PARA DETENER LA BAJAMAR volver al menú
 




     Le pregunté «Cómo ve usted al sacerdote. Qué espera de él», y me contestó. Seguí preguntándole por qué se había hecho sacerdote, y me contestó. Siempre con voz de profeta. Que lo era. Y seguí pidiéndole su colaboración para esta hoja vocacional. Nunca me dijo que no.
     Han pasado muchos años y ahora cuando vuelvo a leer aquellos textos suyos sigue resonando en mí la voz profética de aquel valiente que terminaba las cartas diciendo: «Espero que le sirva, pero poco. Soy cobarde».
     El texto de José Corts Grau, no es una respuesta tardía. Porque sigue siendo actual el recuerdo de la fascinación de la bondad y de la santidad.

J.S.V.


4 DIRECCIONES PARA DETENER LA BAJAMAR


     En el curso presente han registrado nuestros seminarios unos mil seminaristas menos que en otros cursos, la cosecha ha sido escasa. Y ello, aparte de las defecciones, los cansancios, las interrupciones, etc., figuras todas que demuestran una baja impresionante en la recolección sacerdotal.

     Y digo «recolección» y digo «cosecha» y digo todo lo que, siguiendo la clásica parábola, venga a significar una seminación de gracia libremente aceptada o fracasada. Nunca jamás quizá como hoy la parábola del sembrador tuvo una estampa más clara. Y precisamente porque nunca como hoy también vimos más que se trataba de responder a una llamada al servicio en vez de prefabricar unos jóvenes para un estado de privilegio.
     
     Cristo necesita testigos (este «necesita» hay que entenderlo) el obispo de Metz lo acaba así de recordar a la conferencia episcopal francesa: «el paso o tránsito de una Iglesia que adoctrina a una Iglesia que confiesa a Jesucristo es el que necesitamos». Y confesar a Cristo viene a ser, en frase suya de él, testimoniarle.

     Sus testigos son aquellos a los que convoca con vocación especial para ser sus señales, sus signos, sus sacramentos en el inundo. Cristo en la coyuntura actual necesita tales servidores que, sirviendo a los hombres, le sirvan a Él, sembrando fe.

     Pero la ciudad llamada secular parece que los rechaza o, por lo menos, que exige tajantemente un cambio serio v profundo en el modo de dar testimonio. Aparentemente la secularización no sólo acalla el hombre voceador de una doctrina, sino sitúa fuera de ambiente al hombre singular que como profeta, con obras o palabras, aspire a ser aguafiestas. Entonces el sacerdote se siente, como nunca, tentado de vivir aquello de las sandalias sacudidas de polvo.

     Porque hay algo bastante peor que la persecución, y es la descolocación de los testigos del Señor a quienes nadie corre pero que se sienten al margen de los hombres sus hermanos. Entonces es y por ello cuando Cristo necesita más testigos, o, por decirlo con más exactitud, testigos profundamente testigos o confesores de la salvación. Pero, ¿cómo?

     Me atrevo a delinear cuatro direcciones según las cuales, los que creemos todavía en que la Iglesia requiere servicios sacerdotales, podemos hacer algo para detener la bajamar en que vivimos.


LA PLEGARIA DE LOS SIMPLES DE CORAZÓN

     Precisamente porque se necesita una fe muy pura para creer en el servicio sacerdotal, precisamente por ello opino que la oración, «sine qua non» toda actitud cristiana cojea, debe acrecentarse en los círculos más elementales de los pobres de espíritu. Desde ellos es desde donde hay que entender y definir al sacerdote. Que ellos los pidan al Padre. Sin ellos, me temo, que estemos construyendo la Torre en vano.

LA FE DE LOS DESENGAÑADOS

     Quiero decir que es menester que el desengaño fatal que va cayendo sobre tantos hombres jóvenes y menos jóvenes, hartos de esta sociedad del consumismo atroz e injusto, es menester que tal desengaño (no se bien cómo) desemboque en una fe capaz de mover montañas.
     El tránsito del desengaño a la fe es tan interesante como sellado de Dios. No se trata de compensar a nadie ni de alienarle, más bien de trocar en coraje de entrega lo que el mundo ha ido haciendo en el hombre de vacío de espíritu. Los mismos «hippies» son actitudes remotamente propicias a dar el salto misterioso hacia una fe que se llame sacerdocio.


LA SENSIBILIDAD ANTE ESTE MUNDO ABSURDO

     Lo cual parece contradecir lo anterior pero no es así. Si el mundo o sociedad del bienestar que apunta rechaza o mal sitúa al sacerdote en él, la respuesta por parte de la minoría de quienes se sienten capaces de sentir la tragedia de tal mundo en crisis y profesión fría de ateísmo, debe venir a ser fuente de reflexión para los mejores. Y reflexionar fina y delicada, profunda y sinceramente sobre este absurdo cómodo en que van a vivir nuestros hijos es ya a colocarse en línea de opción; o ateísmo total e irremediable o un cristianismo tan integral que se encuentre sacerdocio.
     Con todo lo cual quiero decir que no hay camino más torcido para la vocación del mañana que el que parte del hoy hacia atrás, poniéndose de espaldas a esta realidad tan fascinante como trágica, tan absurda como inevitable y nuestra.


Y LA INSENSATEZ DE LA CRUZ

     Hay que reconocer que, según una clásica apología del sacerdocio, éste era el hombre de profesión lógica cristiana que abundaba en razones para enrolarse en sus filas. Esto ya pasó, hoy no creo que la llamada del Señor llegue preferentemente envuelta en silogismos y «ventajas», en cálculos y determinaciones.
     Hoy es aquello, lo de Pablo cayendo del corcel y de la cruz, como locura de los sabios, lo que apoya y explica el por qué debe haber sacerdotes todavía. La estulticia de este mundo que es sabiduría de un Dios del que apenas sabemos más que su hecho revelador y su gracia que punza porque quiere.
     Esto que sin ser irracional tampoco es racional, si no arranca de premisas que jamás entendió del todo la llamada cristiandad vieja y que ya del todo absolutamente es imposible que entienda el mundo secularizado, esta ciencia de la Cruz bien cultivada desde un cristianismo consciente debe florecer en unas entregas y actitudes que asombren a los mismos que las vivan cuando se encuentren que son, sin saber casi por qué, sacerdotes.

José María de Llanos


RESPUESTA TARDÍA


     Perdóname que haya tardado tanto en contestarte. Ni me siento con autoridad para darte el consejo que me pedías, ni me era fácil decirte en pocas palabras lo que iba pensando. Tampoco es la tuya la única carta que tengo por contestar. Hace mucho tiempo, con una insistencia que recela su humildad profunda, otro sacerdote amigo mío me pidió unas líneas sobre la vocación sacerdotal, y le dije que «doctores tiene la santa madre Iglesia»: porque yo ando muy perplejo a veces viendo cómo el tema de la vocación se enfoca tan a ras de tierra y con tanta mezquindad y encogimiento de ánimo.

     Pero hoy (supongo que no necesitaré decirte dónde) he hallado la respuesta a tu pregunta en un texto sobradamente conocido: «Revístanse tus sacerdotes de justicia y santidad». Seguramente habrá alguna novísima versión del texto, pero me atengo a ésta. Y creo que apenas sí cabe comentario por mi parte. Tú procuras andar revestido de justicia y santidad, y veas qué indumentaria te va mejor para tu misión sacerdotal y para mantenerte en forma.

     Dos cosas, sin embargo, pienso que importan mucho: recordar que hay deberes de obediencia que concierten para uno en fundamentales ciertas normas que no lo son en si, y sobre todo comprender que, según vayas suprimiendo diferencia, exteriores, habrás de cuidar y apurar las interiores. No sólo para que te reconozcan como tal tus hermanos y no engroses las filas de la «clerecía secreta», sino para que te reconozcas tú.

     Precisamente porque pueden confundirte por el traje, habrás de ser inconfundible por el porte. Es posible que en algún momento te haya cerrado caminos la solana, pero es muy posible también que en ocasiones te los haya abierto. Quizá algún día te haya estorbado, y otros te haya protegido: eso tú lo sabrás, y no soy yo quién para pedirte cuentas; pero tus superiores sí. El hábito no hace al monje, pero viene a recordarle su condición, a consolidar ciertos hábitos y a marcarle de algún modo ante los demás.

     Un día habrá que examinar con datos concretos los frutos obtenidos con el cambio. Mientras, procura tú obtenerlos. Piensa también si, cuando frecuentas ciertos lugares de suyo lícitos, te llena allí el celo apostólico o el afán de documentarle sobre el mundo. Ciertamente la documentación es indispensable para el apostolado, y el sacerdote (que no es la miel, sino la sal del mundo) real podrá convertirlo sin conocerlo. Pero tampoco es cuestión de pasarnos la vida documentándonos, ¿no te parece?

     Fue Juan XXIII quien advirtió reiteradamente los riesgos de mundanización. Los fieles, dijo más de una vez, no desean vernos inmersos en los negocios y en las maneras terrenas, ni atropellándonos como si debiéramos resolverlo todo en el transcurso de una generación; las gentes sienten todavía y sentirán siempre la fascinación de la bondad y de la santidad... Tú tenlo en cuenta, y no te atasques en el problema de la otra indumentaria, porque acabarás enredado en el de la moda.

José Corts Grau


067 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI