CUADERNO DE BITÁCORA III volver al menú
 



31, SÁBADO

     «Dios: fundamento de toda realidad, mar al que afluyen todos los arroyos de nuestros deseos, el más allá sin nombre por detrás de lo que conocemos; enigma infinito, que contiene todos los otros enigmas y cuya última solución nos impide buscar aquí, en lo conocido y experimentable; inconmensurabilidad ilimitada en la pura simplicidad de realidad, verdad, luz, vida y amor. Hacia Él fluye la monstruosa fuga de todas las criaturas de todos los tiempos, a través de todo cambio y variación».
     Hace unos días, traduciendo un libro del francés, topé con esta frase de K. Rahner, que me dejó pensativo.
     Murió ayer.
     En su honor he vuelto a leer la respuesta a «¿Por qué se hizo usted jesuita en 1922?», publicada en marzo por una revista austriaca:
     «En el fondo, hoy no sabría decir exactamente por qué. Si usted, a una persona que lleva casada ya sesenta años, le pregunta: ¿Por qué te casaste con Berta en lugar de hacerlo con Andrea?, entonces quizá no sepa decir con toda exactitud por qué. Naturalmente que, al ser católico, comprendía el sacerdocio, el cual algo tiene que ver con Dios... Todas estas generalidades eran algo obvio para mí. Pero no podría recordar ahora lo que me influyó de una forma muy especifica.
     Hoy se habla mucho del «sentido» de la vida, de la «autorrealización». Pero en definitiva, en las diversas realizaciones de la vida hasta cierto punto llega uno a una cierta decepción. Auténtica realización y sentido de la vida pueden existir sólo como una especie de «capitulación» ante Dios, ante la incomprensibilidad del misterio de Dios, la cual es aceptada como la auténtica, la única, la total «realización» de uno mismo
     Ahora, al borde de la muerte, quisiera decir He intentado realizar anticipadamente esta situación extrema como la última verdad de mi vida, la estructura principal de mi vida.
     Al final sólo sabe uno que hay un Dios misterioso e incomprensible, aceptado y creído como vida y sentido de la propia vida y a quien se puede invocar diciendo: Dios mío, ten misericordia de este pecador».
     Leyéndola he recordado:
     El 22 de septiembre de 1958, en Barcelona, le tuve de huésped. Le había escrito pidiéndole contestase a la encuesta «Por qué me hice sacerdote». Vino a decirme que no me enfadase pero que no me enviaría la respuesta «porque no sé por qué me hice sacerdote». Y lo dijo con contenida firmeza. No me atreví a insistir.
     Comimos juntos. Hablaba despacio, con un latín diáfano. No era brillante en la conversación, pero escuchaba mucho, sobre todo con los ojos.
     Después subimos a mi habitación. Me preguntó varias cosas. Le dije lo que pensaba o lo que pensaba que pensaba ¡Qué joven era uno entonces! No logré descubrir lo que pensaba él.
     Antes de despedirse, escribió en una hoja, que todavía conservo, una serie de nombres (entonces absolutamente desconocidos para mí): Bruno Wittenauer, Diego Hanns Goetz, Michael Pfliegler, Philipp Dessauer, Klemens Tillmann, Robert Grosche, Bernhard Welte, para que de su parte les formulase la pregunta. Como sólo puso la dirección completa de los dos primeros, sólo escribí a Wittenauer y Goetz. Ambos me contestaron puntualmente. He lamentado muchas veces no haber buscado las direcciones de los otros cinco, porque quizás a través de las respuestas de los discípulos hubiese aparecido un como «boceto» de la vocación del maestro.
     Ahora pienso que lo que me dijo aquel mediodía del 22 de septiembre de 1958 no era un eufemismo o una cortés evasiva: ni él sabía por qué se había hecho sacerdote ni yo hubiese entendido lo de «capitular» ante Dios, fundamento de toda realidad, mar al que afluyen todos los arroyos de nuestros deseos...
     Dios, enigma infinito, que contiene todos los otros enigmas.

8, DOMINGO

     Con la habitación a tope de artefactos llegados estos días, se me ha ocurrido pensar que los muy refinados suelen amueblar las dependencias de su casa según estilos, procurando no mezclarlos. Como debe ser.
     Pero no raras veces las viviendas estéticamente perfectas pueden quedar frías, sin vida.
     Leí hace poco esta reflexión de una pedagoga: «Me gusta decorar la casa y, sobre todo, mi habitación con cosas regaladas, no compradas. Así parece que me siento rodeada de las personas que me quieren y que se hacen presentes a través de algo, aunque esos «algos» no entonen entre sí, quiero decir artísticamente».
     Tiene razón.
     La vida suele ser menos elitista que la estética. O mejor, hay una estética vital que reduce a común denominador lo externamente heterogéneo
     Y lo mismo cabe decir del orden: no es lo mismo el orden local que el orden temporal. Una mesa como una leonera puede estar en un orden temporal, de llegada, perfecto. Y si el dueño lo tiene presente, ¿qué más se le puede pedir?
     Tendré que tenerlo en cuenta cuando Dios amontone en mi vida cosas inexplicables: luces y sombras, dolores y gozos, pueden tener un orden ordenadísimo desde Su santa voluntad.

