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NO SE PUEDE IMAGINAR CÓMO FUE EL DÍA DE AYER, VIERNES... CUANDO FUI A ACOSTARME ERAN LAS 12 DADAS * NO SÉ A QUÉ HORA ME PUDE QUEDAR DORMIDA, PERO A LAS 3 ME LLAMARON PARA LA ADORACIÓN * LUEGO, DE PURO CANSANCIO Y EXCITACIÓN TARDÉ EN CONCILIAR EL SUEÑO UNA ETERNIDAD * IMAGÍNESE SI SOY IDIOTA QUE MIENTRAS DABA VUELTAS EN LA CAMA PENSABA CON FURIA EN LO POCO QUE «ME» CUIDAN LAS NIÑAS LA BIBLIOTECA, QUE ES MI OJO DERECHO * TOTAL: CUANDO ESTA MAÑANA TOCÓ LA CAMPANA (NO SE LO CUENTE A NADIE) APRETÉ LOS DEDOS CONTRA LAS OREJAS Y EMPECÉ: «NO LO OIGO, NO LO OIGO, NO LO OIGO» * Y AUNQUE DUERMO ENCAJONADA ENTRE DUCHAS Y JUNTO A DOS QUE LES DA POR LEVANTARSE ANTES DE TIEMPO TODOS LOS DÍAS (¡ÉSA ES OTRA!), TERMINÉ NO OYENDO Y LLEGUÉ A MISA AL «ORAD, HERMANOS» * DESPUÉS, PARA REMEDIARLO UN POCO, HE DESAYUNADO A FONDO * AHORA, PARA NO PERDER LA COSTUMBRE, SALGO PARA UNA REUNIÓN * PERO, AUNQUE SE EMPEÑEN, NO PIENSO PERDER LA PAZ DEL DÍA SABÁTICO POR NADA DEL MUNDO * QUE YO TAMBIÉN SÓLO TENGO UNA NARIZ Y HAY QUE CUIDARLA.


7 DÍAS DE UNA RELIGIOSA EDUCADORA

MIÉRCOLES

      Vuelvo a escribir ya en casa. Parece imposible que de un miércoles a otro haya pasado tanta luz. No se puede ver tan de repente, aunque a veces más vale así: todo de golpe. Si no uno no se entera...
      ¿Balance de los Ejercicios de 6º.? Creo que han sido un impulso. Urgía darle. Pero ha resultado tan fuerte, chirriaban tanto los goznes, que parecía que iban a romperse. Me alegro porque de estos Ejercicios no han vuelto contentas; de unos Ejercicios, si se han hecho bien, no se puede volver satisfecho. Duelen demasiado.
      Esta mañana, en clase de Filosofía, empecé a sacarles partido, haciéndoles ver que sólo el niño, ser radicalmente inmaduro, no admite más punto de mira que el suyo, absolutiza y no se abre al otro, no dialoga. Exactamente eso fue lo que nos pasó en la borrascosa reunión de la primera noche de Ejercicios. Nadie escuchaba a nadie. Cada uno tenía su razón.
      Parecieron entender. ¡Empieza a notarse que hemos hecho Ejercicios!


JUEVES

      En la reflexión de la mañana hemos rezado la que fue tradicional oración del colegio estos años. Ya no es diaria, como antes, pero de vez en cuando nos servimos de ella. Hoy el rezo ha sido lento, deteniéndonos en su contenido. Padre nuestro, Ave María. En el horizonte quedaba para algunas —tres o cuatro de 6º. y yo — la Eucaristía, el Gloria, el Credo de los Ejercicios. Tres o cuatro —las únicas que han venido hoy a la reflexión — son pocas, y no han podido arrastrar en su rezo pensado a todo 4º. y 5º. Pero casi no me importa. Dios está por encima de nuestros cálculos. Y de nuestra limitación.

      Hoy les he dicho a las de 5?. que no podemos hacer la excursión en la fecha señalada. Se han remontado, como hacen siempre, pero a los cinco minutos me han mirado feroces y... me han prometido solemnemente una «sentada» si esta vez les fallo. Sé que, siendo capaces de hacerla, no la harán. Les traje de Salamanca la oración «Necesito tus manos...» Es un pequeño recuerdo agradecido por cómo trabajaron el tema de la responsabilidad. Noté cómo tímidamente me daban las gracias.


VIERNES

      ¡Vaya día! Los viernes no se los deseo ni a mi peor enemigo. Entre el trabajo que se me reúne y el esfuerzo para mantener en forma a «docentes y discentes» con eso de que es el último día de clase de la semana...
      Empieza bien. Cantamos como oración de la mañana el himno de la alegría. Religión con 4?. A y B: dos horas entre trabajo y Eucaristía. Toca grupos, y como tienen que dejar el tema elaborado, compromiso incluido, rinden al máximo. ¡Y no pueden subir el tono de voz porque molestan a otros cursos!
      Dos horas de Filosofía con 6º.
      Para «rellenar huecos» reunión con la psicólogo escolar que aplica estos días las baterías: revisión de su material, discusión de datos, etc., etc., etc. ¡Encima nos metemos a elaborar unas pautas...!

