UN HUMILDE SEVICIO volver al menú
 



PADRE
ME PONGO EN TUS MANOS.
HAZ DE MÍ LO QUE QUIERAS.
SEA LO QUE SEA,
TE DOY LAS GRACIAS.

ESTOY DISPUESTO A TODO
LO ACEPTO TODO,
CON TAL QUE TU VOLUNTAD
SE CUMPLA EN MÍ
Y EN TODAS TUS CRIATURAS.
NO DESEO NADA MÁS, PADRE.

TE CONFÍO MI ALMA,
TE LA DOY
CON TODO EL AMOR DE QUE SOY CAPAZ,
PORQUE TE AMO
Y NECESITO DARME,
PONERME EN TUS MANOS
SIN MEDIDA,
CON UNA INFINITA CONFIANZA,
PORQUE TÚ ERES MI PADRE.

 

     Este texto lo escribí hace bastantes años. Vuelvo a publicarlo de nuevo porque la vocación de Agustín de Hipona no envejece.
    Confieso que ahora no pediría a los jóvenes que rezasen la oración «Padre...». Porque ni el mismo Ch. de Foucauld la rezaba, se limitaba a escucharla de labios de Jesús. Aunque no se rece, la melodía queda.
                                                                                                                                  

     ¿Habéis tomado parte alguna vez en una «semana de orientación profesional»? Es una experiencia curiosa.
      Los mayores reciben un buen día un programa. En el programa se dice que unos señores muy sabios les hablarán de lo bueno que es ser abogado, ser médico, ser ingeniero... Si el colegio es católico no falta nunca una conferencia sobre la grandeza del sacerdocio. Y ya está: al final de la jornada los pobres alumnos que llevan ya a sus espaldas una buena ración de clases y de horas de estudio, entran como mansos corderos, ¡qué remedio!, en el salón de conferencias.
     Este año me tocó hacer de «sabio». Mi conferencia — la última de la serie—- tenía por tema el sacerdocio. Se trataba de un colegio católico, claro.
     Al entrar en el salón abarrotado de muchachos tenía mi miedo. Me habían advertido que el ambiente no era muy propicio, que aquel tema era una cosa muy gastada, que... ¿Me silbarían?, ¿se dormirían?
     Pero ya me estaban presentando. Y para colmo de desventuras decían que yo era un «especialista». («Especialista» para vosotros ¿no es sinónimo de «aburrido»?). No rompí allí mismo, delante de todos, mis cuartillas en señal de protesta para no hacer quedar mal al bueno del Director. Hubiera sido poco «orientador». Pero mis ganas tuve.
     —...Ya sólo me resta ceder la palabra al conferenciante.
     Aplausos protocolarios.
     Me levanté. Metí las cuartillas en el bolsillo. (Y conste que había preparado la conferencia con ilusión. Explicaba en ellas las 3 vocaciones de todo cristiano: primera, la vocación creadora de Dios llamándonos a ser; segunda, la llamada redentor de Jesucristo que por el Bautismo nos incorpora a su vida y nos hace hijos de Dios; tercera, la llamada que el Señor dirige a todos y cada uno de los cristianos para trabajar en favor del Cuerpo Total de Cristo. Todos los cristianos tienen vocación, todos los cristianos tienen una misión en la Iglesia: misión creadora y santificadora de las realidades terrenas, unos; misión de testigos del Trascendente, otros; misión de ministros del Cuerpo y la Palabra de Jesús, los sacerdotes).
     Les miré despacio, ¡cuánta gente, Dios mío!, y prescindiendo de los saludos de rigor, de las protestas de indignidad, les dije con toda sencillez:
     —Venía preparado para una conferencia, pero como os veo cansados prefiero contaros una historia. Quizá muchos hubieseis preferido algo más serio. Desde ahora os pido perdón por salirme algo del tema.
     Noté inmediatamente cómo las trincheras de pasivismo que habían ido construyendo momentos antes caían deshechas, cómo alargaban el cuello y sonreían dándose codazos los más jóvenes, y se arrellenaban en los asientos, y, no sé si es indiscreción decirlo, hasta me pareció ver algo de curiosidad en los ojos cansados de los profesores.
     —Había, hace «unos cuantos años», en Souk-Aras, un muchacho listo como el hambre, pero que no podía ver los libros de texto y que odiaba, sobre todo, el griego. Era un enamorado de la vida, de la luz, del sol...
     A los cinco minutos éramos ya viejos amigos. De la mano recorrimos juntos los caminos de Madaura, de Cartago, de Roma, de Milán.
     Es que la vida de Agustín es tan apasionante como una película del Oeste: hay lucha, hay entusiasmo, hay pasión.
     Vimos a Adeodato, el hijo de Agustín, sentado en los bancos de la escuela de su padre; a la mujer que le había seguido desde África; a Alipio, el amigo inseparable. Contemplamos con respeto el rostro sereno y los ojos llorosos de Mónica, la madre. Asistimos al bautismo de Agustín. Y le acompañamos a Tagaste después de dar el último beso a la madre que gozosa podía descansar ya al ver por fin al hijo en el buen camino.
     Agustín tenía entonces 37 años. Acariciaba planes para el futuro... Nos lo cuenta él mismo:
     —No me he codeado con los jefes del pueblo. En el banquete de mi Señor no escogí un lugar sobresaliente, sino inferior y despreciado. Pero a Él le agradó decirme: «sube más arriba».
     Antes de que me dijera esto, temía de tal modo el episcopado que habiendo comenzado a adquirir algo de fama entre los servidores de Dios, nunca me acercaba a una localidad que supiera que no tenía obispo. Estaba alerta y procuraba asegurar mi salvación en una posición modesta, por miedo a perderme en una posición más elevada.
     Pero ya os lo he dicho, el servidor no debe llevar la contraria a su dueño. Vine a esta ciudad para ver a un amigo, sin ningún temor: la plaza de obispo estaba provista. Fui atrapado, hecho sacerdote, y así llegué al episcopado (Serm. 335, 1, 2).
     A Valerio, el obispo de Hipona, griego de origen, le costaba no poco el ministerio de la predicación en latín. Estaba aquel día hablando a los fieles de la necesidad que sentía de un sacerdote que le ayudase y encarecía a los cristianos que orasen para encontrarlo. Agustín se hallaba en la iglesia, confundido entre la multitud, temiendo lo peor. De pronto, alguien que le conocía le reconoció. Empezó a su alrededor un cuchicheo que fue creciendo hasta tal punto que empujándole violentamente, lloraba él como un niño, le condujeron a la fuerza ante el obispo Valerio.
     —Se me hizo violencia por méritos de mis pecados, pues no hallo otra explicación. Se me forzó a ser el segundo de a bordo, cuando ni de empuñar el remo era capaz (Carta 21, 1).

