AL MUNDO LO SALVARÁ LA TERNURA volver al menú
 



NO SABEMOS SI ESTAMOS DESTINADOS A SER
UN RÍO RÁPIDO QUE HAGA FLORECER
A SUS ORILLAS JARDINES AMENOS,
O SI HEMOS DE PARECERNOS A LA GOTA DE ROCÍO
QUE ENVÍA DIOS EN EL DESIERTO A LA PLANTA DESCONOCIDA;
PERO MÁS BRILLANTE O MÁS HUMILDE
NUESTRA VOCACIÓN ES CIERTA:
NO ESTAMOS DESTINADOS A SALVARNOS SOLOS

BTO. MANUEL DOMINGO Y SOL



     M. Luz Guzmán, religiosa mexicana, me cuenta que en diciembre estuvo cerca de San Luis de Potosí, con motivo de las bodas de oro de la profesión religiosa de su hermano, el P. José, misionero del Espíritu Santo. Y me envía un recordatorio con fotografía y reliquia del Fundador. «Como mi hermano fue su peluquero varios años, guardó muchos sobres que ahora son preciadas reliquias».
    Como contra-regalo acabo de enviarle una estampa de don Manuel Domingo y Sol, beatificado el 29 de marzo de 1987. Estampa sin reliquia, claro. Y sin fotografía. O, mejor dicho, con otra clase de fotografía: las palabras que el nuevo beato escribió en el número de enero de 1884, página 23, de «El congregante de san Luis», le retratan y muestran el verdadero rostro de aquel hombre de Dios.

     Para los lectores de esta publicación vocacional, además del retrato de la estampa-sin-reliquia-y-sin-fotografía que figura al comienzo, considero útil la trascripción de unos textos sobre/de aquel «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales» (Pablo VI).
     En el I, Juan de Andrés Hernansanz, cuenta una anécdota significativa del 25 de enero de 1909.
     En el II, Juan de Val narra algo que le sucedió a él mismo años antes en la ciudad de Valencia, por Navidad.
     En el III, van tres fragmentos brevísimos de otras tantas cartas escritas por el beato Manuel Domingo y Sol al rector del colegio español de Roma. Textos coloristas que muestran y demuestran cómo eran, son y serán los santos, y confirman una vez más que al mundo lo salvará la ternura.

J.S.V.


I

     El Colegio de San José es un desfile de oraciones y comentarios. Las campanas de la ciudad doblan a muerto. Mosén Sol descansa en el seno del Padre, y sus restos mortales conservan la paz buena de su alma grande. La capilla ardiente parece, en miniatura, la apoteosis de una canonización. Es un panegírico de lágrimas y silencio. Ha dejado una estela de luz, que se polariza en recuerdos.
      Todos los caminos se encuentran en Tortosa la tarde fría del 25 de enero. Las oficinas de telégrafos rubrican, con ritmo de España entera, virtudes ignoradas y glorias conocidas. El luto parece fiesta.
     Mosén Sol no ha muerto. Descansa, sencillamente, en el Señor. Los rezos y las lágrimas suenan a aclamación. En todos hay pena; pero en todos hay paz.
     Aquella viejecita, ajada de miserias, rugosa de años, agradecida de amor, ha llegado hasta el féretro, con muchos pobres, para besar las manos de D. Manuel. La viejecita ha llorado porque las manos de Mosén Sol estaban frías. Y camina torpemente por los pasillos bien sabidos del Colegio, donde siempre encontró eco positivo su desgracia.
     Cruzaba un Operario, con prisa distraída en trámites de funeraria y luto de orfandad. Apenas se entera de que le han dirigido la palabra.
     —Una limosna, por amor de Dios.
     Era la necesidad y era la costumbre. A la casa de Mosén Sol se iba a pedir con seguridad absoluta. Sigue caminando el Operario con obsesión de pena. La viejecita, desilusionada, no reprime el impulso espontáneo. Sin acusar a nadie, bendice al bueno:
     —¡Él siempre me daba!...
     Hace un minuto besó unas manos frías, que eran millonarias de cariño y de larguezas. «Él siempre me daba...». Era el panegírico de un santo por aclamación popular. Era la definición exhaustiva de Manuel Domingo y Sol.


II

     Famosa y curiosísima era la colección o almacén de regalos que guardaba para derrocharlos D. Manuel. Sus bolsillos, como los cajones de su escritorio y el fondo de sus maletas, eran inagotables. Más de una ocasión tuve de husmear en ellos, quedando boquiabierto a la vista de tantos tesoros.
      Allí medallas de todas formas, materiales y dibujos; rosarios, crucifijos, libros de todas clases y tamaños, desde el kempis de edición popular y barata, hasta diurnos encuadernados en chagrín y con cantos dorados; de estampas había colecciones completas y de dulces cajas enteras..., ¡el mar, con sus arenas consabidas! En una de sus correrías llegó a llevar Mosén Sol ¡trece paquetes grandes de regalos
      El santo varón aprovechaba sus viajes a Italia visitando tiendas y escogiendo objetos. Contaba, además, con buenos corresponsales en Barcelona y Valencia. Sobre todo había en Roma un bazar que tenía para D. Manuel todos los encantos que en sí encierran esta clase de establecimientos: el «Quarantotto» del Corso Vittorio; y allí era de ver cómo se aprovisionaba el buen superior y las mañas que se daba para pasar las aduanas.
     ¡Cuánta generosidad derrochaba D. Manuel repartiendo! Tenía su justa recompensa para cada obra meritoria: una plática a los chicos, «dos palabritas» en una misa de comunión... eran premiadas con un diurno; un sermón, con un tomo de fuste; un encarguillo un tanto laborioso se llevaba un sabroso dulce; y un simple beso de mano en las despedidas solía ser correspondido con un caramelo o una estampita...
     «Què donarè a n'esta animeta?», era su pregunta obligada y ninguno se iba sin su correspondiente recuerdillo.
     Sucedió que el santo varón tuvo necesidad de echar urgentemente unas cartas al correo que salía a las seis y veinte minutos de la tarde. Me llamó cuando sólo faltaban doce minutos para la recogida de la correspondencia de la estación del Norte. Me preguntó si yo sería capaz de llevar a tiempo aquellas cartas y regresar presto al colegio. Le dije que sí, fiado en la ligereza de mis piernas (¡aquellos tiempos!); tomé las cartas, y pies, ¿para qué os quiero? En un periquete cumplí mi cometido, soñando por el posible obsequio.
     Al regresar a casa... Eran días navideños; habían plantado la feria junto a la estación, en los antiguos solares de San Francisco, y me entretuve embobado contemplando los tiovivos, los carruseles y las piruetas de los que invitaban a entrar en los barracones. Y así transcurrió... no sé: acaso una hora. Llegué al colegio y D. Manuel extrañó que solamente en ir y volver emplease tanto tiempo.
     —Si en diez minutos llegaste a la estación, ¿qué has hecho del otro tiempo? Y si empleaste media hora en ir y otra media hora en regresar... ¡no alcanzaste la salida del correo!
     La observación no tenía vuelta de hoja y hube de confesar mi pecadillo. A pesar de lo cual, obtuve premio del «Quarantotto»: una pililla de celuloide muy mona. A todo esto me miraba D. Manuel y, como obedeciendo a una repentina y heroica resolución, me preguntó:
     —¿Y qué tal la feria?, ¿te gustó mucho?, ¿venden cosas bonitas?
     —Húuuy! —exclamé—. ¡Hay más tiendas! ¡Y más cosáaas!
     —Mañana me acompañarás, que también yo quiero ver las maravillas de vuestra feria.
     En efecto, al día siguiente y a hora prudencial, nos encaminamos a los famosos solares. Y fue cosa de admirar las innumerables chucherías que adquirió Mosén Sol y lo cargado de cachivaches que iba yo camino del colegio.
     Pocos días después escribía D. Manuel a sus dirigidas de San Mateo las siguientes líneas: «Quisiera haberles podido enviar una cosita para rifar de las que compré en la feria de Valencia (pues fui a verla; ¡que no se escandalicen!) Son cositas de barro. Si tengo ocasión y no me las han robado todavía, que es muy posible, ya les guardaré una».
     Así era de dadivoso y manirroto el magnánimo corazón de D. Manuel, que recorría «les paraetes de la fira» con la mira puesta en obsequiar con algo nuevo a las buenas almas.

III

     «Monge llevará cajas de polvo (rapé). Una para el Papa, otra para el Sr. Cardenal Merry y otra para Albert -para él o para sus italianos-; o si no, una o dos para el Papa, o Monseñor Merry. Usted lo distribuirá como le parezca».

     «No escribo a Albert porque no me ha mandado estampas. Estoy peladísimo. Veré si envío por el segundo grupo de alumnos un poco de membrillo para el Cardenal Llavaneras y Monseñor Della Chiesa».

     «Van los neófitos, quienes llevan dos pescados y dos piloncicos de membrillo. Un pescado y un pilón para nuestro Sr. Cardenal Vives que, aunque es cosa pobre, agradecerá el recuerdo. Lo otro, para Monseñor Merry, y, si usted lo cree prudente, para el día de San Rafael».


242 Buscar quién es uno, es buscar quién debe ser uno. Los santos nos muestran el camino. Cada uno de ellos es para nosotros una especie de guía, que debe enseñarnos a seguir nuestro propio camino, más que el suyo. Es éste el único medio de ser fieles a lo que ellos nos enseñan. Ninguna existencia puede ser recomenzada. Ninguna existencia es una existencia de imitación. El papel de los santos es mostrarnos lo que cada uno de nosotros puede hacer por sí mismo.- Lavelle.