10, MARTES

     Durante las últimas semanas he vívido acompañado por dos melodías que me han rondado obsesivamente.
    Una felicitación recibida con retraso. No en una cartulina comercial, sino una estrella pintada a mano, acompañada del texto «Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo» (Mt 2, 10) y el interrogante: «¿Qué será al verlo todo?».
     La otra, tres palabras de Teilhard de Chardin: «Deus amictus mundo» (Dios revestido del mundo).
     Día a día he ido repitiendo lo del ciego de Jericó: «Señor, ¡que vea!», Señor que te vea.

13, VIERNES

     Recuerdo que años, en una república americana, tomé parte como observador en unas jornadas de reflexión pastoral.      Los reunidos eran una veintena de sacerdotes, entregados con alma y cuerpo a la evangelización de su pueblo. Vivían pobre y gozosamente en ambientes extremadamente pobres y trabajaban por un mundo menos peor, más fraterno, pero sin ese rictus de amargura que asoma en el rostro de no pocos inmersos en la lucha de clases. Las sesiones de estudio y reflexión eran largas, como largos eran los ratos dedicados a la oración.
     Fueron cuatro días en los que viví de sorpresa en sorpresa.
     Cuando me despedí, el organizador me entregó 50 dólares —cantidad enorme dadas sus posibilidades económicas— con el ruego de que le enviara una selección de libros de poesía.
     Ante mi asombro, contestó: «Ya has visto nuestro entorno. Vivimos en un ambiente inhumano. Como la fidelidad requiere finura de alma, para no embrutecerme en medio de tanta miseria necesito respirar aire limpio. Todos los días, antes de acostarme, aunque me caiga de sueño, leo unas páginas de poesía. Esto me desintoxica, me llena los pulmones de aire puro. No es ninguna evasión, sino una purificación. Me limpia el corazón y los ojos, me afina el oído».
     Meses después, también en América, a muchos miles de kilómetros, me comentó un formador de seminaristas: «Trato de que descubran el valor de la contemplación y de que lean poesía. El celibato es imposible sin finura. Aquel póster con el perro contemplando unos polluelos y la frase “Al mundo lo salvará la ternura” me parece un auténtico hallazgo. Una de las condiciones imprescindibles para ser admitido a las órdenes es la finura de oído. Los poetas la tienen y la transmiten».

18, MIÉRCOLES

     Ojeo un nuevo diccionario de espiritualidad y descubro una palabra que le viene como anillo al dedo a un amigo que yo me sé: acemeta.
     En la costa asiática del Bósforo, la gente que vivía alrededor del monasterio de Irenaion, fundado por San Alejandro a finales del siglo IV, al oír que los monjes cantaban ininterrumpidamente día y noche las alabanzas del Señor, empezaron a llamarles «acemetas», los-que-no-duermen. (De «koimao», dormir, y «a», privativa).
     Cuando mi amigo sepa que su no-dormir es algo que tiene nombre de monje bosfórico, a lo mejor le da por imitar a los acemetas también en lo de cantar día y noche las alabanzas del Señor. Que no estaría mal, con tal que de noche lo practique en voz baja, en atención a los vecinos «cemetas».

19, JUEVES

     Lo de Xavier Zubiri a su mujer Carmen Castro: «No me digas dos cosas a la vez, porque no me entero», me parece una gran lección de un gran maestro.
     Con un trasfondo muy cristiano: «No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos».
     Vivir «jour au jour», sin amontonar «malos pensamientos». Muchos seguirían a Jesús si estuviesen ciertos de su perseverancia. ¿No basta con estar ciertos de que Él nunca nos fallará?

27, VIERNES

     Nació en 1914. Es amigo de la sabiduría. Las palabras que brotan de su pluma invitan a una seria reflexión. Reflexión que a veces termina en oración.
     Al preguntarle recientemente cómo entendía su propia vida, contestó:
     «La vida consiste, precisamente, en que uno trata de darle significación al nombre propio. Nombre que cuando uno nace no tiene significación ninguna, pero uno se la va dando.
     El hombre no elige lo que es, sino que se encuentra con ello -yo me encuentro con que soy hombre y no cocodrilo, nacido en el siglo XX y no el siglo XII, español y no ruso, nacido con estas condiciones, en esta familia determinada, y que tengo este cuerpo y esta alma-, son mis circunstancias, lo que soy no puedo elegirlo, pero lo que yo sí puedo elegir es quién voy a ser, quién quiero ser.
     Además, a esto concurre una vocación —que tampoco elijo— que me encuentro con ella, que me llama, que me es propuesta, pero no impuesta, y a la que, por tanto, puedo serle fiel o serle infiel, me deja libre. Las circunstancias no. La vocación si. Soy libre para seguirla o puedo apartarme de ella, porque tiene dificultades, por ejemplo, entonces me falsifico. No soy yo, sino otro.
     Yo creo que he tenido conciencia bastante clara y cierta precocidad en descubrir mi vocación: porque la vocación se descubre poco a poco: la vocación profesional y, sobre todo, la vocación personal de ser alguien, uno mismo».

     Señor, que sea yo y no otro,
     que sea lo que Tú quieres que sea,
     que no me falsifique,
     que sea fiel.
     Amén.

Jorge Sans Vila


216 ¿Quién puede permanecer indiferente frente al aumento vertiginoso de la necesidad de evangelización? Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros que os encontráis en el momento decisivo de vuestra elección: ¿qué piensas hacer con tu vida?, ¿cuáles son tus proyectos?, ¿has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo?, ¿crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?, ¿cuál es tu respuesta?, ¿te falta coraje para responder que sí?.- JUAN PABLO II