MATEO, MATÍAS, MOISÉS... volver al menú
 

MATÍAS EL SUSTITUTO

      «Las cosas valen porque se las puede sustituir».
      ¿Qué haría un niño con el caballo de cartón que le trajeron los Reyes si no viviera con la ilusión de cambiarlo, otra mañana de Reyes, por un tren eléctrico, por ejemplo? ¿Toda la vida con el caballo de cartón? ¡Qué aburrimiento!
      ¿Y las personas? Creo que también. Las personas valen porque se las puede sustituir. Se cambia a los jefes de gobierno, a los ministros y alcaldes, a los futbolistas, a los obispos, a los artistas...
      La sustitución abre el interrogante del misterio, suscita la curiosidad, reaviva la esperanza, renueva la vida.
      Se sustituye a quien lo ha hecho bien, a quien lo ha hecho mal y a quien lo ha hecho regular. Generalmente se le dan las «gracias» al «sustituido». A veces algo más. Generalmente, poco. Inmediatamente nuevos aplausos, nuevos saludos, nuevas direcciones, otros cambios... y la vida sigue.
      Sólo Dios no puede ser sustituido. Y la verdad..., y el amor..., y la libertad..., y la justicia... Estas cosas (?) no se sustituyen; se suelen «prostituir», eso sí, desgraciadamente. Pero todo lo demás, hasta un ramo de flores, puede ser sustituido por otra cosa, por otro ramo de flores y no pasa nada.
      Es más: la sustitución es ley de nuestro vivir en sociedad. No somos eternos ni omnipotentes ni lo sabemos todo tampoco. Nos necesitamos unos a otros, dependemos los unos de los otros; la verdad la sabemos entre todos y entre todos la vamos «haciendo». Vamos en la barca. Remando. Somos varios. Cuando a uno, definitivamente cansado, se le caen los remos de la mano, viene otro a relevarle. Viajamos en el tren. Cuando el guardabarreras muere, el estremecimiento es mortal en todos los raíles, pero se coloca a otro guardabarreras y el tren continúa pasando puntual, rapidísimo, a la mismísima hora... trabajamos varios obreros en una fábrica. Le despiden a uno... jugamos 11 hombres en un mismo equipo. Se lesiona uno...

      —Sí, sí, la cosa es clara. Para qué darle más vueltas.
      —Lo que le pasó a Cristo. Formó un equipo de 12, pero le falló uno, Judas.
      —¿Y qué?
      —Pues que los apóstoles se «liaron» a rezar y el dado le cayó en suerte a Matías. Y ahí le tienes al pobre hombre ocupando el vacío que dejó Judas.
      —La cosa es seria, ¿eh?
      —Sí, pero de lo más sencilla. En adelante, Matías sería el «sustituto».
      ¿Cómo sería aquello? ¿Entendería Matías mucho de Cristo y del evangelio? ¿Le haría «gracia» la cosa? ¿Qué cara pondría al ver que el dado le señalaba a él? Lástima, no lo sabemos, pero ahí le tenemos, hecho un apóstol.
      —Eso entonces. Y hoy, ¿qué?
     —Hoy hacen falta muchos «sustitutos». Pero las cosas han cambiado bastante. Tenemos mucho «respeto» a las personas y no nos atrevemos a echar el dado para nadie y también son muy pocos los que se presentan para «sustituir». Ah, y rezamos menos también, que se nota.
      —¿Sustituir a quién?
      —A los enfermos, a los cansados, a los que mueren, a los que abandonan el puesto... A tantos y tantos.
      —¿Y los seglares?
      —A un cura no le sustituye un seglar, sino otro cura, caramba; las cosas claras, hombre.
      —Y sustituir a un cura, ¿es cosa fácil?
      —Es una verdadera aventura, pero para eso estamos si tenemos un mínimo de fe, ¿no?
      —Entonces ¿qué hay que hacer?
      —Pues nada, presentarse a «sustituto». La cosa es bien sencilla: presentarse y decir: «aquí me tienen ustedes, por si me necesitan».
      —¿Hacen falta muchas cosas?
      —Hombre, no. ¿Qué crees que tenía Matías? Pues que era un tío normal, buena persona y que había seguido los pasos a Cristo. Esto sí, dijo el viejo Pedro que era esencial. Lo demás le tocaba al Espíritu Santo, que algo tendrá que ver en todo esto, digo yo.
      —Tú lo pintas muy fácil.
      —Bueno, lo que tú digas.
      —Si las cosas fueran tan sencillas no habría los problemas que hay.
      —Es que los hombres ponemos todo muy difícil para no tener que aceptar lo sencillo. Pero todo es cuestión de fe en la verdad elemental de que Cristo y los hombres necesitan «ministros», curas, servidores del evangelio, pastores..., llamarlo como queráis. Y hace falta gente que diga: «aquí estoy yo». Y nada más.
      —Sí, pero esa fe...
     —Ah, claro, la fe. Éste es el verdadero problema y no la sociología, el cambio de cultura, la teología nueva, la secularización, las nuevas estructuras del mundo y de la iglesia, el «personalismo» de los últimos tiempos, el celibato...
      —Bueno, bueno, que de todo eso habría mucho que hablar.
      —Sí, desde luego, pero la verdad sencilla, primera, sigue en pie, ¿eh? Y esto es lo decisivo.

