¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? volver al menú
 



     Resulta difícil reconstruir la historia de la propia vocación. Viene a ser tan expuesto como contar la historia de una amistad. Nunca se sabe exactamente cómo y por qué se empieza a ser amigo. La historia de una amistad siempre decepciona, siempre es incompleta. Por esto la historia de una vocación no puede menos de ser oscura, exterior, lejana para los demás.
     Y esto viene, me imagino, del misterio que envuelve a la persona de Jesús. Podré hablaros de aquel niño a quien habló Jesús, pero las palabras de Jesús y lo que vi en su rostro es imposible de contar.

     Era el quinto hijo de una familia de 9 hermanos. Me precedían Lucía, María, Helena y Marcelo. Detrás de mí vinieron René, Raimundo, Susana y Andrés. En casa, nada de piedad expansiva y solemne. Sólo cada día la oración de la noche en común, pero es algo que recuerdo claramente y lo recordaré mientras viva. Mi hermana Helena recitaba las oraciones. Demasiado largas para los niños —un cuarto de hora— poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollándose, abreviando hasta que mi padre le decía: «Vuelve a empezar». Y entonces yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente. Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él que por sus trabajos en el campo o por el acarreo de madera siempre estaba cansado, que no se avergonzaba de manifestarlo al volver a casa, después de cenar se arrodillaba, los codos sobre la silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse. Y yo pensaba: «Mi padre que es tan valiente, que manda en casa y tan bien entiende a los dos grandes bueyes, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, los ricos y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Él! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante El y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa»,

     En cambio a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus brazos, su vestido negro hasta los tacones, sus hermosos cabellos castaños caídos sobre su cuello, y todos nosotros a su alrededor, muy cerquita de ella. Musitaba las oraciones de punta a cabo, sin perder una sílaba, todo en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de mirarnos, uno tras otro, una mirada para cada uno, más larga para los más pequeños. Nos miraba pero no decía nada. Nunca, aunque los pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: «Debe ser muy sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta,,.
     Las manos de mi padre, los labios de mi madre me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo. Dios es una persona. Muy cercana. A la que se habla con gusto después del trabajo.
 

   
     ¿Cómo no recordar estas ideas durante las dos horas de camino que me separaban de la escuela? Mis hermanas y mis hermanos sólo tardaban un cuarto de hora para ir a las clases que daban allí cerca para los niños de las casas de campo. Pero a mí, mi padre, al verme más despierto que a los demás, me mandó a la escuela del pueblo.
     Por esto hacía el camino solo; y así podía soñar, cantar y hablar con Dios Nuestro Señor. En el camino encontraba un manzano (¡las manzanas eran peligrosas, pero nunca caí en la tentación!) y en frente una zanja de hierba muy alta. Al llegar la primavera disfrutaba revolcándome, escondiéndome, levantando la mirada hacia el cielo. Y allí, sin decir nada, hablaba, hablaba, hablaba con Nuestro Señor. Le sentía, le tocaba, le cogía con la mano, le amaba, le apretaba contra mi pecho con una ternura, una confianza, una paz, un gusto... ¿qué queréis que os diga? Es difícil volver a disfrutar tanto. Y, creedme, si en el cielo se está bien, no podrá faltar la amistad y un manzano como aquél...

     Esto es lo esencial de mi vocación. De lo otro se encargó «le Seigneur, mon Ami». Había venido al pueblo un sacerdote —nunca supe su nombre— capellán militar en Marruecos, convaleciente de unas heridas graves. Recuerdo que era bretón y que olía a tabaco. Se creía ya suficientemente fuerte para dar un largo paseo por el camino solitario que une el pueblo con nuestra casa (al otro lado del río hay una carretera nacional reservada para los vehículos a motor). Pero una tarde, a mi regreso, a 300 metros de mi casa, debajo de unas hayas, vi a aquel sacerdote tumbado, echando sangre por la boca. Me acerqué sin miedo y ¿sabéis lo que me dijo?: «Voy a morir y estaba pidiendo a Nuestro Señor una persona que me sustituya. ¿Quieres ser tú?».

     Murió el sacerdote. Y yo le he reemplazado. Entonces yo tenía doce años, hoy tengo cuarenta.

Seigneur, mon Ami,
tu m'as pris par la main.
j'irai avec Toi sans effroi
jusqu'au bout du chemin.

     ¡Si supieseis lo bueno que era el camino de la escuela! Me gustaría tanto acompañaros por él...

Aimé Duval


180 Los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y con la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre, hermano». Al principio, con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en el cielo, «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios). ¡Es tan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado!.— Jorge Sans Vila