PRÉSTAME TUS OJOS volver al menú
 



UN SACERDOTE DEBE SER...
MUY GRANDE Y A LA VEZ MUY PEQUEÑO,
DE ESPÍRITU NOBLE COMO SI LLEVARA SANGRE REAL
Y SENCILLO COMO UN LABRIEGO,
HÉROE, POR HABER TRIUNFADO DE SÍ MISMO,
Y HOMBRE QUE LLEGÓ A LUCHAR CONTRA DIOS
FUENTE INAGOTABLE DE SANTIDAD
Y PECADOR A QUIEN DIOS PERDONÓ,
SEÑOR DE SUS PROPIOS DESEOS
Y SERVIDOR DE LOS DÉBILES Y VACILANTES,
UNO QUE JAMÁS SE DOBLEGÓ ANTE LOS PODEROSOS
Y SE INCLINA, NO OBSTANTE, ANTE LOS MÁS PEQUEÑOS,
DÓCIL DISCÍPULO DE SU MAESTRO
Y CAUDILLO DE VALEROSOS COMBATIENTES,
PORDIOSERO DE MANOS SUPLICANTES
Y MENSAJERO QUE DISTRIBUYE ORO A MANOS LLENAS
ANIMOSO SOLDADO EN EL CAMPO DE BATALLA
Y MADRE TIERNA A LA CABECERA DEL ENFERMO
ANCIANO POR LA PRUDENCIA DE SUS CONSEJOS
Y NIÑO POR SU CONFIANZA EN LOS DEMÁS,
ALGUIEN QUE ASPIRA SIEMPRE A LO MÁS ALTO
Y AMANTE DE LO MÁS HUMILDE...
HECHO PARA LA ALEGRÍA,
ACOSTUMBRADO AL SUFRIMIENTO,
AJENO A LA ENVIDIA,
TRANSPARENTE EN SUS PENSAMIENTOS
SINCERO EN SUS PALABRAS,
AMIGO DE LA PAZ,
ENEMIGO DE LA PEREZA,
SEGURO DE SÍ MISMO.
«COMPLETAMENTE DISTINTO DE MÍ»,
comenta humildemente el amanuense

 

    Cuando me piden bibliografía sobre la vocación, como desconfío de los libros de teoría, casi siempre recomiendo libros-de-vida. Quizá me viene esto de pequeño, cuando leía con fruición «Pàgines viscudes»
      Al traducir «Préstame tus ojos» de Gérard Bessière pensé que estaba ante unas «páginas-de-vida-sacerdotal» geniales.
     Tras publicar «7 días de un peregrino», ver una primera entrega, en la hoja 199, aquí van otros días.

 J.S.V.


1. A los dos lados del antiguo lecho del río, se eleva la pared: pesadas capas rocosas sobreponiéndose, hasta la puntilla de arbolillos que destaca allá arriba sobre el cielo. Pienso en la fuerza lenta, irresistible, de los movimientos que han plegado estos estratos mil veces milenarios. La interminable caricia de las aguas ha ahondado el cañón, antes de que el río huyera en el suelo calcáreo hacia el mundo subterráneo por donde corre hoy, misterioso. Por todas partes las curvas dulces en la roca recuerdan la obstinación de los remolinos y de las corrientes.
      Siento vértigo al pensar en el tiempo transcurrido, vacío, interminable, antes de que la voz humana - un grito quizá- resonara en el silencio de estos parajes. ¿En qué tarde de primavera, de verano, de otoño o de invierno, la mirada de un hombre, de varios hombres, recorrió este acantilado, atenta a las bocas oscuras de las cuevas? ¿Seis mil, diez mil años? Me gustaría ver la llegada del primer grupo, las mujeres, los niños..., oír su lenguaje, mirar sus gestos.
     En el interior de la sombra abierta, ¿cómo eran las vidas que se sucedían, largas o breves? ¿Había palabras para decir «amor», «alegría», «desamparo», y qué matices expresaban? ¿Qué pensaban aquellos inaccesibles antepasados? ¿Tenían miedo con frecuencia? ¿Celebraban fiestas? ¿Las pasiones devoraban ya sus vidas? ¿Qué pasaba en ellos cuando el hombre y la mujer se unían, portadores de la vida tan frágil? ¿Y su Dios o sus dioses...?
     Pienso también en el último, que partió o murió... y en el viejo silencio mineral que cayó de repente.

2. Viaja con frecuencia, Cuando entra en una iglesia en la que la gente canta a varias voces, escucha un instante y se pone a ayudar a la voz más débil, porque la gama de sus registros es amplísima e incluso puede improvisar para potenciar al coro. ¡Cuánta necesidad tenemos de hombres capaces de aportar, dondequiera que lleguen, lo que falta en el concierto humano!
     Y en la polifonía de la oración que se eleva del mundo, ¿hay suficientes sopranos, tenores, altos y bajos? Las melodías más altas —la de la acción de gracias, la de la llamada activa hacia el Reino—¿son suficientemente brillantes?

3. ¿Cuánto tiempo hace que entre mi ahijada y yo inventamos el juego? No lo recuerdo. La pequeña de siete años se acurrucaba contra mí, acercaba su oído a mi boca, y yo murmuraba una palabra bajo bajito... Por ejemplo. «caracol». «candela» o «espumadera». Brillaba su cara mientras registraba el mensaje. Luego ella se volvía rápida y decía a su vez a mi oído: «caracol», «candela», «espumadera»...
     Ofrecía de nuevo el oído atento. Si la palabra tardaba en llegar, me miraba seriamente a los ojos. Entonces yo susurraba: «graciosa», «jilguero», «coliflor»... El intercambio de estas palabras-tesoro no tenía fin.
     De vez en cuando echaba una ojeada a la puerta de la sala de estar, para asegurarse de que nadie escuchaba nuestra comunicación secreta.
     Me parecía haber agotado el diccionario. La mirada estaba allí, hecha espera... Fue entonces cuando dejé caer al oído la última palabra, apenas perceptible, ligera como gota de rocío: «nada». Una ola de luz gozosa recorrió su cara. Se volvió lentamente y oí cómo penetraba en mi oído: «nada»... El silencio aumentaba. Fin, por aquel día.
     Al cabo de cierto tiempo, tenía que hablar de la oración en unos ejercicios para sacerdotes. Les conté la conversación con mi ahijada. Para «rezar», ¿no habría que intercambiar con Dios, al oído, mensajes inútiles, imperceptibles, avanzando hacia la «nada» que no es más que pura presencia?
     Han pasado cuatro o cinco años. Hace poco encontré a uno de los sacerdotes que tomaron parte en aquellos ejercicios. Contó la historia a su anciana madre. Y he aquí que al acercarse la hora de su muerte, hace unos meses, mientras el hijo se le aproximaba para recoger sus palabras, ella le decía a veces con sonrisa casi imperceptible: «nada»... Niña de nuevo. Presencia frágil. A la espera.

4. Cuando preside él la celebración de la misa, después del evangelio la gente bruscamente hace silencio. Se sientan rápidamente y aguzan el oído. Porque saben que la homilía será breve: treinta, cuarenta segundos... nunca más de un minuto. Frecuentemente es una sola frase la que ese sacerdote deja caer antes de dirigirse a la sede donde permanece silencioso durante largos minutos.
      Ayer, tocaba la aparición de Jesús a Tomás, el que decía que no creería si no metía su dedo en la llaga de los clavos y su mano en el costado de Cristo. El celebrante dejó que la espera creciese durante unos instantes en la asamblea. Luego, como si arrancase la frase de lo hondo de sí mismo, dijo: «Al acercarnos a un ser herido, hemos de tener tacto». Esto fue todo. Aquellas cortas palabras permanecen en mí, vivas, incisivas...

