición de la Iglesia?

     ¿Prometes conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a tu ministerio, y, fiel a este espíritu, celebrar la liturgia de las horas, según tu condición, para el bien de la Iglesia y de todo el mundo?

     ¿Quieres imitar siempre en tu vida el ejemplo de Cristo, cuyo cuerpo y sangre servirás con tus manos?

     ¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?


      Al, llegar aquí me acordé de Fray Francisco. Él, cuando me ordenó diácono, varió levemente la última pregunta así: «¿Prometes obediencia y respeto a tu obispo?», porque me ordenaba por delegación del arzobispo de Tarragona, el mío. Jurídicamente, conforme. Pero afectivamente sí fue mi obispo, el obispo de mis años de seminario, el que me hizo subdiácono, diácono y presbítero. Fray Francisco.
      Cada vez que voy a la catedral vieja de Salamanca acaricio la losa de su sepulcro
      Entre nosotros probablemente es el obispo que a más cristianos ha ordenado. ¡Que contraste con muchos obispos de ahora y con san Calixto!: «Papa durante 5 años, 1 mes y 12 días, en 5 ordenaciones consagró 8 obispos, 16 presbíteros, 4 diáconos». Y el cronista lo anota como una estadística gloriosa.
      Fray Francisco, cuatro veces al año, por lo menos, se pasaba de ocho a una imponiendo sus manos, dando besos de paz, pasándonos la antorcha llegada a través de siglos y manos apostólicas.
      Cuando acaricio la losa me siento unido al sucesor de los apóstoles, que me entronca con Pedro y Pablo, Santiago y Juan, Mateo y Natanael. Y la caricia es oración silenciosa para que la antorcha siga corriendo de mano en mano, para que la cadena prolongue sus eslabones, para que las palabras del Señor Jesús sigan repitiéndose entre nosotros. Las palabras del Señor que dije por vez primera con fray Francisco, mi obispo.
     Después del canto de las letanías., invocando la intercesión de Santa María, Madre de Dios y de la Iglesia, los apóstoles, los ángeles y los santos, todos nos levantamos. El que iba a ser ordenado diácono se acercó al obispo y se arrodilló ante él. Y le impuso las manos en silencio sobre su cabeza. A continuación con las manos extendidas dijo la oración de consagración.

     Escúchanos, Dios todopoderoso, que distribuyes las responsabilidades, repartes los ministerios y señalas a cada uno su propio oficio; inmutable en ti mismo todo lo renuevas y ordenas, y con tu eterna providencia lo tienes todo previsto y concedes en cada momento lo que conviene, por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro que es tu palabra, tu sabiduría y tu fuerza.

     Tú haces crecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo, y, enriquecida con dones diversos, hermosamente construida con miembros distintos y unificada mediante admirable estructura, la edificas como templo de tu gloria. Así estableciste, Señor, que hubiera tres órdenes de ministros para tu servicio, del mismo modo que en la antigua Alianza habías elegido a los hijos de Leví para que sirvieran al templo, y, como herencia, poseyeran una bendición eterna.

     Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu santo, eligieron, como auxiliares suyos en el servicio cotidiano, a siete varones, tenidos por fieles testigos del Señor a quienes, mediante la oración e imposición de manos, dedicaron al servicio de los pobres, para poderse entregar ellos con mayor empeño a la oración y al servicio de la palabra.

     Te pedimos, pues, Señor, que mires también con bondad a éste, tu siervo, que por mi oración consagro para el orden del diaconado y el servicio del altar.

     Envía sobre él, Señor, el Espíritu santo, para que fortalecido con tu gracia de los siete dones desempeñe con fidelidad su ministerio.

     Resplandezcan en su vida todas las virtudes: el amor sincero, la solicitud por los enfermos y los pobres, la autoridad moderada, la pureza sin tacha y un vivir siempre según el Espíritu; que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en su vida, y que el ejemplo de su castidad suscite la imitación del pueblo santo; que sostenido por el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante en Cristo, de forma que imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido, sino a servir, merezca reinar con Él en el cielo.

