ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA volver al menú
 

     Le preguntaron a Jean Guitton (que escribió: «Por donde pasan los santos, se va quedando Dios») cómo veía al sacerdote del mañana. La respuesta de aquel gran cristiano, entre el miedo y la esperanza, fue la siguiente.

J. S. V.



     Será menos hierático, más sencillo y familiar en palabras, gestos, actitudes, indumentaria. Se apoyará menos en las costumbres y en la fuerza. Querrá hacernos olvidar que está separado de los hombres por vocación y, en lugar de fijarse, como antes, en las diferencias de estado, tratará de subrayar su condición humana.
     Su autoridad se presentará más bien como un servicio, como una función. Renunciará a toda elocuencia retórica y pomposa, estereotipada, para dar más autenticidad, mayor sencillez, a sus palabras y a sus actos.
     En resumen, se aproximará más al hombre de hoy, que por poco que pueda rechaza toda separación, para gozar como en otro tiempo de una vida más fraternal, más sencilla.

     Participará en toda clase de preocupaciones, quehaceres, búsquedas, métodos, dificultades de conciencia, angustias y esperanzas. Respetará más a los otros, tratando de no mandar o imponer su voluntad. Como perfume, fermento, corriente de agua que fecunda silenciosamente, estará presente en todo con la presencia invisible y discreta del Espíritu que ayuda y conforta.

     Buscará sobre todo la acción solidaria, comunitaria. Vivirá solo, para amar más fácilmente a todos. En soledad, no en aislamiento. Muy unido a sus feligreses, pero actuando en comunión con sus hermanos sacerdotes. Viendo en la autoridad del obispo, cada vez más cercana, fa expresión del bien común de la Iglesia, no un «porque sí» que no razona, que sólo exige.
     La obediencia, más que subordinación a una persona, será disciplina de amor universal, sacrificio gozoso al Señor, presente en el colegio episcopal. Con otras palabras, Él estará más presente en la persona del que manda.


     Pero la verdad es que al hablar con algunos sacerdotes jóvenes tengo algo de miedo. («Tengo dos oídos —me decía en cierta ocasión el cardenal Saliège—, uno para oír lo que se me dice, otro para oír lo que no se me dice...»).
     Sí, tengo miedo de que esos sacerdotes de mañana, en su noble afán de mezclarse con nosotros, sus hermanos laicos, caigan en la tentación de acercársenos demasiado, de pisar nuestro propio terreno.
     Tengo miedo de que añoren ser como nosotros, especialistas, profesionales, técnicos, políticos, obreros o patronos, células de un organismo social, constructores de la «historia» temporal, padres de familia.
     Tengo miedo de que pierdan el tiempo, que se agoten queriendo hablar nuestro lenguaje e incluso nuestro argot, queriendo adoptar nuestros métodos y actitudes, nuestra vida trepidante, nuestras preocupaciones temporales, nuestra angustia de hombres comprometidos en tareas políticas; en una palabra, nuestro estilo de vida laica moderna. Que deseen llegar a ser lo que entre nosotros son los «directores» laicos de conciencia: psiquiatras, terapeutas, sociólogos, psicoanalistas, psicólogos, humanistas. En este campo, nosotros los laicos siempre seremos más fuertes que ellos. Mientras que si permanecen en su propio terreno, tan inaccesible y necesario, siempre serán nuestros guías.
     Tengo miedo de que mis jóvenes amigos no estimen suficientemente la dignidad de su estado, que alimenten una especie de nostalgia inconsciente: no haber elegido el camino ciertamente más ancho, más cómodo, aireado, familiar, caliente, acompañado del «apostolado laico».
     Tengo miedo de que, a veces, al atardecer, en la soledad de las ciudades y de los campos, tengan la impresión de estar «separados de sus hermanos los hombres», señalados por los otros como seres extraños, sin familia, sin experiencia vital, y casi sin raíces. O que consideren como ideal la situación de los «sacerdotes obreros», como la única que merece la pena.
     Tengo miedo que sin decirlo, sin saberlo, sientan añoranza y que la melancolía inunde su alma.

     Por eso, con toda mi convicción y mi larga experiencia, yo les digo:
     Perderéis siempre si tratáis de igualarnos o guiarnos en nuestro propio terreno. Pero siempre ganaréis si os situáis con alegría, con fuerza, con radiante sencillez, en vuestro propio e incomunicable terreno: el sacerdocio.
     Os pedimos siempre, y antes que nada, que nos deis a Dios, sobre todo con los poderes que sólo vosotros poseéis: absolver y consagrar
     Os pedimos que seáis los «hombres de Dios», como lo eran los profetas, portadores de la palabra divina, distribuidores del pan de vida, representantes del Eterno entre nosotros, embajadores del Absoluto. Nosotros estamos en lo relativo. Pero queremos ver en vosotros al Absoluto. En realidad habitamos en lo relativo, pero nos movemos, respiramos, somos en el Absoluto. Y sin el Absoluto que nos envuelve no podríamos ni siquiera gozar de lo relativo.
     Tenemos hambre y sed del Absoluto
     Y no pudiéndolo encontrar en ninguna parte en estado puro, necesitamos cerca un ser parecido a nosotros que, aún en medio de su mediocridad y su miseria, encarne la idea del Absoluto y nos demuestre con su presencia que el Absoluto puede existir, que existe, que está mucho más cerca de lo que nosotros nos imaginamos.
     Esta exigencia del Absoluto crecerá cada día más en el mundo de mañana, porque los pueblos, decepcionados por lo relativo, abocarán en el Absoluto. Pero ya ahora las conciencias necesitan cada vez más esa presencia «clandestina» del Absoluto.
     Está bien que los sacerdotes de mañana estén cerca de los hombres, confundidos con ellos codo a codo. Pero yo les suplico que bajo el sacramento de humanidad muestren gozosamente lo que nosotros, los laicos, esperamos de ellos.

     La castidad, en este nuestro mundo afrodisíaco, es para todos un camino estrecho y difícil.
     Si los laicos pueden practicar sin esfuerzo heroico la castidad prematrimonial, la castidad y la fidelidad conyugales, es porque ven a jóvenes fuertes, viriles, que son castos con alegría, con elegancia: los sacerdotes.
     La abnegación de unos pocos eleva y sanea la atmósfera de todos.
     Sin estos seres muy humanos, pero que han tomado partido por el Absoluto en su mismo cuerpo, cuya conducta sería absurda si el Absoluto no existiese, el nivel espiritual bajaría inmediatamente. La carne poco a poco dominaría al espíritu, porque resultaría fácil llegar a la conclusión de que, sin las condiciones excepcionales de un monasterio o de la vida religiosa, el espíritu no puede vencer a la carne. Estoy convencido.
     Hablé de esto con Bergson, el amigo de «los héroes y los santos». Él, que no era católico, había llegado a la misma conclusión: en este planeta «refractario», la continencia y la espiritualidad andan de la mano.

Jean Guitton


052 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI.