CUADERNO DE BITÁCORA I volver al menú
 



     «Bitácora». Especie de armario fijo a la cubierta, en que se pone la aguja de marear
     «Cuaderno de bitácora». Mar. Libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación.
     Todos los años, en abril o mayo, hago propósito de llevar, al empezar el curso siguiente, algo así como un diario. Algo parecido a un «cuaderno de bitácora».
     Pero luego, año tras año, trato de olvidar el repetido propósito. Por pereza, claro, y porque al irla viviendo la vida parece insignificante. Pero ¿existirá algo más valioso, más significativo, que la vida?
     Esta vez el propósito va en serio. ¡A ver qué pasa!


29, DOMINGO

     Me soplan al oído que el lema del Domund será: «Cristo es el redentor. Muchos no lo saben».
     ¡Qué bueno! Felicito al que lo ha ideado.
     Aunque probablemente más de un pensador (¿pensador?) dogmatizará diciendo que se trata de un lema poco democrático, demasiado excluyente.
     Por si sirve:
     A mis alumnos les pregunto al empezar el curso: ¿Pueden existir dos pedagogías verdaderas, totales, integrales, distintas? ¿Puede existir una pedagogía verdadera, total, integral, que no sea cristiana?
     Inmediatamente se ensartan en una discusión interminable. Si alguien desea saber qué opino yo, le digo que no tanto a la primera como a la segunda pregunta.
     Y si me acusan de totalitario, no hago caso.
     No hago caso porque recuerdo que el 21 de noviembre de 1964, de 2.156 obispos reunidos en Roma, 2.151 votaron afirmativamente que «El único mediador y camino de salvación es Cristo» (LG 14).
     La pena es que muchos, demasiados, no lo sepan.

     El lema se me ha metido en el almario desde la mañana. Como esas melodías que te rondan obsesivamente y no hay manera de alejar.
     Dice lo que dice cada una de las dos frases. Que no es poco. Pero lo peor, lo mejor, es la tercera que uno se ve obligado a añadir: « Y yo ¿qué hago? ».
     Ese «Y yo ¿qué hago?» me tiene inquieto, intranquilo, desazonado. Es aquello de Claudel: «Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?».

8, MIÉRCOLES

     Noto que pierdo vista. Como la pérdida es relativamente lenta me voy acostumbrando sin excesivos sobresaltos.
     A veces pienso que quizás haya que dejar de ver para empezar a ver. Que la costumbre de mirar hacia fuera nos incapacita quizás o nos limita para ver la realidad profunda.
     Mientras traducía «A corazón abierto» de M. Quoist iba de sorpresa en sorpresa. 425 sorpresas, nada menos.
     La 113 me confirma en mis sospechas:

     «Esta mañana ante un rostro moribundo he comprendido una vez más el prodigioso poder del amor.
      No sabía qué decir. ¿Qué se puede decir ante la muerte que llega implacable? Miraba. Encontraba feo a aquel viejo de rostro surcado por profundas arrugas, rostro aceitoso de sudor donde un extraño bombardeo había dejado cráteres rojos y negros entre los pelos mal afeitados
      Su mujer le cogía la mano. No se movía. Entonces ella se inclinó murmurándole: «Cariño, el señor cura está aquí, ha venido a verte». Y en seguida se olvidó por completo de mi presencia. Acariciaba al viejo y le murmuraba palabras de ternura. Sorprendido, le oí decir: «Amor mío, ¡qué guapo eres, eres guapísimo...!» Yo estaba molesto. Me decía a mí mismo: ¿cómo se puede estar ciego hasta este punto? ¡El amor es ciego!
     Entonces sucedió algo extraordinario. El hombre, sintiéndose acariciado, entreabrió los ojos. En su rostro apareció una sonrisa, una sonrisa pálida, vacilante, como el sol cuando atraviesa las nubes oscuras. Miró largo rato a su mujer, se disiparon las nubes y estalló la sonrisa irradiando el rostro. Comprendí. Yo también lo vi. Vi lo que ella veía. ¡Era hermoso! Ella tenía razón. Era ella la que tenía razón. El amor no es ciego. Al contrario, el amor deja ver lo que los otros no ven. Permite descubrir al hombre más allá de su rostro de carne, allí donde es único, allí donde sólo los que se aman pueden penetrar, admirar, extasiarse».

16, JUEVES

     Cuando me tienta el desánimo echo mano de un montón de vitaminas que tengo a mano: un cuaderno en el que apunto pensamientos y frases de mis lecturas.
      «Además de los santos canonizados o canonizables, estoy convencido de que hay en el cielo una inmensidad de santos inaparentes, quiero decir que, excepto en lo que concierne a lo secreto del corazón, llevaron entre nosotros una vida como todo el mundo».
     Tras repasar la frase de J. Maritain, salgo a dar una vuelta. Y miro a la gente con ojos nuevos. Con veneración. No preciso de la linterna de Diógenes. ¡Los santos inaparentes que habré tratado en mi vida, Dios mío!