      Dialogando, dialogando, se me pasó un buen rato, hasta que me dije: «Pero si es todo tan claro. Como Matías y basta. Entonces ¿qué es lo que nos pasa?».


FELIPE Y NATANAEL

      Hoy como ayer.
     
Al Maestro le gustaba mirar detenidamente las cosas y a las personas.
     Su mirada era siempre una llamada misteriosa.

     Miraba los peces que iban y venían inquietos, sin acabar de comprender el sentido de aquella mirada. Los peces siempre miran igual. Al fin abrían generosamente su boca, sus agallas, y se iban en grupos a comentar.
     Miraba el agua, y el agua se removía como si hubiera recibido en su seno una descarga amorosa de incalculable energía. Miraba el aceite, y el aceite se derramaba caliente, temblorosamente, como si fuera ya medicina de Dios.
     Miraba una espiga de trigo, la cortaba, y los granos casi fermentaban de inquietud entre sus dedos
     Miraba la mies, y decía a sus amigos: «Cuánta mies tiene mi Padre».   

     Les miraba a ellos y añadía: «Pero los obreros...».
     
Los amigos bajaban la vista y comprendían.

     A las personas, el Maestro las llama de mil maneras.
     A veces con cosas tan simples como: «Ayer te vi mientras pescabas».
     A veces como a Natanael...

     Natanael era buena persona.
     Felipe era un pescador.
     Natanael era «Nata» para Felipe.
     Felipe era, eso, «Felipe»: un joven inquieto, un pescador, con ojos de mar y tronco de bronce.

     A Felipe le gustaba mirar el agua: «el agua te habla de la vida y de la muerte; el agua transparenta eternidad».
     Felipe tuvo un día un encuentro maravilloso. Él se llamaba Jesús, el hijo de José, el artesano de Nazaret.
     —«Oye, Nata, te tengo que decir algo fenomenal: hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas. Es Jesús, de Nazaret...».
     —«¿De Nazaret? ¡Pero, hombre, Felipe!».
     A Natanael le gustaban las cosas bien hechas. Era serio, un crítico sereno de los acontecimientos. Decirle a él que de Nazaret...
     —«Nata, ven y verás».

     A Natanael le bastó una pequeña prueba para creer y seguir a Cristo.
     —«Antes de que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
     —«Maestro, tú eres el Mesías, tú eres el rey de Israel».
     
Qué cosa tan tonta, ¿verdad? Porque le vio debajo de una higuera...

     Pues, ¿qué le pasaría cuando después viera a Jesús andar tan tranquilo sobre las aguas..., o resucitar a Lázaro..., o subir triunfalmente a los cielos? Seguro que el día de la ascensión, Natanael sería de los últimos en bajar la vista y ni se enteraría siquiera de las palabras del ángel que cerraba el telón del espectáculo y les gritaba:«¡Eh, vosotros!, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?».
     
Sin embargo Natanael diría después muchísimas veces: «Yo le vi subir a los cielos. ¿Qué mayor prueba queréis para creer?».

     Buena lección la de Natanael:
     porque no exigió pruebas «serias» para seguir la vocación;
     porque tuvo los ojos abiertos para ir viendo los «guiños» que Dios hace constantemente; porque nos enseña que «seguir la vocación», que parece tan complicado, es, sencillamente, seguir a Cristo.
     Natanael era buena persona.
     Felipe era un pescador.
     Natanael era «Nata» para Felipe.
     Felipe era, eso, «Felipe»: un joven inquieto, un pescador, con ojos de mar y tronco de bronce.

     La historia no termina. Se repite todos los días:
     —cuando uno dice a su amigo que el mundo está triste y que es de valientes ser testigo de por vida de Cristo resucitado;
     —cuando uno tiene los oídos abiertos para escuchar en toda su intensidad y dramatismo el «Ven» clamoroso de los millones de hombres sin «Luz»;
     —cuando uno se examina cada día de amor para pasar la única verdadera prueba que exige la vocación.


MATEO

      A Dios le gusta jugar a «la salvación».
      Es un juego maravilloso, pero serio al mismo tiempo. A veces, cuesta sangre.
      Pero a Dios le gusta.
      Para realizar sus jugadas Él quiere servirse de los hombres. Los hombres somos las figuras vivientes que hemos de movernos adecuadamente por el gran tablero del mundo.
      Dios está empeñado en que el juego salga bien. Pero no siempre las cosas resultan a gusto de Dios.
      El juego no sale bien cuando hay figuras que no quieren moverse de su sitio, de su rincón privilegiado, porque se encuentran muy a gusto donde están y como están.
      El juego tampoco «sale» cuando hay quienes no quieren ocupar «su» puesto y cumplir «su» misión, de peón o de torre, de reina o de doncella, de vanguardia o retaguardia.
      Los hombres somos terribles.
      Dios no nos mueve si nosotros no queremos. Sus dedos prodigiosos son impotentes si nosotros retiramos nuestra mano pequeña, astuta y reseca...
      Dios siempre está mirando al gran tablero, pero pocos levantan la vista para encontrarse con sus ojos.
      Dios siempre está hablando, pero pocos se ponen a la escucha. Dios siempre está pasando, pero pocos se levantan para seguirle.

      Mateo sí. Mateo se levantó.
      Mateo estaba sentado; descansando; muy a gusto. Y se levantó cuando vio pasar a Jesús.
      Mateo estaba rodeado de dinero. Y Jesús pasaba en sandalias por delante de su oficina.
      Jesús no llevaba nada. Y Mateo (Leví) «dejándolo todo se levantó y le siguió».
      Jesús no le ofreció nada. Y Mateo «le obsequió con un gran convite en su casa».
      Jesús se alegró muchísimo por comer en casa de Mateo.
      Pero los fariseos se escandalizaron de que se sentara a la mesa de un interventor de la contribución. ¡Qué cosas! Los fariseos no lo entendieron. Los fariseos no entienden.
      Y es que también los que están sentados en las oficinas contando el dinero de los demás pueden levantarse..., y dejarlo todo..., y abrir cuenta corriente con Cristo pobre..., y firmar en blanco por Él y por los hombres..., y explotar todos sus talentos en favor de los otros...

      Pero hay quienes no lo entienden.
      Quienes creen:
      que lo importante es el contar dinero,
      que lo que «suena» es el ruido de las monedas sobre la mesa de cristal,
      que Cristo sólo pasa por delante de las ventanas de los pobres, pero que a Él no se le ocurre asomarse a las ventanillas de las oficinas, de los bancos, de los despachos, de los grandes almacenes...
      ¿para qué?
      si Cristo no tiene que pagar contribución... si no tiene acciones..., ni cartera siquiera...
      si no necesita «papeles» ni espera recomendaciones...
      si Cristo no se mete en cuestiones económicas...
      si Cristo...
      No saben. No entienden.

      Leví, Mateo, se levantó.
      Mateo lo dejó todo.
      Mateo se levantó y siguió a Cristo que pasaba en sandalias y sudoroso por delante de su oficina.


MOISÉS

      Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián... Una vez llevó las ovejas más allá del desierto y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. Allí, en el terrible silencio de la montaña, oyó la misteriosa y potente voz de Dios.
      —Moisés, Moisés.
      Moisés se sobrecogió y se cubrió él rostro con el manto porque, como dice la Biblia, «temía ver a Dios». Y le entró miedo, mucho miedo.
      —¿Qué me querrá Yahvéh?
      Y dijo Dios:
      —Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces...; he bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel...
      —Y ¿qué, Señor?
      —Yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel de Egipto.
      La orden era clara y terminante, la misión concreta y bien definida; misión histórica, trascendental; tarea para un gran caudillo, para un astuto guerrillero, para un sagaz diplomático, para un hombre, en fin, que no fuera Moisés, el pastor de Jetró. Así lo comprendió él perfectamente y así se lo dice a Yahvéh:
      —¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?
      La respuesta de Dios es tajante:
      —Yo estaré contigo.
      Es la palabra que da Dios a todos sus enviados, a todos los que desconfían, a todos los miedosos, a los «calculadores», a los acomplejados...
      Y sigue Dios:
      —Ve y reúne a los ancianos de Israel y diles: Yahvéh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: «Yo os he visitado y he visto cómo os maltratan en Egipto. Y he decidido sacaros de la tribulación de Egipto...» Ellos escucharán tu voz y tú irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto y le diréis: «Yahvéh, el Dios de los hebreos, se nos ha manifestado. Permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahvéh, nuestro Dios. Ya sé que el rey de Egipto no os dejará ir, sino forzado por mano poderosa. Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré ante ellos y después os dejará salir.
       La cosa parecía hecha; el plan ya estaba trazado, pero Moisés apenas si escuchaba mientras le estaba hablando Yahvéh. Estaba aturdido, asustado; era una montaña enorme la que le venía encima; era toda su vida la que se le iba a «complicar» horriblemente.... y entonces buscó la mejor manera de decir a Dios que no.
       —Óyeme, Señor. Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado tú con tu siervo, sino que soy torpe de boca y de lengua.
      Respondió Yahvéh:
      —¿Quién ha dado al hombre la boca? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Yahvéh? Así, pues, vete, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir.
      Moisés estaba acorralado. Su argumento no había valido y ya no tenía otra excusa que poner, pero no era cosa de ceder:
      —Óyeme, Señor, te ruego que encomiendes a otro esta misión.
      Esto ya era demasiado y entonces la ira de Yahvéh se encendió, y dijo:
      —¿No tienes a tu hermano Aarón el levita? Sé que él habla bien; he aquí que justamente ahora sale a tu encuentro y al verte se alegrará su corazón. Tú le hablarás y pondrás estas palabras en su boca; yo estaré en tu boca y en la suya, y os enseñaré lo que habéis de hacer. Él hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios.
      Con esto las cosas cambiaron. Con la compañía del hermano, la misión ya no se presentaba tan difícil. También los grandes caudillos, los profetas y libertadores del pueblo necesitan una mano e amiga y un corazón cercano para no desfallecer, para llevar adelante la gran empesa de la liberación del pueblo.
      A Moisés, con la presencia de su hermano, se le ensanchó el corazón y se entregó ya de lleno a la realización del plan de Dios. Pero la tarea no fue nada fácil. El Faraón se enfureció ante la insistente protesta contra la injusticia y la petición de libertad que le hacía Moisés. Y la opresión del pueblo se recrudeció.
      La situación era agobiante, insoportable por más tiempo.
      Volvióse entonces Moisés a Yahvéh y le dijo:
      —Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo?, ¿por qué me has enviado? Pues desde que fui a Faraón para hablarle en a tu nombre está maltratando a este pueblo, y tú no haces nada por librarle.
      Respondió Yahvéh a Moisés:
      — Ahora verás lo que voy a hacer con Faraón; porque bajo fuerte mano tendrá que dejarles partir y bajo tenso brazo él mismo los expulsará de su territorio.
      Y así, en efecto, se realizó la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto. Dios actuó con fuerza. El Faraón no aguantó más la protesta, la presión y los gritos del pueblo y éste atravesó finalmente el, Mar Rojo entre cánticos de fiesta y voces de liberación.

      «Egipto» quiere decir el mundo de la esclavitud, de la injusticia, de la opresión. Egipto está aquí y allá, en todos los continentes, en todos los países, en unos más y en otros menos.
      El «Mar Rojo» de la liberación lo han atravesado unos pocos. El paso de los israelitas era un símbolo de la liberación que había de llegar.
      Cristo ha sido el primero que, a través del mar rojo de su sangre, ha «pasado» del mundo de la esclavitud a la orilla de la libertad, de la vida, al mundo nuevo de la resurrección. Y con su paso, abrió camino para todos los «creyentes», es decir, para todos aquellos que, como Él, dan su vida por la liberación del pueblo.
      La figura de «Moisés» se ha repetido en los santos, en los profetas de todos los tiempos, en todos los que vencieron las «excusas» para lanzarse a la lucha, al compromiso por el reino de la justicia de Dios.
     
     Hoy hacen falta muchos que como Moisés se entreguen con fe y esperanza a la gran misión de la liberación del pueblo.
     Tú... uno de ellos.
     ¿Por qué no?

Julio García Velasco


106 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI