NO SE SIGUE PORQUE SE DEJA... volver al menú
 



     «El padre de los Hijos del trueno» (hoja 30) es una página vocacional de antología. Escrita por el Dr. Isidro Gomá Civit, cuando empezó la publicación de este boletín vocacional.
     Años después, demasiados para mis deseos, conseguí que escribiera otro relato vocacional, el de Eliseo. En una primera lectura, puede leerse, sin prestar atención a las notas.
     Las once palabras del título completo son un auténtico tratado de pastoral vocacional.

J.S.V.


NO SE SIGUE PORQUE SE DEJA,
SE DEJA PORQUE SE SIGUE

     Eliseo, hijo de Safat, rico hacendado en Abel-Mejolá («Prado-de-la-danza»). Doce yuntas de bueyes van y vienen arando sus tierras; él conduce la suya y vigila las once que llevan los servidores. El corazón soñando en la mies, la mano en la mancera, los ojos tensos en la línea recta que hay que surcar. Arar bien exige plena tensión.

     Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios (Lc 9, 62).

     Pasa Elías, camino de Damasco. Viene de conversar con Yahvé en el Sinaí. Se acerca al joven labrador y le echa encima su manto. Eliseo comprende: en el mundo de los profetas, los gestos simbólicos dicen más que las palabras. Comprende y acepta: será el «otro yo» de Elías. Discípulo absoluto, seguidor, sucesor. Únicamente pide permiso para ir a dar el abrazo de despedida a su padre y a su madre.
     Despedida que es una fiesta. Todo el pueblo participa. Eliseo inmola en sacrificio de comunión los bueyes de su yunta. Quema los aperos para cocer la carne. La distribuye a todos. Fiesta grande: el hijo de Safat celebra la transfiguración de su vida. De labrador a profeta.

     Partió Elías y encontró a Elíseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima. Él abandonó los bueyes, corrió tras Elías y le dijo: «Déjame ir a besar a mí padre y a mí madre y te seguiré». Le respondió: «Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?». Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó, asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes que comieron. Después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio (1 Re 19, 19-21).

     Sublime el rito con que Eliseo «quema» lo que tanto amaba. La vocación es llama viva. Holocausto del pasado encendido por el fuego del porvenir. El sacrificio desangra cuando es a medias, inflama si es total. Seguir a Elías. También, nueve siglos más tarde, Leví-Mateo dejará su envidiable oficina de aduanas (y lo celebrará con un generoso banquete) para seguir a Jesús.

     Vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Y dejando todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete (Lc 5, 27-29).

     Y por lo mismo dejarán barca, redes y familia aquellos cuatro pescadores: Simón y Andrés, Santiago y Juan.

     Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y haré de vosotros pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban en la barca arreglando las redes; y los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él (Mc 1, 16-20).

     En la dinámica de la vocación, dejar no tendría sentido por sí mismo. Lo que vale es seguir a Quien llama. Pero seguir comporta dedicación, consagración, plenitud. Y su precio es dejar todo lo demás. No se sigue porque se deja; se deja porque se sigue.

* * *

     La historia bíblica también nos cuenta vocaciones de estilo «teofánico». Envueltas en impresionante manifestación de la Gloria divina. Isaías, Ezequiel, Saulo.

     Unos serafines se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria». Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y la Casa se llenó de humo. Y dije: « ¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito: que al rey Yahvé Sebaot han visto mis ojos!» Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano y tocó mi boca y dijo: «He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado». Entonces oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?» Dije: «Heme aquí: envíame». Dijo: «Ve y di a ese pueblo...» (Is 6, 3-9).

     En el año treinta, se abrió el cielo y contemplé visiones divinas. Vi un viento huracanado que venía del norte, una gran nube con fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego. Había en el centro como una forma de cuatro seres. Entre los seres aparecían como brasas incandescentes, algo como una visión de antorchas, que se movía entre los seres; el fuego despedía un resplandor, y del fuego saltaban rayos... Era algo como el aspecto de la forma de la gloria de Yahvé. A su vista yo caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba. Me dijo: «Rijo de hombre, ponte en pie, que te voy a hablar... Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas... Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras...» (Ez 1-3).

     Saulo, respirando amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba a algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén. Sucedió quo. yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco. de repente le rodeó una luz venida del ciclo, cayó en tierra y ovó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?» El respondió: «Quién eres, Señor?» Y El: «Yo son Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad se te dirá lo que debes hacer» (Hech 9, 1-9).

     Pero de ordinario Dios viene al encuentro en el ritmo de la vida cotidiana. En el corazón del trabajo profesional. Así llama a los pescadores de Genesaret. Al oficial en la aduana de Cafarnaum. Al labrador de Abel-Mejolá. Haberse dado con los cinco sentidos a una honrada profesión humana forja la disponibilidad para transfigurarse en profesional de Dios. En el proceso de la vocación todo es Gracia. Imprevisible. Gracia de Dios la sorpresa de recibir. Gracia de Dios la generosidad de aceptar. A Moisés, Amós y David les sorprendió la Gracia en la escondida paz de sus rebaños. A Samuel en un duermevela de su adolescencia.

     Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián (Ex 3, 1).

     Respondió Amós: «Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino un pastor y cultivador de sicómoros, pero Yahvé me tomó de detrás del rebaño...» (Am 7, 14).

     Preguntó Samuel a Jesé: «¿No quedan va más muchachos?» É1 respondió: «Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño». Dijo entonces Samuel a José: «Manda que lo traigan...» (2 Sam 16, 11).

     Servía Samuel a Yahvé a las órdenes de Elí, Cierto día, estaba Elí acostado en su habitación - sus ojos iban debilitándose y ya no podía ver- no estaba aún apagada la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el santuario de Yahvé, donde se encontraba el arca de Dios. Llamó Yavhé: «¡Samuel, Samuel!» El respondió: «¡Aquí estoy!» (1 Sam) 3. 1-14).

     El sacerdote hebreo v modesto agricultor Jeremías contemplaba una rama de almendro recién florido y oyó la llamada de Dios.

     Entonces me fue dirigida la palabra de Yahvé en estos términos: «¿Qué estás viendo, Jeremías?» «Una rama de almendro estoy viendo». Y me dijo Yahvé: «Bien has visto» (Jer 1, 11-12).

     El mismo día en que redacto estas líneas (fiesta de san Antonio Abad, a quien profeso intenso cariño por su patronazgo) ha reflorecido el viejo almendro de mi jardín. Y se me ha hecho presente en la memoria, como si fuera esta mañana, el ya lejano encuentro que decidió mi vocación al sacerdocio cristiano. Sencillísimo. Un diálogo transparente con aquel sacerdote de alto pensar y hondo sentir que, ya anciano, había encontrado a veces frío y tormenta —pero jamás niebla— en su largo camino de fidelidad.

* * *

     Cuando Elías fue a refugiarse en el Sinaí, le abrumaba la más amarga de las angustias: el sabor del fracaso.

     Había trabajado por la fe de Israel con celo devorador. Ajab refirió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo había pasado a cuchillo, a todos los profetas. Envió Jezabel un mensajero a Elías diciendo: «Que los dioses me hagan esto y me añadan esto otro si mañana a estas horas no he puesto tu alma igual que el alma de uno de ellos». El tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta va. Yahvél ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!» (1 Re 19, 1-4).

     Pero Israel, su pueblo entrañable, perdía la identidad. Desorientados por la política egoísta de los dirigentes, doblaban la rodilla ante el Baal fenicio y ante todos los «baales». A Elías va no le quedaba más horizonte ni ilusión que la cercana muerte. En la cumbre del Sinaí, mediante una fascinadora comunicación mística, Yahvé lo reconforta. El árbol cortado tiene esperanza si conserva sus raíces. Y entre los sencillos de Israel, los que constituyen el auténtico pueblo, quedaban raíces muy profundas. Ve, regresa por el mismo camino —le dice el Señor— y unge a Elíseo por profeta en lugar tuyo... Algún tiempo después, al otro lado del Jordán, el Señor arrebató a Elías en un carro de fuego. Sublime expresión de una muerte feliz. Desde la llama divina, dejó en herencia a Eliseo su espíritu y su manto.

     Dijo Elías a Elíseo: «Quédate aquí, porque Yahvé me envía a Betel». Eliseo dijo: «Vive Yahvé y vive tu alma que no te dejaré». Y bajaron a Betel. Salió la comunidad de los profetas que había en Betel al encuentro de Eliseo y le dijeron: «¿No sabes que Yahvé arrebatará hoy a tu señor por encima de tu cabeza?» Respondió: «También yo lo sé. ¡Callad!». Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí». Respondió: «Vive Yahvé y vive tu alma que no te dejaré». Cincuenta hombres de la comunidad de los profetas vinieron y se quedaron enfrente, a cierta distancia; ellos dos se detuvieron junto al Jordán. Cuando hubieron pasado, dijo Elías a Eliseo: «Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de ser arrebatado de tu lado». Dijo Eliseo: «Que tenga dos partes de tu espíritu». Iban caminando mientras hablaban, cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino. Eliseo le veía y clamaba: «¡Padre mío, padre mío!». Recogió el manto que se le había caído a Elías y se volvió (2 Re 2, 1-13).

     Eliseo ya dirigía numerosas comunidades de «hermanos profetas». En todo Israel reflorecía la fe.

     Cuando me tienta el desánimo, reacciono pensando en «Eliseo».

Isidro Gomá


213 ¡Cuánto mal hacen los autores de tantas historias infantiles donde el «padre» juega el papel de «malo», del enemigo de una vocación y aún de la simple formación de los hijos! Como si las columnas de la fe de un pueblo y el nervio de todo apostolado eficaz no fueran precisamente, y más que nadie, los padres de familia.- Isidro Gomá