9 PREGUNTAS/RESPUESTAS Y... volver al menú
 


     Después de la conferencia, el buen periodista me formuló nueve preguntas. A las que contesté con gran satisfacción, porque reflejaban que había entendido lo que yo había tratado de decir.
     Cuando Aristóteles decía que «definir es de dioses», tenía razón. Porque los que no somos dioses, aunque seamos hijos de Dios, no sabemos, no podemos llegar a la esencia de las cosas. Todo lo más arañamos su superficie.
     Mis nueve respuestas ni son definitivas ni llegan a la esencia del sacerdocio y de la vida religiosa. Pero estoy convencido que se acercan más a la realidad que los que nos califican de «especiales». La especialidad bordea la anormalidad. ¡Y esto sí que es falso!


     —Qué es para ti la vocación de «especial consagración»?
     —Una frase de muy mal gusto. Siempre me han parecido detestables los «especiales». Mejor llamar las cosas por su nombre: «vocación de sacerdote», «vocación de religioso».

     —Es que los sacerdotes y religiosos no son «especiales»?
     —Sí, como los azúcares de ciertas cafeterías que indican aquello de «envase especial para esta casa». Pienso yo que en el cuerpo humano los ojos tienen una función especial, y las manos, y los pies, y la mejilla. Pero nadie los llama especiales, porque forman un todo.

     —Para ti, ¿qué es ser sacerdote?
     —Ser cocinero. Los cristianos tienen hambre de Pan y el sacerdote se lo prepara, sienten hambre de la Palabra y el sacerdote se la proclama.

     —Y ser religioso?
     —Es hacer de farero. Los cristianos avanzan por la noche de este mundo y de pronto, zas, un destello en el horizonte. Un destello no horizontal sino vertical. Hacia Arriba, hacia la Patria.

     —¿Por qué faltan vocaciones para el sacerdocio y para la vida religiosa?
     —Porque así como hay buques suicidas hay también pueblos suicidas. ¿Qué pasaría en un buque si todos los que van en él, fogoneros, capitán, marineros... quisieran hacer de pasajeros? ¿Qué pasaría en una familia si cuando suena el teléfono los hermanos se dedicasen a no hacer caso diciendo que no les gusta levantarse a coger el teléfono?

     —Papel de los seglares ante la escasez de vocaciones.
     —Mientras no se pruebe lo contrario todos los cristianos van para seglares. Pero si se demuestra lo contrario (y la demostración es fácil de ver cuando faltan cocineros y faltan fareros) cualquier cristiano tiene que ser sacerdote o religioso.

     —¿Aunque no sirva?
     —Casi todos servimos para casi todo.

     —Aunque no le guste?
     —La vocación no es un gusto, no es una inclinación, no es una tendencia. Vocación quiere decir «llamada». Llamada de Dios a través de las necesidades de su Cuerpo, la Iglesia. Vocación quiere decir llamada a servir. Hace años que Alguien dijo que no había venido a ser servido sino a servir. Lo dijo Cristo. Y lo siguen diciendo los cristianos.

     —¿Qué dirías a los jóvenes sobre su postura ante la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa?
     —Que sólo pueden casarse los que pueden no casarse. Y les recordaría una vez más aquella observación de L. Lavelle en su obra «El error de Narciso» (que es un título de estremecedora actualidad): «La vocación aparece en el momento en que el individuo reconoce que no puede ser para sí su propio fin, que sólo puede ser el mensajero, el instrumento y el agente de una obra con la que coopera y en la que el destino del universo entero está en juego».

Jorge Sans Vila

Y . . .

     Y... unos consejos para encontrar tesoros. También tesoros de vocación. Los escribió Juan Rof Carballo.

     La verdad más importante sobre los tesoros escondidos es que realmente existen. Y escondidos bajo la tierra, protegidos por hamadríadas, ninfas, enanos y moros de tez oscura.
     Los pedagogos que no conocen demasiado las cosas de la vida pretenden aleccionarnos, sabihondos: «¡Ah, sí! ¡Usted se refiere a esos tesoros escondidos, simbólicos, que son la belleza, la verdad, el trabajo...!». Esta explicación del tesoro oculto como símbolo de lo que al hombre le parece realidad preconizable es una de las muchas máscaras triviales que los tesoros auténticos han inventado para esconderse mejor.
     Los tesoros escondidos son, efectivamente, ni más ni menos que eso: tesoros. Tesoros auténticos, realidades maravillosas, de verdad apetecibles, difíciles de encontrar, que se esquivan siempre, hasta cuando más las tenemos ante nuestros ojos estupefactos.

     Lo primero que hay que hacer para encontrar tesoros es, naturalmente, buscarlos. Pero no es tan fácil como pudiera creerse. No se puede buscar un tesoro a tontas y locas. Ni tampoco de manera sistemática, científica. Ni es conveniente, por otra parte, poner en ello mucho empeño, obsesionarse con el descubrimiento de los tesoros. Debemos hacernos un poco los distraídos, hacer ver como que no los buscamos, como que no nos interesan.

     En segundo lugar, hay que tener tiempo. La busca de los tesoros requiere mucha paciencia, una paciencia enorme. Hay que dialogar con el tiempo. Dialogar con él amorosamente, como si el tiempo, pese a su género gramatical, no fuera masculino, sino femenino. Dar tiempo al tiempo, ¡qué frase tan maravillosa! El buscador de tesoros no debe ser avaro sino despilfarrador del tiempo. Esperar, esperar siempre, pasar muchas horas callados junto a él.

     Y además necesitamos algo de importancia capital: saber conquistar a sus guardianes, convertirnos en sus amigos, conseguir su simpatía. Quizá éste sea el más misterioso de los misterios que hay alrededor de los tesoros. Pues los tesoros están siempre guardados por una parte de nosotros mismos que es sombría. Muchas de estas partes sombrías guardan —como los guardianes del tesoro— cualidades estimabilísimas. Conviene que los hombrecillos que guardan los tesoros se hagan amigos nuestros. Si los tememos o los despreciamos o, lo que es mucho peor, los atacamos, estamos perdidos. Jamás podremos descubrir el filón maravilloso, los lingotes escondidos.

          Mas la condición suprema para encontrar tesoros es prestar atención a los misteriosos y minúsculos guiños que nos hacen las cosas. Vamos por la vida y las cosas, sin cesar, nos hacen señas, guiños, nos envían mensajes. Acorchados por nuestros hábitos, por nuestras manías, seguimos adelante sin percibirlos. Los guiños de la realidad son los grandes fecundadores de la obra de arte. El tesoro, la realidad maravillosa, el oro enterrado que existe en el mundo, se pone entonces a rebrillar.

Juan Rof Carballo


146 Estaba atado. Tenía que escoger galeras hallándose atado a galeras. Una paradójica libertad. Puede que exista una libertad mayor que la de escoger lo que nos dé la gana. La libertad de vivir, y caminar, y buscar, y encontrar. El roble es libre cuando tiene tierra y aire para crecer y vivir. El caballo es libre cuando tiene la pampa para galopar. El hombre tal vez sea libre de veras cuando tiene la inmensidad del amor de Dios para vivir, correr, buscar y encontrar.— J. M. BALLARIN