POR QUÉ ME HICE SACERDOTE volver al menú
 



     Estuve destinado al sacerdocio desde el momento En que fui engendrado. Este destino, naturalmente, era condicional. «Si lo que va a venir es varón será como su tío». La alusión se refería al tío Emilio que hacía cinco años, recién ordenado, marchó a México, de donde nunca vino y donde todavía vive lleno de años, de virtudes y de méritos. Lo que vino era varón, y en ese punto y hora mi destino condicional se convirtió en absoluto. La familia empezó inmediatamente a actuar conforme al destino que me había impuesto. Al bautizarme me impusieron el nombre del tío, para que fuera para mí un constante recordatorio y una constante admonición. Fui el segundo de la familia. El primero, también varón, no nació con destino definido. Si hubiera querido hacerse sacerdote no hubiera encontrado oposición, estoy seguro. Pero no se decidió. Yo nací decidido por los demás. La confabulación en favor de mi sacerdocio fue total.
     Coincidieron en ella los padres, los abuelos y los tíos. Para todos estaba la cosa clara: como el carácter bautismal segrega al hombre de la sociedad de los infieles y le adscribe de manera indeleble a la sociedad eclesial, el nombre de Emilio que me impusieron al cristianarme me segregó de la sociedad civil y me inscribió indeleblemente en la lista de los clérigos.

     Con estos precedentes queda claro que el nombre me imponía graves deberes, deberes que yo me encargaba de no cumplir. No vivía como para ser sacerdote, a pesar de llamarme copio quien ya lo era, y a pesar también de meterme a presión en la cabeza la idea de que lo sería. Yo era travieso, daba mucho que hablar y mucho quehacer. La disciplina no era precisamente mi fuerte, ni la obediencia, ni la sociabilidad, ni el espíritu de convivencia. Fuimos cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas. El mayor tenía siete años cuando murió mi madre y la menor uno. El padre quedó con 1os cuatro, y yo, el segundo varón, a pesar de mi predestinación sacerdotal, no dejaba vivir al padre ni a los hermanos.
     Para ver si un cuidado más constante me mejoraba y para que los hermanos vivieran en paz, me sacaron de mi casa y de mi pueblo. Una hermana de mi padre, casada y sin hijos, se hizo cargo de mí. A su casa fui a parar por malo. ¡Cuántos disgustos le di! Todavía vive, y me quiere como a un hijo. Viviendo con ella topé con el segundo motivo que debería llevarme al sacerdocio. El primero fue la decisión familiar, confirmada con el nombre que me impusieron en la pila. El segundo el conocimiento y la amistad de un padre dominico bueno, si los hay. Le llamaban padre Paco. Era hijo único, y todos los años le permitían vivir dos meses con sus padres, ya muy ancianos. El padre era amigo de los tíos y no había tarde que no les hiciera una visita. También se hizo amigo mío, a pesar de mis maldades. Él tenía cuarenta años, yo andaba por los ocho. Su atractivo personal era enorme. Cada año volvía al convento acompañado de una caravana de posibles futuros dominicos. Cuando cumplí los once me decidieron y me decidí, de las dos cosas hubo, a engrosar la caravana.

