TIEMPO DE DIOS volver al menú
 

 

     Desde hace bastantes años mantengo en una revista una sección titulada «Libros con microbio» (de vocación). Pronto comentaré «El día d’avui» de Rosario Bofill.
     Para ganar tiempo, le pedí a Rosario la traducción de estas cinco reflexiones. Que merecen figurar en una antología sobre la vocación.
     Meses después apareció la traducción castellana, con el título «Tiempo de Dios». En la cubierta unos monigotitos de José María de la Torre con las manos levantadas y un corazón bien visible, ilustraban muy bien el contenido del libro:«Sólo se ve bien con el corazón».

J.S.V.


UN PUEBLO EN FIESTA

     Aquella mañana hizo buen tiempo. Entre todos habían preparado la fiesta y nadie en el pueblo se sentía extraño.
     La habían preparado, la fiesta, cuidando que la interesada a quien iba dedicada no supiera nada. Y cuando ella pasaba por delante de la fuente y preguntaba a los albañiles qué eran aquellas obras, ellos le respondían que se había roto una cañería.
     Aquella mañana todo estalló en fiesta. La misa fue concelebrada y la iglesia se llenó de bote en bote
     Eran las bodas de oro de vida religiosa de la Hermana Josefa y se celebraban también los cincuenta años que la religiosa residía en el pueblo. Por eso, hoy, le dedicaban una fuente que llevaría su nombre y la nombraban hija adoptiva de Viladrau.
     Durante aquellos cincuenta años —justo al profesar la destinaron a aquel pueblo— ella se había hecho indispensable. Cuando en una casa había una desgracia, allí estaba la Hermana Josefa. Había sido maestra de muchachas que ahora eran madres e incluso algunas ya abuelas. Siempre se había preocupado por todos. Y ellos no habrían sabido estar sin ella.
     Tiempo atrás las superioras de la orden de las Dominicas la quisieron trasladar a Gerona. Todo el pueblo se sublevó. Visitas, cartas y más visitas a la Madre General e incluso, cuando estas cosas no se hacían, hubo una manifestación de protesta.
     La Madre General estaba un tanto perpleja: «Si siempre que trasladamos una monja se armara este revuelo...», les decía. Pero a los del pueblo no les importaba lo que pasara a otras monjas. Ellos querían que la Hermana Josefa volviera al pueblo. Y volvió.
     Hoy, la Madre General al ver la fiesta, debió pensar que no se equivocó al ceder ante tantas presiones.
     Hubo poesías, discursos y se bailaron sardanas en el jardín de las monjas. La Hermana Josefa no salía de su asombro: «Es demasiado».
     Aquella mañana soleada yo pensaba que cuando un pueblo sabe amar y valorar una vida de entrega y cuando hoy, en la primavera de 1979, se nombra hija adoptiva a una monja y se le dedica una fuente, es evidentemente, porque la monja se lo merece y también porque los pueblos guardan valores profundos y arraigados, que el tiempo no destruye.

CÁNTICO AL HERMANO SOL

     Al leer el «Cántico al hermano sol» de san Francisco me vino a la memoria una larga temporada durante la cual un familiar mío tuvo que estar en una clínica.
     Había pedido comulgar cada mañana y, a buena hora —en las clínicas todo se hace muy pronto— cuando estábamos tanto el enfermo como el acompañante medio muertos de sueño, discretamente llamaba a la puerta el sacerdote que traía a Nuestro Señor. Era un cura bajito y, si no recuerdo mal, iba con una americana marrón y un jersey de cuello alto. Al entrar decía: «Buenos días», se ponía la estola y sacaba la cajita donde llevaba la forma. Casi cada día decía, más o menos las mismas palabras. Empezaba con: «La paz sea en esta casa». Y luego: «Bendito sea este nuevo día y este sol que nos ilumina». La habitación estaba orientada al sureste y sobre los tejados a aquella hora aparecía un sol discretamente rojo: «Como el sol ilumina la tierra y la ciudad, y da fuerza y luz a nuestras vidas, el Señor Jesús dé fuerza hoy a este enfermo y a todos nosotros la luz, el amor y la paz».
     Seguidamente sacaba de la cajita la forma y pronunciaba las oraciones del ritual para estos casos.
     El enfermo comulgaba y yo, si estaba de acompañante, también. Luego, con la misma discreción con que había entrado, el sacerdote se marchaba. Cuando él se iba nos quedábamos los dos en silencio unos momentos de acción de gracias. El sol entraba un poco más en la habitación. En medio de la tribulación Dios se hacía presente.
     Nunca supe el nombre de aquel cura, pero recordaré siempre su discreción, su cántico al hermano sol repetido cada mañana en una habitación de una clínica barcelonesa
     Tal vez hoy siga haciendo lo mismo.

LA VISITA DE LA HERMANITA

     Apareciste mientras estábamos plácidamente hablando. Era una tarde fría pero allí, confortablemente sentadas, era agradable dejar pasar el tiempo.
     Hacía años que no te habíamos visto. Estabas casi igual, un poco más llena, pero no habías perdido aquella sonrisa dulce. Fuiste explicando tu trabajo en aquel barrio obrero. No te eran ajenas ninguna de las angustias por las que pasa el mundo trabajador. Hablabas de aquel hombre en paro, y de aquel otro, de aquella mujer sola y de aquel niño subnormal... Lo que vosotras, tus compañeras y tú, ganabais en vuestros respectivos trabajos no era suficiente para vivir. «¿La ropa? Oh, esto es lo de menos. Hace tiempo que ninguna de nosotras se ha comprado nada. Nos dan vestidos, jerseys y nos los arreglamos» (nosotras, cuando tú llegaste, estábamos hablando de modas).
     Tantos años sin verte y ahora al comparar tu vida y la mía me daba cuenta de cuánta distancia —kilómetros y kilómetros de entrega— nos separaba.
     El evangelio, la fe, se mantiene porque, escondidos, desconocidos en medio de la gente que vamos atareados y preocupados por nuestras cosas, hay gente como tú que reza, que trabaja solidariamente. Tu denuncia de las injusticias era afilada como hoja de cuchillo y de cuando en cuando, como pensando que habías ido demasiado lejos, repetías que no hacíais nada, que por el hecho de no tener familia, de no tener hijos, vuestras pequeñas angustias, vuestra pobreza era riqueza comparada con la gente que vive sumergida en la inseguridad y en la incultura.
     A medida que hablabas el frío había ido entrando por las rendijas de las ventanas bien cerradas, la confortable y segura habitación se llenaba de viento y casi me sentí en la intemperie.
     Estaba confundida y al mismo tiempo daba gracias a Dios por la maravilla de que hoy y aquí, entre nosotros, vivan personas que hagan presente —para decirlo de una vez y claramente— a Cristo como nos lo haces presente tú.

LECCIÓN DE ASCÉTICA EN FRANCÉS

     Mère Fourvière tenía los ojos muy azules y un cutis de aquellos que antes se decían de porcelana. Mère Fourvière no alzaba la voz cuando hablaba y era preciso prestar mucha atención para no perder sus palabras, tanto más por el hecho, como su nombre indica, de ser francesa y la encargada de que nosotras, muchachas de quince o dieciséis años aprendiésemos a hablar y entender bien el francés.
     Cuando llegaba el buen tiempo salíamos a dar la clase al jardín. En aquel ambiente más abierto, la clase se convertía en improvisada conversación. A Mère Fourvière, a la que yo creo hubiera hecho mucho más feliz cantar en el coro que dar lecciones a una veintena de chiquillas, cuando se trataba de hablar le gustaba buscar temas elevados. A menudo se repetía la misma discusión: qué era mejor, los sacrificios que uno escogía, hacer o no hacer esto o aquello, etc., o aceptar con buena cara lo que Dios nos enviaba.
     La mayoría de las alumnas, si no recuerdo mal, nos inclinábamos - ¡oh, ingenua vanidad de adolescentes! - por creer que lo mejor era lo que una misma buscaba ya que, por el hecho de escogerlo, había un claro acto de voluntad, de vencimiento auténtico. Mère Fourvière opinaba todo lo contrario: lo mejor era aceptar —lo decía con aquella voz baja y sonriendo— todo lo que nos venía. Muchas veces, años después, he pensado que aquella discusión era mucho más profunda de lo que entonces imaginábamos. Y que la razón, toda la razón, la tenía ella, aquella monja de ojos azules y cutis fino nacida en el vecino país. ¡Y cuánta razón tenía!

DESDE LA ACERA

     Cada mañana ocurre lo mismo, y ahora, cuando os lo cuente, me diréis que es una tontería. Y os doy la razón por adelantado. Sólo que a mí me hace pensar y me animo a explicároslo.
     Dos de mis hijas son todavía pequeñas y por la mañana entre las ocho y cuarto y ocho y media las viene a buscar cada día el autocar del colegio.
     A estas horas —todas las madres con hijos pequeños me comprenderán— vamos de cabeza: que si el abrigo, que si la cartera, que si el desayuno... Salen a toda prisa escaleras abajo para que el coche no se les escape. Los primeros días del curso bajaba yo con ellas. Ahora bajan solas y yo me quedo detrás de los cristales de la ventana mirándolas. Ellas, desde la acera, me miran y yo les digo adiós hasta que llega el autocar... A veces ni tan sólo esto: las miro un momento y ya se quedan tranquilas. Se han acostumbrado tanto a verme detrás de los cristales que sobre todo la más pequeña quiere que lo haga siempre.
     Diréis: ¿de qué sirve? Porque si al cruzar la calzada un coche las atropellara o si un estúpido les diera un empujón, yo, desde un sexto piso, poca cosa podría hacer. Cuando llegara abajo sería ya demasiado tarde. Pero lo que a ellas les acompaña es una cosa: saber que yo las miro.
     Salvando todas las distancias habidas y por haber, a mí esto me hace pensar que es algo así como la tranquilidad, digamos la paz, para hablar en propiedad, que sentimos cuando sabemos y creemos que Dios está presente y nos mira.
     ¡Naturalmente que la presencia y sobre todo la eficacia y el poder de Dios no se pueden ni comparar con los de una madre cualquiera que mira desde lo alto de una ventana! Es tan inmensamente distinto que el decirlo casi puede parecer ridículo.
     No obstante esta confianza de los hijos, esta seguridad que sienten mis hijas, me refleja la paz que da saber que, pase lo que pase, Dios nos está mirando con amor. Está pendiente de nosotros.
     Admito que es un ejemplo casero, desproporcionado y que puede parecer incluso fuera de lugar. Pero es una pequeña experiencia que, mira por donde, a mí cada día me da que pensar.

Rosario Bofill


206 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio.- PABLO VI