UN CONCENTRADO SOPERVITAMINADO volver al menú
 



 
     
Los escolásticos usaban y abusaban de una curiosa distinción: «per se» y «per accidens». Pese a la sonrisita de más de un neo-ignorante tal distinción tiene su quid.
     Yo echo mano de ella cuando me piden bibliografía vocacional. ¿Quieres un libro vocacional «per se» o «per accidens»?. Unos sonríen y piden un «per se», otros sin dejar de sonreír prefieren un «per accidens».

     «La túnica de piel» de C. V. Gheorghiu no figura en ninguna bibliografía vocacional, que yo sepa. Como que es una novela policíaca. ¿Será entonces un « per accidens»? No. Es un «per se» y más grande que una catedral.

J.S.V.


  
   Hay muchas cosas en la naturaleza que algunos ven con toda claridad, pero que son ignoradas por la mayoría de quienes las observan. El cielo, por ejemplo. Todos los hombres, los animales y los insectos pueden mirar al cielo. El cielo es visible para los niños de todas las clases sociales y de todas las razas. Todos los pueblos, pobres o ricos, amarillos, blancos o mestizos, ven el cielo, a cualquier hora del día o de la noche. Basta levantar la cabeza para ver el cielo. La mayor parte de los seres humanos no perciben más que una cúpula azul durante el día y llena de estrellas por la noche. Mediante aparatos, se ve más lejos que a simple vista, pero la visión de lo que existe en el cielo está reservada a un número muy limitado de mortales. Los aviadores, los cosmonautas y los viajeros del espacio interplanetario, ven el cielo desde más cerca y con más pormenores. Nuestros antípodas lo ven azul cuando para nosotros está estrellado. Pero, en uno y otro caso, siempre es el mismo cielo exterior lo que ven. Los santos, los profetas y los grandes poetas ven a los ángeles, querubines, serafines y contemplan los verdaderos esplendores que se hallan en el cielo. Algunos elegidos llegan a ver, incluso, el trono de Dios.

     El libro enseña a ver. Gheorghiu podría repetir con toda propiedad las palabras de Teilhard de Chardin: «Lo que estas páginas proponen y encierran es sólo una actitud práctica, o más exactamente acaso una educación de los ojos».

     
El Prefecto se dirigió al cuarto de baño para lavarse las manos, porque un golpe dado a un hombre que tiene las manos y los pies encadenados ensucia vergonzosamente al autor del golpe. Lo que el Prefecto ignoraba aún era que tal suciedad no se limpia como las demás, con agua y jabón. La mancha no ensucia solamente la piel de la mano, sino también el alma del agresor. Las manchas de la conciencia no se limpian lavando la piel. Nunca puede borrarlas el agua y el jabón. No hay nada que las borre.
     En el despacho del director de la cárcel se permanecía a disgusto. Exteriormente, todo estaba limpio. Los muebles, las paredes y el techo estaban limpios, pero las palabras que allí se habían pronunciado, las torturas y las humillaciones infligidas a los presos, habían dejado en el ambiente un olor repugnante. Hedor de alma humana descompuesta, envilecida, ultrajada, tiñosa. Toda la basura que un alma puede acumular estaba en aquel ambiente. El gobernador usaba sin cesar el pañuelo, pero de nada le servía. Recordó entonces que un estudiante amigo suyo había ingresado en aquella cárcel y le había escrito cartas desesperadas pidiéndole agua de colonia, pastillas desodorantes, perfumes y jabón. Él había llevado de todo a su compañero. Tenía entonces dieciocho años. Vio que todo estaba limpio en la cárcel, pero su amigo se asfixiaba. Lo que olía mal en la cárcel era la fetidez insoportable del alma humana en descomposición, pudriéndose, envilecida, como un cadáver en un muladar.

     El libro eseña a oler. Oler con el alma y oler las almas. Por algo«los cadáveres espirituales permanecen más tiempo agostadpos que los cadáveres temporales antes de la descomposición. Pero no po eso soin menos cadáveres» (Lubac)


     
  Los gitanos en la tierra son como la Iglesia, como los cristianos, porque la Iglesia fue creada tras el advenimiento del Espíritu Santo. Inmediatamente después de recibir las llamas del Espíritu Santo, los apóstoles abandonaron Jerusalén, es decir, la ciudad terrena, y partieron en todas direcciones hacia la Jerusalén celestial. La Iglesia, con los pueblos cristianos que lleva en su nave, se ha separado de la ciudad terrena y no ha llegado aún a la celestial. La Iglesia se encuentra en camino, entre la ciudad de la tierra y la celestial. La iglesia es semejante a una caravana de gitanos que hubiera salido de viaje y aún no hubiese llegado a su destino. Donde la caravana se detiene, acampa con objeto de hacer un alto en el camino, pues el objetivo de los gitanos es el horizonte, la línea en que el cielo se junta con la tierra. Los gitanos están dos veces desprendidos de lo terrenal, y aman a la Iglesia porque únicamente en ella son considerados como honrosos hijos de Dios, herederos del Cielo, dueños de la Creación y del Universo. Por otra parte, los gitanos que nacen, trabajan, se reproducen y mueren caminando por todas las rutas, se encuentran en la Iglesia como en su hogar, en un navío que les lleva hacia el Cielo... Se encuentran en el seno de la Iglesia mejor que los hombres sedentarios, porque adivinan que la Iglesia no es una cosa inmóvil, terrena, como equivocadamente creen los pueblos sedentarios. Perciben los gitanos que la Iglesia se desliza por la tierra con ellos y que se dirige al Cielo como un navío sobre las olas.

     El libro enseña a andar, a peregrinar. Se nos hace la boca agua cantando «errante voy, soy peregrino, / como un extraño voy bajo el sol», pero luego echamos raíces, que apuntalamos con cemento armado. Decimos que « no tenemos aquí una ciudad duradera, sino que buscamos la futura», pero nos entristecemos como los que no tienen esperanza.

     Abad: ¡Un poco de lógica, hermano Panteleimon! ¡Y un poco de sentido común!
     Panteleimon: No aspiro ni he aspirado nunca a ser lógico ni a tener sentido común. Para mí únicamente deseo el amor de Dios y de mi prójimo.
     Abad: ¿No podrás pensar nunca de una manera equilibrada y lógica?
     Panteleimon: ¿Para qué sirve la lógica cuando se tiene confianza en Dios?
     Abad: ¡Tú has puesto en peligro la seguridad del monasterio!
     Panteleimon: Padre, un monasterio no necesita seguridad alguna. La seguridad es cosa que pertenece al mundo. En las ciudades y en los pueblos los hombres viven reunidos por su propio interés. En un monasterio los hombres se reúnen por amor y no por interés ni por razones de seguridad... ¿Por qué, Padre, pretende siempre complacer a gente del mundo, sean obispos, coroneles o gobernadores? Complacer al mundo es propio de hetairas. Padre, cuando se es monje únicamente se debe tratar de complacer a Dios.

     El libro eseña a no tener lógica, a no ser normal. Y nos aboca hacien Quien tuvo tan poca lógica que murió en cruz. ¿Era un anormal o es Él la norma?

     Mis contemporáneos —los hombres de este siglo científico y materialista, que no pueden vivir sin medirlo todo, sin calcularlo todo, sin precisarlo todo— se han esforzado en comprobar exactamente, científicamente, la dirección de mi vida, de mis pensamientos, de mis opiniones y de mis actos. Como se establece para cada ciudadano. Para comprobar exactamente la dirección que sigue un ciudadano, emplean normalmente la brújula. Desgraciadamente la aguja de la brújula no indica más que las direcciones de la tierra. Mis contemporáneos han comprobado, brújula en mano, muy científicamente, que no me dirijo ni a la derecha o al oeste, ni a la izquierda o al este, ni hacia delante ni hacia atrás. Entonces han llegado a la conclusión, científicamente, de que no tengo dirección. Que marcho hacia cualquier sitio. Como el viento... ¿Por qué utilizan aparatos como la brújula que no señalan más que los puntos cardinales y nunca el cielo? Como sus aparatos no señalan el cielo han llegado a la conclusión de que el cielo no existe.

     El libro enseña que hay brújulas y brújulas. Y nos obliga a revisar la nuestra.

      * * *

       No voy a contar ahora el argumento de «La túnica de piel» . El respeto al género policíaco lo proíbe.
     R. Panselín —«Luna llena»— las pasa moradas. El lector también, porque se identifica con ese eterno pereghrino. Al final Panselín entiende, y el lector con él, que ser cristiano es ser como Filodoro, «el que se complace en dar», el que se complace en darse. Darse. ¿No es esto un concentrado supermitaminado de vocación?  
 

C. V. Gheorghiu


084 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto, Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI