CIEN PUNTOS Y APARTE volver al menú
 

     Al final de curso me gusta poner a mis alumnos un examen escrito que valga la pena. Les digo: «Resuman la asignatura en treinta puntos, formulados de manera parecida, en cuanto al modo, a los treinta artículos de la ‘Declaración universal de los derechos del hombre’ de la ONU». Y ellos me miran, primero, extrañados, pero luego me entregan unas folias deliciosas, sobre todo los poetas.
     No hace mucho estuve dirigiendo un cursillo sobre «Pedagogía de la vocación» a un centenar de amigos. El ultimo día uno de los cursillistas me dijo con cierto retintín: «Resuma el cursillo en unos puntos, formulados de manera parecida...». Realmente donde las dan las toman. No tuve entonces tiempo de... «examinarme por escrito». Pero prometí redactar unos puntos —tantos como asistentes al cursillo en cuestión— y mandárselos por correo.
     He cumplido la palabra. Aquí están los puntos. Pero, ojo, no pueden tomarse todos de un tirón. Después de cada punto, aunque no se diga explícitamente, está aquello de «medítese sobre lo dicho». Por eso en el título aparece lo de «y aparte».
     Es posible que algún lector de los que están al día se sorprenda al ver que algunos puntos no van por los mismos caminos (y los mismos palabros) que algún que otro directorio preparado a nivel más o menos oficial. Sepa el lector que lo lamento por dicho directorio.

     1. Para estructurar una pedagogía de la vocación sacerdotal hay que precisar previamente el perímetro de la palabra «sacerdote», que al adjetivar la palabra «vocación» la especifica y determina distinguiéndola de cualquier otra.

     2. Pero un adjetivo jamás llegará a destruir el auténtico significado primario del sustantivo al que va unido, va que éste aporta el elemento común y básico obre el que se apoyan los diversos adjetivos que lo especifican. De ahí que radicalmente el proceso, condicionamiento y estudio de la vocación sacerdotal, desde la perspectiva pedagógica, tenga que presentarse como el de cualquier otra vocación.

     3. El sustantivo «vocación» ha de ser estudiado y explicado detenidamente por haberse convertido en la actualidad en un concepto equívoco.

     4. Como la vocación es algo vital en el hombre, y el hombre difiere según las diversas ideologías, toda teoría de la vocación presupone una teoría, una concepción del hombre, una antropología. Cada antropología lleva consigo una concepción vocacional diversa.

     5. Como toda antropología depende de una teología, y más desde la encarnación, las diversas imágenes de Dios son decisivas en toda vocación. No hay que olvidar, por otra parte, que históricamente la palabra vocación nació con una referencia directa e inmediata a una acción de Dios.

     6. El adjetivo «sacerdotal» que modifica el contenido de la vocación está a su vez sujeto a la mutabilidad de la misma función sacerdotal. Porque aun cuando la esencia del sacerdocio permanezca idéntica la mutabilidad inherente a todo lo humano, en el orden de espacio, tiempo, lugar, constantemente modifica la función medianera del sacerdocio.

     7. De ahí que «la vocación sacerdotal» no admita una definición definitiva. Así como no existe una vocación sino muchas vocaciones, un tipo de sacerdote sino muchísimas maneras de ser sacerdote, tampoco se dará entre los hombres una vocación sacerdotal única y típica.

     8. Con todo no faltan elementos comunes que reaparecen constantemente. La misma imagen del sacerdote del porvenir puede descubrirse en sus rasgos esenciales, sobre todo si se parte desde dentro, desde la misma existencia sacerdotal.

     9. La pedagogía de la vocación, como toda pedagogía, no puede reducirse a un conjunto de normas prácticas. Así como la actuación de cada sacerdote depende notablemente de la imagen que del sacerdocio tengan los hombres de su tiempo, también la acción vocacional del pueblo de Dios dependerá de la teoría y la concepción previa sobre la vocación y el sacerdocio.

     10. La idea de vocación sacerdotal como algo fuera de lo normal es uno de los principales obstáculos que tiene que superar una pedagogía de la vocación. Si la vocación sacerdotal es algo «a-normal» no entra en el esquema común de la elección cara al porvenir.

