7 DÍAS DE UN PÁRROCO volver al menú
 


      Escribir nunca ha sido mi fuerte, usted lo sabe. Pero como no me pedía una obra literaria sino transcribir siete días de mi vida, ahí le van tal cual.
     Sepa que una vez más la realidad supera la ficción. Lo que le mando lo he vivido prácticamente estos siete días, los que usted me señaló. No he inventado nada, palabra.
     Cono se trata de vida es posible que el lector, que no está en el contexto, lo encuentre confuso. Además, para no alargarme demasiado, he intentado sugerir, pero quizá en vez de sugerencias hayan salido oscuridades. Perdón. Si intentase retocarlo me temo que lo estropearía.
     Al tratarse de hechos reales vividos por mí, cualquier diferencia entre lo escrito y la realidad es pura coincidencia.

31, domingo

     Me ha llevado en su coche. Conducía muy aprisa y frenaba bruscamente en cada cruce. «Lleva quince años en cama pero el médico dice que esta vez...». Allá quedó, enfriándose en mi plato, la media rodaja de pescado de mi cena. «Y como ya no conoce a nadie, les venimos a buscar a ustedes. Porque, verá, ustedes siempre asustan».
     La pobre abuela, efectivamente, parece estar en las últimas. Pero ¡qué mal he sabido disimular mi disgusto! («ustedes siempre asustan»). Y, además, al terminar, alguien rubricó con otra frase su despiste: «¿Cuánto le debo?»

     Mientras recogía lo que quedó de la cena, he pensado en mis amigos del otro lado del río. Estaba yo con ellos al atardecer. Me han invitado a celebrar el Bautismo de una niña. Ha habido cante y tanguillos gaditanos y un derroche de alegría y espontaneidad que casi me acompleja. (Pierdo el ritmo cuando quiero hacer palmas con ellos). Pero me han invitado y por poco se me enfadan porque me retrasé.
     En la habitación de al lado semidormía la recién bautizada con los demás bebés del clan. También en la habitación de al lado, esta noche, jadeaba la abuelita inconsciente. En el comedor de cada hogar los sanos y los adultos comparten la alegría o el dolor. Y yo con ellos. Asustando a unos, alegrando a otros. En uno y otro caso y a pesar de todos los pesares («¿Cuánto le debo?» «Beba usted un poco más») estoy presente en los momentos límite de la vida de algunos hombres. En estos momentos se abren muchos interrogantes a los que mi presencia puede servir de respuesta.
     Pero Cristo, además de nacer y resucitar para hacer la voluntad del Padre, «vivió» la vida entera haciendo lo que a él le agradaba. Esto es tan original que la simple religiosidad no lo alcanza
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1, lunes

     He conversado con una flamante parejita de novios. Ambos exalumnos míos y ambos —¡mira por dónde!— se confiesan ateos. No sé si ellos atendían a lo que estábamos diciendo. Yo no atendía en absoluto. No he podido remediarlo. Hay mucho misterio en esto de la persona. Les contemplaba, recordaba. Siento un especial aprecio hacia ellos. Lógicamente no pueden corresponder. Y, lógicamente también. me han dado pruebas de ello. ¿Les bastará esta lógica? ¿Qué horizontes tendrá su amor?

     Una nueva urgencia. ¡Dios mío, el otoño! Se trataba de acompañar a un anciano que dispuso ya hace días el texto de su esquela: «... con los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica. ¿Qué diablos es esto de los auxilios espirituales?» Su voluntad se cumplirá.
     Hemos rezado en familia y hemos esperado en silencio. Hasta que la paz se lo hizo completamente suyo. «¡Día de Todos los Santos! Me gustaría ser firme como la Virgen. Pero ¡sabe tan mal!, ¡son cincuenta y seis años de matrimonio!». La ternura, hasta el último aliento. Luego soltó las lágrimas calladamente.