5. El Cristo... es de madera, casi humano, a medio camino entre la piedra y la carne animada. Cuando el escultor la tomó en sus manos, hacía años ya que había estado secándose y que la vida de la savia y de las fibras se había adormecido. Pero pronto las formas iban a resucitar el árbol muerto y darle una existencia superior.
     No consta en archivo alguno en qué ladera había crecido durante muchas primaveras, durante largos lustros, hace diez siglos. Ni en qué se convirtieron sus vecinos - tablones, mesas, camas-, para arder luego tras haber compartido durante tiempo la vida de los hombres.
     Él mira, como niño sorprendido ante un espectáculo inesperado. La cruz parece estar allí para brindarle la oportunidad de abrir sus amplios brazos que inician una acogida gozosa mientras sus pies, como puntas de bailarina, podrían empezar una pirueta. Cristo, derviche ligero, maestro de farándula, secreto alborozado..., tú te ríes de todas nuestras pequeñeces. Llama ardiente, adentrada en nuestra humanidad.

6. Desde Pascua, cuando reparto la comunión, disfruto de una novedad. ¿Cómo he sido capaz de vivir tantos años sin mirarlas? ¿Cómo es posible no ver? Estaba la hostia, evidentemente, humilde signo del don de Dios compartido. La hostia y los rostros atraían mi atención.
     No sé cuándo mi mirada se posó sobre ellas, pero desde entonces me fascinan y me hablan. Más aún que los rostros. Todo converge en ellas, la actitud del cuerpo y la del alma. No pueden engañar, no saben. Miro... las manos.. Hay personas que presentan la amplia mano abierta y a veces muy horizontal. Otras, la ahuecan, como un nido.
     Hay quienes la adelantan como si fueran a acariciar a Dios, Toda la vida está ahí, en las manos. Veo las que han recogido nueces, Las que diariamente manejan instrumentos. Las que se conservan finas y protegidas. Las que denotan un estado ligeramente febril. El pasado -trabajo, salud, paz y tormentos - está grabado en ellas. Al depositar el «cuerpo de Cristo»», veo los trabajos, el tractor, la lluvia, las máquinas, la vajilla...
     Miro los anillos y pienso en las manos que los entregaron, el día de la boda o la víspera de un aniversario esperado: instante: indecibles que pueden encerrar la madeja de vidas unidas. Gruesos anillos con iniciales, anillos enriquecidos con una piedra, anillos grabados... Sobre todo me gustan las «alianzas». Las de algunos jóvenes que son finas, como si el anillo se borrara casi para dejar su fuerza frágil al símbolo. Las dos alianzas siempre unidas que las viudas llevan en el mismo dedo.
     Esas manos de hombres y de mujeres han apretado otras manos. Se han posado sobre cabezas de niño. Han hecho señales discretas. Han dado muestras también de irritación, de cólera desatada. Algunas han amenazado, golpeado quizá. Pobres manos... Muchas han conocido, así lo espero, las caricias de la ternura. Todas se abrirán hacia otra mano en la postrera hora nocturna en la que hay que abandonar incluso el propio cuerpo. «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».

7. Casi cada día voy a sentarme junto al Cristo en la penumbra. Sin verle siquiera, incluso sin mirarle. Y surge la paz.
     El año pasado le contemplaba desde ángulos y desde perspectivas múltiples hasta agotar mi atención. Ahora, me basta con estar sentado junto a él y saberle aquí, en al penumbra. Así evoluciona el amor hacia la pura presencia

Gérard Bessière


224 Hijo mío, no estás solo: Yo estoy contigo. Yo soy tú, pues Yo necesitaba una humanidad de recambio para continuar mi Encarnación y mi Redención. Desde la eternidad te necesito. Necesito tus manos para seguir bendiciendo, necesito tus labios para seguir hablando, necesito tu cuerpo para seguir sufriendo, necesito tu corazón para seguir amando. Te necesito para seguir salvando.- M. QUOIST