17, VIERNES

     Oigo comentar que un hombre de negocios acaba de fallecer sin dejar testamento. Parece que el lío es enorme.
      Por contraste pienso en Monseñor Rodhain.
     Le conocí hace años. Había ido a Lourdes en peregrinación con un buen grupo de seminaristas. Unos 40. Cargados con nuestras mochilas, al compás de salmos y avemarías, con tiendas de campaña.
     Llegar a Lourdes y encontrarnos con un diluvio fue lo mismo. Imposible plantar las tiendas. Nos metimos en un hospital Al vernos tan mojados nos dijeron que por qué no íbamos la Cité-Secours, que allí nos hospedarían gratis. ¿Gratis? Nadie se lo creyó.
     Como la lluvia no paraba y en el hospital nos miraban ya reojo, decidimos probar suerte. Fuimos. Llamaron a Monseñor Rodhain y sin excesivas palabras nos dijo que podíamos quedarnos, que ayudáramos en el arreglo de la casa.
     Nos quedamos. Lavamos platos, con sumo gusto. Bajábamos a rezar a la gruta y pasábamos buenos ratos en la capilla de la Cité-Secours. Nos llamaban la atención las salidas constantes de Monseñor Rodhain, de clergyman impecable, caballero en su jeep.
     Posteriormente seguí sus andanzas de embajador volante del Papa, para obras de caridad en el ancho mundo.
     Él sí dejó testamento. Le encontraron muerto en la Cité-Secours la mañana del 1 de febrero de 1977. Sobre la mesilla noche, había dejado, como testamento, escritas de su puño y letra temblorosa las palabras del Avemaría. Y al final sus iniciales: J. R.
     ¡Qué buen testamento ológrafo!

1, SÁBADO

     Miguel es doctor. Especialista en historia. De vez en cuando me escribe y me cuenta historias
     La última es ésta: Dicen que un predicador preguntó a un pastor de la sierra si creía en Dios, y él le contestó: «No sé, pero Alguien puntualmente envía cada año la nieve».

1, MARTES

     Hoy hace treinta y un años que Fray Francisco me ordenó sacerdote. Por lo menos son ya 11.315 misas. Seguro que bastantes más, porque un domingo en México dije nada menos que siete. Al terminar el día estaba molido y alegre como nunca.
     No tengo tarjetas de visita. Pero si un día me animo a encargar, debajo del nombre y apellidos pondré sólo: «misero». Yo también practico el pluriempleo. Pero mi oficio-oficio es el de decir misa. Seguro que a algunos le parecerá demasiado poco. Lo siento por ellos.
     Claro está que si todavía no me he cansado de decir misa se debe en gran parte a que muchos cristianos me han ayudado a decirla. Desde aquí quiero darles las gracias.

23, JUEVES

     El martes cumplí años. Unos cuantos.
     Después de cenar iba por la calle con cuatro colegas. De pronto se me acercó un seminarista al que casi no conocía y me dio la mano felicitándome. No sabía que supiese.
     A los pocos días (¡correos democráticos!), enviado por él y los de su comunidad, me llegó un texto de Gabriela Mistral, que desconocía
     Pienso que una buena manera de dar gracias a Dios por los años de vida que me ha concedido, y agradecerles a ellos el recuerdo, puede ser transcribirlo aquí:

      «Siembra sin mirar la tierra donde cae la semilla, estás perdido si consultas el rostro de los demás. Tu mirada invitándoles a responder, les parecerá invitación a alabarte, y aunque estén de acuerdo con tu verdad, te negarán por orgullo la respuesta. Di tu palabra, y sigue tranquilo sin volver el rostro. Cuando vean que te has alejado, recogerán tu simiente; tal vez la besen con ternura y la lleven a su corazón
      No pongas tu efigie reteñida sobre tu doctrina. Le enajenará el amor de los egoístas, y los egoístas son el mundo.
      Habla a tus hermanos en la penumbra de la tarde, para que se borre tu rostro, y vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz. Hazte olvidar... hazte olvidar... harás como la rama que no conserva la huella de los frutos que ha dejado caer.
     Bástete la sagrada alegría de entregar el pensamiento; bástete el soberano y divino saboreo de su dulzura infinita. Es un misterio al que asiste Dios y tu alma. ¿No te conformas con ese inmenso testigo? Él supo, El ya ha visto, Él no olvidará.
     También Dios tiene ese recatado silencio, porque El es el pudoroso. Ha derramado sus criaturas y la belleza de las cosas por los valles y colinas, calladamente, con menos rumor del que tiene la hierba al crecer. Vienen los amantes de las cosas, las miran, las palpan y se están embriagados, con las mejillas sobre sus rostros. ¡Y no lo nombran nunca!
     Él calla, calla siempre. Y sonríe... ».

Jorge Sans Vila


207 Al Señor que es bueno le canta mi alma, / que, aunque soy pequeña y no valgo nada, / Él hizo conmigo sus grandes hazañas, / por eso me dicen: ¡bienaventurada! / Porque el Poderoso me dio su mirada / que es misericordia y a todos alcanza. / Nos mostró su fuerza dejando sin nada / a aquellos que tienen soberbia en el alma. / Derribó a los grandes -gente bien montada- / y a la gente humilde la llevó enancada. / Al que estaba hambriento le colmó sus ansias. / Al rico orgulloso dejó con las ganas. / Escuchó a su pueblo que le suplicaba / y cumplió a Abraham la palabra dada / a él y a sus hijos: ¡Palabra sagrada! / Porque nuestro Dios es Dios de palabra.