7 DÍAS DE UN MONJE II volver al menú
 


DOMINGO

     Hace unos días me dije: «Demasiado largo el rezo de Maitines. ¿Por que estar cincuenta minutos hablando a Dios cuando con un Padrenuestro dicho sencillamente se entra en contacto con él y se le dice cuanto decírsele pueda? Pero las comunidades y las órdenes son tremendamente conservadoras. Lo que se ha hecho durante siglos queda sacralizado e intocable».
     Eso me decía yo hace pocos días, estando en sequedad Pero ¡qué juicio tan precipitado!
     Esta mañana me he levantado con grandes ganas de abandonarme a Dios en la oración, como quien se deja mecer por el viento He salido del coro bañado en serenidad.
     Es bueno que haya una base estable de oración larga. En los días o en las temporadas en que es árida, es una plataforma de fidelidad. Y se está allí de guardia. Porque el día menos pensado un airecillo le trae a uno una chispa que lo enciende suavemente todo por dentro.


LUNES

     He renunciado (quizás) al mundo; no lo sé. Lo que sí sé es que no puedo renunciar al universo. Si todo es obra de Dios, si no hay nada en lo que Dios no esté y no haya hecho para nuestra felicidad, ¿como renunciar a la belleza del paisaje a las sonatas de Scarlatti, a Shakespeare, y hasta a una frase aguda que se pesca en cualquier parte por ejemplo en una Agatha Christi que se lee un domingo por la tarde?


MARTES

     Después de treinta y dos años de vivir en esta gran casa gótica, en cualquier momento, al cruzar un claustro o al dar la vuelta a uno de los edificios, un olor, un soplo de aire, un rayo de sol contra un ciprés, le pueden traer a uno un recuerdo olvidado y querido: una angustia pasada cuando novicio, que pronto se desvaneció; una luz recibida hace años en la oración; la visión todavía inmadura de la vida espiritual que se tuvo en los primeros años de monje...
Es bello poder recoger jirones del alma inesperadamente. Aquí, todo queda capitalizado. Y sobre todo, lo bello es que, siempre, como diría Tagore, lo que un tiempo fue pena, ahora es paz


MIÉRCOLES

     A veces he pensado que debo tener sólo un 40 de vocación. ¿Solo? San Francisco de Sales, leí el otro día con alivio, escribió que en toda vocación hay momentos de fatiga, de desánimo. Desde luego, en ninguna vocación (de sacerdote, de abogado, de enfermera) se vive continuamente del entusiasmo. Eso sería demasiado fácil, y quizás empalagoso.
     A ratos, toda vocación hay que hacérsela venir de la punta de los pies. Pero a ratos también la brisa de las maravillas hincha las velas suavemente.


JUEVES

     He tenido que enseñar la parte monumental del monasterio a un grupo de universitarios extranjeros
     Al final, un húngaro ha querido hablar a solas conmigo. Se ha informado sobre algunas cosas relativas a mi dedicación intelectual, etc., etc. De repente, me ha dicho, con timidez, si podio hacerme una pregunta delicada: —«¡Claro!». Y le he comentado que los diplomáticos dicen que no hay preguntas indiscretas sino solo respuestas indiscretas.
     La pregunta era: «Es usted feliz?». Le he contestado que felices felices lo son sólo las vacas y las coliflores. Que allí donde el hombre vive y tiene su gloria tiene también su pena y que todos los paraísos son perdidos hasta nueva orden (la que superamos después de vuelta la última esquina. «Pero —he añadido con firmeza— eso sí: si tuviera que volver a empezar no sé lo que haría, pero sí sé lo mejor que podría hacer: volver a entrar, y precisamente aquí».


VIERNES

     Hay una geología de la vida espiritual. Los cambios son lentísimos, las construcciones anímicas duran muchísimo. Hay capas estériles que parecen definitivas e inmóviles. Luego, sin embargo, vienen otras fértiles, gozosas, y uno se da cuenta de que las capas estériles avanzaban con la lentitud pero con la seguridad de un glaciar, para dejar paso a las otras. Sobre todo, lo que hacen los años de (para entendernos) fidelidad, es crear una ancha base de serenidad. Los problemas ya no penetran casi. Uno tiene más presente aquello de (cito de nuevo a Tagore): «No le temas al instante, dice la voz de lo eterno».


SÁBADO

     Es curioso: cuando era joven y algún día, por un viaje o por lo que fuere, no asistía al coro y rezaba el breviario solo, aquella oración en privado me nutria más que la comunitaria.
     Ahora, en cambio (y creo que ese vale mucho más), pienso que no hay nada como la plegaria comunitaria. Resuena en cada uno, sí, pero la plenitud del rezo y el canto en el coro, todos juntos, no la tiene ninguna oración privada. ¿Y el canto del Padrenuestro, en comunidad, en la misa? Es imposible comunicar con palabras el valor de esta experiencia en la que se acumula la serenidad de los años de abandono a la gran aventura que llamamos Dios.

* * *

1. Hay un estado en las personas que facilita el ateísmo: la juventud. Los jóvenes no suficientemente perspicaces, aunque saben que envejecerán, enfermarán, se irán hundiendo y morirán, no lo experimentan. Y experimentar o no una cosa es decisivo para muchos, porque el conocimiento intelectual, en estas materias, no impresiona lo bastante.
     Es difícil que los jóvenes vean la muerte gradual que es la vida. Y si esta falsa seguridad les hace pensar que la vida eterna no hace falta (porque sienten que ya lo es la que tienen) ¿sabrán recobrar luego, o alcanzar, la actitud de esperarla, después de tanto desentreno? Éste es el problema.

2. Vivir es luchar contra el caos. Pero, primero, contra el caos de nuestras propias pasiones.

3. Me asomé, por casualidad, una vez, después de una boda, al baile en la boite. Vi cómo la gente se esforzaba por creer que se divertía. Beba esto, compre aquello, visite lo de más allá... Constato que hay cosas realmente interesantes y que no sólo de ilusión también se vive, sino que casi sólo de ilusión se vive. Y lo encuentro bien. Pero al oír a ciertos incondicionales entusiastas y carcas del progreso, me digo: a fin de cuentas, en la Iglesia Católica es donde se puede vivir creyendo en menos cosas.

4. Cuando hablo con Dios para pedirle perdón o para lo que sea, en los momentos de mayor sinceridad me doy cuenta que hay, en mi oración, un fondo de egoísmo, y que doy moneda falsa. Pero no me aturdo. Se lo digo con media sonrisa: «Mira, Señor, esto que te digo, este perdón que te pido, tiene más de falso que de verdadero. Pero no tengo más moneda que esa falsa. Tómala, por favor». Y creo que, en alguna parte, no sé si muy alto o muy dentro de mí, hay algo acogedor que sonríe.

5. Todas las virtudes, excepto la fe, la esperanza y la caridad, son de sentido común, es decir, si alguien es inteligente, las practicará. La humildad, por ejemplo, que consiste en conocer las propias limitaciones, es una fuerza, porque nos da un punto de partida desde la realidad, no desde la fantasía. Y las virtudes cardinales tienden a proporcionarnos un equilibrio del que resulta un goce armónico y objetivo de la vida, y una mayor eficacia (hoy las practican los grandes ejecutivos, porque ven que así están más en forma). Las virtudes naturales no han de ser discutibles por quien tiene un mínimo de inteligencia. Sólo las tres teologales pertenecen al reino de la fe. Pero, entiéndase bien: se trata de las virtudes, no de las caricaturas de las virtudes que, tontas veces, se han servido como moneda buena.

6. No hemos de caer en el error de pensar que, puesto que no alcanzamos a arreglarnos tal o cual defecto, Dios ya no puede acogernos. No hemos de caer en el error de pensar que hemos de estar previamente limpios para acudir a Dios. Es precisamente porque no podemos arreglarnos por nosotros mismos y porque no estamos limpios, por lo que nos lanzamos en brazos de Dios, que es el único que puede limpiarnos con su perdón gratuito. Es precisamente para lo que el hombre no puede arreglar que Dios nos ha dado la Redención.

Agustín Altisent


159 Engolosinado por los «7 días de un monje» (hoja 132), meses después le pedí insistentemente otros «días». Por fin llegaron. Los encontré demasiado breves, por lo que seleccioné de un largo artículo suyo 6 pensamientos, para llenar las 4 páginas de la hoja vocacional. Pasado el tiempo me he dado cuenta de que esas breves reflexiones son un oxigenante compendio de auténtica vida cristiana.— J. S. V.