HUIZING... ¡ME VA! volver al menú
 

     Hace unos cuantos años pregunté, en compañía de mi hermano, a varios sacerdotes por el origen de su vocación.
     El éxito sorprendió a la misma «empresa». El libro «Por qué me hice sacerdote» ha sido traducido al francés, al italiano, al catalán, al portugués y al holandés.

     No hace mucho, dediqué una larga temporada a estudiar los factores existenciales de la vocación sacerdotal. Con otras palabras: en vez de repetir que la vocación es esto o aquello, en teoría, en abstracto, seguí el camino de descubrir los enormes tesoros ocultos bajo los testimonios personales de los cincuenta y cinco sacerdotes de la encuesta.
      ¿Resultado? Junto a unos pocos casos estrafalarios (vocación estilo persa o macedonio), extraños (vocación aparentemente fruto del azar), de película del Oeste (vocación como «long way»), imposibles (vocación contra toda esperanza), un enorme montón de casos luminosamente sencillos, normales, en minúscula: vocación como maduración, vocación en la familia cristiana, vocación descubierta en la acción...

     Estábamos en Salamanca. Era verano. Atardecía. Cansados de trabajar, salimos a dar una vuelta mi hermano y yo por la carretera de Alba de Tormes.
     Al volver, sobre un fondo mortecino destacaban las torres de la Clerecía.
     —Oye, de los cincuenta y cinco casos, ¿cuál es el que te convence más?
     —El de Huizing.
     —¿Por qué?
     —Porque me va.
     Sonreímos. La televisión, con sus anuncios, estropea el lenguaje. O lo enriquece.

     Al llegar a casa busqué entre papeles antiguos una entrevista que le hicieron a mi hermano por «Radio Vaticana» la tarde del día de su ordenación.
     —Ramón-María, ¿por qué te has hecho sacerdote?
     —No recuerdo por qué quería ser sacerdote a mis nueve años. Posiblemente para poder decir misa y bautizar muchos paganos. El porqué de ahora sí lo sé: para ayudarLe en su afán de redención y hacer los posibles para que los pequeños y los pobres se sientan acompañados. Pero probablemente el porqué verdadero no sea el mío, sino el de Cristo: Él me ha querido sacerdote. ¿Por qué? Espero saberlo el día de mi muerte.

     Respuesta magistral la de Huizing y más arquetípica de lo que a primera vista parece. Es real. Mucho más real que otras que lo explican todo.
     Destaca el papel de Dios, que se hace presente en el mundo por las criaturas y pide un suplemento de humanidad para seguir obrando entre nosotros.
     Pero no olvida nuestra participación, nuestra «sublaboración». Porque Dios no puede menos de respetar, de «adorar», lo que es suyo.

     Definitivamente: «Huizing... ¡me va!».

J.S.V.

     ¿Por qué me hice sacerdote?
     Hay dos porqués: el mío y el de Dios.
     El mío, ni es demasiado claro, ni es constante, ni tiene tampoco mucha importancia.
     Pensaba yo que si uno se convence de su destino eterno tiene que hacerse necesariamente sacerdote o religioso; lo cual es un error.
     Influía también la secreta esperanza de saborear algo de aquella prodigiosa grandeza de san Francisco o santa Teresa de Jesús...; ¡qué ingenuidad
     Hasta creo que estaba presente el deseo de servir de amparo y sostén en la vida de los demás; ¡un nuevo motivo expuesto a duras desilusiones!
     Desde luego, más o menos conscientemente, tuve otras parecidas razones igualmente frágiles.
     Pero por dentro, por debajo y por encima de todo esto se erguía como único motivo —cada día lo veo con mayor evidencia— el eternamente válido porqué de Dios.
     No sé cuales fueron sus razones.
     En mi colegio, la mitad por lo menos de mis condiscípulos poseían dotes intelectuales y morales claramente superiores a las mías.
     Todavía recuerdo hoy algunas de las ocasiones en que Él comenzó a hacerme sentir su atractivo cautivador.
     Niño aún, me di cuenta alguna vez cómo mi padre —carácter independiente— se abandonaba por entero en sus manos después de comulgar.
     Más tarde, cuando, únicamente por motivos literarios leía alguna vez libros como el Kempis, las Florecillas de san Francisco, las obras de los flamencos Ruysbroeck y Hadeywyck, esta misma impresión se me hizo más profunda.
     Poco a poco, y de una manera imperceptible, me fue llevando a la decisión tomada por él, sin que interviniera duda interna u oposición externa. Dios rodeó mi decisión de facilidad.
     Fui comprendiendo, como lo sigo comprendiendo todavía hoy, que Él quería de mí aquella decisión. Y ha sido éste, desde el principio, el único porqué absolutamente válido; aunque yo no lo viese claramente entonces.
     Después de tantos años, estoy cada vez más convencido de que no hay motivos «objetivos» definitivos para escoger la vida sacerdotal o religiosa.
     No es verdad que Él llame a «los mejores», ni tampoco que la llamada al sacerdocio o a la vida religiosa garantice necesariamente una vida superior a la de los seglares.
     Lo único cierto es que Jesús, adaptándose en cada caso a cada individuo, puede hacer comprender a uno que le pide aquella decisión.
     Yo dije que sí.
     En aquel don de Dios se asienta toda la felicidad de mi vida.

Pieter Huizing


070 Holandés. Decano de la Facultad de Derecho en la Universidad Gregoriana de Roma. Antes, alumno de las universidades de Amsterdam, Nimega, Lovaina y Roma, y profesor en Maastricht. Nació en 1911. A los 20 años ingresó en la Compañía de Jesús.