      A las seis las niñas se van. Tan felices, después que le han hecho a uno ejercitar la paciencia siete horas seguidas. Yo continúo con la pauta... Pero entre unas cosas y otras he podido pensar un poco y darme cuenta de mi escasa madera de educadora. Quisiera que los educandos — las niñas — estuvieran ya educadas. (Me quejo de que tal grupo padece una grave enfermedad de a-atención: de que tal otro tiene buena voluntad pero es inconstante. En una palabra, quisiera que tuviesen ya reflejos cristianos).
      El día no ha terminado. Hace tres viernes empezaron a venir a dormir (¿?) algunas en pequeños grupos de amigas para hacer la adoración por la noche. El grupo de esta vez es de los que hacen las cosas a fondo: primero la juerga (yo a la una no podía más y me fui a la cama) y después la adoración. Bajamos a la capilla a las tres, ellas dando tumbos medio dormidas aún. Pero una vez allí... Cuando menos lo esperaba dijo una: «Señor, te pedimos por la Madre, para que sepa ser fiel a tu voluntad». Así, sin más. Aunque uno no quisiera ir, los niños le llevan. Y en su inconsciencia no se andan con chiquitas.


SÁBADO

     Una mañana sin salir de comunidad, trajinando. Me sabe a poco.


DOMINGO

      El fin de semana en el campo, delicioso. Creo que de esa clase sí se sacan scouts. No sé dónde disfrutaron más, si por la tarde en el monte o en la marcha de la mañana. El paso del puente colgante tuvo emoción. ¡Había que verlas, una mezcla de miedo contenido y de decisión! A mitad de camino nos pescó un aguacero tal que no se salvaron ni los bocadillos. Llegamos a la Misa, en San Román, caladas y medio secas ya, cansadas y felices. Habrá que hacer balance detallado del día, pero en conjunto ha sido bueno. ¡Lástima que los «papás» no vean al vivo de lo que son capaces sus hijas!

      Hemos vuelto a las cinco, justo a tiempo de «echar un parchís» en la sala de comunidad y cantar vísperas. Luego quedan algunas cosillas, como corregir ejercicios, cartas. Y la adoración a las nueve.


LUNES

      Anoche comunicaron a Victoria la muerte de su padre. Todos están en Guinea y Mercedes poco es lo que la acompaña. En la oración de la mañana hemos rezado «Padre, me pongo en tus manos». En el aula había más presencias que las nuestras.

     El sábado preparé unas notas para la reflexión de esta semana. Tema: «La verdad deja de serlo cuando no se la defiende y expresa en el amor». A pesar de las notas me considero incapaz de dirigir a diario la reflexión de la mañana. Noto lo poco que puedo sacar de mí ¡y veo a 130 niñas esperándome todos los días del curso! A veces, ese tener que hablar, que sacar de sí, produce una sensación como de dolor físico. (¡Lástima de pedagogía autagógica!) A veces siento la furia de no querer hablarles, de necesitar callar. Y no queda más remedio que hacerlo. A la vez tengo miedo de defraudarlas.
      Sentir profundamente el cansancio a ratos, que las niñas se reservan y son difíciles, aunque un día no tiene diferencia con el anterior (las mismas dificultades, ninguna ventaja...) debe ser bueno. Obliga a vivir en esperanza.
      M. Soledad no se cansa de repetirme que mi labor de hoy es labor de siembra, nada más. Que todo les queda y «ya saldrá». Que lo importante es que el trigo sea muy limpio, trigo sólo...


MARTES

      ¡En la vida he rezado tanto! Tanto buscar las mejores condiciones para que las niñas recen y aprendan a rezar, resulta que a mí me coloca en una tesitura que... Sobre todo algunos días. Hoy, por ejemplo: 7'15, laudes, meditación y misa; 8'45, reflexión; 10'30, misa con 5º. 2'30, adoración; 3'45, oración mariana con 6º.; 5'45, con 4º.; 8, vísperas; 9'30, adoración.
      Y luego me echan en cara que «las niñas no rezan», ¡pues hijo, si llegan a rezar!
      Sin embargo no lo hacen como yo quisiera.

      Noche. Cuando uno se pone a educar se da cuenta de lo pre-cristiana que es la sociedad de los cristianos. (Al menos vistas sus reacciones si alguien les plantea cristianamente el problema de la profesión.) En esta sociedad mi función es cristianizar. Yo antes a esto lo llamaba educar. Ahora cada día necesito decir más explícitamente el significado de eso de educar = cristianizar = ayudar a los padres, a los sacerdotes, a que los cristianos pequeños en edad y estatura y cristianismo, se vayan haciendo hombres de Cristo.
      Hay momentos en que se hace clarividente la propia función: la de religiosa educadora. Y se ve la fuerza con que ambas palabras se atraen y se ayudan. Cuanto más descristianizados o precristianizados estemos los hombres, tanto más urgente es señalar el camino. Y hacer algo porque se nos pegue el acento galileo.

     El cardo que hay en mi mesa sigue creciendo. El tiempo actual es el tiempo de la paciencia.


DIEZ AÑOS DESPUÉS

      En 1972 pedí a varios amigos que contasen sencilla y realísticamente «7 días», de su vida de cocineros de los cristianos y de señaladores del Camino. Sin teorías (que siempre aburren). Vida. Sólo vida. Su vida.
      Escribió «7 días de una religiosa educadora». Residía en la capital, en un gran colegio. (De entonces data el texto del principio). Después dio clase en la universidad.
      Ahora, diez años después, está en un pueblo. La casa donde vive con dos Hermanas es una especie de hotel de mil estrellas: las que se ven desde el único ventanuco de la casa. Brillan mucho.
      Sus antiguos condiscípulos, que por ley de vida han ido situándose, no entienden qué se le puede haber perdido en aquel rincón de mundo a la monja «que prometía tanto. Realmente hay cosas difíciles de entender para la sabiduría de este mundo.

J.S.V.

      Escribir algo de mi vida de ahora... Vengo retrasando el hacerlo tiempo y tiempo. Cada vez me cuesta más. No por defecto, sino por exceso. No sé por dónde empezar. Podría contar dónde estoy y qué hago. Pero temo que quede demasiado periférico.

      Irremediablemente todas las mañanas me sobresalta a las 6.40 el despertador impertinente de mi compañera de cuarto: una novicia que tiene que estar a las 7.30 en el taller. (¡Mira que la tengo yo con los despertadores!). Pero ahora ya no me malhumora.
      A los diez minutos reacciono bien (debe ser cierto que los años no pasan en balde) y sobre todo me da ocasión de empezar el día con un largo rato de oración. Ese tiempo (dura hasta que salgo para la clase) es imprescindible. Y yo, que soy bastante dura para rezar (a veces pienso que tengo alma pagana), he llegado a sacarle gusto. Sin ese tú a tú diario no creo que hubiese podido «encajar» la vida tal como se va planteando. No lo creo.
      Un ejemplo: cambiar universitarios por subnormales, no es tan fácil. Me ha costado lo suyo. Y todavía a ratos me cuesta y me acuerdo... de los ajos y cebollas de Egipto (así llamo yo al tiempo último en la universidad).

      El otro día me escribió un amigo preguntándome que qué demonios hago aquí. Y le contesté más o menos esto: «Que ¿qué hago aquí? Pues dar clase a deficientes. ¿Te parece poco?».
      Doce en total, de 6 a 13 años. Los hay de todo. Algunos a la deficiencia mental añaden trastornos de personalidad. Dos ¡son terribles! Y la mayoría proceden de familias de las que habría mucho que decir. Pero no me revuelvo contra ellos, aunque a veces me impacienten hasta más no poder, sino contra la sociedad. La nuestra. Y concretamente el pueblo. Son tremendos los «estigmas» en un pueblo, y siempre hay personas y familias estigmatizadas. Pero más tremendo es aún esto: la indiferencia con que «pasamos de» algunas personas y situaciones.
      Que ¿qué más hago? Pues me reúno con los jóvenes —buena falta hacía que se les hiciera caso— por las noches; exactamente —en diferentes grupos — los lunes y martes en el pueblo donde vivo; los viernes donde soy maestra; y los jueves que me descuido reemplazando en otro pueblo. Con un grupo de mujeres me reúno una vez a la semana por la tarde. Y un día al mes con un grupo de reflexión y búsqueda —sacerdotes sobre todo— de la diócesis.
      Para los «ratos libres» —léase bastantes fines de semana— los asuntos del consejo provincial y la formación de las hermanas jóvenes. Cuando no me «empringan» con algo más como lo de las constituciones.
      La dinámica de la reunión formal ha llegado a formar parte de mi vida (yo que por temperamento soy bastante anti). Y lo mejor de todo es que algunas han llegado a ser relajantes.

      Es curioso lo poco que echo de menos la televisión. La gente no entiende que no la tengamos. Intentamos explicarles... el cansancio del día, la falta de tiempo para leer, el deseo de no alienarnos.

      Uno también tiene sus nostalgias. Hoy hace exactamente cien años que las Hermanas de la congregación llegaron a España, precisamente al colegio donde me eduqué. A estas horas estarán teniendo allí una eucaristía.
      Cuando las tres que vivimos aquí nos disponíamos a celebrarlo, se presentó una mujer con un dulce y una lata de aceite. Y se quedó con nosotras un rato largo. Sin decirnos nada, la acogimos con toda el alma.
      Luego pensé que imprevistos así a veces se nos hacen cuesta arriba. Pero ha sido una buena manera de celebrarlo. Hemos estado hablando sin dificultad. Aquellas primeras francesas, ¡qué no sentirían al encontrarse en un país distinto, con una lengua distinta, y lejos, sobre todo lejos, de lo suyo y los suyos!
     
           ¿Árboles? Ni uno. Ni en un pueblo ni en otro (salvo el que le cogen a leona en Navidad para poner en la plaza con luces).
      Por fin parece que se van enterando y han plantado exactamente éstos: 8 pinos en uno, en algo que quiere ser un parque «pa la tertulia de los viejos» (no para los niños que, gracias a Dios, tienen de sobra sitios naturales donde jugar y armarla); 20 naranjos en el otro, en la carretera. De los cuales han brotado 4, se han muerto 6 por plantarlos fuera de época y se han comido las vacas 10 por no protegerlos como es debido (las vacas, cuando suben del campo, pasean solas por el pueblo como Pedro por su casa).
      Quitando lo de los árboles no está mal el pueblo donde doy clase. Tiene hasta su cierto sabor antiguo. Pero ¡el calor! ¡Y los mosquitos! «Desde que hicieron los canales aquí no hay quien pare». Desde luego, yo no paro de rascarme.

      Mi madre pasó con nosotras 15 días. Vino a ver qué era esto —andaba un poco mosqueada con nuestra vida— y se fue agotada de tanto ir y venir («esta hija mía no para»), de tanta hospitalidad de la gente y de tanto calor. ¡45 grados a la sombra para una persona acostumbrada al Cantábrico no son broma! Pero tengo para mí que se fue contenta.

      «Aprendió, sufriendo a obedecer.» Pues, sí señor, yo también. (Lo bien que estaba yo en colegios de los de antes. De directora. Mandando, vamos, que aparte de que no se me daba del todo mal es que me gustaba.)
      Ahora estoy sabiendo lo que es que otro mande. Hoy, por ejemplo, un detalle tan simple como no poder disponer de los libros de la biblioteca del colegio nacional «porque aún no están catalogados». Y nada, que me he quedado sin ellos.
      (Rosa, ¡quién te ha visto y quién te ve!) Tiene casi ironía leer en santa Teresa: «Sepa que no soy la que solía en gobernar». ¡Y tanto!

      Hace unos días se marcharon las dos Hermanas. Y me quedé sola. ¡Tanta gente está así! Y sin embargo para mí... Hace seis meses enteros que no había tenido un momento así: de estar sola y a gusto. La última experiencia de soledad —¡qué terrible mes de septiembre aquel!— me ha dejado un sabor amargo. Era literalmente el espanto nocturno.
      La diferencia entre entonces y hoy es clara: hace seis meses, yo estaba arrojada a la soledad; ahora la busco, la necesito y la gozo.
      Los que hablamos de estas cosas (yo lo había hecho muchas veces) lo hacemos casi siempre «de libro» y sin consideración. ¡Qué distinto es padecer y desde ahí asumir la soledad forzosa!
      Anteayer pasé después de clase cuatro horas con una mujer sola. Cuarenta y tantos años, agraciada intelectual y físicamente, sin familia. Sola hoy y sola para el futuro. Es ella quien tendría que escribir esta palabra. Cuando leí aquello de «no tenía angustia; ya era demasiado pobre para tener nada» me pareció entenderlo un poco.
      Por primera vez desde hacía mucho tiempo aquel día pude dormirme escuchando música a placer. Recordando a mis viejos amigos, los libros, los autores que me eran —son— tan familiares en su pensamiento y en su expresión. Las lecturas de ahora son más «funcionales».

      Hay una frase que resume bastante mi vida actual: «eran discípulos ambulantes que se movían de sitio en sitio».
      Y una constatación final: me doy cuenta —cuando van pasando los años— cómo quiero a las personas, y así como sin disimularlo (cosa que «antiguamente» hacía). Más de dos —de aquí y de allá— no lo entienden. Y desde luego los chismorreantes del pueblo no deben dar abasto (¿se escribe así?).
      Lo de los chismorreantes es una verdadera penitencia. Cuando «me informa» alguien de una cosa nueva la primera reacción es un malestar en el cuerpo como de ganas de devolver. De verdad. Yo no estaba acostumbrada a eso y no me acabo de acostumbrar. A veces siento un coraje como que me iría de aquí. Pero... «hay que florecer allí donde Dios nos ha puesto». Amén, amén y amén.

      Rosa Concepción


190 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos. — JUAN PABLO II