     Ya ve con qué precedentes fui al convento. Hoy algunos, cuando vuelvo al pueblo, aún se atreven a decirme que de niño era muy bueno y que les encantaban mis sermones. Lo dicen porque piensan que esto lo han hecho todos los curas y todos los frailes. O porque, aunque conozcan mi historia verdadera, no tienen confianza para recordármela. Los que la tienen me recuerdan que no dejaba vivir a nadie v que tuve que salir de casa para que en ella hubiera paz. Mis méritos para religioso, en verdad, no eran muy grandes. Y ¿será casualidad? Del grupo que acompañamos al padre Paco sólo quedamos dos. El otro era tan malo como yo. Ninguno de los dos decíamos misa con casulla de papel, y a los dos nos vieron castigados juntos en la escuela.
     El padre Paco no creía que las travesuras fueran grave inconveniente para ingresar en la casa de formación. Esperaba que la gracia y los formadores vencerían al rebelde. Me llevó al convento y yo fui sabiendo que iba y queriendo ir. Aún más, fui alegre y satisfecho. Ya le he dicho que en mi fuero interno no me opuse nunca a la idea de ser religioso. La amistad con el dominico hizo mella en mí y favoreció la idea. Dios me iba conduciendo. Escribía recto sobre la falsilla torcida que le ponía yo con mi mal obrar. Él me tenía destinado para sacerdote y el camino recto se iba señalando por etapas: el nombre de pila, que me imponía el deber de ser como mi tío; el cambio de pueblo, que fue motivo de que diera con la amistad del padre Paco; el ingreso en el seminario menor de la escuela apostólica.
     En el convento tuve ocasión de reflexionar. Desde el primer día que llegué consideré la posibilidad de mi vuelta a casa. En el pueblo conocí algunos que volvieron. Y pensé que esta vuelta sería para mí una verdadera desgracia. Nunca deseé volver. Un poco, por amor propio; otro poco por no disgustar a los míos, a los que tanto había disgustado ya; y otro poco, porque iba adquiriendo conciencia clara de la vocación. Por todo ello llegué a formar el propósito de no volver a casa sino de fraile. A pesar de que no me convenció todo lo que vi. Lo escribo con plena sinceridad. Lo cual me obliga a decirle que en los primeros años de convento encontré cosas y personas muy buenas, pero formadores bastante deficientes. No faltaron motivos para dar el paso atrás. Sin embargo, lo mucho bueno que veía, la reflexión y, sobre todo, la gracia de Dios hicieron que la idea y la decisión del sacerdocio se impusieran a todo lo demás.

     Con esto termina mi historia presacerdotal. Hay quien va al sacerdocio con paso firme y seguro desde un principio. Hay quien va a él por una especie de reacción contra el mal. Hay quien va porque le llevan. Yo fui de estos últimos. A mí me llevaron. Yo no secundaba con mi conducta la conducción. Pero me dejé llevar. Nunca me opuse al destino que me adjudicaron al nacer y que quedó marcado en mí con mi propio nombre. Este destino me lo impusieron los hombres, pero era Dios quien los movía y quien me lo había impuesto antes. Él lo ligó al nombre del tío religioso. Él me condujo, a causa de mis travesuras según mi pensar de entonces, a otra casa, en la que daría con el padre Paco. ¡Qué recto escribía el Señor! ¡Con qué claridad veo ahora su lógica divina!

     A los veintiún años hice profesión solemne y me ordené de subdiácono. Fue entonces cuando tomé la decisión irrevocable de hacerme sacerdote. Lo anterior eran tanteos, reflexiones y propósitos más o menos sujetos a revisión. Siempre creí que no daría el paso atrás. Pero hasta esa edad no lo subrayé con la firma de un voto doble, el de religión y el del subdiaconado. Y créame, no me decidí a recibir la ordenación por el tío religioso, cuyo nombre pesaba sobre mí, como un destino superior. Tampoco porque me ganara la voluntad un fraile dominico, conquistador de almas jóvenes para Dios. A esa edad ya había oído mucho y había leído mucho. Había leído sobre todo a san Pablo y, a santo Tomás. Los dos me dieron ideas claras sobre el sacerdocio, ideas que se ajustaban a lo que la gracia de Dios dictaba en mi interior. Me hice sacerdote porque quería ser lo que es el sacerdote, y porque me llenaban su contenido y su misión. Si me llenaban es porque Dios me llamaba a ello.

     Permítame ahora que le repita lo que todos le habrán dicho ya al contestar a su pregunta:
     El sacerdocio es una gracia, y la vocación a él, también. No es sólo un llamamiento del obispo es, antes que nada, un llamamiento de Dios. «Ninguno se tome por sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón». Oí claro este llamamiento. Supe a qué me llamaba, porque san Pablo me enseñó que el sacerdote estaba destinado «a ofrecer sacrificios por los pecadores y a compadecerse de los ignorantes y de los extraviados».
     Este destino implica un servicio y una entrega total y sin reservas a Dios y a los demás. Empecé por advertir que nuestro sacerdocio cristiano es una participación del sacerdocio del propio Cristo, y que, como el de Cristo, convierte a la vez a quien lo tiene en sacrificador y en víctima. «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios». Y nosotros, que somos sacerdotes con su sacerdocio, hemos de sacrificar, hemos de sacrificarnos y hemos de ofrecernos a Dios después de sacrificados. Un sacerdote sin espíritu de entrega es un sacerdote sin espíritu sacerdotal.
     A la misma conclusión llegué adentrándome por el camino abierto con estas sencillas palabras de santo Tomás: «El sacrificio es un signo». El signo no puede desentenderse de lo significado. Lo, sacrificios de la le antigua eran signos sin valor intrínseco ninguno; lo que valían les venía del espíritu interior con que se hacían, y que era precisamente lo que con el sacrificio ritual se significaba. Por eso decía Dios a los israelitas que «es mejor la obediencia que las víctimas». El de la ley evangélica tiene un valor infinito. En él no se sacrifican animales, sino el propio Hijo de Dios. Pero sigue pesando sobre él la ley de todo signo; en la sacrificación sacramental que de Cristo hacemos en el altar hemos de significar nuestra propia sacrificación y nuestro propio ofrecimiento.
     El sacrificio del hombre tiene dos direcciones, marcada, por los dos sentidos de la palabra «sacrificar». Sacrificar quiere decir «matar», y el sacerdote, que debe sacrificarse en el altar por sí mismo y por los demás cuando sacrifica y ofrece al mismo Cristo, debe matar en el altar, debe quemar sobre el altar, debe hacer desaparecer ante el altar todo cuanto posee de pecaminoso, de defectuoso o imperfecto. Sacrificar quiere decir también santificar. Y el sacerdote debe santificar en el altar de su bueno natural, recibido por adquisición o por herencia. Debe sobrenaturalizarlo y divinizarlo todo, para así poder ser útil al pueblo fiel que representa y a quien sirve. Con ello hace sobre el altar las dos los funciones que resumen toda la labor del adelanto cristiano: una de ascesis, de mortificación o de limpieza; otra positiva, de perfeccionamiento y de santificación.

     Por todo esto y para todo esto me hice sacerdote. Por todo esto y para todo esto creo que se hacen sacerdotes todos los que se hacen. No serían leales si no se hicieran para sacrificar y para sacrificarse por los otros. Unos llegan a esta meta por el camino de la reacción violenta contra el mal y de la conversión; otros, por el camino de la vida ajustada y santa; otros, por el camino amorfo de la vida un tanto traviesa. Por todos estos caminos lleva Dios donde quiere llevarnos. La línea recta de los intentos divinos la he visto yo en el camino que llevo recorrido, cuyo resumen acabo de describir.

     A primera vista parece que Dios juega al escondite con muchas vocaciones. Su lógica parece desconcertante. Pero Él sabe dónde va. Nos predestina y de todo saca partido para que alcancemos el fin de nuestra predestinación. En mí sacó partido del nombre que me impusieron al cristianarme; de la salida de mi casa para aislarme de los demás, a quienes hacía la vida difícil; de la falsilla de mala hechura que yo le presentaba con una vida infantil poco ejemplar. Luego, en los años de la juventud, siguió el Señor escribiendo mi vocación sacerdotal sobre los renglones rectos de la falsilla que pusieron en mí los formadores deficientes y los formadores cabales. Particularmente sobre los renglones que trazaron en mi mente esos dos formadores de excepción que son san Pablo y santo Tomás de Aquino.

Emilio Sauras


138 El P. Emilio Sauras, dominico, fue sin duda el mejor profesor de teología que tuvimos en el seminario de Valencia y reconocido en la orden como un «Magister» excepcional. Pasaron los años y sufrí un accidente grave de montaña, siendo ya obispo —fractura de dos vértebras dorsales—, lo que me obligó a varias semanas de inmovilidad. Estaba en un chalet de mis hermanos cercano a Valencia. Providencialmente el P. Sauras, ya anciano, estaba haciendo de capellán de aquella urbanización ese verano. En cuanto supo de mi estancia allí, vino cada día a traerme la comunión. Tras la acción de gracias entraba a mi habitación y hablábamos largamente. Era un placer intelectual y espiritual. Un día me explicó con toda sencillez que, puesto que estaba perdiendo la vista y no le era posible el trabajo intelectual, pidió al P. Prior que le hiciera portero del convento. Así podía ser útil. Se negó en redondo —me decía él humorísticamente—, pero un día que pasé por la portería el hermano portero me dice: P. Sauras, ¿quiere substituirme un rato en la portería, pues me he de ausentar? Yo me dije —añadió ilusionado— ¡ya soy el portero! Y así fue, y así murió. Para todos fue una lección de rotunda humildad. — CARDENAL RICARDO M. CARLES