SILUETA DEL PRESBÍTERO

      ¿Estás dispuesto a desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero, como buen colaborador del orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor y dejándote guiar por el Espíritu santo?
      ¿Estás dispuesto a presidir fielmente la celebración de los misterios de Cristo, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?
     ¿Realizarás el ministerio de la palabra, preparando la predicación del evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?
     ¿Quieres unirte cada día mas a Cristo, sumo sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con El consagrarte para la salvación de los hombres?
     ¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?

     Después de la imposición de las manos del obispo, mientras los sacerdotes iban imponiéndoles las manos en silencio me distraje recordando.

     Se llamaba Carlos; debió llamarse Esteban. Carlos Leisner. Pero de llamarse Esteban, Saulo hubiera sido la Gestapo. Carlos era un muchacho diácono de la diócesis de Münster, regida por aquel león obispo llamado Clemente Augusto von Galen. La historia de Carlos repite las páginas bien conocidas donde se cuenta lo que ocurrió entre un joven diácono, Esteban, y un perseguidor furibundo que fue Saulo y más tarde llamamos San Pablo.
     Carlos era un ídolo de los chicos católicos de Münster, ardiente, divertido. En 1939, la Gestapo le consideró peligroso, lo encerró, lo envió al campo de Dachau.
     Su entrada en Dachau trajo una corriente de aire fresco a los esqueletos resecos de los detenidos. Carlos pidió que le permitieran entrar su libro de rezos y su guitarra. Las canciones de la juventud católica alegraban la entrada de la noche en las barracas. Carlos sabía componérselas para que le permitieran los guardias acompañar a los enfermos. Repartía secretamente dinero, que nadie sabía dónde encontraba. Decía frases de consuelo. Animaba.
     Los sacerdotes de Munster le admitían a la reunión secreta que ellos consideraban «sínodo diocesano», donde leían cartas de unos y otros y rezaban en común por Von Galen. Cuatro mil sacerdotes había encerrados en el campo de Dachau.
     Entre ellos circuló una noche la noticia triste: Carlos ha caído enfermo. Tuberculosis galopante. No había que pensar en que los médicos del campo se enternecieran y salvaran al enfermo. Carlos estaba condenado a muerte y quedaría sin cumplir el único deseo de la vida de Carlos: la primera misa. Cuatro mil sacerdotes comenzaron aquella noche una plegaria desconcertante «Señor, que sea detenido un obispo y lo condenen a Dachau». No podía fallar.
     En septiembre de 1944, el obispo francés de Clermont-Ferrand, monseñor Gabriel Piquet, fue traído prisionero. Los sacerdotes de Dachau dijeron: «Gracias, Señor, por tu hijo Carlos». La esperanza de la primera misa encendió de gozo aquellos cuerpos miserables, roídos de hambre y de piojos.
     El obispo Piquet se ofreció a ordenarle sacerdote. Los esbirros de Hitler no podían sospechar qué juego misterioso se traían entre manos los fantasmas de Dachau porque los prisioneros, más que personas, parecían sombras.
     Hubo que conseguir sigilosamente los instrumentos. Primero, el permiso canónico del obispo de Carlos, Clemente von Galen, lo que llaman los clérigos las dimisorias: «Doy feliz el permiso., pero pongo la condición de que procedáis cuidadosamente a cumplir el rito y que así pueda en el futuro demostrarse sin dudas la ordenación». Mujeres de Dachau y de Munich sirvieron de enlace secreto con el cardenal de Munich, aquel otro titán que fue Faulhaber.
     Llevaron los óleos santos, el libro pontifical. Los prisioneros recortaron una mitra, talaron en madera de encina un báculo con la inscripción «Victor in vinculis» (Vencedor en las cadenas), ajustaron un pectoral, un anillo. Todo de puntillas. Hasta tuvieron ensayo general.
     Domingo Gaudete del adviento de 1944. En la habitación número 1 del grupo 26, las primeras luces han sorprendido una ceremonia que los guardianes hubieran creído una farsa, pero los ángeles contemplaron atónitos.
     El obispo vestía capa y mitra. Los sacerdotes y el seminarista, andrajos. Solo ancianos fueron invitados, de los cuatro mil sacerdotes, por no levantar sospechas. Y treinta estudiantes de teología, también presos del campo, supieron aquel amanecer la grandeza de la misa. La contemplaron en un cuerpo frágil vestido a rayas de preso. Ven, Espíritu santo, susurraron entre lágrimas los asistentes, mientras el obispo imponía las manos sobre la cabeza de Carlos, consagrado para siempre. Ven. Espíritu santo, mientras le ungía las manos: ven, y le confería el poder y la gloria. El abrazo. La bendición.
     Desayunaron de fiesta lo guardado de días anteriores: un ágape, un almuerzo de amor
    El día de san Esteban, el sacerdote de Jesucristo y prisionero número tal de Hitler, Carlos Leisner, celebró en una barraca de Dachau su primera y última misa. Ultima en el mundo, que no en los cielos. Carlos quedó aniquilado, quince días tumbado en su rincón. Venían a verle como se venera el sepulcro de los mártires.
     Moribundo, le alcanzó la liberación del campo el 4 de mayo de 1945. En los bosques bávaros, sanatorio de Planegg, esperó la muerte, rodeado de sus padres y hermanos.
     Murió el 12 de agosto. Lo enterraron revestido de casulla roja y rojas eran las rosas, verdes las palmas de victoria. En la ultima línea de su diario esta escrito: «Altísimo Señor, bendice también a mis enemigos» (José María Javierre).


     Escúchanos, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, autor de todo poder y responsabilidad, que al promover la naturaleza humana, según tu santa ordenación, todo lo perfeccionas, todo lo consolidas.

     Por esto, en la antigua Alianza se fueron perfeccionando a través de signos santos los grados del sacerdocio y el servicio de los levitas: cuando a los sumos sacerdotes, elegidos para regir el pueblo, les diste compañeros de menor orden y dignidad, para que les ayudaran como colaboradores.

     Así en el desierto multiplicaste el espíritu de Moisés, comunicándolo a los setenta varones prudentes con los cuales gobernó fácilmente un pueblo numeroso.

     Así también transmitiste a los hijos de Aarón la abundante plenitud otorgada a su padre, para que un número suficiente de sacerdotes ofreciera sacrificios y mantuviese el culto divino. Así también, según tu mismo plan, diste a los apóstoles de tu Hijo compañeros de menor orden para predicar la fe, y con su ayuda anunciaron el evangelio por todo el mundo.

     Por lo cual, Señor, concede también a mi humilde ministerio esta misma ayuda, para mí más necesaria porque mayor es mi fragilidad.

     Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a este siervo tuyo la dignidad del presbiterado; renueva en su corazón el espíritu de santidad; reciba de Ti el sacerdocio de segundo grado y sea, con su conducta, ejemplo de vida.

     Sea sincero colaborador del orden episcopal, para que la palabra del evangelio llegue a toda la tierra, y todos los pueblos, congregados en Cristo, formen el pueblo santo de Dios.


SILUETA DEL OBISPO

     ¿Quieres consagrarte, hasta la muerte, al ministerio episcopal que hemos heredado de los apóstoles, y que por imposición de nuestras manos te va a ser confiado con la gracia del Espíritu Santo?

     ¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el evangelio de Jesucristo?

     ¿Quieres conservar íntegro y puro el depósito de la fe, tal como fue recibido de los apóstoles y conservarlo en la Iglesia siempre y en todo lugar?

     ¿Quieres edificarla Iglesia, cuerpo de Cristo, y permanecer en su unidad con el orden de los obispos, bajo la autoridad del sucesor de Pedro?

     ¿Obedecerás fielmente al sucesor de Pedro?

     Con amor de padre, ayudado de tus presbíteros y diáconos, ¿quieres cuidar del pueblo santo de Dios y dirigirlo por el camino de la salvación?

     Con los pobres, con los inmigrantes, con todos los necesitados ¿serás bondadoso y comprensivo?

     Como buen pastor, ¿buscarás las ovejas dispersas y las conducirás al aprisco del Señor?

     ¿Perseverarás en la oración a Dios Padre todopoderoso y ejercerás el sumo sacerdocio con toda fidelidad?

     Y mientras el obispo consagrante principal y los obispos consagrantes imponían en silencio las manos sobre la cabeza del electo, como eran tantos, volví a distraerme...

     Después de la catequesis con que suelo iniciar la bendición de las imágenes y objetos religiosos que el pueblo cristiano presenta en el santuario después de cada misa, una anciana se me acerca y me pide que la bendiga especialmente, porque siente que ya la muerte está cercana.
     Extiendo mi mano y la impongo sobre aquellos cabellos blancos, y el rostro arrugado de la anciana se ilumina. Hay fe en aquel instante. Más en ella que en mí. Hay una misteriosa corriente que viene de lejos (¿o de cerca?), que viene de Dios y pasa por mi brazo y por mi mano.
     Pero al mismo tiempo, una fuerza maravillosa que viene de lejos (¿o de cerca?) brota de aquella frente cansada y venerable para invadir mi mano y mi brazo y mi cuerpo. Es la fe que el Espíritu suscita en aquella pobre de Yahvé y que me llega al corazón.
     Yo bendigo en nombre de Jesucristo. Aquella mujer me conmueve con su testimonio sencillo, humilde, silencioso, alegre.
     Pensé en la muerte. En su muerte, probablemente cercana. Y en la Vida, mucho mas cercana todavía. Pensé en que un día este contacto misterioso que es mi mano de sacerdote sobre una frente envejecida, se volverá abrazo eterno y glorioso.
     Sus ojos estaban radiantes de alegría veían más allá de mi pobre humanidad. Descubrían a Cristo que extendía su mano para bendecirla.
     Vi también más allá de sus años y de sus arrugas al Espíritu que la guía. Sentí que su oración de pobre sería escuchada y me obtendría la gracia de una conversión más profunda. Por eso le pedí que orara por mí
     Sólo un segundo. Sólo un gesto. Solo una palabra. Pero basta un segundo, basta un gesto, basta una palabra para que Dios bendiga y para que Dios transforme. En un movimiento misterioso de ida y vuelta (Francisco E. Tamayo R.).


     Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que tienes tu trono sobre los cielos y desciendes para mirar a los humildes; tú sabes todo antes de que suceda en tu palabra, que contiene todo don, has establecido las reglas de la Iglesia: elegiste desde el principio un pueblo santo, descendiente de Abrahán, y le diste reyes y sacerdotes que cuidaran del servicio de tu santuario, porque desde el principio quisiste ser glorificado en tus elegidos.

     Infunde ahora sobre este siervo tuyo que has elegido, la fuerza que de Ti procede: el espíritu de soberanía que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos apóstoles, quienes establecieron la Iglesia por diversos lugares como santuario tuyo para gloria y alabanza incesante de tu nombre.

     ¡Oh Padre, conocedor de los corazones! concede a este hijo tuyo, elegido para el episcopado, apacentar tu pueblo santo, ejercer ante ti, sin reprehensión, el sumo sacerdocio, servirte día y noche e interceder siempre por el pueblo, ofreciendo los dones de tu santa Iglesia. Que en virtud del sumo sacerdocio tenga el poder de perdonar los pecados, según tu voluntad. Que distribuya los ministerios de la Iglesia siguiendo tus designios; ate y desate todo vínculo, conforme al poder que diste a los apóstoles. Que te sea grato por la mansedumbre y dulzura de corazón, ofreciendo su vida en sacrificio por medio de tu hijo Jesucristo, por quien recibes la gloria, el poder y el honor, con el Espíritu santo, en la Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.


     El nuevo obispo recibió los evangelios, le impusieron el anillo, le entregaron el báculo (que le habían regalado los de su pueblo), le invitaron a que se sentara en la cátedra (maestro de la fe es el obispo), abrazó y beso a los obispos consagrantes. Al final de la eucaristía, recorrió la catedral (con enorme dificultad porque ¡había tanta gente!) bendiciendo. Y... lo que me impresiono cuando habló fueron las palabras: «Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios». Estas palabras, y el tono de voz. Voz de hombre.

Jorge Sans Vila


255 - 256 Sembrador, para seguir sembrando tu palabra, hoy y aquí, cerca o lejos, donde sea, si necesitas mis manos, aquí las tienes, Señor, aquí me tienes, Dios mío. Sembrador para seguir sembrando tu palabra, hoy y aquí, cerca o lejos, donde sea, si necesitas mis manos, aquí las tienes, Señor, aquí me tienes, Dios mío. Sembrador, para seguir sembrando tu palabra, hoy y aquí, cerca o lejos, donde sea, si necesitas mis manos, aquí las tienes, Señor, aquí me tienes, Dios mío.