8 DÍAS DE UN PÁRROCO volver al menú
 



     He procurado contar esta semana, del 12 al 19 de diciembre, lo más objetivamente posible. Evidentemente, uno no es de piedra y las cosas le afectan.
     ¿Desconcertado? ¿Amargado? Yo diría más bien, tentado. Con tentación de desesperanza, que nunca creía materia de tentación.
     No soy un luchador, tampoco un místico. Intento ser un ministro del evangelio que peregrina hacia lo Absoluto. Pero el Absoluto y lo Eterno se nos manifiesta en el hoy y en el aquí.
     Los libros de pastoral que corrían por el seminario en mis tiempos no hablaban de muchas cosas. Quizá entonces tampoco las habríamos entendido. Si en vez de pedirme que le contara estos ocho días, éstos precisamente, me hubiese señalado la semana anterior, por ejemplo, todo hubiese sido bastante distinto.
     Pero no está mal que los cristianos sepan que el sacerdote también dice: «no nos dejes caer en la tentación».

12, domingo

     Dicen que los curas sólo trabajamos los domingos. De hecho hay domingos que no para un instante. Esta concentración y multiplicación de servicios tiene su razón de ser y cuanto más se quiere respetar a cada persona y a cada grupo, más se complica nuestra vida...
     Esto comporta un gran peligro. Surge un mecanismo automático de defensa que tiende a insensibilizarme. Y es mala cosa. Pero si me lo tomo todo a pecho, termino que no puedo con mi alma.
     A veces, todo hay que decirlo, entre servicio y servicio, no falta un respiro:
     —«Para el Señor».
     —«Preciosas rosas. ¿Son suyas?».
     —«Sí, padre, Esto es lo que tengo en mi casa: niños y rosas».
     El perfume de estas rosas me ha hecho pensar en las bienaventuranzas.


13, lunes

          Había que verle la cara. Cara de víctima. Y tan niña todavía... Llevaba desmañadamente a su hijo en brazos, como si fuera un muñeco. Está para cumplir los catorce años. Él tenía una mirada de perro apaleado. Después de todo, no es más que el hijo del «señor» con quien vive «arrejuntada» la madre de la chiquilla.
     Una angustia parecida se traslucía en la mirada esquiva de aquella otra, mientras su novio me decía arrollando nerviosamente un TBO, que se tenía que casar.
     ¡Y el miedo! El miedo se podía leer en los ojos de aquella chavala de dieciséis años que, entre silencios y medias palabras, me pedía que le buscara un lugar de refugio. Los suyos tienen compradas ya las inyecciones para hacerla abortar el hijo que espera.
     ¡Y la vergüenza! Se me encogió el corazón ante aquella madre que iba a casarse con un joven que ignoraba que no era él el padre de la criatura.
     ¡Y la angustia de sentirse esclavo! Aquella esposa no daba abasto a secarse las lágrimas y se mordía los puños. No lo podía evitar: amaba a otro...
     Todos estos dramas han vuelto a mi memoria. Y muchos más. Y mi indignación crecía. El tren corría —es un decir— con la cachaza de siempre. A mis espaldas, en el otro departamento, dos parejas de universitarios, con aire de ricos disfrazados de pobre, iban soltando teorías pulcras, científicas, asépticas y triunfantes sobre la libertad en las relaciones sexuales.
     Así es como he recobrado todo el respeto hacia aquellos atormentados, ya amigos míos, y he desconfiado una vez más de las apariencias. «Hay que liberarse de prejuicios, ignorancias, tabús, represiones...». De acuerdo. Y aún más: el mayor de los yugos es la ignorancia del amor.
     Hay hechos y palabras de Jesús que, ahora, me parecen mucho más fáciles de entender.

     En mi barrio continúa el malestar laboral.


14, martes

     Fuimos a coincidir agarrados a la misma barra del metro. La hemos soltado instintivamente, como si nos sacudiera la corriente. Somos compañeros de la misma promoción.
     Yo no sabía cómo abordar la cuestión, pero él ha sido franco y claro: «Chico, qué quieres... las cosas se me han puesto así y he pedido la secularización. Ahora conozco a una muchacha y pienso casarme en cuanto todo esté en regla. No he perdido la fe. Mi problema es totalmente otro...».
     Así de sencillo y directo, me ha parecido que la posible debilidad de su argumentación no se podía impugnar. No era tampoco lugar a propósito para entrar a fondo en el tema, apretados por todas partes y rodeados de oídos atentos. «Trátala —le he dicho-. Los jóvenes, aunque se enamoren a su debido tiempo, le echan buenos ratos a este asunto. Con un itinerario cuajado de frustraciones, ésta será probablemente una tarea complicada. Casarse no es un apeadero fácil». «Otro día nos veremos con calma». No hemos concretado nada. Hoy por hoy, ni él ni yo, deseamos todavía vernos. Tendrá que pasar tiempo. Un apretón de manos, y él se ha bajado. Yo he continuado cogido a la barra y, traqueteando, hemos entrado de nuevo en el túnel. «Aunque ande por valles tenebrosos, no temo nada porque Tú estás conmigo». Sólo Él entiende y guía mi viaje. Y el suyo. Y el de todos aquellos que tenían sus oídos puestos en nuestra conversación.
     
     Carta de un amigo africano. ¿Qué le contestaré? Me recuerda nuestra ya larga amistad y los desengaños que van minando su moral y la de su pueblo. Impotente ante la enfermedad, la pobreza, la política de intereses creados, el futuro sin esperanza de sus hijos y la indiferencia de los países ricos, se le hace ahora especialmente difícil entender que se está agotando también el trabajo de promoción y evangelización que habían emprendido allí algunos curas de nuestra diócesis. ¿Qué le voy a contestar...?
     Ante este panorama lo de nuestro conflicto laboral parece poca cosa. Pero son muchas las familias afectadas. Hoy está todo peor que ayer.


15, miércoles

     No se habla de otra cosa. Nadie cede. No sé cómo va a terminar. Ya llevamos media semana de huelga. Hoy, en la misa hemos pedido por esta necesidad. Los que nos reunimos todas las mañanas no podíamos dejar de hacerlo.

     Iba acompañando hasta su casa a un chico joven, enfermo angustiado hasta los tuétanos. Por el camino, topamos con un médico amigo mío. Como el chico no paraba de hablar, mi amigo le escuchaba con la mirada baja de los médicos cuando preparan el diagnóstico. Al despedirnos, discretamente me ha susurrado: «Aunque pueda parecerte cruel, sacúdetelo. Es un «esquizo» peligroso. Mientras pasábamos el puente, sentía miedo.
     He tenido que enfrentarme con su familia. Todos se desentendían del enfermo. Finalmente, hemos dado con una media solución. ¡La de cosas que ha dicho él mientras tanto! Imágenes maravillosas, verdades como puños, amenazas, anhelos altísimos, disparates... Toda su lógica es la asfixia y el vértigo de la angustia. Y desde el fondo abismal de su trastorno me ha disparado estas preguntas: «¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué no soy como los demás?»
     No he podido darle respuesta. A pesar de todo, debe ser cosa buena que también este pobre (¡y qué pobreza la suya!) haya venido a dar con la Iglesia. La Iglesia es un hospital porque el mundo es un campo de batalla.
     (Y ahora se me ocurre: si también en el hospital se pelea, ¡esto sí que es cosa de locura!).


16, jueves

     Que digan lo que quieran. Que interpreten como les dé la gana lo que acabo de hacer. Y los cristianos, que me expliquen cómo podía dejar de hacerlo.
     Han entrado llorando y chillando. Delante, las mujeres. Se había producido una histeria colectiva, cierto. Pero es que detrás iba la fuerza pública con las porras en alto.
     Yo no estaba y no sé si la manifestación ha sido correcta o no. Sólo sé que se han refugiado en mi casa cuando les perseguían. He buscado sillas y coñac para los que lo necesitaban. No sé cuantos han entrado. Muchos. Amontonados por todas partes. Yo me he quedado a la puerta. Acogiendo y escuchando sin decir nada.
     Las cuestiones laborales son muy complejas. Y problemática su solución. No he sido un líder para ellos. Ni me han consultado nada. Simplemente, han buscado asilo. Ya sé que no faltará quien diga que todo estaba planeado de antemano. Lo cual es absolutamente falso. No soy quien para juzgar a nadie. Pero no sé imaginarme al buen samaritano abriendo una encuesta a unos y otros antes de atender al herido junto al camino.


17, viernes

     Hemos pedido la intervención del obispo. Ha hecho lo que ha podido. Pero ha podido poco...
     ... Cuando también a mí acababan de retirarme el carnet, alguien dijo: «Padre, ¿no puede usted hacer nada?» «Ya ve usted». «Es inútil», ha dicho un tercero. Me he sentado con ellos en un banco. Éste ha sido el único consuelo. Éste, y el hecho de haber reconocido a muchos que había tratado en la iglesia. Incluso con algunos —en un momento de calma — hemos hablado de aplazar su boda hasta que todo se resuelva. Todos estos estaban también allí. Y yo me debo a todos.
     Cuando la casa se vació, después del registro, dos obreras anónimas vinieron en silencio a limpiarlo todo.
     En estos momentos, los centros de chismorreo deben funcionar a pleno rendimiento. Ya me han llegado ecos de que «¡Nos haréis perder la fe!» y de que «El domingo volveré a misa». Estúpidos que se alejan, estúpidos que se acercan. La fe no es una moneda de cambio.
     Temo que nada quedará claro y los pobres, ¡más pobres! Siento todavía un hormigueo raro en las piernas. Si hoy consigo dormir, será de puro agotamiento.


18, sábado

     Desde hacía un mes largo me había comprometido a un encuentro con un grupo de niñas de unas escuelas, ¡Y ha tenido que ser precisamente hoy! Me ha venido muy a contrapelo. El alboroto de ayer y las perspectivas futuras no me han predispuesto precisamente... ¡Chiquillas, ahora! Este trabajo me parece una pérdida de tiempo, sonreír —cosa indispensable para los pequeños— una hipocresía y los juegos una traición a la «importancia», del momento. Me cuesta dar mi tiempo para acoger a los niños. En todo caso, ¡que me escuchen con toda atención! No estoy para infantilizarme, ni tengo edad para fáciles sintonías.
     (Sí, ya veo que entre una cosa y otra me he ido endureciendo. Reconozco que he estado al borde de cometer una injusticia).


19, domingo

     He leído la homilía para evitar que se me deslizara una palabra de más. Sobre los sucesos de estos días he dicho que los cristianos de todas las tendencias no podemos aventurarnos a juzgar las cosas al margen de las enseñanzas de la Iglesia. He pedido también ayuda económica para los muchos que se han quedado sin trabajo, Los presentes guardaban un silencio impresionante.
     Pero ahora estoy francamente confundido. Intento prescindir de las críticas hechas a mis espaldas, de los dimes y diretes y de inútiles elogios. Pero hay un hecho: la ayuda económica de mis feligreses no ha llegado a quince céntimos por persona. Se me cae la cara de vergüenza. Mía será la culpa, por haberme explicado tan mal, ¡Si no fuera así, yo no podría identificarme con mi comunidad!
     Un buen amigo, muy preocupado también, me ha dicho que no hay que sorprenderse tanto. Sencillamente, hay que hablar más claro, difundir sin miedo el pensamiento de la Iglesia, y multiplicar el diálogo: «Los curas sois con frecuencia un maestro que se explica muy bien, pero que jamás comprueba si sus discípulos le han entendido,. Le doy toda la razón.
     Tentado estoy de pensar que estos cristianos desacreditan el Evangelio. Ya sé que mejor será examinar la historia de la comunidad y mi actuación, y amarlos más... y todo eso. Pero estoy tan fastidiado, que no sé qué santo me detiene para no mandarlos a todos a...

     Estos jaleos me han hecho perder el humor. Pienso en toda esta gente y veo que he sido un inútil. Confundo servicio con eficacia. Un solo aspecto de la vida pretende totalizar y absorber todas las energías de mi persona y no desenredo la madeja de mis pensamientos —y de mis sentimientos— por más vueltas que le dé. Me he replegado en mí mismo al choque con el dolor ajeno.
     La salida está en los otros, de nuevo. Lo sé. Y sobre todo en el Otro. Pero soy tan torpe que no quisiera tener que hablar con nadie. Tampoco consigo rezar. No alcanzo a traducir a este momento de mi vida el antiguo himno: «Oh Cruz, esperanza única, en este tiempo de pasión...»
     Dios mío, ¡si por lo menos mis hermanos llegaran a descubrir mi fragilidad sin escandalizarse por ello!

Blai Blanquer

096 En más de una ocasión he recibido cartas lacónico-agresivas de desconocidos lectores que venían a decir: «Las historias que usted cuenta, señor JSV, son demasiado bonitas. La vida no es así. Haga el favor de ser más realista».
     Yo creo que la vida real es en realidad según los ojos con que se mira, según el corazón con que se ama.
     Para variar de voz y de perspectiva, en honor de los «lacónico-agresivos», he pedido a varios amigos míos (no podía pedir tal favor a mis enemigos, por la sencilla razón de que no soy tan importante como para tenerlos) que cuenten sencilla y realísticamente «7 días de su vida» de «cocineros de los cristianos» y de «señaladores del Camino».— J.S.V.