7 DÍAS DEL AUTOR DE FRANCESCO volver al menú
 


     Es difícil que alguien entienda mis siete días si sabe poco de mí. No tengo cargo pastoral concreto. Vivo en la montaña catalana cerca de una Virgen gótica. Soy un franco-tirador, eso sí, con todos los permisos episcopales.


VIERNES

     Acabo de llegar. Vengo de dar unas jornadas de retiro a los curas de Urgell. Curas rurales como yo mismo. Siempre me impresiona el retorno a mi casa, en la cima de la cresta, con las luces de la ciudad al pie. Mis amigos los libros esperándome.
     Siento dentro de mí olor de pan tierno. Nuestros curas son el pan. No tienen historia, como tampoco lo tiene el pan. Algún día apareció en la tierra y desde entonces es símbolo y comida. Como nosotros, símbolo y comida de este país. No somos doctores, ni sabios, ni letrados. Nadie nos conoce, nadie se fija en nosotros, no tenemos fundador con edificante historia. Pero nadie como nosotros conoce, una por una, las carrascas de los atajos.
     Por el camino de vuelta me paré en casa de Montserrat y su marido. Estuve con ellos hasta las dos de la madrugada. Dos carrascas fieles, en medio de los campos, a pesar de las heladas.


SÁBADO

     He dormido hasta muy tarde. He pasado largas horas con Víctor. «Querría que fuese como yo, pero sin mis cadenas». No es creyente. Pienso que Dios salva por la fe, pero que también querrá salvar por la buena fe. En la puerta de la otra vida, algún día veré llegar a Víctor sorprendido al encontrarse con una Casa después de la muerte.
     Más tarde empezó el «carroussel», los amigos que suben. Estuvimos hablando hasta muy tarde. En el suelo de mi cuarto durmieron tres chicos, con el saco de dormir. Uno de ellos roncaba y me tuvo desvelado.


DOMINGO

     Las misas y la homilía. Es difícil la homilía, acaso lo más difícil del oficio de sacerdote. El texto del Antiguo Testamento y el de san Pablo, enrevesados y además mal traducidos. Pero el Evangelio es siempre sencillo y fresco. Nadie como Jesucristo se ha fijado en los pájaros, los tenderetes del mercado, la mujer que barre. La Palabra de Dios hablando de vino, de trapos y remiendos.
     Vinieron Pepón, su mujer y la niña. Agua fresca. Ellos creen que yo les doy algo. Pero soy yo quien vive de ellos. Dios mío, esto es prodigiosamente cierto.


LUNES

     Hoy tuve suerte. He pasado el día solo, como un monje. Lo necesito, porque sin esos días de quietud me vaciaría, terminaría hablando como un loro. Con el atolondramiento pastoral nos olvidamos de que sólo se oye aquella voz que clama en el desierto, que tiene el ardor y la quietud del desierto. Dios quiera que algún día lo consiga. Lo consigamos.


MARTES

     Esperanza Medina, alma egipcia. Dios me ha hecho la gracia de estar dos veces en Egipto. La cordialidad de los «fellahs» tan pobre y tan digna. Y el desierto, donde después de años raros y vacíos sentí otra vez lo que es la plegaria.
     Esperanza tiene esa seria cordialidad de los sevillanos, pero con el gracejo de quien vive como los pájaros. Habla una mezcla de árabe, francés y castellano. Todo con acento andaluz.
     Pienso en cada una de las monjas de allá, un palmeral entre el río y el desierto. Si alguna vez me pierdo, estoy allí.


MIÉRCOLES

     Estuve en casa de Toni. Había sido cura. Su mujer, serena y quieta, respeta sus recuerdos. Los dos niños tienen esa inocente confianza de los hijos de padres que se quieren.
     Toni trabaja bien y a gusto. Estoy seguro de que tiene paz. Pero, aunque jamás hablemos de ello, hay en sus ojos una tenue añoranza. Añora el oficio, este tocar alma con alma que sólo da el oficio de sacerdote.
     Más tarde vi a Eulalia y Mateo. Se han arruinado. Están contentos de ser pobres. Podrán vivir a su aire y pintar. La buena fe de los ateos, Dios mío.


JUEVES

     Tenía que terminar los siete días precisamente hoy, jueves. No es ningún truco: hoy hace veinticinco años de mi sacerdocio, lo que llamaban bodas de plata. No se lo he dicho a nadie. Lo escribo aquí porque no lo leerá nadie que me conozca.
     Veinticinco años. Entonces la Iglesia era como tía Concha, estirada, seria, rigurosa, ordenada, mandona y con dineros en el arca. Ahora quiere jugar a jovencita y no confiesa los casi dos mil años que tiene. Ella no es ni joven ni vieja. Es eterna.
     Veinticinco años. Me han caído bofetones de todos los lados. Mis más entrañables amigos, los sacerdotes de mi misma raza, lo han dejado. Soledad de días, meses, años, perdido en mis miserias. Soy un hombre hecho para casarse, pero sé que Dios me pide darle eso con alegría. Algún día me llegará la perfecta alegría.
     Veinticinco años. He conocido la inocencia de los hombres. Sé, por mi oficio, que los hombres llevan dentro la inocencia como un niño que jamás se les muere. He compartido muertes y vidas, dolores y gozos, miserias e inocencias, risas y lágrimas. Acaso en la faz de Dios veré que he sido un mal saco de semillas, pero algunas semillas brotaron en tierra perdida y ganada.
     Veinticinco años.
     Valía la pena.

* * *


EL OFICIO DE SACERDOTE

     La palabra «oficio» se nos ha adulterado.
     Un oficio es una monotonía con su ritmo. Amasar, empastar, alinear y volver a empastar, volver a amasar. El ritmo monótono del albañil.
     También nosotros tenemos nuestra monotonía, con un ritmo difícil de acertar. No me refiero a los entierros y bautizos, a las homilías de boda repetidas y repetidas, no; es la monotonía de la vida de los hombres y su falta de originalidad en los pecados.
     Pero el oficio se distingue de la esclavitud en el hecho de que tiene fugaces atisbos de gozo. El primero es sentirse la materia entre las manos. El modo como cantan los ladrillos al golpear unos con otros, la suavidad de la arcilla del alfarero, la madera que se deja seguir la veta, el hierro que parece duro cuando es sólo consistente. La especial maleabilidad de las palabras del poeta.
     El oficio es un diálogo de las manos con la materia. Pero ningún oficio se siente, como el nuestro, con las manos llenas de alma: la especial maleabilidad del espíritu de los hombres
     No existe ningún parecido con el psiquiatra. Esta clase de médicos hallan su material en el légamo del fondo de los pacientes.
     Nosotros, ahondamos más, buscamos su inocencia. Puedo asegurar que nunca he dado con nadie que estuviera radicalmente podrido o devorado totalmente por sus complejos. Tampoco he hallado nunca angelitos. He hallado hombres. Acomplejados y, más en lo hondo, inocentes, y más en los hondo pecadores, y más en lo hondo tocados por la gracia de Dios. Esto es lo que tenemos entre las manos.
     Tampoco nos parecemos nada al alfarero que amasa, revuelve, modela y da forma a la docilidad del barro. Tenemos entre las manos un material libre. Cuantas veces hemos querido formarlo a nuestro antojo le hemos causado un grave daño.
     Lo más hermoso en un oficio es la reverencia hacia el material bien conocido.
     Y están las herramientas. Los trebejos del albañil son suyos, no se los da el maestro de obras, los guarda en una caja salpicada de yeso, cal y cemento.
     También los sacerdotes tenemos nuestras herramientas: la eucaristía, la palabra, el perdón de los pecados, la vertebración de la iglesia en la unidad.

Josep Maria Ballarin


33 Francisco, ¿a dónde vas? / —A la Puglia, a combatir. / —Pero dime: ¿de quién esperas mejor galardón, del amo o del siervo? / —Del amo, claro. / —Entonces, ¿por qué sigues al siervo y abandonas al amo? / —Señor, ¿qué queréis que haga?.— JOSEP MAIA BALLARIN