DOS HISTORIAS DEL OESTE volver al menú
 

 

     Del «Oeste» porque aquí, en el Oeste, termina la primera historia que empezó en el Este, a casi mil kilómetros (exactamente 923 por vía férrea).
     La segunda historia es tan pequeña y tan reciente que toda acaba de suceder en este Oeste.
 

ENTRE EL ESTE Y EL OESTE

     Hace años —yo no tenía ni una cana y ahora Pepe, mi barbero, ya no es capaz de saber las que tengo, a pesar de que él lo sabe casi todo— escribí una carta abierta a José María. La carta decía:

     José María:
     Te escribo esta carta convencido que no la leerás. Con tus ocho años estoy seguro que tienes que hacer cosas más importantes. Pero tú ya empiezas a ser mayorcito y te habrás dado cuenta de que las personas mayores a veces hacemos cosas raras, tan raras como escribir una carta a quien no la va a leer.
     Hace dos minutos acabas de salir del Seminario con tu papá, tu mamá, tu hermanita y tu hermanito chiquitín. Hoy es domingo y los domingos son raras las visitas; los seminaristas están en los catecismos y yo aprovecho la tarde para escribir alguna que otra cosa.
     El portero me ha dicho:
     —Hay una familia que quiere fundar una beca.
     He bajado los setenta y seis peldaños y os he encontrado a vosotros.
     —¿Es verdad, padre, que cuando hayan recogido un millón de billetes la Compañía de Tranvías pagará una beca al Seminario?
     Y tú, con un paquete bien apretado levantabas el brazo orgulloso; mil billetes, señor vicerrector, decías sin palabras, con ademán triunfador; mil billetes de tranvía recogidos uno a uno, durante semanas y semanas.
     No es la primera vez que llegaba a mis oídos ese bulo, el bulo del millón de billetes de tranvía. Cuando me lo preguntaban otras veces, contestaba que no, que no sabemos nada en el Seminario. Y me entraban ganas de dar un día con el original inventor de esa noticia falsa.
     Pero hoy, al verte a ti, José María, tan orondo, con tus mil billetes en la mano, con tus ojos grandes, con tu cara de pillín... he estado a punto de decir que sí, que al llegar al millón la Compañía de Tranvías nos regalaría una beca.
     Tú, mientras yo hablaba, has bajado el brazo y te has puesto triste. Tus mil billetes... Bueno, ¿por qué no será verdad eso de la beca esa?, ¿por qué he sido yo tan tonto que no he sabido decirte «la verdad»?
     Porque es verdad que no hay nada de una beca, pero no es verdad que tú y tus amigos no hayáis ido fundando una beca para el Seminario.
     A los mayores, a esos mayores que a veces presumimos de no deciros mentiras, se nos escapa la riqueza del afecto diario con que tú, desde hace meses estás pensando en el Seminario.
     José María, yo quisiera que tu padre y tu madre leyeran hoy esta carta para que pudieran decirte que sí, que en el Seminario esperamos tus billetes y los de tus amigos, que el vicerrector no estaba suficientemente informado.
     Sábete que desde este momento hay en mi habitación una caja grande para guardar vuestros billetes. La Compañía de Tranvías no pagará una beca, pero estoy seguro de que los ángeles vendrán todas las noches a contar los leves billetes de tranvía, y cuando lleguen al millón, ellos fundarán esa beca de cariño hacia el sacerdocio.
     Y es posible, ¿por qué no?, que dentro de tres o cuatro años, tú disfrutes de la beca que comenzó con un bulo y fue una realidad. José María, sigue recogiendo billetes de tranvía. Te lo pide
     J. S. V.

     Quedé contento de que un periódico importante publicase mi pequeña carta con un tipo de letra más que regular. Porque siempre da gusto encontrar a un amigo por la calle que te diga que te leyó en el periódico. Pero me alegró, además, porque en aquellos tiempos se insistía mucho en la necesidad de ayuda económica para los seminaristas y a mí me parecía ya entonces que las vocaciones más que de ayuda económica lo que necesitaban y necesitan es ayuda afectiva. (Urge un estudio serio —serio, pero no triste— sobre el sacerdocio como vocación desacogida hoy).
     Desde entonces han pasado bastantes años, tantos que tenía completamente olvidada la carta a José María.
     Pero hoy he tenido que recordarla. Mejor dicho, me la han hecho recordar. (Si el lector piensa que esto es un cuento que me invento, una historia rosa apañada para impresionar, sepa que es un mal pensado, ya que me limito a contar lo que acaba de pasarme).
     Una muchacha de unos 20 años ha preguntado por mí. El portero me ha localizado inmediatamente, que ya es suerte, porque los porteros de casas grandes difícilmente encuentran a uno alguna vez.
     —Usted no me conoce, porque han pasado muchos años, y yo era muy pequeña, pero le vi un día... que le fuimos a entregar mil billetes de tranvía, ¿se acuerda?
     —¿Entonces usted es la cría aquella que llevaba un jersey encarnado y que se emperró en salir a ver las dos palmeras del claustro? Si viese ahora aquellas palmeras..., han crecido una enormidad, bueno, como usted. (Hay gente que se acuerda de todos los ríos de Europa y del catecismo con preguntas y respuestas todo seguido. Yo no. Pero tengo la suerte de acordarme de detalles de estos, que es mucho mejor).
     Era la hermana de José María, el crío de la carta abierta. ¿Cómo es posible que me haya localizado a casi mil kilómetros y a más de diez años?
     —En casa, no sabe lo que nos hemos acordado de usted. Varias veces preguntamos, pero se ve que se marchó y no ha vuelto. Mis padres me han contado que usted les dio aquella oración que dice «Padre, me pongo en tus manos...» para que rezaran por las vocaciones. La rezamos desde entonces todos los días, al terminar el rosario. Aun en los días más difíciles. Nos ha marcado. ¿Sabe?, José María va a ingresar en los Hermanitos de Jesús.
     ¡Que me vengan diciendo a mí que es inútil rezar por las vocaciones! ¡Si fue el único consejo que nos dio Jesús!


EN ESTE OESTE

     Esta historia, aunque parezca copia de otra parecida, sucedió ayer sábado, que es día de no clase ahora.
     Es curioso ver cómo la vida se repite, mucho más que las historias, por parecidas que parezcan.
     Encontraron un libro olvidado. Un libro de texto de un muchacho de bachillerato. Dentro, como señal, un calendario-naipe, con un dibujo esquemático-lineal de uno que está arrodillado con las manos levantadas, y la frase «Envía, Señor, sacerdotes a tu Iglesia».
     En la parte inferior derecha, una réplica de la frase escrita con una «kakografía» de antología: «Envíame a mí, Señor». Y a continuación la firma del «kakógrafo»: «Juan».
     Juan, que esto mismo ya lo dijo un tal Isaías (6, 8) hace tiempo. Claro que él lo dijo en hebreo. Pero es lo mismo. Y el Señor le envió.
     Juan, por favor, a ver si mejoras la letra o te compras una máquina de escribir, pero, por favor también, no dejes de repetir estas cuatro palabras, porque El se muere de ganas de enviar enviados, apóstoles, decían los griegos, pero es lo mismo.

Jorge Sans Vila

¿QUÉ PUEDO HACER YO?

REZAR

«La mies es mucha, pero pocos los obreros. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su heredad» (Mt 9, 37-38)

REZAR CON PERSEVERANCIA

«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y a quien llama se le abre» (Mt 7,7) 

REZAR BIEN

«Si quien pide recibe, y quien busca halla, y a quien llama se le abre; y en cambio a ti no se te da lo que pides, ni encuentras lo que buscas, ni llamando se te abre, es que no pides bien, es que no buscas bien, es que no llamas bien (San Jerónimo)

REZAR CON FE

«En verdad os digo que si tuviereis fe y no dudareis, si dijereis a este monte ‘Quítate, y échate en el mar’ se haría, y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiríais» (Mt 21, 21-22)

REZAR CON JESÚS

«Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que quisiereis y se os dará» (Jn 15, 7)

REZAR COMO JESÚS

«Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre» (Ch. de Foucauld) 


083 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto, Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. - PABLO VI