MINI-DICCIONARIO DE LA VOCACIÓN volver al menú
 



     «Mini-diccionario» es un decir.
     Al regresar de un pequeño mercado me dijo Luisafernanda: «Vengo del mini-hiper». Yo pensé: ¿Cómo pueden concertar «mini» con «hiper»?
     Pequeño diccionario por el número de palabras, esta vez. Sólo 17. Diccionario... también. Porque los buenos diccionarios explican no sólo palabras, sino frases. Y aquí se comentan frases. Frases que me han llegado al alma. Y no quiero olvidar.

             

ANSÍ

     Se empeñó el P. Evaristo en que redactara una hoja vocacional sobre santa Teresa y la vocación.
     Accedí por aquello del voto que tengo hecho de hablar de la vocación siempre que me lo pidan.
     Y me vi obligado a leerme las obras de santa Teresa. Todas. Que evidentemente son incomparables y sabrosísimas, pero no tanto cuando se anda a la búsqueda de textos concretos para un tema concreto
     Finalmente salió el artículo del encargo. Mal que bien.
     Pero lo bueno, lo mejor, fue el repaso de muchas páginas que tenía olvidadas.
     Entre las olvidadas, pero inolvidables, destacaría estas 32 palabras, fragmento de una carta escrita el 17 de febrero de 1.581, estando la santa en Palencia:
     «Sepa que no soy la que solía en governar todo va con amor; no sé si lo hace que no me hacen por qué u haver entendido que se remedia ansí mejor».
     ¡Sería t an bueno que pudiésemos entender también nosotros que todo va con amor... que se remedia «ansí» mejor!


CATORCE

     Mi condiscípulo Felipe se profesa católico, apostólico, romano y co-republicano. ¡Nació el 14 de abril de 1928!
     En su día, este año, al andar por el otro lado del Atlántico, no pude llamarle por teléfono para cantarle más o menos afinadamente el «ad multos annos» de rigor.
     Pero le envié la siguiente carta pos-republicana.
     André Merlaud, voluntarioso joven cura de pueblo, allá por 1945 escribió a Paul Claudel (1868-1955) contándole sus tentaciones de soledad y aislamiento.
     Ésta es la respuesta del anciano poeta. Con tres latinajos que no me he atrevido a eliminar del texto y que traduzco por si algún lector los encuentra algo oscuros: «Abandonado entre los muertos» (Salmo 88, 6); «Como los traspasados que moran en el sepulcro» (Salmo 88, 6); «Dios es mi luz, ¿a quien temeré?» (Salmo 27, 1).

     «Querido señor cura:
     Perdóneme conteste con tanto retraso a su carta del 12 de marzo. Pasé una temporada en París y acabo de regresar a casa.
     Yo también he experimentado durante mi vida largos años de completa soledad en medio de gentes cuya lengua desconocía y que hacían me sintiese como el personaje del salmo «inter mortuos liber» (el texto añade esta frase, cuyo sabor amargo bien conozco: «sicut vulnerati qui dormiunt in sepulcro»). Gracias a Dios, el estudio y la oración me permitieron atravesar esas zonas desoladas que conducen al Horeb, monte de Dios.
     Pero me parece que, sacerdote en su propio país, usted tiene a mano recursos con los que yo no contaba. La misa que celebra cada día derrama, no sólo sobre su aldea sino sobre la humanidad entera, sobre el purgatorio al que despuebla, un torrente de bendiciones inestimables e inconmensurables.
     Y cada mañana, al despertar, puede darse cuenta que Dios le ha confiado especialmente aquellos hombres, aquellas mujeres, aquellos niños. A otros, Dios les dio vacas o caballos, a usted le ha dado almas inmortales. Es usted su Cristo, capaz de darles la vida, investido plenamente de un poder vivificador, iluminador, resucitador. Usted se inmola cada día por ellos sobre el altar. Está unido con lo que hay en ellos de más profundo y permanece desconocido por ellos mismos, con lo que les hace ser. Es usted el delegado de sus ángeles de la guarda. Satisface su deuda por ellos.
     En este quehacer sublime, ¡qué importan los contratiempos y las contradicciones humanas! ¿Le prometieron a usted una cruz de cartón?, ¿o una buena, honesta, pesada cruz —y precisamente a su medida— porque es precisamente ella la que le parece aplastante? Frente a la inmensa alegría divina que le está reservada y de la que es usted dispensador, ¿cómo no descubrir lo simplemente ridículos que resultan los pequeños guijarros del camino? Le aseguro que la vocación de sacerdote, y me atrevo a añadir la de cura de pueblo —nuestro Señor era un cura de pueblo—, es la más sublime de todas. A su lado la vocación de escritor es bien poca cosa. «Deus illuminatio mea, quem timebo?».

     La carta a Felipe, cura de pueblo, le supo a gloria.
     A gloria tiene que saberles a no pocos lectores: es una invitación, una llamada directa, a ser cura de pueblo.
     Porque hay ya demasiada gente que escribe, habla, venera, defiende y evangeliza al pueblo, y a los de pueblo, a demasiada distancia.


CONTEMPLATA

     Teólogo de la liberación, de los que trabajaron a fondo tanto en Medellín como en Puebla, dirigió hace unos meses un retiro a un grupo de cristianos comprometidos.
     ¿Sabéis de qué les habló? Mejor dicho, ¿sabéis a qué dedicaron la semana de retiro? A rezar. A afinar el oído a la Palabra. Nada de estudios sociológicos, encuestas, tomas de postura anti-involutivas... Oración y silencio. Silencio y oración. Que la Palabra no puede plantar su tienda entre nosotros cuando hay mucho matorral de palabrería.
     Los periodistas que le entrevistaron el último día para el periódico local no podían entenderlo.
     El buen fraile se limitaba a repetirles: «Contemplata aliis tradere», amigos.
     Le dijeron que no entendían el latín.
     Se lo tradujo: ¿Cómo vamos a hablar de la Palabra, si no la escuchamos?


DES

     Me gusta el slogan publicitario de un producto comercial que dice: «Cambia el polvo por brillo».
     Lástima que resulten algo caros esos spray y, según tengo entendido, algo perjudiciales para la salud.
     En nuestra lengua tenemos algo más económico y menos peligroso: la preposición inseparable «des», que denota negación, inversión o privación del significado del verbo o sustantivo al que va unida.
     Siempre es higiénico repasar las palabras del diccionario comprendidas entre «desabarrancar» y «deszumar».
     Se pulveriza directamente sobre la superficie de nuestra rutina el «des», se pasa un paño suave... ¡y ya está!

     Estaba yo pulverizando el «des» sobre mi vida pecadora, cuando cayó en mis manos las respuestas de una pedagoga al cuestionario Proust.
     A la pregunta: ¿Principal rasgo de su carácter?, contestaba: Una tendencia natural a «desvivirme» por los demás.
     ¡Los hay con suerte!


DESLENGUADO

     El mozo no tiene un pelo de tonto. Y es todo un lógico.
      Me hablaba de sus profesores.
     —... y también tenemos de profesora una monja deslenguada.
     —¿¿¿??? (Dios santo, ¡hasta las monjas!, pensé para mis adentros).
     —Se llama Paulette.
     —¿Y habla mal?
     —No, habla pero que muy bien. Sólo se le nota un poco el acento.
     —¿Entonces? - Es que sólo habla en nuestra lengua. Nunca, nunca en la suya. Si le preguntas por qué, sólo sonríe.
     Respiré tranquilo. Menos mal. La monja no era ni una desvergonzada ni una malhablada.
     Poco a poco fui descubriendo la férrea lógica del mozo. Venía a argumentar de esta manera: si desterrado es el que vive fuera de su tierra, deslenguado será el que no habla en su lengua
      Paulette, y tantos miles y miles de «desterrados» y «deslenguados» por el evangelio.
     El Señor que no olvida un vaso de agua servido en su nombre, ¿cómo no les va a agradecer que hablen en otra lengua?


GATO

     «Mamífero carnicero, doméstico, de cabeza redonda, lengua muy áspera, patas cortas, con cinco dedos en las extremidades anteriores y cuatro en las posteriores, armados de uñas Fuertes, agudas, y que el animal puede sacar o esconder a voluntad».
    Que no, que no, señores de la Real Academia de la Lengua. No estoy de acuerdo con esa descripción. ¿Será porque ustedes viven y habrán vivido siempre en una ciudad?
     ¿Saben ustedes que las casas de mi pueblo todas tenían gateras? ¿Que teníamos un gatito al que un carro le aplastó una pata y al que mi madre cuidó con cariño hasta que se rehizo y me seguía siempre por todas partes cojeando? Color café claro, con rayas blancas. Mi pueblo, la felicidad de mi infancia, sin gatos resulta imposible de imaginar. Y, en confianza, no me imagino el cielo sin gatos.
     A lo que iba: ¿cómo puede ser verdad lo que dicen ustedes, si una de las mejores oraciones que conozco es pedirle a Dios que nos conceda «alma de gato»?
     Los chicos de mi pueblo sabíamos todos que los gatos, cuando se les arroja, de la altura que sea, de la manera que sea, siempre caen de pie.
     Nunca lo he hecho, ni pienso hacerlo, pero más de una vez en misa, durante la oración de los fieles, se me ha ocurrido dirigirle a Dios esta invocación: «Para que caigamos siempre de pie en la vida, concédenos alma de gato, Señor».
     Seguro que Él, que era de pueblo, la entendería. Y sonreiría.


HERRERÍA

     Desde hace unos años, cada verano, nos reunimos Celso, Miguel y yo, durante una semana, para ver a seis ojos.
     El paisaje geográfico suele ser la patria chica de cada uno: Orense, Granada, Tarragona
     Pero más que el paisaje geográfico tratamos de contemplar el paisaje filético, el de los amigos. «Los amigos de mis amigos son mis amigos».
     Al terminar la jornada revisamos las «visiones».
     Aquel día habíamos estado en casa de unos amigos de Celso. Disfrutamos de veras. Y no me refiero a la cena, que no estuvo nada mal. Fue el clima, un «no sé qué» de finura y discreción.
     Recuerdo que mi «visión» se redujo a leerles estas palabras de Steinbeck en «Al este del Edén»: «Los hombres que acudían a su herrería para hablar o escucharle, dejaban de blasfemar mientras permanecían allí, y eso no por una imposición, sino de un modo automático, como si aquél no fuese un lugar adecuado para ello».
     Mis amigos estuvieron conformes, plenamente conformes. Los tres tuvimos que confesar que Dios nos había hecho el regalo de conocer muchos herreros y muchas herrerías así. ¡Que conste!


HOJALDRE

     La próxima vez que vaya a Barcelona iré a visitar a Sor Micaela. A ella y sus mesnadas
     El argumento de Sor Micaela para que vaya se basa en que tiene unas cuantas novicias mexicanas que se pondrán contentas porque saben que visito México con frecuencia.
     Se tratará de una plática («conversación; acto de hablar una o varias personas con otra u otras», según el primer significado de la palabra señalado por la Real Academia, que es el usado en México). Les contaré que la última vez que estuve en Michoacán me obsequiaron con unos hojaldres exquisitos. Y que ellas, de novicias ahora y luego de religiosas, han de ser como un hojaldre.
     «La pensión era un piso pequeño que daba a un patio interior, oscuro y todo lleno de fresqueras con agujeritos. También había, de ventana en ventana, y en todos los pisos, alambres para colgar la ropa. Y cuando coincidía que todos los vecinos colgaban sus sábanas a la vez, quedaba el patio tan espeso de láminas, del suelo al cielo, como un hojaldre. Entonces sí que llegaba la luz abajo, porque las sábanas más altas la tomaban del sol, la que venía resbalando por el tejado y pasaban el reflejo a las del penúltimo piso; éstas a su vez se la daban a las del antepenúltimo. Y así venía cayendo la luz, de sábana en sábana, tan complicadamente, por todo el ámbito del patio, suave y no sin trabajo, hasta el entresuelo. ¡Cómo se dejaba engañar la luz por las sábanas y, entrando en las primeras, no podía ya salirse del resbaladero y se iba de tumbo en tumbo, corno por una trampa, hasta el fondo, tan a disgusto, por aquel patio sucio, estrecho y gris!». (Supongo que desconocen ellas este también exquisito texto de Rafael Sánchez Ferlosio).
      Ser hojaldre luminoso de la verdadera Luz, es el oficio de todo religioso.


ICEBERG

      Cada vez que preparo un nuevo calendario vocacional, me acuerdo de él. Pese a haber coincidido sólo unas horas, el 11 de abril de 1977, entre Dallas y Nueva York, sentados codo a codo, en el vuelo 08 de Braniff.
      Noruego, oceanólogo, especialista en icebergs. Hablaba un castellano más que pasable. Me contó de ellos las mil y una. Nunca hubiese sospechado yo que de la mole helada que navega a la deriva lo que se ve es sólo una 9ª parte
      Me acuerdo de él porque desde entonces me fijo más, mucho más, en lo que no se ve, en el lado oculto de las cosas, en las oscuras raíces.

     En diciembre del año pasado fui a dar una charla sobre la vocación a un grupo de muchachos.
     Dije lo que me dejaron decir (que fue bastante) y al despedirme les regalé una hoja-calendario.
     Uno de los profesores comentó luego que le había sorprendido mi capacidad de sacar tanto partido de unas simples fotos y unas sencillas frases. (Imaginaba él que el calendario había brotado casi por generación espontánea).

     Yo me sé las horas y horas que supone confeccionar el calendario. Primero hay que buscar las fotos, seleccionarlas. Sonorizarlas después (la experiencia me ha enseñado que sólo las frases de los poetas resisten el desgaste de estarlas viendo y leyendo diariamente durante todo un mes). Organizarlas luego oportunamente, tratando de que formen un conjunto armónico, con cierto ritmo progresivo, sin olvidar las características de cada mes.
     Es una lástima que en la hoja-calendario no quede espacio para unas notas a pie de página
    La frase que figuró en el mes de marzo de 1982 (sabido es que en muchas diócesis se celebra el 19 el día del seminario) es de Rilke: «Para encontrar a Dios hace falta ser feliz».

     Estas notas «a pie de página» serían las raíces ocultas del iceberg de Rilke:
     —En nuestra sistemática profanación de tantas palabras nobles, llamamos alegría a cualquier cosa. La alegría es algo incomparablemente más hondo que ciertas situaciones calificadas de alegres (Corts Grau).
     —Arranca de ti la tristeza, porque es hermana de la duda y de la impaciencia. Revístete de alegría, porque todo hombre alegre obra el bien y piensa en el bien (El pastor, de Hermas).
     —La tristeza es una especie de polvo invisible que respiramos y bebemos, tan fino que ni siquiera cruje entre los dientes; pero en cuanto nos detenemos un segundo, ya ha cubierto nuestro rostro y nuestras manos (Bernanos).
     —Buen manjar ofrece con amarga salsa quien sirve a Dios con tristeza, porque él más quiere en el dador alegría que dádiva, y agrádale mucho el corazón libre de toda desaprovechada tristeza (San Juan de Ávila).
     —En el rostro de un cristiano debería estar siempre presente una suave sonrisa. No seáis obstinados en dar a las cosas demasiada importancia. Todo pasa, de hecho nada fundamental puede ocurrir. Los «otros» tienen que darse importancia pues a menudo no tienen nada más (Boros).
     —Me gusta ver reír a la gente. Un cristiano no tiene ningún motivo para estar triste y muchos para estar alegre (San Ignacio).
     —Que los hermanos eviten mostrarse nunca tristes, sombríos, preocupados; que siempre se les encuentre alegres, gozosos en el Señor, amables y graciosos (San Francisco de Asís).
     Amén, amén, amén, amén, amén, amén y amén.


MAR

     Tengo un amigo provincial que me quiere mucho. Y lo demuestra. Acabo de recibir carta de él, escrita en el portal de Belén. Termina así: «Va esta poesía de Carmen Conde que seguro le gustará».


Como nadando, abandonada
al agua gruesa del mar.
O mejor que si nadara: flotante
en ondas firmes en ondas fuertes
en una inmensa ola azul
que se juntara
con otra inmensa ola azul.
Hasta los cielos.
Así, en tu mano.
Igual que en el mar, en la mano tuya,
abierta, infinita mano ilimitada,
que sostiene mi cuerpo sin tensión...
Tú, el mar; el mar, Tú.
La ola, tu mano; la mano, tu ola.
Abandonándome a las dos, ciega
y sorda y vuestra. Con fe.
No hay peligro de ahogarse
ni de morir sin alegría
de que la muerte
no sea bellísima liberación
hacia Ti.
El misterio de la confianza
reside en nadar,
en flotar abandonándose
plenamente a Ti.
Al mar.

Efectivamente, me ha gustado.


NETZAHUALCÓYOTL

     Hijo de Ixtlilxóchilt y padre de Netzahualpilli. Soberano de Texcoco durante 54 años. Poeta, filósofo y jurista, fue una de las figuras más destacadas de la cultura mexicana durante el siglo XV, por lo que recibió el apodo de El Grande o El Sabio.
     Hasta aquí lo que cualquiera sabe, o puede saber si tiene a mano un diccionario potable.
     Pero lo bueno es este texto del bueno de Netzahualcóyotl:

Amo el canto del cenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces;
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores
pero amo más a mi hermano: el hombre.

     No, no era manco el padre de Netzahualpilli e hijo de Ixtlilxóchilt. Habrá que hacerle caso, pese al trabalenguas de su nombre y el de su parentela.


OSTIARIO

     Ostiario —que se escribe sin «h» y ni por asomo sabe a interjección irreverente— equivale etimológicamente a «portero» (en latín puerta se dice «ostium»).
     Hasta hace muy poco los peldaños por los que se subía al sacerdocio eran seis. Cuatro pequeños (ostiariado, lectorado, exorcistado, acolitado; las llamadas órdenes menores) y dos más grandes (subdiaconado y diaconado; que junto con el presbiterado formaban las órdenes mayores).
     Como la meta era siempre el sacerdocio, los peldaños eran eso, peldaños. Con lo que se convertían en simbólicas estaciones de paso sin que prácticamente nadie se apeara en ellas.
     Acompañé el verano pasado a un obispo condiscípulo y amigo. Viajaba fuera de su diócesis para conferir órdenes previas al presbiterado.
     Durante la larga ceremonia me distraje mirando los santos de las vidrieras. Había muchos. Pero eché de menos a san Alfonso Rodríguez. Porque aquellos jóvenes que dos semanas después llegarían a sacerdotes, en su vida sacerdotal se apearían muchas veces a abrir y cerrar ventanas, a encender y apagar luces, a abrir y cerrar puertas.
     Pedí por ellos al santo portero de Mallorca. Y al primero de los papas, que según las crónicas celestiales tampoco le hace ascos a la portería.


PADRENUESTRO

     Hace unas semanas fui de excursión con un grupo de casi-maestros. Veintitantos kilómetros a pie, no es mucho. Tampoco es poco.
     Íbamos a oxigenarnos, paso a paso, huelgo a huelgo. Íbamos a ver. Porque se aprende pedagogía en los libros pero sobre todo en la vida.
     Comimos, cerca del pueblo, junto a una fuente.
     Por la tarde nos acercamos a la escuela. A ver
     El maestro nos esperaba. Los niños, también. Sabían lo de nuestra visita y buscaban con los ojos al que había sido maestro de su maestro.
     Mientras los casi-maestros salían a fuera con el maestro para hablar de educación, me quedé con los muchachos. Yo también iba a repasar pedagogía a través de los ojos de los críos. ¿Cómo? Contándoles historias. Las nuevas técnicas didácticas dirán lo que quieran, pero cuando uno empieza diciendo «Había una vez... » no hay crío que se resista.
     Les conté mi último viaje a Huánuco. ¿A qué niño no le encanta saber lo que se ve desde el avión, lo que se siente al subir y al bajar, cuánta gente cabe dentro, si echan cine...?
     Luego vinieron las preguntas: en qué países había estado, si al pasar el ecuador se ve algo especial, cómo son los Andes...
     Pero muy pronto empezaron a preguntarme otras cosas: si yo era sacerdote, cuántos años tenía al ir al seminario, cuántas misas había dicho, qué se notaba al hacer la misa...
     Me extrañó, de veras, este tipo de preguntas y la insistencia sobre qué se nota cuando se va para sacerdote.
     Al despedirme, se lo dije al maestro.
     «Mire, en este pueblo no hay sacerdote desde hace un par de años. Los domingos viene a decir misa uno de fuera. Pero siempre con prisa. Y esto es malo.
     Yo leí hace tiempo que las mujeres de un pueblo de Italia, que tampoco tenía sacerdote, empezaron a rezar por las vocaciones con fe y constancia, y a los pocos años el pueblo se convirtió en un semillero de vocaciones sacerdotales y religiosas.
     Propuse a los muchachos rezar cada día un padrenuestro con esta intención. Y lo hacemos. Sencillamente.
     ¿No cree que Dios tiene que escuchar las voces de sus hijos?»

* * *

     Ayer vinieron a verme tres jóvenes, jóvenes seminaristas. Regresaban de vacaciones y me traían, de parte de su antiguo maestro, como obsequio, una bolsa de nueces.
      Recordamos mi visita a la escuela.
     —Usted parecía más alto, y no tenía canas. (Ellos eran entonces unos críos aún).
     Ahora estudian teología. Pronto en la torre del pueblo ondearán banderas blancas, de cantamisa.
     Después de irse, me he dado cuenta que lo de las nueces era una excusa del maestro para que vinieran a verme. Éste era el verdadero regalo.
     Luego dirán algunos que rezar el padrenuestro no sirve.


RECUERDO

     Primera persona singular del presente de indicativo del verbo recordar. / Sustantivo equivalente a memoria de alguien o de aleo. / Objeto que sirve para prolongar dicha memoria.
      Amigo de mi tío sacerdote. Cada jueves comían juntos y alargaban la sobremesa con unas partidas.
     Fui a verle a finales de diciembre. Nos dimos el pésame con un abrazo sin palabras.
     —Le echo de menos, va te lo puedes imaginar.
     Años y años de amistad a prueba de inclemencias.
     —Celebramos un funeral en la parroquia. Venía mucho. Todos le conocían. Con su voz tan... suya.
     Estuvimos paseando mucho rato por la explanada que hay junto a la ermita, con el mar al pie. Aunque no estaba mi tío para llevar, como siempre, la voz cantante, la oíamos y la escuchábamos.
     —¿Quiere un recuerdo de él?, le dije al despedirme.
     —Ya lo tengo, fue su sencilla respuesta.
     Yo hablaba de un objeto-recuerdo. El se refería a algo mucho mejor: a la posesión de la memoria del ahora amigo lejano. ¿Lejano?


SOLO

     Párroco durante muchos, muchísimos años, acaban de jubilarle.
     Él, que conoce tan bien el corazón humano, sospecha con fundamento que malpienso de su soledad.
     Para desengañarme, estoy seguro, acaba de enviarme esta cita de Gheorghiu acompañada de cinco palabras: «Me traje el rosario, Jorge».

     Johan Moritz fue enviado a cumplir una condena de trabajos forzados a Alemania. Trabajaba en una fábrica de botones para el ejército. A pesar del trabajo en cadena, no se aburría nunca. Para ello pensaba en cada botón que salía de sus manos. Seguía el destino de esos botones que serían cosidos en las guerreras de los soldados. De los soldados que siempre tienen, en rudas partes, veinte años, y que participarían, con los botones fabricados por sus manos, en grandiosos desfiles. Los soldados también iban a los bailes. Y danzaban con esos botones. Los tocaban cada mañana, cuando se ponían las guerreras, y cada noche, cuando se las quitaban. Al tocar los botones fabricados por Johan Moritz, los miles, los millones de soldados, tocaban en cierto modo los dedos de quien los había fabricado. Johan Moritz se sentía en contacto, casi epidérmico, con los millones de soldados a los que subministraba los botones. Y, así, nunca estaba solo. ¿Cómo podía estarlo si millones de soldados eran sus amigos? El participaba en sus alegrías, en sus penas, en sus heroicidades y, a menudo, en su muerte. Puesto que los soldados eran enterrados con los botones fabricados por Moritz.

     Entiendo, viejo párroco.
     La palabra de Dios que sembraste en tus fieles te acompaña, reanimada con la lluvia de las avemarías de tu rosario. Entiendo, viejo párroco. No, no estás solo.


TIEMPO

     Los grandes periódicos tienen desparramados por el mundo montones de sabuesos que ojean y otean noticias y acontecimientos, casi siempre catastróficos, que parece que es lo que ahora se lleva. Corresponsales, los llaman.
     Yo, que soy pequeño, no necesito de sabuesos de esos, claro está. Ni de malas noticias.
     Necesito amigos. Y los tengo.
     Amigos que rezan por mí y que, pese a la subida de las tarifas postales, incluso me felicitan por mi santo.
     Una de las felicitaciones de este año consistía en una especie de versos de un tal Ch. Singer. Versos en francés, enviados por una «desterrada» hija de Eva. Estos:
     «Párate, apaga el transistor, cierra el libro, deja de charlar. Aíslate en la calma. Siéntate, arrópate en silencio. Sentarse para Dios, es como cortar para Él un pedazo de tu tiempo. Porque cuando se ama se tiene tiempo, ¿no?».
     Tenemos tiempo. Tenemos que tenerlo. Porque amamos.


TODAVÍA

     Ayer, al volver de misa, aprovechando los cinco minutos libres antes de la cena, abrí «Lettres à sa fiancée» de Jacques Maillet, y di — pero de verdad— con una página que no recordaba. Entre carta y carta, esta explicación estremecedora:

     Acababa de llegar a casa de su novia (antevigilia de Naviad). Durante la cena, un telegrama le comunica que su padre ha muerto de repente. Domina el dolor, mostrando un semblante tranquilo. Después, a solas con ella, llora con profundos sollozos, y llevándola ante un crucifijo colgado en la pared le dice: «Reza. Yo todavía no puedo». Su novia rezó despacio el «De profundis» primero, el padrenuestro después. Pronto la voz de Jacques fue uniéndose a la de ella».

     Yo todavía no puedo. Y el todavía se va deshaciendo como terrón de azúcar en vaso de agua, al compás de una voz que avanza en la noche del dolor.
     Nuestra vida ¿no será un constante y decreciente todavía hasta saber rezar, hasta saber vivir el padrenuestro?

Jorge Sans Vila


185 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos. - JUAN PABLO II