     11. La «a-normalidad», en gran parte, es fruto de los muchos y prolongados himnos a la grandeza y sublimidad del sacerdocio católico. Justamente por ensalzarlo indebidamente se le ha alejado del individuo medio.

     12. Es frecuente entre los muchachos de hoy —por otra parte orgullosos de su fuerza y valía— creerse indignos del sacerdocio. La idea de excepcionalidad de la vocación sacerdotal impide que se la considere como posible.

     13. Una de las primeras, tareas de una pedagogía de la vocación ha de consistir en eliminar esa mentalidad equívoca, describiendo y presentando al sacerdote como cristiano en camino, cristiano dedicado a una función social.

     14. La santidad no es una característica exclusiva del sacerdocio, ya que todo bautizado está llamado a la santidad.

     15. En el futuro sacerdote no hay que buscar tanto una perfección lograda como una actitud y una postura abierta a la perfección, que en el sacerdote en cuanto tal radica en su función.

     16. Nadie cuenta con méritos suficientes para ser sacerdote. Como tampoco para se cristiano. Toda gracia es un don. Don que precisa una aceptación del hombre.

     17. La función de servicio sacerdotal —toda profesión es un servicio— se caracteriza por el tipo de ministerio confiado al sacerdote.

     18. La vocación, como todo concepto vital, se presta fácilmente a variadas caricaturas que, aun poseyendo todas ellas un aspecto real, desfiguran la realidad.

     19. Así la vocación se identifica frecuentemente con los intereses, las aptitudes, el estado de vida, los gustos, las inclinaciones, una voz interior, la profesión, la manifestación intensa, clara e inapelable del porvenir..., cuando ni real ni vitalmente coincide con ninguno de ellos, aunque en muchos casos no los excluya.

     20. La vocación no es un gusto, ni siquiera lo exige siempre. Por lo menos en una etapa inicial. El gusto pertenece al orden de lo sensible. Y en el proceso vocacional los diversos niveles de la persona pueden estar en un inicial desacuerdo.

     21. La vocación no es un sentimiento. Puede uno entusiasmarse con una vocación que en realidad no es la suya. El diálogo vocacional, con su enorme carga de interpelación exterior, no tiene por qué coincidir con el sentimiento de la persona.

     22. La vocación en el hombre no se recibe de una vez para siempre. Está siempre haciéndose. Por esto no se posee. No es un objeto, ni es nuestra. Se va haciendo con nosotros.

     23. Se explica entonces que jamás podamos estar ciertos de la misma. Porque no es verificable ni controlable matemáticamente. Como tampoco lo es la gracia. Basta la seguridad incierta para seguir caminando.

     24. Justamente por ser diálogo no está ni en uno ni en otro, sino a mitad de camino. Y es esta tensión —la continuidad de la misma— la que la constituye en su nacimiento y evolución.

     25. Tampoco hay vocaciones mejores o peores, más o menos dignas. Toda vocación es una llamada a un servicio, se constituye en un diálogo y florece día a día. Su radicalidad está en la función.

     26. Aun siendo dinámica y en continuo crecimiento, la vocación es única. Desde el hombre puede verse como continuo crecimiento. Desde Dios como profundización creciente de una realidad.

     27. Metodológicamente —sólo metodológica, no realmente— puede distinguirse en la vocación un escalonamiento de niveles: vocación óptica, o llamada creadora; vocación cristiana, o llamada a ser hijo de Dios; vocación profesional, o realización concreta de un tipo de función. Pero todos esos niveles no son más que sucesivas concreciones del diálogo inicial y siempre continuado de Dios y el hombre.

     28. Por eso nada tiene de extraño que una misma decisión vaya superando los diversos motivos iniciales, superándose y complementándose a lo largo de los años y circunstancias. El hombre aun cuando siempre es el mismo cambia continuamente y a esta realidad no puede sustraerse su intimidad más profunda.

     29. De ahí que los motivos infantiles para decidirse a seguir una vocación son —pueden ser— plenamente auténticos. Justamente porque el hombre evoluciona siendo él mismo, las motivaciones válidas estarán proporcionadas al ritmo evolutivo.

     30. Para que la vocación sea auténtica —interpelación y respuesta— se requiere en el sujeto una madurez proporcionada, una responsabilidad adecuada.

     31. Los individuos descubren la vocación normalmente desde una concreción, desde alguien que la realiza. Consciente o inconscientemente brota para ser como alguien o para ayudar a alguien. Por eso son dos los grandes caminos por los que se llega a la vocación: el contacto con un modelo y el descubrimiento de unas necesidades.

     32. Dado que la ayuda sólo es efectiva cuando alguien la necesita y que los signos no significan si falta la capacidad de aceptarlos e interpretarlos como tales, hay que cuidar inteligentemente al sujeto disponiéndole para que pueda descubrir los modelos y las necesidades.

     33. Como el hombre goza de autodeterminación habrá que cuidar extremadamente tal aspecto por ser fundamental y predispositivo para toda acción posterior. En realidad esta predisposición es más positiva en las ciencias humanas que en las naturales, pues aun cuando el hombre sea un ser libre normalmente vive y respira su ambiente, llegando éste a formar parte de su mismo ser y con frecuencia, sin privarle de su libertad, le marca indeleblemente. He ahí su gran importancia en toda pedagogía del hombre y de la vocación.

     34. La sociología, por tanto, puede ofrecer ciertas constantes de todo proceso vocacional sacerdotal, las cuales, aun cuando sólo sean indicativas y en la práctica puedan fallar, manifiestan la normalidad de muchas génesis, crecimientos y eclosiones vocacionales. Y Dios, aun cuando libre en su providencia, de ley ordinaria, por respeto y acomodación a la manera de ser del hombre, acepta tal camino para manifestarse y darse a conocer. A la pedagogía le corresponde la interpretación de las constantes en su contexto global y la ayuda al hombre para que sepa entenderlas.

     35. La psicología manifiesta por su parte las constantes del hombre ante los estímulos externos, los instintos y los condicionamientos humanos. Y Dios se amolda en la práctica a ellos. Incumbe a la pedagogía la justa proposición, acercamiento, de unas verdades teológicas y eclesiales, antropológicas, a un hombre concreto y temporal, más o menos conocido por la psicología. Es decir adecuará las verdades para el hombre y el hombre para las verdades.

     36. Pero nunca hay que olvidar que el hombre es una incógnita, que su voluntad es un misterio, que un mismo ambiente lleva a hombres diversos a reacciones opuestas, que no caben reglas determinadas ni motivos objetivos o razones apodícticas. Y que resulta imposible siempre medir la fuerza de una intuición o la espiritualidad de una conciencia.

     37. Quienes asisten extrínsecamente al desarrollo de una vocación nunca pueden poseer una certeza de la misma. Esta falta de certeza matizará de discreción todas sus actuaciones.

     38. Lo que se ama, sólo llega a darse por un motivo verdaderamente profundo y en caso de que haga falta. Más todavía cuando se trata de la propia vida y su concreción de cara al porvenir. Sobre todo sabiendo que a Dios y a los hombres se les sirve en todas las profesiones y que no hay certeza alguna de lo mejor.

     39. Pero en el caso de la vocación no cabe tal dicotomía entre motivo y necesidad, porque la necesidad y servicio de los otros es su motivación.

     40. La misma vocación es una interpelación a prestar un servicio y servicio sólo se presta a quien lo necesita. De ahí que convenga disponerse a entender el lenguaje de las necesidades para ponerse en disposición de oír la llamada correctamente y saber contestar.

     41. No siempre coincide vocación personal con necesidad mayor, porque entra también nuestra capacidad, pero sí que debe aparecer la necesidad como valor en toda vocación.

     42. De ahí que urja educar a los pequeños, ya desde el principio, para que sepan descubrir las necesidades de la humanidad. Estas necesidades son vocación.

     43. Necesidades no sólo de tipo material. No por ser menos visibles las de orden espiritual dejan de ser necesidades y necesidades urgentes.

     44. Todo educador que no descubra al educando su capacidad de donación, disponibilidad y entrega, le limita y le empequeñece.

     45. Muchas necesidades no pueden solucionarse individualmente. Pero la colaboración en la pequeña escala individual ya es un elemento de solución.

     46. La pobreza material es signo de otra pobreza. Compartir la primera puede ayudar para solucionar la segunda.

     47. La vocación sacerdotal es el ofrecimiento y la aceptación de un servicio, una función por la cual el ministro será enviado a cumplir una misión. Palabras que suponen todas ellas una necesidad.

