CARTA ABIERTA A MADRE ARACELI volver al menú
 


     Madre Araceli:

     Imagino su extrañeza al recibir esta carta abierta.
     (Usted sabe que tengo fama de puntual y lacónico en mi correspondencia. Puntual —tenía que haberle escrito hace meses, más de ocho, al terminar las charlas que di en Madrid a 36 muchachas «bastante potables» de su colegio de Bilbao—, ya ve que no lo he sido. Y lacónico por esta vez no lo voy a ser del todo).
     Carta abierta porque se trata de una retractación de lo dicho en público. Retractación no en sentido de desdecirme, sino de volver a tratar el tema con más conocimiento de causa.
     Las charlas aquellas tuvieron lugar dentro de los actos del centenario del nacimiento de Madre Trinidad. Y eran sobre la vocación. Con la espera y la esperanza, por parte de las organizadoras, de que alguna de las presentes se animara a hacerse religiosa, religiosa de su congregación.
     Recordará usted que me limité a hablar de la vocación en general, sin concretar. Aparentemente por falta de tiempo. Pero en realidad fue por ignorancia. Conocía poco su congregación y no mucho la figura de su Madre Fundadora.
     Ahora que he leído su vida, las posiciones y artículos para el proceso sobre la fama de santidad, virtudes y milagros de la Madre, las constituciones y el directorio, me noto más preparado para pasar de lo general a lo particular. Para poder decir, aunque sea por carta, a aquellas muchachas que la vocación religiosa en general en la práctica no existe, que tiene que concretarse en algún instituto o congregación y que para ellas en concreto el Instituto de ustedes puede que sea el más adecuado.

     Hace años asistí en Roma a un congreso internacional de vocaciones. Un colega, con el que compartí los trabajos y los días del congreso, estaba preparando, todo ilusionado, una obra exhaustiva sobre todas las congregaciones e institutos masculinos y femeninos establecidos en nuestra patria. Una obra definitiva, según él, para la pastoral de las vocaciones. Con una descripción completísima de cada instituto (en aquellos tiempos de hábitos diferenciados hasta pensaba incluir ilustraciones adecuadas del uniforme), para que el posible candidato escogiese con conocimiento de causa.
     Le argumentaba yo que lo de las ilustraciones sería costosísimo y además inútil porque los hábitos cambian y se descambian; que la gente para casarse no necesita pasar revista a media humanidad; que en teología hay un principio llamado de la proximidad salvífica...
     No le convencí, (¿Convencemos alguna vez a alguien?) ¡Menos mal que el libro no ha salido por «dificultades técnicas»!
Dejando a un lado lo de los hábitos, creo que mis argumentos eran y siguen siendo válidos: así como una muchacha no necesita salir de paseo con todos los mozos de la provincia para elegir novio (¿elegir o ser elegida?), tampoco a la hora de escoger un instituto (¿escoger o ser escogida?) necesita conocer teóricamente la interminable lista de institutos religiosos existentes.

     (Lo de elegir o ser elegido, escoger o ser escogido, creo que sí quedó bastante claro en aquellas charlas. En realidad, aunque le duela a nuestro psicológico egocentrismo, más que elegir somos elegidos. «No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure». Porque la vocación, como la fe, básicamente no es un sprint atlético sino un regalo, un don, una gracia).

     La concreción o retractación mía, si volviésemos a reunirnos, huyendo de toda dialéctica, avanzaría por la línea del corazón.
     Les recordaría que «Dios es amor», que «a la tarde te examinarán en el amor», que «al final del camino sólo te dirán: ¿has amado?; y tú no dirás nada, abrirás tus manos vacías y el corazón lleno de nombres».
     Les leería despacio el capítulo 21 de «El principito» hasta aquello de «sólo se ve bien con el corazón».
     Les comentaría la frase de Unamuno: Luz, luz, más luz, dicen que dijo Goethe moribundo. No, calor, calor, más calor todavía, que nos morimos de frío, no de oscuridad. La noche no mata, mata el frío.
     Les citaría las palabras que Quoist pone en boca de Jesús: «Necesito tus labios para seguir hablando, necesito tu cuerpo para seguir sufriendo, necesito tu corazón para seguir amando, te necesito para seguir salvando a los hombres mis hermanos».
Y les diría, así de claro, que su vocación ha de florecer prolongando, eslabones de una cadena, la voz de quienes las amaron: sus educadoras. Los hombres no somos islas, ni florecemos por generación espontánea; que más que tener vocación es la vocación la que nos tiene a nosotros; que si sirven - y casi todos servimos para casi todo-, si las necesitan -y hoy en la Iglesia es evidente la falta de religiosas que recuerden con sus vidas que solo Dios basta-, tienen que decir como la Virgen: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra».

     Ya sé, Madre Araceli, que más de un prudente me acusará de imprudente por decir todo esto.
     En realidad hasta hace poco no me habría atrevido a hablar tan descaradamente a favor de su Instituto, porque por lo general los institutos de reciente fundación, y el suyo lo es, me suelen ofrecer pocas garantías. Parecen organizaciones eclesiales más o menos estructuradas de funcionarios más o menos funcionales, empeñados en empeños más o menos religiosos. Como pandillas de niños montados en bicicleta que pedalean furiosamente porque temen caerse si dejan de pedalear. Sin tiempo para ver atardeceres, sin humor para silbar, sin paz. Sin alma contemplativa, en una palabra.
     Sólo los institutos modernos con adoración a la eucaristía me tranquilizan.
     Apuesto por ustedes porque son adoradoras perpetuas por fundación. Y porque, pese a haber nacido recientemente, son herederas, nietas —se podría decir— de santa Clara y san Francisco de Asís. Que sí tenían alma.
     Permítame un consejo: para que sus alumnas puedan llegar a religiosas, inícienlas urgentemente en la adoración.
     Enséñenlas a amar. Todo lo otro vendrá por añadidura.
     Sólo quien ha bebido el Agua Viva sabe de Oasis en medio del desierto.

     Termino. Si esta carta abierta llegase a manos de aquellas 36 muchachas o alguna más, que sepan que lo que acabo de escribir lo he escrito con el corazón. Y que no olviden que a la tarde de la vida nos examinarán en el amor.

     Cordialmente

Jorge Sans Vila

FIDELIDAD

SEÑOR,

Tú lo eres todo, más que ningún tesoro.
Tú eres la luz en medio de lo que brilla.

PODÍA

como todos, agradarte y tener alguien que me agradase,
como muchos, pertenecerte y tener alguien para mí,
como tantos, afirmar: «soy tuyo» y decir también: «eres mía»...,
por encima de todo, amarte y haber escogido una de tus obras,
como cada persona, ser elegido y elegir,
con entera libertad, decidir sin preguntar tu querer,
con toda justicia, poseer y usar sin obligarme a no tener.

HE QUERIDO

pregonar que soy de todos y tuyo,
afirmar que nada es mío,
testimoniar que no me pertenezco,
preferir tu voluntad a mi querer,
ser elegido por ti sin elegir,
optar por el amor que me hace amar,
entregarme, consagrarme, darme.

DESCUBRO QUE

al darme, todos participan,
al pertenecerte, muchos poseen,
al seguirte, tantos se liberan,
al elegirte, algunos me prefieren,
me separas, y las multitudes me cercan,
estoy solo, y alguien piensa en mí,
son míos, y te los entrego a ti,
se me entregan, y te encuentran a ti.
En ti está mi tesoro.
A ti vuelvo mi corazón.

SEÑOR,

por todos los que me diste,
mantenme fiel,
consérvame feliz
 

Maucyr Gibin


189 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos.JUAN PABLO II