     Al llegar a casa ya me esperaba. Excusé mi retraso. «Veamos si ella viene». Hemos hablado dos largas horas. Él aplastaba con fuerza sus cigarros a medio fumar en el cenicero. «Esto es veneno. Deberían prohibirlo». Y a renglón seguido encendía otro.
     No me quito de la cabeza aquella discusión que tuvieron delante de mí, en plena calle, hace ocho días. Era ya de noche. Mientras ellos decían sus lindezas, su hijita —la mayor de las tres, con cuatro año— se limitaba a apostillar: «Tengo frío». Yo les aconsejé que esperaran ocho días para pensarlo. Una cuerda rota no se une de nuevo si los dos cabos no se doblan. Ha sido inútil. Ella no ha venido. «Tengo frío». ¡Les habría dado un par de bofetadas a cada uno!
     He ido a celebrar la Misa de la noche un poco confundido. Por Todos los Santos y por todas las víctimas.


2, martes

     Hoy he utilizado la primera Oración eucarística. Pocas veces lo hago. Pero hoy he querido «detenerme» al rezar por los que nos han precedido en la fe. Por mi padre. Por aquellos vecinos del hogar de mi infancia que he acompañado uno tras otro al cementerio. Una familia que ya casi se extingue. Hace poco estuve otra vez allí. La difunta era la penúltima de la casa. Tuvieron que sacar los restos de una hermana suya que como ella murió de cáncer y —como ella también— bromeó hasta el último momento de sus dolores. Era la decisión en persona. «El Caballo» la llamábamos cuando yo era niño. Teníamos una vecina común que no estaba bautizada. Buena como el pan y fiel a «los principios de su familia». Ahorraba dinero para regalarme la casulla de mi primera Misa. Pero murió antes de tiempo. Entierro laico sin cruz ni cura. En pleno entierro «El Caballo» se arrancó: «Padre nuestro...». ¡Se necesitaba valor! Pero todo el mundo respondió: «El pan nuestro...»
     Ahora sus restos hicieron exclamar a la superviviente: «¡Dios mío, ni los huesos!»,. Efectivamente, nada: destrucción biológico-química. Humillación total. Por esto hoy les he recordado junto a todos los demás, ante este cuerpo ni mortal ni difunto sino glorioso, que nos siembra la Vida. Los inexorables determinismos biológicos, químicos o físicos, que hoy conocen un poco los técnicos, no agotan la realidad.


3, miércoles

     ¿Podremos preceder en la fe a alguien? Esta noche un joven estudiante me ha pedido que le eche una mano porque «no se aclara». Algo que yo dije en una reunión le ha hecho caer en la cuenta de muchas cosas, me dice. Llevo más de un año sin poder hacer este anhelado servicio —razón de mi vida— entre los jóvenes. Una prueba dura para el coraje. He encontrado un ambiente enrarecido: anticlericalismo ancestral, anticlericalismo puesto al día y muchas secularizaciones. Y mucho desarraigo. Resulta lógica por tanto la indiferencia y la agresividad. Esta pobreza tiene un sabor muy amargo. Cada día admiro más a san Pablo, apóstol de los gentiles.


4, jueves

     De vez en cuando un encuentro con la familia rompe saludablemente el ritmo de la vida ministerial. Ayer estuve en casa. Los precios del mercado, las amígdalas del sobrino menor, el cocido «como a ti te gusta», el trabajo del hermano, «tendremos que celebrar tus diez años de sacerdote» y «cuida esta tos» y eso de levantarme sin despertador «¿a qué hora te llamo?» En fin, mil detalles como contrapunto de unos silencios en los que nos comunicamos lo que es inútil querernos decir.

     Mi trabajo de confesor: ¡El tormento de Sísifo! Una y otra vez, ¡y dale! ¡Cuánto me cuesta resistir a la rutina frente a este torrente de vulgaridad que arrastra siempre el pecado! ¡Qué duro acoger escrúpulos, vaguedades, convencionalismos! ¡Qué pesado atender el lado menos brillante de nuestra tan poco brillante existencia! Incluso la jaula me da pena. Me siento recluido y me duele la forma actual de la confesión.

     Cuando yo voy a confesar mis culpas, atiendo poco al ritual aún no renovado y recobro la ilusión de procurar a todos el gran beneficio de la Misericordia. Porque agradezco la paciencia del Padre. Y la de mi confesor.


5, viernes

     Estas casas blancas de cal y adornadas con geranios en latas, cobijan la población más humilde de mi futura parroquia. Al fondo se levanta la llamada zona residencial: un conjunto de bloques apretadísimos, altos y caros. En pleno campo construyen estas cárceles que son un monumento a los arquitectos locos y a los avaros especuladores del suelo. Esta prosperidad va desplazando al barrio de las casitas blancas habitadas por buen número de analfabetos.
     No puedo remediarlo, Siempre que contemplo nuestras grandes concentraciones urbanas, la imaginación me agobia: la naturaleza agonizante, la progresión geométrica de los miles de millones de seres humanos, el volumen treinta veces mayor de dinero empleado para procurar la muerte que en defender una vida razonable, las crecientes desigualdades... Los poderes (las fuerzas económicas, por ejemplo) en definitiva no cumplen su cometido de servir al hombre. Ignoro si esto llegará a ser posible en algún nuevo tipo de estructura. En todo caso, quien intenta amar al hombre y descubre cómo le condicionan las estructuras, no es posible ya que se desentienda de ellas. También esta lucidez tiene su precio. Todos decimos que nace un mundo nuevo. Pero ¿no nace también en pecado original?
     A campo abierto, frente a estos niños que juegan indiferentes entre yerbajos y cascotes sufro el peso de mi pobreza. Y presiento que la levadura de esta nueva masa deberá presentar un rostro muy distinto. ¡Ven Espíritu Creador!
     Estas ovejas mías no me conocen. Mi obispo está lejos, de reunión.


6, sábado

     Hoy escribo por la mañana. Acabo de celebrar la Eucaristía con este grupo constante de fieles que algunas veces me piden aclaraciones o me discuten simplemente lo que digo en la homilía. Confieso que esto me hace sentir vivo. El silencio obsequioso — norma general — me aturde.
     El Evangelio de Mateo nos decía esta mañana: «... no os dejéis llamar «Rabbí» porque uno sólo es vuestro Maestro: y vosotros sois todos hermanos...». Creo que me he predicado a mí mismo. Luego les he pedido a mis sufridos feligreses que me ayuden a ponerme en plan de hermano y servidor.

     Esta noche reunión con matrimonios. Cuatro horas de escuchar y callar. Sólo brevemente llegará mi turno. Además sé que me van a pedir que actúe de secretario.

     Ayer leí un reconfortante artículo sobre el sacerdocio. Hablando de los hermanos dice que ellos nos sostienen con su mirada. Pienso que su mirada —huraña, confiada, indiferente— toma el pulso de nuestra fe con algo muy sutil, indescriptible casi, pero que si nos falta, la caridad misma no arraiga o pierde su sentido: se trata de la Esperanza.
     Nadie me pide a mí que sea un canario-flauta de la teología. Pueden prescindir perfectamente de mí como experto. Pero tienen derecho al servicio de la Esperanza. Una Iglesia insensible a la Esperanza o adormecida en esperanzas parciales o de corto alcance, no interesa al trabajador, ni al estudiante, ni al joven de hoy, ni a la viejecita ochentona, ni a nadie que esté en su sano juicio.

Blai Blanquer


092  En más de una ocasión he recibido cartas lacónico-agresivas de desconocidos lectores que venían a decir: «Las historias que usted cuenta, señor JSV, son demasiado bonitas. La vida no es así. Haga el favor de ser más realista».
     Yo creo que la vida real es en realidad según los ojos con que se mira, según el corazón con que se ama.
Para variar de voz y de perspectiva, en honor de los «lacónico-agresivos», he pedido a varios amigos míos (no podía pedir tal favor a mis enemigos, por la sencilla razón de que no soy tan importante como para tenerlos) que cuenten sencilla y realísticamente «7 días de su vida» de «cocineros de los cristianos» y de «señaladores del Camino».— J.S.V.