     48. Quien no sea capaz de vivir en esta perspectiva nada sabe de cristianismo, y tampoco de sacerdocio. De ahí que no sea capaz de comprender o entrever la vocación sacerdotal.

     49. Cuanto más profundice el educando este sentido de «ser para», «misión hacia», «servir a», tanto más cerca estará de aceptar el valor de las necesidades ajenas.

     50. Necesidades que aun cuando de tipo material llevarán consigo a otras carencias espirituales que exigirán la presencia y el don de unos hombres consgrados a ellas.

     51. De ahí que el pobre —y todo educando lo es en cuanto inmaduro— sea el más dispuesto a comprender este lenguaje del don.

     52. La pedagogía vocacional partirá de este supuesto como elemento clave de su quehacer cuidando muchísimo la instrucción y la presentación de las necesidades, haciendo vivir al servicio de las mismas y manifestando en este curarlas la continuación de la obra sacerdotal de Cristo.

     53. Necesidades, por otra parte, confiadas a la Iglesia, sacramento de salvación, que se hace responsable de las mismas, y que pueden ser aliviadas gracias a nuestra contribución entusiasta y fiel.

     54. De ahí que la actividad apostólica aun siendo diversa de la específicamente sacerdotal, sea fuente constante de vocaciones sacerdotales.

     55. Igualmente cualquier tipo de servicio es una puerta abierta a la comprensión de la necesidad ajena, una abertura al dolor, y por lo mismo servicio sacerdotal.

     56. La alegría de toda acción realizada en función de otro y la felicidad del ayudado son dos anticipaciones de la plenitud personal que se encierran en todo don.

     57. Nadie puede desear lo que desconoce, ni conocer lo que no ama. De ahí la necesidad de que toda pedagogía de la vocación sacerdotal presente clara, vital y cercanamente la vocación sacerdotal encarnada, a través de unos modelos concretos.

     58. Porque no somos islas esta manifestación ha de hacerse con verdadera amplitud, no sólo de cara a los posibles candidatos. La opinión ambiental, las imágenes inconscientes, el influjo familiar, cultural, social, preparan silenciosamente la mentalidad. Un error en la percepción podría hacer ininteligible el testimonio personal.

     59. Es grande la importancia del elemento previo, la preparación que permite captar debidamente la imagen auténtica del sacerdote.

     60, Por una parte, conocimiento profundo de los valores que el mundo de hoy y especialmente los jóvenes desean, sueñan y exigen del sacerdote; por otra, confrontación ambiental de los impedimentos que oscurecen su testimonio personal. La creencia de la inutilidad o casi inutilidad de la función sacerdotal, de la anormalidad pretendida del celibato, por ejemplo, pueden obstaculizar el descubrimiento de los valores sacerdotales.

     61. Muchas vocaciones posibles se quedan en posibles por miedo al misterio, dignidad, complejidad y grandeza del sacerdocio. Nunca ha sido este un buen método de reclutamiento sacerdotal.

     62. Tampoco hay que exagerar presentando el sacerdocio congo una profesión cualquiera.

     63. En el fondo no es más que un seguimiento de una persona y un estilo de vida, manifestado en un tipo de servicio concreto v determinado, que tiene mucho de común con otras funciones en la Iglesia.

     64. Es muy conveniente presentar la realidad del sacerdocio concreto, ejercido por hombres, con errores, limitaciones y pecados, pero que se han fiado de la Palabra.

     65. La gran experiencia del sacerdote ha de nacer de su función de mediador. Quien desde su infancia haya asistido a actos litúrgicos realizados religiosamente puede haber descubierto intuitivamente lo característico del ministerio sacerdotal.

     66. La experiencia posterior del sacerdote amigo y confidente no quedará entonces reducida a una dimensión puramente humana.

     67. Junto a los aspectos comunes del sacerdocio habrá que mostrar sus peculiaridades y características.

     68. Descubrir al sacerdote «en su comunidad» es el mejor camino para comprender la función característica del sacerdocio ministerial dentro de un sacerdocio común.

     69. Entre adolescentes y adultos el sacerdote es el despertador más cualificado de nuevas vocaciones, lo demuestran los estudios sociológicos. Tomar conciencia de esta realidad es uno de los primeros quehaceres de todo educador hoy.

     70. Con frecuencia el sacerdote no llegará a conocer su influjo. Porque los jóvenes difícilmente suelen manifestarlo y porque se realiza de manera casi inconsciente. Lo habitual no llama la atención.

     71. Será su disponibilidad el gran factor vocacional. Los jóvenes necesitan encontrar en otro lo que no llegan a conseguir por sí mismos. Y la disponibilidad total es la mejor —única— traducción del servicio a los hombres y a Dios.

     72. Importa que el descubrimiento de esta disponibilidad vaya unido al elemento sobrenatural. El sacerdote es algo más que un benefactor de la humanidad. Fundamentalmente aporta un nuevo estilo, una nueva relación. Su dependencia y servicio a Dios que justifica —llama— su función.

     73. Será la religiosidad otra de las características fundamentales de su ser y su acción. Religiosidad que adjetivará su función, su ser y su porvenir. No basta hablar de temas religiosos, hay que hablar de ellos religiosamente.

     74. Es el contacto inmediato y personal con un sacerdote concreto y determinado el que descubrirá más profundamente las virtualidades del sacerdocio, al tiempo que será una invitación continua, aunque imprecisa, para seguir su línea de servicio y testimonio.

     75. Éste es el factor más constante y seguro en el nacimiento de una vocación. Precisamente porque ésta no es abstracta, y sólo se comprende aquello que se ama. Por otra parte, se le descubre en función, es decir en utilidad y servicio a alguien.

     76. Este camino requiere mucho tiempo y fidelidad. Debe ser suficientemente desinteresado para llevar a la amistad y exige una gran fe en el sacerdocio para suponer que se impondrá por sí mismo.

     77. La amistad y el servicio, o tal vez el servicio amigo, serán las constantes del encuentro entre cristianos que buscan ser útiles a los demás dentro de la comunidad.

     78. Las crisis de esperanza, las predicciones pesimistas, la insistencia en los elementos negativos del tiempo presente, el miedo, en una palabra, la falta de fe en la obra redentora de Cristo, es el verdadero antídoto esterilizador de toda vocación sacerdotal.

     79. La realidad, con su auténtico germen de esperanza, el mejor ideal para una mentalidad joven.

     80. No son los fallos concretos de las personas lo que aleja de la perspectiva sacerdotal, sino la falta de sinceridad, de ilusión y de alegría.

     81. Escamotear a un joven, en nombre de la libertad, la posibilidad del sacerdocio es una falta de respeto. Ser libre supone el conocimiento honrado y exacto de todas las posibilidades. El sacerdocio es una de ellas.

     82. La pregunta directa no es contraproducente si las condiciones personales entre el sacerdote y el muchacho son auténticas.

     83. Un acto de imprudencia, sin embargo, puede causar resultados contraproducentes.

     84. Urge una catequesis clara y constante sobre el sacerdocio como servicio, como colaboración, como construcción de la unidad del pueblo de Dios.

     85. No ha de sorprender que en un principio el posible candidato tenga del sacerdocio una idea muy personalizada en torno a un sacerdote concreto. El contacto posterior con otros sacerdotes y con las realidades eclesiales madurará y perfeccionará su idea del sacerdocio.

     86. La dirección espiritual es un gran medio para que un cristiano encuentre el camino de su vocación.

     87. El sacerdote no ha de olvidar jamás que no fue el azar quien le acercó a este o aquel muchacho; que Jesús ofreció ante todo su amistad a los futuros apóstoles, y que éstos se animaron a seguir junto a él porque no tenía secretos para ellos.

     88. Por otra parte, un sacerdote que no engendre y provoque nuevas vocaciones sacerdotales puede considerarse estéril y posiblemente sea signo de una esterilidad más fundamental de toda su funcionalidad.

     89. La pedagogía de la vocación no es una pedagogía nueva y diversa de la función misma del sacerdocio ministerial, ni siquiera ha de ser considerada como capítulo aparte. Se realiza y florece en el servicio de todos los días y junto a los quehaceres del ministerio de cada sacerdote.

     90. No serán las palabras ni las explicaciones lo que llegue a cautivar al muchacho que esté junto al sacerdote. Será su vida. Aquéllas solamente llegarán a penetrarle cuando ésta le haya predispuesto, acercado y demostrado su verdad. Sin la vida toda palabra resulta hueca.

     91. Pero la vida sola no basta. Las palabras suelen acercar al hombre a las realidades que aun intuyendo como bellas e ideales corren el peligro de parecer lejanas y por esto imposibles.

     92. La presentación de la vocación no puede hacerla sólo el sacerdote. Una función social como es el sacerdocio precisa de toda la comunidad cristiana.

     93. La vocación sacerdotal suele nacer en familia. En los niños será la familia de los padres y los hermanos. En los jóvenes y adultos es la familia ampliada de la comunidad cristiana. Es lógico que así sea, porque el sacerdote es un hombre para la comunidad.

     94. Si existe el sacerdocio es porque tenemos y somos Iglesia. De ella y para ella brota. Y en ella y con ella se desarrolla para ser una de sus manifestaciones ante los hombres. Incompleta, pero real. Exigencia de una plenitud mayor aquí, definitiva allá.

     95. La familia es la iglesia doméstica. Es donde normalmente aceptamos el bautismo con su relación de hermanos, donde aprendemos a preocuparnos por los demás rezando, donde crecemos junto y en función de otros. De ahí que sea la familia fuente y semilla continua de vocaciones sacerdotales.

     96. Difícilmente podrá llamar a Dios, Padre, quien no haya tenido un padre de verdad, ni a los demás, hermanos, si prescindió siempre de los que le rodeaban, ni pensar en la Iglesia si sus padres no daban ningún testimonio de amor a la Esposa de Cristo.

     97. Las estadísticas confirman la importancia de la familia en toda vocación, tanto cristiana como sacerdotal. Fue el amor familiar lo que les llevó a comunicárselo a todo el mundo y el que les fue preparando para saber descifrar los signos de la providencia que se comunica en los detalles de cada día.

     98. El amor de los padres para con sus hijos y su disponibilidad mutua, su apertura a las necesidades del otro, su hospitalidad, harán natural lo que en otros casos resultaría imposible.

     99. La oración en familia será el testimonio cotinuo de una necesidad siempre viva de Dios y de su luz.

    100. La puerta de casa abierta al pobre irá acostumbrando a los hijos a decir «sí» a un Dios que habla siempre a través de las circunstancias.

    101. La amistad cristiana de la familia con un sacerdote podría ser la mejor oportunidad para ir descubriendo la cercanía, humanidad y normalidad sacerdotal.

    102. El equilibrio familiar, la preocupación por el despertar del hijo, el ayudarse mutuamente, el amor a todos serán factores que marcarán su afectividad y su equilibrio.

    103. Todas estas riquezas son necesarias para captar los gestos de Dios, convertir en valores las necesidades ajenas y saber decir «Hinnení».

    104. El colegio aun cuando importante no puede sustituir a la familia. Ni siquiera en el despertar vocacional. De hecho los hijos de familias cristianas atribuyen más influencia vocacional a la familia que al colegio.

    105. Es la familia la primera educadora sobrenatural del niño. Y de sus condicionamientos dependerá todo el enfoque religioso del futuro adulto.

    106. Hasta el presente —y no sólo absolutamente— han sido las familias numerosas las que han aportado mayor número de hijos al servicio sacerdotal. Los valores sacerdotales de disponibilidad, sacrificio, ayuda mutua, confianza en Dios, alegría, se cultivan, en igualdad de circunstancias, mejor en ellas que en las familias reducidas.

    107. Es frecuente, ya desde los primeros apóstoles, que la vocación sacerdotal florezca entre hermanos. No se trata de puro mimetismo, sino del descubrimiento de testimonios directos. Si la presencia sacerdotal influye siempre, más cuando es familiar.

    108. Dios no puede desoír la oración confiada y dispuesta de unos padres que piden por las necesidades de la Iglesia junto a sus hijos. Y los padres no podrán menos de ofrecerle a Dios su familia ante la necesidad de ministros de su cuerpo y su palabra.

Jorge Sans Vila

 


078  Los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre», «hermano». Al principio con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en los cielos), «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios). ¡Es tan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado!- Jorge Sans Vila