CUATRO PREGUNTAS volver al menú
 

¿QUÉ ES SACERDOTE?

     Hace unos años publiqué una encuesta titulada «¿Cómo ve usted al sacerdote?». Veintitantas opiniones de pensadores españoles. El libro alcanzó la tercera edición, con unas pastas de color azul.
     Un profesor, amigo mío, comentó entonces a media voz: «Ése cree que ha descubierto el Mediterráneo. ¡Cómo si san Pablo no lo hubiese dicho todo en la carta a los Hebreos!».
     Mi amigo, el profesor, conocía muy bien a san Pablo, como que era especialista en la teología del Apóstol de las Gentes. Pero...
     Ser sacerdote es ser puente entre Dios y los hombres. Lo dice san Pablo. Pero, ¿quién es el guapo que se atreva a decir que conoce bien a Dios (que es infinito) y que conoce bien a los hombres (¡y a las mujeres!)? Por eso nunca nadie conoce bien lo que es ser sacerdote. Ni san Pablo.
     Un puente —si quiere ser buen puente— ha de unir las dos orillas. Y la orilla humana siempre está cambiando. No es lo mismo un muchacho de Palabek, en Uganda, que un estudiante gallego del Ferrol. Y en muchos aspectos se parece muy poco el hombre de hoy al hombre del paleolítico superior.
     ¿Qué es ser sacerdote? Ser puente. Pero, cuidado, que no es lo mismo un puente sobre el Tormes que un puente sobre el Mississipi.


¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?

     Decían antes: «es una llamada especial de Dios».
     Dijeron luego: «es un gusto que uno siente, algo irresistible».
     Dicen Pablo VI: «es un diálogo».

     Habla Dios sin palabras a través de las circunstancias. Y Andrés va oyendo sin oír, va viendo sin ver. Dios y Andrés van acostumbrándose a ser amigos. Y como amigos salen a pasear. Y anda que te anda, llegan a una hondonada descuidada y se entretienen mano a mano limpiando la maleza, plantando un rosal y un chopo que aunque ahora es pequeño, luego será mayor.
     La vocación es un diálogo de amigos, es una amistad. La amistad no nace de repente. Va haciéndose.


¿LOS NIÑOS PUEDEN TENER VOCACIÓN?

     Pregunta de moda. Unos dicen que sí, otros dicen que no. Y no se aclaran.
     Pero el tío Florencio se impacienta sin saber qué hacer con el chico, el Andrés, que como quien no dice nada se le ha acercado mimoso ya dos tardes y le ha dicho que quiere ir al seminario.
     Descartes, aquel pensador famoso que hasta no hace mucho tuvo un libro guardado en el índice, escribió una vez: «Si los filósofos se pusiesen de acuerdo primero sobre el significado de las palabras, luego ya no podrían discutir».

     —¿Los niños pueden tener vocación?
     —Oiga, ¿qué entiende usted por vocación?
     —Lo que entiende todo el mundo: saber bien lo que se hace. Y por esto digo y repito que los niños no pueden tener vocación; porque, los pobrecitos, ¿cómo van a saber lo que quieren?
     —Dispense, amigo. Si se trata de saber «bien», ni los niños, ni los jóvenes, ni los adultos tendrían vocación. ¿Usted sabía bien lo que se hacía cuando se casó? Recuerde lo que con palabras de Unamuno decía la madre de Clarita cuando ésta le hablaba del amor de Apolodoro: «¡Quiá!, tú no le quieres. Te equivocas. Quererle..., quererle..., sí, todos nos queremos unos a otros, es natural. Es un prójimo, al fin y al cabo, y hay que querer a todos. Pero querer, lo que se llama querer, mira, eso viene después de casada, con los años, cuando una menos se lo figura.»
     La vocación no es un saber bien, es un ir sabiendo. Es como una amistad, un diálogo que va creciendo.
     Los niños pueden empezar a ser amigos de Dios, pueden soñar, pueden sentarse a la orilla y ver que no quedaría mal un puente que uniese a Dios con los hombres, a los hombres con Dios.


¿INFLUYE LA FAMILIA EN LA VOCACIÓN?

     Absolutamente. Porque los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre», «hermanos». Al principio, con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en los cielos), «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios).


     El 20 de junio de 1927, Pío XI creaba Cardenal al arzobispo de Varsovia, Augusto Hlond. El mismo día el nuevo cardenal escribió esta carta a su madre:

     Querida madre:
     Hoy, el Santo Padre se ha dignado crearme cardenal de la Santa Iglesia Católica Romana. En estos momentos de honda emoción tengo que escribirle, antes que a nadie, a ti.
     Al recorrer ahora con la imaginación los caminos admirables por los que me ha guiado la divina Providencia, tu imagen viene inmediatamente a mi pensamiento. Incomparablemente mejor que muchos sabios pedagogos tú has levantado en el alma de tus hijos el fundamento sólido de la fe y del respeto a los derechos de Dios. Y como sabías el arte de rezar fervorosamente, nos has enseñado el secreto de la oración brotada del corazón, oración sobre la que he basado hasta hoy mi fuerza y mi confianza.
     Tú, al no educarnos blandamente, al no consentir nuestros gustos, nos has abierto un camino de felicidad; nos has enseñado a amar una vida de trabajo, una vida dura; a amar antes que nada el deber y a cumplirlo sencilla y alegremente. Después de la gracia de Dios, debo a tu ejemplo el que haya emprendido el camino que me ha conducido a lo que ordinariamente se llama «una dignidad», pero que en casa nos hemos acostumbrado a considerar como un mayor servicio.
     En estos días en los que el Papa ha querido honrar tanto a nuestra casa, yo te agradezco que hayas sido tan buena para conmigo, y te pido una oración para que pueda con mi trabajo promover la gloria de Dios, la grandeza de la Iglesia y la felicidad de mi pueblo.
     Deposito en espíritu estos mismos sentimientos sobre la tumba de mi amadísimo padre, modelo acabado de entrega y de energía. Procuro imitarle. Lleno de reconocimiento y de respeto pide, madre mía, tu bendición maternal y besa tus manos gastadas por el trabajo, tu hijo, AUGUSTO.

     Influye la familia en la vocación.

Jorge Sans Vila


054 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI