UN FILÓN DE AGUA VIVA volver al menú
 


      «Desde que el mundo existe se han contado historias, porque sin historias la especie humana habría perecido, igual que sin agua» (Karen von Blixen - Finecke).
      Para indicar que en las historias hay más contenido que en las teorías decía Heidegger: «Hay más ética en las tragedias de Sófocles que en la Ética de Aristóteles».
      En estas semblanzas sacerdotales, escritas tan al natural, aflora un buen filón de agua viva para la pastoral de las vocaciones. Más aún teniendo presente el dicho de Lenin: «No deben nunca descuidarse las pequeñas cosas, porque es a partir de ellas como se construyen las grandes».

J.S.V.


Don Domitilo

     El cura de mi infancia fue Don Domitilo. Su aparición en mi pueblo se pierde entre los primeros recuerdos de mi infancia.
     Joven, simpático, siempre sonriente y muy señor. Con los años lo iría conociendo y queriendo entrañablemente.
     Don Domitilo era un catequista. Seguía los métodos de don Daniel Llorente, su maestro. Dos veces por semana visitaba las escuelas y nos daba la clase: dibujos, gráficos, explicación... ¡Cómo me gustaban esas clases!
     En mi pueblo hubo siempre una gran afición al teatro. En toda la redonda no teníamos rival y todavía hoy los mayores recuerdan parrafadas enteras de Segismundo y del Tenorio. Nos preparó una velada misional y las sayas de las abuelas hicieron de sotanas.
     Le gustaba aguzar nuestro ingenio. Sabía que le entrábamos a la huerta y le quitábamos las fresas. Un año sembró cacahuetes y como no conocíamos esa planta crecieron y maduraron impunemente. Cuando nos reveló el secreto se reía de nosotros. Nos había ganado.
     En la catequesis diaria, antes del rosario, gozaba poniéndonos en aprietos y nos hac­ía discurrir de lo lindo. Aquellas cabecitas no echaban en saco roto sus enseñanzas. Los mayores asistían entusiasmados.
     Canté misa el día de la Santísima Trinidad y dije unas palabras sobre el misterio del día. Vi que se sonreía. Luego me aclaró: «No lo has hecho tan bien como en la catequesis».
     Mis recuerdos de Don. Domitilo giran siempre en torno a las clases de catecismo. Era un gran catequista.
     Le llamaron a filas y le tocó el frente de Teruel. Desde allí nos escribía con frecuenc­ia. Cuando leían sus cartas yo sentía que aquel cura-soldado era algo mío. Los otros sacerdotes que venían los domingos a decirnos misa no eran mi cura. Lo eché de menos en mi primera comunión y eso que me la dio don Gerardo, el cura de la Carrera, otro gran amigo mío, pero que no era Don Domitilo.
     Su padre era maestsro y esto se le notaba a la legua. No era hijo de labrador. Y esa finura suya gustaba a la gente. Para bastos ya estaban ellos. Tenía un señorío innato. Era fino en sus modales y en sus gustos. No era buen músico, pero usaba diapasón y cantaba entonado, «con estilo», como decían mis paisanos. A mí, que era y soy un desorejado, aquella barrita me resultaba un misterio.
     Leía mucho, estaba suscrito a varias revistas, hablaba inglés y le gustaba relacionarse con personas cultas.
     Tenía mucho ingenio para variar la monotonía de una parroquia rural.
     Se las arreglaba para motivar la comunión frecuente, la exposición del Santísimo Sacramento, los contactos con la Acción católica de la vecina Astorga.
     Tres días antes de irse al frente me eligió para monaguillo. A su regreso, mientras la mujer del maestro no dejaba en paz a mi padre para que me mandara a estudiar para cura, Don Domitilo ya me tenía buscado el lugar. Me preguntó todo el examen de ingreso y me acompañó a examinarme. Volvía loco porque había aprobado, charlando animadamente con mi padre mientras yo iba rumiando mi futuro.
     Mis primeras vacaciones después de 4.° de latín las pasé en continuo trato con él. Se interesaba por mis estudios, por mis problemas, me animaba, me quería en una palabra.
     Al año siguiente ya no lo encontré en el pueblo. Lo habían trasladado a otro, pero todos los veranos lo visitaba y seguí informándole de mi vida.
     Me acompañó en mi ordenación y predicó en mi primera misa. Se despachó a gusto sobre el sacerdocio y sobre mí.
     Ni el tiempo ni la distancia menguaron nuestra amistad. Un día, en Buenos Aires, recibí una carta: «Don Domitilo ha muerto el día de jueves santo mientras preparaba el altar para los oficios». Sentí profundamente la pérdida de mi amigo y mi mentor.
     El que había sido un gran sacerdote y un gran catequista nos dio la última lección: morir el día del sacerdocio y al pie del altar. Fue su último «Introibo ad altare Dei» (Subiré al altar de Dios). Permítame, Don Domitilo, que le conteste como aquellos tres días de monaguillo: «Ad Deum qui laetificat juventutem meam» (Al Dios que alegra mi juventud).

 

Don José

     Fontoria de Cepeda es un bonito pueblo a menos de 2 km. del mío. Nunca falté a su fiesta el 14 de septiembre. Visitaba al Santo Cristo en la ermita y nos repartíamos, a medias, las pocas perras gordas que me habían dado. Luego me iba con la pandilla a tocar las campanas de la iglesia. Este verano recordaba a mi quinto Pascual las volteretas que se dio el año 40 amarrado a una de ellas porque alguien la soltó a destiempo. El Cristo nos salvó de una tragedia.
     El cura de Fontoria era Don José: un ribereño de cuerpo entero. Perdón, le faltaba el ojo derecho. Don. José era tuerto, pero ¡cómo miraba con aquel ojo solo! Lo había perdido de soldado de caballería. Una coz de mulo.
     Ya sacerdote lo destinaron primero a La Carrera y luego a Fontoria: quinientos metros de una casa parroquial a otra. Ambas en la vega del Tuerto. Vamos, que lo hicieron con sorna.
     Cuando vi en el cine al 7.° de caballería, me imaginé que Don José era su capellán. Tenía la misma estampa y el mismo desparpajo que aquellos jinetes.
     Dios, ¡qué voz tenía! Cuando cantaba en la procesión del Corazón de Jesús de mi pueblo «Escúchalo, Satanás, y en tu rencor furibundo» temblaba el averno. «Jamás lo olvides, jamás». Como para olvidarlo.
     Don José era todo corazón. Recién ordenado, me invitó a oficiar de subdiácono en la fiesta del Cristo. Fue mi presentación en la sociedad clerical de la zona. Las invitaciones de Don José tenían la fuerza de un mandato, era imposible negarse. Y me metió ent­re los curas de la Cepeda de los que he sido uno más.
     Mostraba su alegría y su aprecio con el consabido: «Pasa que tengo que agasajarte». En su casa te sentías querido, apreciado. Lo veías feliz por el simple hecho de haberlo ido a visitar.
     Cuando falleció el tío Paulón decía: «Se nos ha ido el último patriarca. Ahora ya no quedan patriarcas». Se engañaba: el último patriarca era él, sólo que en su encantadora y espontánea sencillez no lo veía.
     Don José conocía a los de La Carrera y Fontoria por dentro y por fuera. Recordaba las hazañas de abuelos a nietos y las contaba con mucha gracia: ése me bebía el vino, ése les ataba los mantones a las mujeres en el rosario y tenían que salir las pobres de una en una, en fila india. Cada uno tenía su historia.
     Vivió renunciando a las cosas que más quería: ser beneficiado de la catedral y ser cura de mi pueblo. Don José nos quería mucho a los de Otero y nosotros le teníamos una gran simpatía. Suplió a nuestro párroco durante los años de la guerra. Decía la misa con piedad, soltura y agilidad El tío Paisano decía: «Don José dice la misa a máquina. Ve más éste con un ojo solo que los otros con dos». Calibraba el tiempo exacto que la gente de pueblo dedicaba a Dios de buena gana. Al llegar, era inconfundible su saludo: «Buenos días, señores» con su atronadora voz que llenaba de orgullo a mis paisanos. Don José era arrogante y amistoso. Don José, ¿por qué no pide que lo destinen a Otero? Y su respuesta con el alma abierta de par en par: «Por mí ahora mismo».
     Don José no tenía malicia. Era claro como las aguas del Tuerto. Los de Fontoria son un poco socarrones. De vez en cuando chocaban. La ermita necesitaba urgentes reparaciones. Don José propuso vender algunas imágenes para sufragar gastos. La respuesta de los feligreses fue como una puñalada trapera que se le clavó en lo más hondo del alma: «Los de Fontoria seremos malos, pero nunca hemos vendido a Cristo».
     Cuando volví de mis correrías americanas ya no estaba Don José. La casa parroquial estaba cerrada, la ermita en ruinas, pero entre los negrillos se paseaba la estampa de Don José, su simpatía a raudales, su corazón abierto como las fuentes y su alegría cantarina que hicieron que algunos pensáramos en el sacerdocio.

Baltasar Alvarez García


235 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos.- JUAN PABLO II