     El silencio era enorme. Silencio medio de sorpresa, medio de aplanamiento. ¿Por qué no aprovechar aquella oportunidad para obligarles a reflexionar?
     —Amigos míos, que me estáis escuchando. Ser sacerdote no es un honor, es un servicio. «Servir», ¡qué palabra más despreciada en nuestro mundo de hoy! El sacerdote, como Cristo, no vino a ser servido, sino a servir.
     «¿Qué es la vocación?» Lo pregunté hace unos días a un grupo de muchachos de vuestra edad. ¿Sabéis lo que me contestaron? Es «una inclinación», «una llamada de Dios que se nota por cierto agrado o inclinación», «una fuerza interior que nos lleva hacia aquello que agrada y para lo que nosotros creemos que estamos capacitados», «una tendencia que sentimos hacia algo»... Un gusto, una inclinación, una tendencia. Falso.
     La vocación —llamada de Dios— no es sólo un gusto, no es sólo una inclinación, no es sólo querer, no es sólo poder. Nadie «tiene vocación. Es la vocación la que nos tiene a nosotros, es ella la que nos va teniendo a medida que afinamos nuestro oído. A medida que nuestros ojos descubren que alguien debe repartir el Cuerpo de Cristo, la Palabra de Cristo, el Amor de Cristo. Servir. Esto.
     Yo os pido esta noche, jóvenes que me escucháis, que puestos de pie digáis con toda el alma la oración que yo rezaré en voz alta. Es una oración de un hombre que, como Agustín, descubrió que la vocación es un humilde servicio:
     «Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre».

     En silencio, sin un aplauso siquiera, salimos del salón de conferencias. Es que la oración de Foucauld no puede aplaudirse. Se escucha, rezada por Jesús. Nada más. Luego, poco a poco, se comprende más claramente que sí, que la vocación es un humilde servicio.

Jorge Sans Vila


215 ¿Quién puede permanecer indiferente frente al aumento vertiginoso de la necesidad de evangelización? Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros que os encontráis en el momento decisivo de vuestra elección: ¿qué piensas hacer con tu vida?, ¿cuáles son tus proyectos?, ¿has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo?, ¿crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?, ¿cuál es tu respuesta?, ¿te falta coraje para responder que sí? -JUAN PABLO II